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Diego de Landa: el fuego y la llave

En 1562 fray Diego de Landa quemó en Maní los libros de los mayas; pocos años después, en su Relación, dejó copiado el « a, b, c » que siglos más tarde ayudaría a leerlos.

Comentario de Orlando Santos · 12 de octubre de 2026

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Glosas

Diego de Landa: el fuego y la llave

Lectura del texto completo: unas dos horas y media

Breve biografía

Diego de Landa Calderón (1524–1579) nació en Cifuentes, Guadalajara. Entró en la orden franciscana en 1541 y en 1549 llegó a Yucatán, entre los primeros franciscanos de la provincia. Su primer destino fue la misión de San Antonio, en Izamal. Tras el proceso de Maní fue enviado a España por el obispo Toral para responder de una Inquisición ilegal; una junta lo absolvió en 1569, y a la muerte de Toral, en 1571, Felipe II lo nombró segundo obispo de Yucatán.

A Franciscan friar in Yucatán from 1549, later its second bishop.

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Contexto del documento

Landa escribió la Relación de las cosas de Yucatán hacia 1566, de vuelta en España. El original se perdió: conocemos un resumen, copiado varias veces, cuya versión conservada es de hacia 1660. Olvidado más de dos siglos, el manuscrito lo publicó Brasseur de Bourbourg en una edición bilingüe francés-español; el texto que ofrecemos sigue esa edición.

Es un libro de todo: la costa y las estaciones, la conquista, las casas, la comida, los casamientos, los dioses, el calendario, la escritura y los edificios de Izamal, Mérida y Chichén Itzá.

Written c. 1566; known from an abridged copy of c. 1660, published by Brasseur de Bourbourg.

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Observaciones clave

1. El auto de fe de Maní

El 12 de julio de 1562, en Maní, Landa presidió un auto de fe. Se quemaron libros mayas —27, según el propio Landa— y unas cinco mil imágenes de culto. Hoy sobreviven solo tres códices mayas y fragmentos de un cuarto.

2. El mismo hombre, el mejor testigo

El mayista William Gates escribió que el noventa y nueve por ciento de lo que sabemos de los mayas lo sabemos por Landa, y que Landa quemó noventa y nueve veces más saber del que nos dejó. Las dos frases son ciertas a la vez.

3. Una llave mal entendida

Landa pidió a dos informantes mayas, letrados, que escribieran el signo de cada letra del alfabeto español. Lo copió con fidelidad, aunque no entendía sus repeticiones. Durante siglos ese «alfabeto» pareció un fracaso. En los años cincuenta del siglo XX, el lingüista soviético Yuri Knorozov mostró que no era un alfabeto sino un silabario, y con él empezó la lectura moderna de la escritura maya.

The Maní auto de fe (1562); Gates’s “ninety-nine percent”; Knorozov and the syllabary.

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El fuego y la llave

Este sitio trata del papel y de los libros: del amatl, de los códices, de la escritura y la educación en Mesoamérica antes de Cortés. Landa nos obliga a mirar ambas caras. Quemó los libros que no podía leer, y en el mismo libro donde lo cuenta dejó copiadas las letras con que, cuatro siglos después, aprendimos a leer los que se salvaron.

Guillermo Bonfil Batalla habló de un México profundo: la civilización mesoamericana que sigue viva bajo el México imaginario. La Relación es un ejemplo extraño de esa idea: un inquisidor que, sin quererlo, guardó la voz de los que quería callar.

The man who burned the books also preserved the key to reading them.

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Cita clave

Relación, § XLI

“Hallámosles grande número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio se les quemamos todos, lo cual a maravilla sentían, y les daba pena.”

“We found a large number of books in these characters and, as they contained nothing in which were not to be seen as superstition and lies of the devil, we burned them all, which they regretted to an amazing degree, and which caused them much affliction.”

Pocas líneas después, Landa escribe: «De sus letras pondré aquí un a, b, c». Ahí está la llave.

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A continuación se reproduce la obra citada.

A continuación, el texto completo de la Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa (sin los capítulos XXXIX y XL, omitidos intencionalmente).

Texto completo: Relación de las cosas de Yucatán

Diego de Landa
Diego de Landa (1524–1579). Retrato anónimo del siglo XVI, convento de Izamal. Dominio público.

Fray Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán (escrita hacia 1566; copia abreviada de hacia 1660). Texto español según la edición de Brasseur de Bourbourg (París, 1864), con ortografía y puntuación modernizadas. Los capítulos XXXIX y XL, dedicados al calendario, se omiten intencionalmente en esta versión, porque sus gráficos no se pudieron reproducir.

  1. § I. Descripción de Yucatán. Estaciones varias.
  2. § II. Origen del nombre de esta provincia. Situación de ella.
  3. § III. Gerónimo de Aguilar. Su cautiverio entre los Indios de Yucatán. Navegan Hernández de Córdoba y Grijalva a Yucatán.
  4. § IV. Navegación de Cortés a Cuzmil. Escribe a Aguilar.
  5. § V. Provincias de Yucatán. Sus edificios antiguos más principales.
  6. § VI. De Cuculcán y de la edificación de Mayapán.
  7. § VII. Gobierno político. Sacerdotes, ciencias y libros de Yucatán.
  8. § VIII. Llegada de los Tutuxivis y alianza que hicieron con los señores de Mayapán. Tiranía de Cocom, ruina de su poder y de la ciudad de Mayapán.
  9. § IX. Monumento cronológico de Mayapán. Establecimiento del reino de Zututa. Origen de los Cheles. Los tres reinos principales de Yucatán.
  10. § X. Varias calamidades experimentadas en Yucatán en el siglo anterior a la conquista, huracán, pestilencias, guerras, etc.
  11. § XI. Profecías de la llegada de los españoles. Historia de Francisco de Montejo, primer Adelantado de Yucatán.
  12. § XII. Montejo navega a Yucatán y toma posesión de la tierra. Los Cheles le conceden el asiento de Chichén Itzá. Los indios le obligan a que lo deje.
  13. § XIII. Montejo deja a Yucatán con toda su gente y vuelve a México. Su hijo Francisco de Montejo pacifica después a Yucatán.
  14. § XIV. Estado de Yucatán después de la salida de los españoles. Don Francisco hijo del Adelantado Montejo restablece el gobierno español en Yucatán.
  15. § XV. Crueldades de los españoles en los naturales. Cómo se disculparon.
  16. § XVI. Modo de los pueblos de Yucatán. Cédula real en favor de los indios. Muere el Adelantado; sus descendientes por su hijo don Francisco de Montejo.
  17. § XVII. Los frailes Franciscanos vienen a Yucatán. Toman la defensa de los naturales. Odio de los españoles contra ellos.
  18. § XVIII. Vicios de los indios. De cómo los frailes les enseñaron. Enseñanza de la lengua y letras. Castigo de algunos apóstatas.
  19. § XIX. Llegada del obispo Toral: suelta a los indios presos. El provincial de San Francisco va a España para justificarse.
  20. § XX. Manera de las casas en Yucatán. Obediencia y respeto de los indios a sus señores. Modo de ornar sus cabezas y de llevar sus vestidos.
  21. § XXI. Mantenimientos y comidas de los indios de Yucatán.
  22. § XXII. Cómo estos indios se labraban el cuerpo. Sus borracheras, vino, banquetes. Farsantes, música y bailes.
  23. § XXIII. Comercio y moneda. Agricultura y semillas. Justicia y hospitalidad.
  24. § XXIV. Modo de contar de los yucataneses. Nombres. Heredades y tutela de los huérfanos. Sucesión de los señores.
  25. § XXV. Repudiación frecuente entre los yucataneses. Sus casamientos.
  26. § XXVI. Modo de bautismo en Yucatán. Cómo lo celebraban.
  27. § XXVII. Confesión entre los yucataneses. Abstinencias y supersticiones. Variedad de ídolos. Oficios de los sacerdotes.
  28. § XXVIII. Sacrificios crueles y sucios de los yucataneses. Víctimas humanas matadas a flechazas y otros.
  29. § XXIX. Armas de los yucataneses. Dos capitanes, uno hereditario, otro electivo. Abstinencia de este. Milicia y soldada, guerra, etc.
  30. § XXX. Castigo de los adúlteros, homicidas y ladrones. Educación de los mancebos. Uso de llanar la cabeza a los niños.
  31. § XXXI. Modo de vestir y de adornarse entre las indias de Yucatán.
  32. § XXXII. Castidad de las mujeres y su educación. Sus grandes calidades, su economía, etc. Su devoción y sus partos.
  33. § XXXIII. Duelo para los muertos en Yucatán. Entierro de los sacerdotes. Estatuas con las cenizas de los señores. Reverencia para ellas. Su gloria e infierno.
  34. § XXXIV. Cuenta del año yucateco. Caracteres de los días. Agüeros de los años. Los cuatro Bacabes y sus nombres. Dioses de los días aciagos.
  35. § XXXV. Fiestas de los días aciagos. Sacrificios del principio del año nuevo en la letra de Kan.
  36. § XXXVI. Sacrificios del año nuevo de la letra Muluc. Bailes de los Zancos. Otro de las viejas con perros de barro.
  37. § XXXVII. Sacrificios del año nuevo de la letra Yx. Pronósticos malos y modo de remediar sus efectos.
  38. § XXXVIII. Sacrificios del año nuevo en la letra Cauac. Pronósticos malos y su remedio en el baile del fuego.
  39. § XLI. Ahau Katun o siglo de los Mayas. Escritura de ellos.
  40. § XLII. Multitud de los edificios de Yucatán. Los de Izamal, de Mérida y de Chichén Itzá.

