Topónimos aztecas
Estas láminas vienen del atlas de Nombres geográficos de México, que Antonio Peñafiel publicó en 1885. Reúnen los glifos con que los antiguos mexicanos escribían los nombres de lugar, tal como aparecen en la Matrícula de los Tributos del Códice Mendocino. Cada lámina muestra el signo pintado y, a su lado, el topónimo que le corresponde.
Detrás de estas páginas hay un hombre. Antonio Peñafiel (1830–1922) nació en Atotonilco el Grande, en tierras de Hidalgo, estudió medicina y llegó a representar a su estado en el Congreso. Desde 1882 y durante casi treinta años dirigió la Dirección General de Estadística, y en 1895 encabezó el primer censo nacional de México. Contaba a los vivos, pero no olvidaba a los que habían nombrado la tierra antes que ellos. Entre cifras y padrones encontró tiempo para analizar el agua del Valle de México, editar fuentes antiguas y estudiar las lenguas indígenas del país. Era un mexicano apasionado por lo suyo, y lo suyo era todo.
Tomó las páginas de tributos del Códice Mendocino, donde cada pueblo sometido a Tenochtitlan aparece con su glifo, y fue leyendo uno por uno aquellos nombres, ordenándolos como un diccionario para que cualquiera pudiera buscarlos. Hacía con la memoria lo mismo que con la estadística: dejar constancia, para que lo que existía no se perdiera de nuevo.
Peñafiel no trabajó sobre el original, que se guarda en Oxford, sino sobre la copia que Lord Kingsborough había publicado en Londres medio siglo antes, en sus Antigüedades de México. Aquel noble irlandés gastó su fortuna, y al final su libertad, en reproducir los códices para que el mundo los conociera; murió en 1837 en una cárcel de deudores de Dublín. Peñafiel recogió ese trabajo y le dio lo que faltaba: puso junto a cada glifo su nombre y su lectura. Sin Kingsborough no habría tenido las láminas; sin Peñafiel, las láminas seguirían mudas. Uno salvó la imagen; el otro, la palabra.
Las manos que hicieron visibles esos signos también tienen nombre. Los dibujos, copiados de las Antigüedades de México de Lord Kingsborough, son de Domingo Carral; los grabados, de Antonio H. Galaviz. Poco más sabemos de ellos. Su obra quedó en estas treinta y nueve láminas de color, trazo por trazo, cerro por cerro, para quien viniera después.
Lugares de la concordancia
Los nombres siguen el orden alfabético de Peñafiel. Pulse un renglón para abrir esa lámina en el libro.
Un ejemplo clásico es Chapultepec, «en el cerro del chapulín»: el glifo pinta un chapulín (chapolin) sobre un cerro (tepetl), y la terminación -c indica el lugar. El signo funciona a la vez como detonante de la memoria —quien lo ve recuerda el sitio— y como composición de sonidos que, leídos juntos, forman el nombre. La escritura china recorrió un camino semejante: muchos de sus caracteres unen un elemento que sugiere el sentido con otro que indica el sonido. La escritura nahua se apoyaba más en la memoria: el glifo era una clave, y el lector, formado en el calmécac, completaba el resto. Así se nombraban cientos de pueblos y lugares en todo el Anáhuac, y muchos de esos nombres siguen vivos en el mapa de México.
Basta mirar con calma: un cerro, un pez o una mano bastan para nombrar un pueblo.
Antonio Peñafiel, Nombres geográficos de México: catálogo alfabético de los nombres de lugar pertenecientes al idioma "nahuatl": estudio jeroglífico de la matrícula de los tributos del Códice Mendocino. México: Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1885. Ejemplar digitalizado: Getty Research Institute (Internet Archive).
Traducción: Wren