§ I. Descripción de Yucatán. Estaciones varias.

Que Yucatán no es isla, ni punta que entra en la mar, como algunos pensaron sino tierra firme, y que se engañaron por la punta de Cotoch que hace la mar entrando la baya de la Ascensión hacia el golfo Dulce y por la punta que por esta otra parte hacia México hace la Desconocida antes de llegar a Campeche, o por el extendimiento de las lagunas que hace la mar entrando por Puerto Real y Dos Bocas.

Que es tierra muy llana y limpia de hierbas, y que por esto no se descubre desde los navíos hasta muy cerca, salvo entre Campeche y Champotón donde descubren unas serrezuelas1 y un morro de ellas que llaman de los Diablos.

Que viniendo de la Vera Cruz por parte de la punta de Cotoch, está en menos de XX grados y por la boca de Puerto Real en más de veinte y tres y que tiene de un cabo de estos al otro bien ciento y treinta leguas de largo camino derecho. Que su costa es baja y por esto los navíos grandes van algo apartados de tierra.

Que la costa es muy sucia de peñas y pizarrales2 ásperos que gastan mucho los cables de los navíos, y que tiene mucha lama3 por lo cual aunque los navíos den en la costa se pierde poca gente.

Que es tan grande la menguante de la mar especial en la baya de Campeche, que muchas veces queda media legua en seco por algunas partes. Que con estas grandes menguantes se quedan en las ovas4 y lamas y charcos muchos pescados pequeños de que se mantiene mucha gente.

Que atraviesa a Yucatán una sierra pequeña de esquina a esquina y comienza cerca de Champotón y procede hasta la villa de Salamanca que es el cornijal5 contrario al de Champotón. Que esta sierra divide a Yucatán en dos partes, y que la parte de mediodía hacia Lacandon y Taiza, está despoblada por falta de agua, que no la hay sino cuando llueve. La otra que es al norte está poblada.

Que esta tierra es muy caliente, y el sol quema mucho, aunque no faltan aires frescos como Brisa o Solano que allí reina mucho, y las tardes la virazón6 de la mar. Que en esta tierra vive mucho la gente, y que se ha hallado hombre de ciento y cuarenta años.

Que comienza el invierno desde San Francisco, y dura hasta fin de marzo, porque en este tiempo corren los nortes, y causan catarros recios y calenturas por estar la gente mal vestida. Que por fin de enero y febrero hay un veranillo de recios soles, y no llueve en este tiempo sino a las entradas de las lunas. Que las aguas comienzan desde abril hasta fin de setiembre, y que en este tiempo siembran todas sus cosas, y viene a maduración aunque siempre llueva, y que siembran cierto género de maíz por San Francisco que se coge brevemente.

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§ II. Origen del nombre de esta provincia. Situación de ella.

Que esta provincia se llama en lengua de los Indios Ulumil Cuz y Etel Ceh, que quiere decir tierra de pavos y venados, y que también la llaman Peten que quiere decir isla, engañados por las ensenadas, y bayas dichas. Que cuando Francisco Hernández de Córdoba llegó a este tierra, saltando en la punta que el llamó Cabo de Cotoch, halló ciertos pescadores indios, y les preguntó que tierra era aquella; y que le respondieron Co t’och que quiere decir nuestras casas, y nuestra patria, y que por esto se puso este nombre a aquella punta, y que preguntándoles por señas que como era suya aquella tierra, respondieron ci u than que quiere decir, dicen lo, y que los españoles la llamaron Yucatan, y que esto se entendió de uno de los conquistadores viejos llamado Blas Hernández que fueron con el adelantado7 la primera vez.

Que Yucatán a la parte de medio día tiene los ríos de Taiza, y las sierras de Lacandon, y que entre medio día y poniente cae la provincia de Chiapa, y que para pasar a ella, se habían de atravesar los cuatro ríos que descienden de las sierras, que con otros se viene a hacer San Pedro y San Pablo, río que descubrió en Tabasco Grijalva y que a poniente esta Xicalango y Tabasco que es una misma provincia.

Que entre esta provincia de Tabasco y Yucatán están las dos bocas que rompe la mar en la costa, y que la mayor de estas tiene una gran laguna de abertura y que la otra no es muy grande. Que entra la mar por estas bocas con tanta furia que se hace una gran laguna abundante de todos pescados, y tan llena de isletas que los indios ponen señales en los árboles para acertar el camino, para ir o venir navegando de Tabasco a Yucatán y que estas islas y sus playas y arenales están llenos de tanta diversidad de aves marinas, que es cosa de admiración y hermosura, y que también hay infinita caza de venados, conejos, y puercos de los de aquella tierra, y monos que no los hay en Yucatán. Que hay muchas iguanas que espanta, y en una de ellas esta un pueblo que llaman Tixchel.

Que al norte tiene la isla de Cuba y a LX leguas muy en frente la Habana y algo adelante una islilla de Cuba que dicen de Pinos. Que al Oriente tiene a Honduras, y que entre Honduras y Yucatán se hace una muy gran ensenada de mar la cual llamó Grijalva Baya de la Ascensión, y que esta muy llena de isletas y que se pierden en ella navíos, principalmente de los de la contratación de Yucatán a Honduras, y que habrá XV años que se perdió una barca con mucha gente y ropa que se les zozobró el navío y se ahogaron todos, salvo un Majuelas y otros cuatro que se abrazaron con un gran pedazo de un árbol del navío, y que anduvieron así tres o cuatro días sin poder llegar a ninguna de las isletas y que se ahogaron faltándoles las fuerzas, sino fue Majuelas que salio medio muerto, y torno en si, comiendo caracolejos y almejar; y que desde la islilla pasó a tierra en una balsa que hizo de ramos como mejor pudo, y pasado a tierra firme buscando de comer en la ribera topo con un cangrejo que le corto el dedo pulgar por la primera coyuntura con gravísimo dolor. Y tomo la derrota por un áspero monte a tiento para la villa de Salamanca y que anochecido se subió en un árbol, y que desde allí vio un gran Tigre que se puso en asechanza de una cierva y se la vio matar y que en la mañana el comio de lo que había quedado.

Que Yucatán tiene algo más bajo de la punta de Cotoch a Cuzmil en frente, V leguas de una canal que hace la mar entre ella y la isla de muy gran corriente. Que Cuzmil es isla de XV leguas en largo y cinco en ancho en que hay pocos indios y son de la lengua y costumbres de los de Yucatán y está en XX grados a esta parte de la equinoccial. Que la isla de las Mujeres esta XIII leguas abajo de la punta de Cotoch XI leguas de tierra en frente de Ekab.

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§ III. Gerónimo de Aguilar. Su cautiverio entre los Indios de Yucatán. Navegan Hernández de Córdoba y Grijalva a Yucatán.

Que los primeros Españoles que aportaron a Yucatán, según se dice, fueron Gerónimo de Aguilar natural de Ecija y sus compañeros; los cuales el ano de MDXI, en desbarató del Darien por las revueltas entre Diego de Nicueza, y Vasco Nuñez de Balboa, siguieron a Valdivia que venia en una caravela a Santo-Domingo, a dar cuenta al almirante y al gobernador de lo que pasaba, y a traer XX mil ducados del rey, y que esta caravela llegando a Jamaica dieron en los bajos que llaman Viboras donde se perdió que no escaparon más de hasta XX hombres que con Valdivia entraron en el batel sin velas, y con unos ruines remos y sin mantenimiento ninguno, y que anduvieron XIII días por la mar; después de muertos de hambre casi la mitad llegaron a la costa de Yucatán a una provincia que llamaban de la Maya, de la cual la lengua de Yucatán se llama Mayathan que quiere decir lengua de Maya.

Que esta pobre gente vino a manos de un mal cacique el cual sacrifico a Valdivia y a otros cuatro a sus ídolos, y después hizo banquetes de ellos a la gente, y que dejó para engordar a Aguilar y a Guerrero y a otros cinco o seis, los cuales quebrantaron la prisión y huyeron por unos montes, y que aportaron a otro señor enemigo del primero, y más piadoso, el cual se sirvió de ellos como de esclavos, y que el que sucedió a este señor los trato con buena gracia; pero que ellos de dolencia se murieron quedando solos dos Gerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, de los cuales Aguilar era buen cristiano y tenia unas horas por las cuales sabia las fiestas, y que este se salvo con la ida del marqués Hernando Cortés, año de MDXVII, y que el Guerrero como entendía la lengua se fue a Chectemal, que es la Salamanca de Yucatán y que allí le recibió un señor llamado Nachancan, el cual le dio a cargo las cosas de la guerra en que se hubo muy bien, venciendo muchas veces los enemigos de su señor, y que enseño a los indios pelear mostrándoles hacer fuertes y bastiones, y que con esto y con tratarse como indio gano mucha reputación y le casaron con una muy principal mujer en que hubo hijos, y que por esto nunca procuró salvarse como hizo Aguilar, antes labraba su cuerpo y criaba cabello, y arpaba las orejas para traer zarcillos como los indios y es creible que fue idólatra como ellos.

Que el año de MDXVII por cuaresma salio de San-Iago de Cuba Francisco Hernández de Córdoba con tres navíos a rescatar esclavos para las minas, que ya en Cuba se iva la gente apocando y que otros dicen que salio a descubrir tierra, y que llevó por piloto a Alaminos y que llegó a la isla de Mujeres, que el le puso este nombre por los ídolos que allí halló de las diosas de aquella tierra, como Aixchel, Ixchebeliax, Ixbunié, Ixbunieta, y que estaban vestidas de la cinta abajo, y cubiertos los pechos como usan las indias, y que el edificio era de piedra de que se espantaron, y que hallaron algunas cosas de oro, y las tomaron, y que llegaron a la punta de Cotoch, y que de allí dieron vuelta hasta la baya de Campeche donde desembarcaron domingo de Lázaro y que por esto la llamaron Lázaro y que fueron bien recibidos del señor y que los indios se espantaron de ver los españoles, y les tocaban las barbas y personas.

Que en Campeche hallaron un edificio dentro en la mar cerca de tierra, cuadrado y gradado todo y que en lo alto estaba un ídolo con dos fieros animales que le comían las ijadas y una sierpe larga y gorda de piedra que se tragaba un leon y que los animales estaban llenos de sangre de los sacrificios. Que desde Campeche entendieron que había un pueblo grande cerca, que era Champotón, donde llegados hallaron que el señor se llamaba Mochcovoh, hombre belicoso el cual apellidó su gente contra los españoles, De lo cual peso a Francisco Hernández viendo en lo que había de parar, y que por no mostrar poco ánimo, puso también su gente en orden y hizo soltar artillería de los navíos y que los indios aunque les fue nuevo el sonido, humo y fuego de los tiros, no dejaron de acometer con gran alarido y que los españoles resistieron, dando muy fieras heridas y matando muchos; pero que el señor los ánimo tanto, que hicieron retirar a los españoles y que mataron XX y hirieron cincuenta y prendieron dos vivos que después sacrificaron, y que Francisco Hernández salio con XXXIII heridas, y que así volvió triste a Cuba donde público que la tierra era muy buena y rica por el oro que halló en la isla de Mujeres. Que estas nuevas movieron a Diego Velasquez, gobernador de Cuba y a otros muchos, y que envió a su sobrino Juan de Grijalva con cuatro navíos y doscientos nombres y que fue con el Francisco de Montejo cuyo era un navío y que partieron primero de mayo de MDXVIII.

Que llamaron consigo al mismo piloto Alaminos y llegados a la isla de Cuzmil, que el piloto vio desde ella a Yucatán, y que la otra vez con Francisco Hernández la había corrido a la mano derecha, y que con deseo de bajarla si fuese isla, echo a la mano izquierda y siguieron por la baya que ellos llamaron la Ascensión, porque en tal día entraron en ella, y que dieron vuelta a toda la costa hasta llegar otra vez a Champotón, donde sobre tomar agua les mataron un hombre y les hirieron cincuenta y entre ellos a Grijalva de dos flechas, y le quebraron diente y medio, y que así se fueron y nombraron a este puerto el puerto de Mala Pelea, y que de este viaje descubrieron la Nueva España, y a Panuco, y a Tabasco, y que en esto gastaron cinco meses y quisieron saltar en tierra en Champotón, lo cual les estorbaron los indios con tanto coraje que en sus canoas entraban hasta cerca de las caravelas a flecharlos y que así se hicieron a la vela y los dejaron.

Que cuando Grijalva torno de su descubrimiento y rescate de Tabasco y Ulua, estaba en Cuba el gran capitán Hernando Cortés, y que viendo la nueva de tanta tierra y tantas riquezas, deseo verlo y aun ganarlo para Dios y para su rey, y para si, y para sus amigos.

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§ IV. Navegación de Cortés a Cuzmil. Escribe a Aguilar.

Que Hernando Cortés salio de Cuba con once navíos que el mejor era de cien toneles y que puso en ellos once capitanes, siendo el uno de ellos, y que llevaba quinientos hombres y algunos caballos y mercerías para rescatar, y a Francisco de Montejo por capitán, y al dicho piloto Alaminos mayor piloto del armada, y que puso en su nao capitana una bandera de fuegos blancos y azules en reverencia de nuestra señora cuya imagen con la cruz ponía siempre donde quitaba ídolos, y que en la bandera iba una cruz colorada con un letrero entorno que decia Amici sequamur crucem, si nos habuerimus fidem in hoc signo vincemus. Que con esta flota y no más aparato partió y que llegó a Cotoch con los diez navíos porque el uno se le apartó con una refriega, y que después lo cobro en la costa. Que la llegada a Cuzmil fue por la parte del norte y halló buenos edificios de piedra para los ídolos y un buen pueblo, y que la gente viendo tanto navío, y salir los soldados a tierra huyó toda a los montes.

Que llegados los españoles al pueblo lo saquearon y se aposentaron en el y que buscando gente por el monte toparon con la mujer del señor y con sus hijos de los cuales, con Melchior intérprete indio que había ido con Francisco Hernández y con Grijalva, entendieron que era la mujer del señor. A la cual y a sus hijos regalo mucho Cortés e hizo que enviasen a llamar al señor al cual venido le trato muy bien y le dio algunos donecillos, y le entrego a su mujer y hijos, y todas las cosas que por el pueblo se habían tomado, y que le rogó que hiciese venir los indios a sus casas y que venidos hizo restituir a cada uno lo que era suyo y que después de asegurados les predicó la vanidad de los ídolos, y les persuadió que adorasen la cruz y que la puso en sus templos con una imagen de nuestra señora y que con esto cesaba la idolatría pública.

Que Cortés supo allí como unos hombres barbados estaban camino de seis soles en poder de un señor y que persuadió a los indios que los fuesen a llamar, y que halló quien fuese aunque con dificultad porque tenían miedo al señor de los barbares y escribióles esta carta.

Noblos señores, yo parti de Cuba con once navíos de armada y quinientos españoles y llegue aquí a Cuzmil de donde os escribo esta carta. Los de esta isla me han certificado que hay en esa tierra cinco o seis hombres barbados y en todo a nosotros muy semejantes, no me saben dar ni decir otras señas, mas por estas conjeturó y tengo por cierto sois españoles, yo y estos hidalgos que conmigo vienen a poblar y descubrir estas tierras os rogamos mucho que dentro de seis días que recibiereis esta, os vengáis para nosotros sin poner otra dilación ni escusa. Si viniereis todos conoceremos, y gratificaremos la buena obra que de vosotros recibirá esta armada. Un bergantín envió para en que vengáis, y dos naos para seguridad.

Que los indios llevaron esta carta envuelta en el cabello, y la dieron a Aguilar, y que los navíos porque tardaban los indios más del tiempo del plazo, creyeron que los habían muerto y que se volvieron al puerto de Cuzmil y que Cortés viendo que los indios no tornaban ni los barbados, se hizo otro día a la vela. Mas aquel día se les abrió un navío, y les fue necesario tornar al puerto y que estándole aderezando, Aguilar recibido la carta atravesó en una canoa la canal entre Yucatán y Cuzmil, y que viéndole los del armada fueron a ver quien era, y que Aguilar les preguntó si eran Cristianos y que respondiéndole que si y españoles, lloro de placer y puestas las rodillas en tierra dio gracias a Dios y preguntó a los españoles si era miércoles. Que los españoles le llevaron a Cortés así desnudo como venia, el cual le vistió y mostró mucho amor, y que Aguilar contó allí su perdida y trabajos, y la muerte de sus compañeros, y como fue imposible avisar a Guerrero en tan poco tiempo por estar más de LXXX leguas de allí.

Que con esto Aguilar que era muy bien intérprete torno Cortés a predicar la adoración de la Cruz y quito los ídolos de los templos, y dicen que hizo esta predicación de Cortés tanta impresión en los de Cuzmil que salían a la playa diciendo a los españoles que por allí pasaban Maria Maria Cortes Cortes.

Que partió Cortés de allí, y que toco de pasó en Campeche y no paro hasta Tabasco donde entre otras cosas y indios que le presentaron los de Tabasco le dieron una india que después se llamó Marina, la cual era de Jalisco hija de padres nobles y hurtada pequeña y vendida en Tabasco y que de hay la vendieron también en Xicalango, y Champotón, donde aprendió la lengua de Yucatán con la cual se vino a entender con Aguilar y que así proveyó Dios a Cortés de buenos y fieles interpretes, por donde vino a tener noticia y entrada en las cosas de México de las cuales la Marina sabia mucho por haber tratado con mercaderes indios y gente principal que hablaban de esto cada día.

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§ V. Provincias de Yucatán. Sus edificios antiguos más principales.

Que algunos viejos de Yucatán dicen haber oído a sus pasados que aquella tierra pobló cierta gente que entro por Levante a la cual había Dios librado abriéndoles doce caminos por la mar; lo cual si fuese verdad era necesario que veniesen de Judíos todos los de las Indias, porque pasado el estrecho de Magellanes, se habían de ir extendiendo más de dos mil leguas de tierra que hoy gobierna España.

Que la lengua de esta tierra es todo una y que esto aprovechó mucho para su conversión aunque en las costas hay alguna diferencia en vocablos y en el tono de hablar y que así los de la costa son más pulidos en su trato, y lengua, y que las mujeres se cubren los pechos, y las demás adentro no.

Que esta tierra esta partida en provincias sujetas a los pueblos de españoles más cercanos. Que la provincia de Chectemal y Bac-halal esta sujeta a Salamanca. La provincia de Ekab, de Cochuah y la de Kupul están sujetas a Valladolid. La de Ahkin-Chel y Yzamal, la de Zututa, la de Hocabaihumun, la de Tutuxiu, la de Cehpech, la de Chakan, están sujetas a la ciudad de Mérida, la de Camol y Campech, y Champutun y Tixchel acuden a San Francisco de Campeche.

Que en Yucatán hay muchos edificios de gran hermosura que es la cosa más señalada que se ha descubierto en las Indias, todos de cantería muy bien labrada sin haber ningún género de metal en ella con que se pudiese labrar. Que están estos edificios muy cerca unos de otros y que son templos, y que la razón de haber tantos es por mudarse las poblaciones muchas veces y que en cada pueblo labraban un templo por el gran aparejo que hay de piedra y cal, y cierta tierra blanca excelente para edificios.

Que estos edificios no son hechos por otras naciones sino por indios lo cual se ve por nombres de piedra desnudos, y honestados8 de unos largos listones que llaman en su lengua ex, y de otras divisa, que los indios traen.

Que estando este religioso autor de esta obra en aquella tierra se halló en un edificio que desbarataron, un cántaro grande con tres asas, pintado de unos fuegos plateados por de fuera, y dentro ceniza de cuerpo quemado, y algunos huesos de los brazos y piernas muy gruesos a maravilla, y tres cuentas de piedra buenas de las que usaban los indios por moneda. Que estos edificios de Izamal eran XI o XII por todos sin haber memoria de los fundadores, y que en uno de ellos, a instancia de los indios, se pobló un monasterio, el año de MDXLIX que se llamó San Antonio.

Que los segundos edificios más principales son los de Tikoch y Chicheniza los cuales se pintaran después. Que Chichén Itzá es un asiento muy bueno, X leguas de Izamal y XI de Valladolid, donde dicen que reinaron tres SSʳᵉˢ hermanos que vinieron a aquella tierra de la parte de Poniente, los cuales eran muy religiosos, y que así edificaron muy lindos templos y que vivieron sin mujeres muy honestamente, y que el uno de estos se murió o se fue, por lo cual los otros se hicieron parciales y deshonestos, y que por esto los mataron. La pintura del edificio mayor pintaremos después, y escribiremos la manera del pozo donde echaban hombres vivos en sacrificio, y otras cosas preciosas: tiene más de VII estados9 de hondo hasta el agua y de ancho más de cien pies hecho redondo en una peña tajada, que es maravilla, y el agua parece verde, dicen que lo causan la arboleda de que esta cercado.

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§ VI. De Cuculcán y de la edificación de Mayapán.

Que es opinión entre los indios que con los Izaes que poblaron a Chichén Itzá reino un gran señor llamado Cuculcan, y que muestra ser verdad el edificio principal que se llama Cuculcan. Y dicen que entro por la parte de Poniente, y que difieren en si entro antes o después de los izaes, o con ellos, y dicen que fue bien dispuesto, y que no tuvo mujer ne hijos, y que después de su vuelta fue tenido en México por uno de sus dioses, y llamado Cezalcouati, y que en Yucatán también le tuvieron por dios por ser gran republicano, y que esto se vio en el asiento que puso en Yucatán después de la muerte de los señores para mitigar la discusión que sus muertes causaron en la tierra.

Que este Cuculcán torno a poblar otra ciudad, tratándolo con los señores naturales de la tierra en que el y ellos viniesen, y que allí viniesen todas las cosas y negocios y que para esto eligieron un asiento muy bueno VIII leguas más dentro en la tierra que donde esta ahora Mérida XV o XVI de la mar, y que allí cercaron de una muy ancha pared de piedra seca como medio cuarto de legua, dejando solas dos puertas angostas y la pared no muy alta, y que en medio de está cerca hicieron sus templos y que al mayor, que es como el de Chichén Itzá llamaron Cuculcan, y que hicieron otro redondo con cuatro puertas, diferente de cuantos hay en aquella tierra, y otros muchos a la redonda, juntos unos a otros, y que dentro de este cercado hicieron casas para los señores solos entre los cuales repartieron toda la tierra, dando pueblos a cada uno, conforme a la antigüedad de su linaje y ser de su persona, y que Cuculcán puso nombre a la ciudad, no del suyo, como hicieron los Ahizaes en Chichén Itzá que quiere decir el Pozo de los Aizaes, mas llamola Mayapan que quiere decir el Pendon de la Maya, porque a la lengua de la tierra llaman Maya y que los Indios llaman Ychpa, que quiere decir Dentro de las Cercas.

Que este Cuculcán vivió con los señores algunos años en aquella ciudad, y que dejándolos en mucha paz y amistad se tornó por el mismo camino a México, y que de pasada se detuvo en Champotón, y que para memoria suya y de su partida hizo dentro en la mar un buen edificio al modo del de Chichén Itzá, un gran tiro de piedra de la ribera, y que así dejó Cuculcán en Yucatán perpetua memoria.

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§ VII. Gobierno político. Sacerdotes, ciencias y libros de Yucatán.

Que partido Cuculcán acordaron los señores para que la república durase que tuviese el principal mando la casa de los Cocomes, por ser más antigua o más rica, o por ser el que la regia entonces hombre de más valor, y que hecho esto ordenaron que pues en el cercado no había sino templos y casas para los señores y gran sacerdote, que se hiciesen fuera de la cerca casas donde cada uno de ellos tuviese alguna gente de servicio y donde los de sus pueblos acudiesen cuando viniesen a la ciudad con negocios, y que en estas casas puso cada uno su mayordomo, el cual traía por señal una vara gorda y corta y que le llamaban Caluac; y que este tenia cuenta con los pueblos, y con los que los regían, y que a ellos se enviaba aviso de lo que era menester en casa del señor como aves, maíz, miel, sal, pesca, caza, ropa y otras cosas, y que el Caluac acudía siempre a la casa del señor y veia lo que era menester en ella, y lo proveía luego porque su casa era como oficina de su señor.

Que acostumbraban buscar en los pueblos los mancos y ciegos y que les daban lo necesario.

Que los señores proveían de gobernadores y si les eran aceptos confirmaban en sus hijos los oficios y que les encomendaban el buen tratamiento de la gente menuda, y la paz del pueblo, y el ocuparse en trabajar para que se sustentasen ellos y los señores.

Que todos los señores tenían cuenta con visitar, respetar, alegrar a Cocom, acompañándole y festejándole y acudiendo al con los negocios arduos y que entre si vivían muy en paz y en mucho pasatiempo como ellos lo usan tomar en bailes y convites y cazas.

Que los de Yucatán fueron tan curiosos en las cosas de la religión como en las del gobierno, y que tenían un gran sacerdote que llamaban Ahkin-Mai, y por otro nombre Ahau-Can-Mai, que quiere decir el Sacerdote Mai o el Gran Sacerdote Mai, y que este era muy reverenciado de los señores el cual no tenia repartimiento de indios, pero que sin las ofendas, le hacían presentes los señores y que todos los sacerdotes de los pueblos le contribuían: y que a este le sucedían en la dignidad sus hijos y parientes más cercanos, y que en este estaba la llave de sus ciencias, y que en estas trataban lo más, y que daban consejo a los señores y respuestas a sus preguntas; y que cosas de los sacrificios pocas veces las trataba sino en fiestas muy principales, o en negocios muy importantes; y que este proveía de sacerdotes a los pueblos cuando faltaban, examinándoles en sus ciencias y ceremonias, y que les encargaba las cosas de sus oficios y el buen ejemplo del pueblo y proveía de sus libros y los enviaba, y que estos atendían al servicio de los templos, y a enseñar sus ciencias y escribir libros de ellas.

Que enseñaban los hijos de los otros sacerdotes, y a los hijos segundos de los señores que los llevaban para esto desde niños, si veian que se inclinaban a este oficio.

Que las ciencias que enseñaban eran la cuenta de los años, meses y días, las fiestas y ceremonias, la administración de sus sacramentos, los días y tiempos fatales, sus maneras de adivinar y sus profecías, los acaecimientos, y remedios para los males, y las antigüedades, y leer y escribir con sus libres y caracteres con los cuales escribían y con figuras que significaban las escrituras.

Que escribían sus libros en una hoja larga doblada con pliegues, que se venia a cerrar toda entre dos tablas que hacían muy galanas y que escribían de una parte y de otra a columnas, según eran los pliegues, y que este papel hacían de raíces de un árbol, y que le daban un lustre blanco en que se podia bien escribir, y que sabían de estas ciencias algunos principalos señores, por curiosidad, y que por esto eran más estimados, aunque no lo usaban en público.

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§ VIII. Llegada de los Tutuxivis y alianza que hicieron con los señores de Mayapán. Tiranía de Cocom, ruina de su poder y de la ciudad de Mayapán.

Que cuentan los indios que de parte de medio día vinieron a Yucatán muchas gentes con sus señores y parece haber venido de Chiapa aunque los indios no lo saben; mas que este autor lo conjetura porque muchos vocablos y composiciones de verbos es lo mismo en Chiapa y en Yucatán y que hay grandes señales en la parte de Chiapa de lugares que han sido despoblados. Y dicen que estas gentes anduvieron XL años por los despoblados de Yucatán, sin haber en ellos agua sino la que llueve, y que en fin de este tiempo aportaron a las sierras que caen algo en frente de la ciudad, de Mayapán X leguas de allá, y que allí comenzaron a poblar y hacer muy buenos edificios en muchas partes y que los de Mayapán tomaron mucha amistad con ellos, y holgaron que labrasen la tierra como naturales, y que así estos de Tutuxiu se sujetaron a las leyes de Mayapán, y así emparentaron unos con otros y que como el señor Xiui de los Tutuxios era tal vino a ser muy estimado de todos.

Que estas gentes vivieron tan quietamente que no había pleito ninguno, ni usaban armas, ni arcos, aun para la caza, siendo ahora excelentes flecheros, y que solamente usaban lazos y trampas con que tomaban mucha caza y que tenían cierto arte de tirar varas con un palo grueso como tres dedos, agujerado hacia la tercia parte, y largo seis palmos, y que con él y unos cordeles tiraban fuerte y certezamente.

Que tenían leyes contra los delincuentes y las ejecutaban mucho, como contra el adúltero que le entregaban al ofendido para que el le matase, soltando una piedra grande desde lo alto sobre la cabeza, o le perdonase si quisiese, y que a las adúlteras no daban otra pena más de la infamia, que entre ellos era cosa muy grave. Y que al que forzase doncella le mataban a pedradas, y cuentan un caso que el señor de los Tutuxios tenia un hermano que fue acusado de este crimen, y le hizo apedrear, y después le hizo cubrir de un gran montón de piedras, y que dicen que tenían otra ley antes de la población de esta ciudad, que mandaba sacar las tripas por el ombligo a los adúlteros.

Que el gobernador Cocom entro en codicia de riquezas, y que para esto trato con la gente de guarnición que los reyes de México tenían en Tabasco y Gicalango, que les entregaría la ciudad, y que así trajo gente mexicana a Mayapán, y oprimió los pobres y hizo muchos esclavos, y que le mataran los señores, si no tuvieran miedo a los mexicanos; y que el señor de los Tutuxios nunca consintió en esto, y que viéndose así los de Yucatán, aprendieron de los mexicanos el arte de las armas, y que así salieron maestros del arco y flecha y de la lanza y hachuela y sus rodelas10 y iacos fuertes de sal y algodón, y de otros pertrechos de guerra, y que ya no se admiraban de los mexicanos ni los temían, antes hacían poca cuenta de ellos y que en esto pasaron algunos años.

Que aquel Cocom fue primero el que hizo esclavos pero que de este mal se siguió usar las armas con que se defendieron para que no fuesen todos esclavos.

Que entre los sucesores de la casa Cocomina hubo uno muy orgulloso, y imitador de Cocom, y que este hizo otra liga con los de Tabasco, y que metio más Mexicanos dentro de la ciudad, y que comenzó a tiranizar y hacer esclavos a la gente menuda; y que por esto se juntaron los señores a la parte de Tutuxiu, el cual era gran republicano como sus pasados, y que concertaron de matar a Cocom, y que así le hicieron, matando también a todos sus hijos, sin dejar más de uno que estaba ausente, y que le sequearon la casa y le tomaron las heredades que tenia de cacau11 y de otras frutas, diciendo que se pagaban de lo que les había robado, y que duraron tanto los bandos entre los Cocomes que decían ser injustamente echados, y los Xiuis, que después de haber estado en aquella ciudad más de D años, la desampararon y despoblaron, yéndose cada uno a su tierra.

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§ IX. Monumento cronológico de Mayapán. Establecimiento del reino de Zututa. Origen de los Cheles. Los tres reinos principales de Yucatán.

Que conforme a la cuenta de los indios habrá C y XX años que se despobló Mayapán, y que se hallan en la plaza de aquella ciudad VII o VIII piedras de a X pies en largo cada una, redondas por la una parte, bien labradas, y que tienen algunos renglones de los caracteres que ellos usan, y que por estar gastadas de la agua no se pueden leer, mas piensan que es memoria de la fundación y destrucción de aquella ciudad, y que otras semejantes están en Zilan, pueblo de la costa aunque más altas, y que los naturales preguntados que cosa era respondieron que acostumbraban erigir de XX en XX años que es el número que tienen de contar sus edades, una piedra de aquellas. Mas parece que no lleva camino, porque según esto, había de haber muchas más, principalmente que no les hay en otros pueblos sino en Mayapán y Zilan.

Que lo principal que llevaron a sus tierras estos señores que desampararon a Mayapán fueron los libros de sus ciencias, por que siempre fueron muy sujetos a los consejos de sus sacerdotes y que por eso hay tantos templos en aquellas provincias.

Que el hijo de Cocom el que escapo de la muerte por estar absente en sus contrataciones en tierra de Ulua, que es adelante de la villa de Salamanca, como supo la muerte de su padre y el desbarató de la ciudad, vino muy presto, y que se junto con sus parientes y vasallos y pobló un lugar que llamó Tibulon, que quiere decir Jugados fuimos, y que edificaron otros muchos pueblos en aquellos montes y procedieron muchas familias de estos Cocomes y que la provincia donde manda este señor se llama Zututa.

Que estos señores de Mayapán no tomaron venganza de los Mexicanos que ayudaron a Cocom, viendo que fueron persuadidos por el gobernador de la tierra y por que eran extranjeros, y que así los dejaron, dándoles facultad para que poblasen en pueblo apartado para si solos, o se fuesen de la tierra, y que no pudiesen casar con los naturales de ella, sino entre ellos, y que estos escogieron quedarse en Yucatán y no volver a las lagunas y mosquitos de Tabasco, y poblaron en la provincia de Canul, que les fue señalada y que allí duraron hasta las guerras segundas de los españoles.

Dicen que entre los XII sacerdotes de Mayapán hubo uno muy sabio que tuvo una sola hija a la cual caso con un mancebo noble, llamado Achchel, el cual hubo hijos que se llamaron como el padre, conforme a la usanza de la tierra, y dicen que este sacerdote aviso a su yerno de la destrucción de aquella ciudad, y que este supo mucho en las ciencias de su suegro, el cual dicen que le escribió ciertas letras en la tabla del brazo izquierdo de gran importancia para ser estimado, y que con esta gracia pobló en la costa hasta que vino a hacer asiento en Tikoch, siguiéndole gran número de gentes. Y que así fue muy insigne población aquella de los Cheles y poblaron la más insigne provincia de Yucatán que llamaron de su nombre la provincia de Ahkinchel, y es la de Izamal donde residieron estos Cheles y se multiplicaron en Yucatán hasta la entrada del Adelantado Montejo.

Que entre estas tres casas de señores principales que eran Cocomes, Xiuies y Cheles, hubo grandes bandos y enemistades, y hoy en día con ser cristianos los hay. Los Cocomes decían a los Xiuies que eran extranjeros y traidores, matando a su señor natural y robándole su hacienda. Los Xiuies decían ser tan buenos como ellos y tan antiguos y tan señores, y que no fueron traidores, sino libertadores de la patria, matando al tirano. El Chel decia que era tan bueno como ellos en linaje, por ser nieto de un sacerdote el más estimado de Mayapán y que por su persona era mayor que ellos, pues había sabido hacerse tan señor como ellos y que en esto se hacían desabrimiento en los mantenimientos, porque el Chel que estaba a la costa no queria dar pescado ni sal al Cocom, haciéndole ir muy lejos por ello y el Cocom no dejaba sacar caza ni frutas al Chel.

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§ X. Varias calamidades experimentadas en Yucatán en el siglo anterior a la conquista, huracán, pestilencias, guerras, etc.

Que estas gentes tuvieron más de XX años de abundancia y de salud y se multiplicaron tanto que toda la tierra parecía un pueblo, y que entonces se labraron los templos en tanta muchedumbre, como se ve hoy en día por todas partes y que atravesando por montes se ven entre las arboledas asientos de casas y edificios labrados a maravilla.

Que después de esta felicidad, una noche por invierno vino un aire como a las seis de la tarde y fue creciendo haciéndose huracán de cuatro vientos y que este aire derribo todos los árboles crecidos lo cual hizo gran matanza en todo género de caza y que derribo todas las casas altas las cuales como son pajizas y tenían dentro lumbre por el frío, se encendieron y abrasaron gran parte de la gente, y que si algunos escapaban quedaban hechos pedazos de los golpes de la madera.

Y que duro este huracán hasta otro día a las doce y que hallaron que habían escapado los que moraban en casas pequeñas, y los mozos recien casados que allá usan hacer unas casillas en frente de sus padres o suegros donde moran los primeros años, y que así perdió entonces el nombre la tierra que solía llamarse de los venados y pavos, y tan sin árboles que los que ahora hay parecen que se plantaron juntos, según están nacidos a la igual; y que mirando esta tierra de algunas partes altas, parece que toda esta cortada con una tijera.

Que los que escaparon se animaron a edificar y cultivar la tierra, y se multiplicaron mucho viniéndoles XV años de salud y buenos temporales y que el ultimo fue el más fértil de todos y que queriendo comenzar a coger los frutos, sobrevinieron por toda la tierra unas calenturas pestilenciales que duraron XXIIII horas, y después que cesaban, se hinchaban y reventaban llenos de gusanos, y que con esta pestilencia murió mucha gente y se quedo gran parte de los frutos por coger.

Que después de cesado la pestilencia hubieron otros diez y seis años buenos, en los cuales se renovaron las pasiones y bandos de manera que murieron en batallas C y L mil hombres, y que con esta matanza se sosegaron y hicieron paz y descansaron por XX años, después de los cuales les dio pestilencia de unos granos grandes que les podría el cuerpo con gran hedor, de manera que se les caían los miembros a pedazos dentro de cuatro o cinco días. Que habrá que pasó esta última plaga más de L años, y que la mortandad de las guerras fue XX años antes, y que la pestilencia de la hinchazón y gusanos seria XVI años antes de las guerras, y el huracán otros diez y seis antes que esta y XXII o XXIII después de la destrucción de la ciudad de Mayapán, que, según esta cuenta, ha CXXV años que se desbarató dentro de los cuales los de esta tierra han pasado las dichas miserias, sin otras muchas después que comenzaron a entrar en ella los españoles, así por guerras como por otros castigos que Dios envió de manera que es maravilla haber la gente que hay aunque no es mucha.

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§ XI. Profecías de la llegada de los españoles. Historia de Francisco de Montejo, primer Adelantado de Yucatán.

Que como la gente mexicana tuvieron señales y profecías de la venida de los españoles y de la cesación de su mando y religión, también los tuvieron los de Yucatán algunos años antes que el Adelantado Montejo los conquistase y que en las tierras de Mani que es en la provincia de Tutuxiu, un indio llamado Ahcambal y por oficio Chilan, que es el que tiene cargo de dar las respuestas del demonio, les dijo públicamente que presto serian señoreados de gente estrangera, y les predicarían un Dios, y la virtud de un palo que en su lengua llamó vahom che, que quiere decir palo enhiesto de gran virtud contra los demonios.

Que el sucesor de los Cocomes, llamado don Juan Cocom después de cristiano, fue hombre de gran reputación y muy sabio en sus cosas y en las naturales bien sagaz y entendido, y que fue muy familiar del autor de este libro fray Diego de Landa, y que le contó muchas antigüedades y que le mostró un libro que fue de su abuelo, hijo del Cocom que mataron en Mayapán y que en el estaba pintado un venado y que aquel su abuelo le había dicho que cuando en aquella tierra entrasen venados grandes, que así llaman a las vacas, cesaría el culto de los Dioses, y que se había cumplido, porque los españoles trajeron vacas grandes.

Que el Adelantado Francisco de Montejo fue natural de Salamanca y que pasó a las Indias después de poblada la ciudad de Santo-Domingo en la isla Española, habiendo estado primero algún tiempo en Sevilla, donde dejó un hijo niño que allí hubo, y que vino a la ciudad de Cuba donde gano de comer y tuvo muchos amigos por su buena condición y que entre ellos fueron Diego Velasquez, gobernador de aquella isla y Hernando Cortés y que como el gobernador se determinó enviar a Francisco de Grijalva, su sobrino, a rescatar a tierra de Yucatán y a descubrir más tierra, después de la nueva que Francisco Hernández de Córdoba trajo, cuando la descubrió, que era rica tierra, determinó que Montejo fuese con Grijalva y puso uno de los navíos y mucho bastimento, como era rico y que así fue de los segundos españoles que descubrieron a Yucatán y que vista la costa de Yucatán, trajo deseo de enriquecer allí antes que en Cuba. Y vista la determinación de Hernando Cortés le siguió con su hacienda y persona y que Cortés le dio un navío a cargo, haciéndole capitán del y que en Yucatán hubieron a Gerónimo de Aguilar de quien Montejo tomo lengua de aquella tierra y de sus cosas, y que llegado Cortés a la Nueva España comenzó luego a poblar y que el primer pueblo llamó la Vera Cruz, conforme al blasón de su bandera y que en este pueblo fue Montejo nombrado por unos de los alcaldes del rey, en que se hubo discretamente y que así le público por tal Cortés cuando tomo por allí, después del camino que hizo navegando la tierra a la redonda, y que por esto le envió a España por uno de los procuradores de aquella república de la Nueva España y para que llevase el quinto al rey con relación de la tierra descubierta y de las cosas que se comenzaban a hacer en ella.

Que cuando llegó Francisco de Montejo a la corte de Castilla, era presidente del consejo de las Indias Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, el cual estaba malamente informado contra Cortés por parte de Diego Velasquez, gobernador de Cuba, que pretendía también lo de la Nueva España y que estaban los más del consejo con los negocios de Cortés que parecía que no enviara dineros al rey, sino que se los pedía y que entendiendo que por estar el emperador en Flandes se negociaba mal, perseveró siete años, desde que salio de las Indias que fue año de MDXIX hasta que se embarcó que fue el de XXVI y con esta perseverancia recusó al presidente y al papa Adriano que era gobernador; hablo y al emperador, lo cual aprovechó mucho y que se despacho lo de Cortés como era razón.

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§ XII. Montejo navega a Yucatán y toma posesión de la tierra. Los Cheles le conceden el asiento de Chichén Itzá. Los indios le obligan a que lo deje.

Que en este tiempo que Montejo estuvo en la corte negocio para si la conquista de Yucatán, aunque pudiera negociar otras cosas; y diéronle titulo de Adelantado y que así se vino a Sevilla y llevó un sobrino suyo de trece años de su mismo nombre y que halló en Sevilla a su hijo de edad de XXVIII años a quien llevó consigo y que trato palabras de casamiento con una señora de Sevilla viuda que era rica y así pudo juntar D hombres, y los embarcó en tres navíos, y siguió su viaje y aporto a Cuzmil, isla de Yucatán donde los indios no se alteraron, porque estaban domesticados con los españoles de Cortés; y que allí procuró saber muchos vocablos de los indios para entenderse con ellos, y que de allí navegó a Yucatán, y tomo la posesión, diciendo un Alferez suyo con la bandera en la mano: en nombre de Dios tomo la posesión de esta tierra por Dios y por el rey de Castilla.

Que de esta manera se fue la costa abajo, que estaba bien poblada entonces, hasta llegar a Conil, pueblo de aquella costa y que los indios se espantaron de ver tantos caballos y gente y que dieron aviso a toda la tierra de lo que pasaba y esperaban el fin que tenían los españoles.

Que los indios señores de la provincia de Chicaca vinieron al Adelantado a visitarle de paz y que fueron bien recibidos, entre los cuales venia un hombre de grandes fuerzas y que este quito un alfange a un negrillo que le llevaba detrás de su amo y quiso matar con el al Adelantado, el cual se defendió y se llegaron españoles y se apaciguó el ruido y entendieron que era menester andar sobre aviso.

Que el Adelantado procuró entender cual era la mayor población, y entendió que era la de Tecoh donde eran señores los Cheles, la cual estaba en la costa la tierra abajo por el camino que los españoles llevaban, y que los indios pensando que caminaban para salirse de la tierra, no se alteraban, ni les estorbaban el camino y que de esta manera llegaron a Tecoch y que hallaron ser pueblo mayor y mejor que habían pensado, y que fue dichoso no ser señores de aquella tierra los Covohes de Champotón que siempre fueron de más coraje que los Cheles, los cuales con el sacerdocio que les dura hasta hoy, no son tan orgullosos como otros, y que por esto concedieron al Adelantado que pudiese hacer un pueblo para su gente y les dieron para ello el asiento de Chichén Itzá, VII leguas de allí, que es muy excelente, y que desde allí fue conquistando la tierra, lo cual hizo fácilmente porque los de Ahkinchel no le resistieron, y los de Tutuxiu le ayudaron y con esto los demás hicieron poca resistencia.

Que de esta manera pidió el Adelantado gente para edificar en Chichén Itzá, y que en breve edifico un pueblo, haciendo las casas de madera y la cobertura de ciertas palmas y paja larga al uso de los indios. Y así viendo que los indios servían sin pesadumbre, contó la gente de la tierra que era mucha y repartió los pueblos entre los españoles, y según dicen a quien menos cabía alcanzaba dos o tres mil indios de repartimiento y que así comenzó a dar orden a los naturales, como habían de servir a aquella su ciudad y que no plugo12 mucho a los indios, aunque disimularon por entonces.

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§ XIII. Montejo deja a Yucatán con toda su gente y vuelve a México. Su hijo Francisco de Montejo pacifica después a Yucatán.

Que el Adelantado Montejo no pobló a propósito.... de quien tiene enemigos, porque estaba muy lejos de la mar, para tener entrada y salida a México y para las cosas de España; y que los indios pareciéndoles una cosa dura servir a extranjeros donde ellos eran señores, comenzaron a ofenderle por todas partes, aunque el se defendía con sus caballos y gente, y les mataba muchos; pero los indios se reforzaban cada día y de manera que los vino a faltar la comida, y que al fin dejaron la ciudad una noche, poniendo un perro atado al badajo de la campana y un poco de pan apartado que no lo pudiese alcanzar, y que canzaron el día antes a los indios con escaramuzas para que no los siguiesen, y que el perro repicaba la campana por alcanzar el pan, lo cual hizo mucha maravilla en los indios, pensando que querían salir a ellos, y que después de sabido, estaban muy corridos de la burla y acordaron seguir a los españoles por muchas partes por no saber el camino que llevaban; y que la gente que fue por aquel camino alcanzaron a los españoles, dándoles mucha grita como a gente que huye y que seis de caballo les esperaron en un raso y alcanzaron muchos de ellos y que uno de los indios asió de la pierna de un caballo y le detuvo como si fuera un carnero, y que los españoles llegaron a Zilan que era muy hermoso pueblo cuyo señor era un mancebo de los Cheles ya cristiano y amigo de españoles, el cual les trato bien y que estaba cerca Ticokh, lo cual y todos los otros pueblos de aquella costa estaban en obediencia de los Cheles, y que así los dejaban estar seguros algunos meses.

Que el Adelantado viendo que desde allí no se podia socorrer de las cosas de España, y que si los indios tomaban sobre ellos que serian perdidos, acordó de irse a Campeche y a México, dejando a Yucatán sin gente y que había desde Zilan a Campeche cuarenta y ocho leguas muy pobladas de gente, y que dieron parte a Vamuxchel, señor de Zilan, y el se ofreció de asegurarles el camino y acompañarlos, y que el Adelantado trato con el tío de este señor que era señor de Yobain que le diese dos hijos que tenia bien dispuestos para que le acompañasen, de manera que con estos mancebos primos hermanos los dos en colleras, y el de Zilan a caballo llegaron seguros a Campeche donde fueron recibidos en paz y se despidieron los Cheles, y volviéndose a sus pueblos, se cayo muerto el de Zilan, y que desde allí partieron para México donde Cortés había señalado repartimientos de indios al Adelantado aunque estaba ausente.

Que llegado el Adelantado a México con su hijo y sobrino llegó luego a buscar suya doña Beatrix de Herrera su mujer y una hija que en ella tenia, llamada doña Beatrix de Montejo con quien había casado clandestinamente en Sevilla... y dicen algunos que la negaba; pero don Antonio de Mendoza virrey de la Nueva España se pasó de por medio, y que así la recibió y le envió el virrey por gobernador de Honduras donde caso su hija con el licenciado Alonso Maldonado, presidente de la audiencia de los confines y que después de algunos años le pasaron a Chiapa desde donde envió a su hijo con poderes a Yucatán y la conquistó y pacífico.

Que este don Francisco hijo del adelantado se crió en la corte del rey católico y que le trajo su padre cuando volvió a las Indias a la conquista de Yucatán y de allí fue con el a México y que el virrey don Antonio y el marqués don Hernando Cortés le quisieron bien, y fue con el marqués a la jornada de California y que tornado le proveyó el virrey para regir a Tabasco y se desposó con una señora llamada doña Andrea del Castillo que había pasado doncella a México con parientes suyos.

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§ XIV. Estado de Yucatán después de la salida de los españoles. Don Francisco hijo del Adelantado Montejo restablece el gobierno español en Yucatán.

Que salidos los españoles de Yucatán, falto el agua en la tierra, y que por haber gastado sin orden su maíz en las guerras de españoles, les sobrevino gran hambre, tanto que vinieron a comer cortezas de árboles, en especial de uno que llaman cumché, que es fofo por de dentro y blando, y que por esta hambre los Xiuis, que son los señores de Maní acordaron hacer un sacrificio solemne a los ídolos, llevando ciertos esclavos y esclavas a echar en el pozo de Chichén Itzá y que habían de pasar por el pueblo de los señores Cocomes sus capitales enemigos, y que pensando que en tal tiempo no renovarían las pasiones viejas, les enviaron a rogar que les dejasen pasar por su tierra y que los Cocomes les engañaron con buena respuesta: y que dándoles posada a todo juntos en una gran casa les pegaron fuego y mataron a los que escapaban y que por esto hubo grandes guerras; y que se les recreció langosta por espacio de cinco años que no les dejaba cosa verde, y que vinieron a tanta hambre que se caían muertos por los caminos, de manera que cuando los españoles volvieron, no conocían la tierra, aunque en otros cuatro años buenos después de la langosta se habían algo mejorado.

Que este don Francisco se partió para Yucatán por los ríos de Tabasco y entro por las lagunas de dos bocas y que el pueblo primero que topo fue Champotón con cuyo señor llamado Mochkovoh le fue mal a Francisco Hernández y a Grijalva; y por ser ya muerto, no hubo allí resistencia, antes los de este pueblo sustentaron a don Francisco y a su gente dos años en el cual tiempo no pudo pasar adelante por la mucha resistencia que hallaba, y que después pasó a Campeche y vino a tener mucha amistad con los de aquel pueblo. De manera que con su ayuda y de los de Champotón acabo la conquista prometiéndoles que serian remunerados del rey por su mucha fidelidad, aunque hasta ahora el rey no lo ha cumplido.

Que la resistencia no fue bastante para que don Francisco dejase de llegar con su ejército a Tiho, donde se pobló la ciudad de Mérida, y que dejando el bagaje en Mérida comenzaron a proseguir su conquista enviando capitanes a diversas partes, y que don Francisco envió a su primo Francisco de Montejo a la villa de Valladolid, para pacificar los pueblos que estaban algo rebeldes, y para poblar aquella villa como ahora está poblada. Y que pobló en Chectemal la villa de Salamanca, y que tenia ya poblado a Campeche, y dio orden en el servicio de los indios y en el gobierno de los españoles, hasta que el Adelantado su padre vino a gobernar desde Chiapa con su mujer y casa y fue bien recibido en Campeche y llamó a la villa San Francisco por su nombre, y después pasó a la ciudad de Mérida.

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§ XV. Crueldades de los españoles en los naturales. Cómo se disculparon.

Que los indios recibían pesadamente el yugo de la servidumbre; mas los españoles tenían bien repartidos sus pueblos que abrazaban la tierra, aunque no faltaba entre los indios quien los alterase, sobre lo cual se hicieron castigos muy crueles, que fue causa que se apocase la gente. Quemaron vivos algunos principales de la provincia de Cupul, y ahorcaron otros. Hizose información contra los de Yobain, pueblo de los Cheles, y prendieron la gente principal y metiéronlos en una casa en cepos y pegaron fuego a la casa y se abrasaron vivos con la mayor inhumanidad del mundo, y dice este Diego de Landa que el vio un gran árbol cerca del pueblo en el cual un capitán ahorcó muchas mujeres indias de las ramas, y de los pies de ellas los niños sus hijos y que en este mismo pueblo, y en otro que dicen Verey, dos leguas del, ahorcaron dos indias la una doncella, y la otra recien casada, no por otra culpa, sino porque eran muy hermosas, y temían que se revolvería el real de los españoles sobre ellas, y porque pensasen los indios que no se les daba nada a los españoles de las mujeres, y que de estas dos hay mucha memoria entre los indios y españoles por su gran hermosura y por la crueldad con que las mataron.

Que se alteraron los indios de la provincia de Cochua y Chectemal y que los españoles los apaciguaron de tal manera que siendo dos provincias las más pobladas y llenas de gente, quedaron las más desventuradas de toda aquella tierra, haciendo en ellas crueldades inauditas, cortando manos, brazos, y piernas, y a las mujeres los pechos y echándolas en lagunas hondas con calabazas atadas a los pies, y dando de estocadas a niños porque no andaban tanto como las madres; y si los que llevaban en colleras enfermaban, o no andaban tanto como los otros, cortábanles entre los otros las cabezas por no pararse a soltarlos, y que traían gran número de mujeres y nombres cautivos para su servicio con semejantes tratamientos. Y que sa afirma que don Francisco de Montejo no hizo ninguna de estas crueldades, ni se halló a ellas, antes le parecieron muy mal, pero que no pudo más.

Que los españoles se disculpan con decir que siendo ellos pocos, no podían sujetar tanta gente sin ponerles miedo con castigos terribles y traen ejemplo de historias y de la pasada de los Hebreos a la tierra de promisión con grandes crueldades, por mandado de Dios, y que por otra parte tenían razón los indios de defender su libertad, y confiar en los capitanes que tenían muy valientes para entre ellos y pensaban que así serian contra los españoles.

Que cuentan de un ballestero español y de un flechero indio que por ser muy diestros el uno y el otro se procuraban matar y no podían tomarse descuidados, y que el español fingió descuidarse puesta la una rodilla en tierra, y que el indio le dio un flechazo por la mano que le subió el brazo arriba y le apartó las canillas una de otra, y que al mismo tiempo soltó el español la ballesta y dio al indio por los pechos; y que sintiéndose herido de muerte, porque no dijesen que español le había muerto, corto un bejuco que es como mimbre y muy más largo, y se ahorcó a vista de todos con él; y que de estas valentías hay muchos ejemplos.

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§ XVI. Modo de los pueblos de Yucatán. Cédula real en favor de los indios. Muere el Adelantado; sus descendientes por su hijo don Francisco de Montejo.

Que antes que los españoles ganasen aquella tierra vivían los naturales juntos en pueblos con mucha policía y que tenían la tierra muy limpia y desmontada de malas plantas, y puestos muy buenos árboles. Y que la habitación era de esta manera: en medio del pueblo estaban los templos con hermosas plazas y entorno de los templos estaban las casas de los señores y de los sacerdotes, y luego la gente más principal; y que así iván los más ricos y estimados más cercanos a estos y a los fines del pueblo estaban las casas de la gente más baja. Y que los pozos donde había pocos estaban cerca de las casas de los señores, y que tenían sus heredades plantadas de los árboles de vino y sembrado con algodón, pimienta y maíz, y que vivían en estas congregaciones por miedo de sus enemigos que los cautivaban, y que por las guerras de los españoles se desparcieron por los montes.

Que los indios de Valladolid por sus malas costumbres, o por el mal tratamiento de los españoles se conjuraron de matar a los españoles cuando se dividían a cobrar sus tributos y que en un día mataron a 17 españoles, y 400 criados de los muertos y de los que quedaron vivos, y que luego enviaron algunos brazos y pies por toda la tierra en señal de lo que habían hecho, para que se alzasen: mas no lo quisieron hacer y con esto pudo el Adelantado socorrer a los españoles de Valladolid y castigar a los indios.

Que el Adelantado tuvo desasosiego con los de Mérida y muy mayores con la cédula del emperador con la cual privó de indios a todos los gobernadores, y que fue un receptor a Yucatán y quito al Adelantado los indios y los puso en cabeza del rey, y que tras esto le tomaron residencias a la Audiencia real de México la cual le remitió al Consejo real de Indias en España, donde murió, lleno de días y trabajos, y dejó a su mujer doña Beatriz en Yucatán más rica que él, y a don Francisco de Montejo su hijo casado en Yucatán y a su hija doña Catalina casada con el licenciado Alonso Maldonado presidente de las Audiencias de Honduras y Santo Domingo de la Isla Española, y a don Juan de Montejo español, y a don Diego mestizo que hubo en una india.

Que este don Francisco después que dejó el gobierno a su padre el Adelantado, vivió en su casa como un particular vecino, cuanto al gobierno, aunque muy respetado de todos por haber conquistado, repartido y regido aquella tierra; fue a Guatimala con su residencia y torno a casa. Tuvo por hijos a don Juan de Montejo que caso con doña Isabel, natural de Salamanca, y a doña Beatriz de Montejo (que caso con) su tío primo hermano de su padre, y a doña Francisca de Montejo que caso con don Carlos de Avellano, natural de Guadalajara. Murió de larga enfermedad después de haberlos visto a todos casados.

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§ XVII. Los frailes Franciscanos vienen a Yucatán. Toman la defensa de los naturales. Odio de los españoles contra ellos.

Que fray Jacobo de Testera franciscano pasó a Yucatán y comenzó de doctrinar a los hijos de los indios y que los soldados españoles se quisieron servir de los mozos tanto que no les quedaba tiempo para aprender la doctrina, y que por otra parte disgustaron a los frailes cuando los reprendían de lo que hacían mal contra los indios, y que por esto fray Jacobo se tornó a México donde murió, y que después fray Toribio Motolinia envió desde Guatimala frailes, y que de México fray Martín de Hoja Castro envió más frailes y que todos tomaron asiento en Campeche y Mérida con favor del Adelantado y de su hijo don Francisco. Los cuales les edificaron un monasterio en Mérida, como está dicho, y que procuraron saber la lengua, lo cual era muy dificultosa. El que más supo fue fray Luis de Villalpando que comenzó a saberla por señas y pedrezuelas y la redujo a alguna manera de arte y escribió una doctrina cristiana de aquella lengua, aunque había muchos estorbos de parte de los españoles que eran absolutos señores y querían que se hiciese todo enderezado a su ganancia y tributos, y de parte de los indios que procuraban estarse en sus idolatrías y borracheras, principalmente era gran trabajo estar los indios tan derramados por los montes.

Que los españoles tomaban pesar de ver que los frailes hiciesen monasterios, y ahuyentaban los hijos de los indios de sus repartimientos para que no viniesen a la doctrina, y quemaron el monasterio de Valladolid dos veces con su iglesia que era de madera y paja, tanto que fue necesario irse los frailes a vivir entre los indios, y que cuando se alzaron los indios de aquella provincia escribieron al virrey don Antonio que se habían alzado por amor de los frailes, y que el virrey hizo diligencia y averiguó que al tiempo que se alzaron, aun no eran llegados los frailes a aquella provincia, y que velaban de noche a los frailes en escándalo de los indios y hacían inquisición de sus vidas y les quitaban las limosnas.

Que los frailes viendo este peligro enviaron al muy singular juez Cerrato, presidente de Guatymala, un religioso que le diese cuenta de lo que pasaba; el cual vista la desorden y mala cristiandad de los españoles, porque llevaban los tributos absolutamente cuantos podían sin orden del rey, y más el servicio personal en todo género de trabajo hasta alquilarlos a llevar cargas, proveyó de cierta tasación harta larga, aunque pasadera en que señalaba que cosas eran del indio, después de pagado el tributo a su encomendero13, y que no fuese todo absolutamente del español, y que suplicaron de esto, y que con temor de la tasa sacaban a los indios más que hasta allí, y que los frailes tornaron a la audiencia, y enviaron a España, y hicieron tanto que la audiencia de Guatimala envió un oidor el cual tasó la tierra, y quito el servicio personal, y hizo casar a algunos, quitándoles las casas que tenían llenas de mujeres. Este fue el licenciado Thomas López natural de Tendilla, y que esto causó que aborreciesen mucho más a los frailes, haciéndoles libelos infamatorios, y cesando de oir sus misas.

Que este aborrecimiento causó que los indios estuviesen muy bien con los frailes, considerando los trabajos que tomaban sin interese ninguno, y que les causaron libertad, tanto que ninguna cosa hacían sin dar parte a los frailes, y tomar su consejo, y esto dio causa para que los españoles con envidia que los frailes habían hecho esto por gobernar las Indias y gozar de lo que a ellos se había quitado.

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§ XVIII. Vicios de los indios. De cómo los frailes les enseñaron. Enseñanza de la lengua y letras. Castigo de algunos apóstatas.

Que los vicios de los indios eran idolatrías, y repudios y borracheras públicas, y vender y comprar por esclavos, y que sobre apartarles de estas cosas vinieron a aborrecer a los frailes; pero que a parte de los españoles los que más fatigaron a los religiosos, aunque encubiertamente fueron los sacerdotes, como gente que había perdido su oficio y los provechos del.

Que la manera que se tuvo para doctrinar los indios fue recoger los hijos pequeños de los señores, y gente más principal, y que los ponían en torno de los monasterios en casas que cada pueblo hacia para los suyos donde estaban todos juntos los de cada lugar, y que sus padres y parientes les traían de comer, y que con estos niños se recogían los que venían a la doctrina, y que con esta frecuentación pidieron muchos el bautismo con mucha devoción, y que estos niños después de enseñados tenían cuidado de avisar a los frailes de las idolatrías y borracheras, y que rompían los ídolos, aunque fuesen de sus padres, y exhortaban a las repudiadas y a los huérfanos si los hacían esclavos que se quejasen a los frailes, y aunque fueron amenazados de los suyos, no por esto cesaban, antes respondían que les hacían honra, pues era por el bien de sus almas, y que el Adelantado y los jueces del rey siempre andado fiscales a los frailes para recoger los indios a la doctrina, y para castigar a los que se tomaban a la vida pasada, y que al principio daban los señores de mala gana sus hijos, pensando que los querían hacer esclavos como habían hecho los españoles, y que por esta causa daban machos esclavillos en lugar de sus hijos, mas como entendieron el negocio, los daban de buena gana. Que de esta manera aprovecharon tanto los mozos en las escuelas y la otra gente en la doctrina, que era cosa admirable.

Que aprendieron leer y escribir en la lengua de los indios, la cual se redujo tanto a arte que se estudiaba como la latina y se halló que no usaban de seis letras nuestras que son D, F, G, Q, R, S, que para cosa ninguna las han menester; pero tienen necesidad de doblar otras y añadir otras para entender las muchas significaciones de algunos vocablos, porque pa quiere decir abrir, y ppa, apretando mucho los labios quiere decir quebrar; y tan es cal, o ceniza, y tan dicho recio entre la lengua y los dientes altos, quiere decir palabra o hablar, y así en otras diciones. Y puesto que ellos para estas cosas tenían diferentes caracteres, no fue menester inventar nuevas figuras de letras sino aprovecharse de las latinas porque fuese común a todos.

Dioseles también orden para que dejasen los asientos que tenían en los montes, y se juntasen como antes en buenas poblaciones, para que más fácilmente fuesen enseñados, y no tuviesen tanto trabajo los religiosos, para cuya sustentación les hacían limosnas las pascuas y otras fiestas, y hacían limosnas a las iglesias por medio de dos indios ancianos, nombrados para esto, con lo cual daban lo necesario a los frailes cuando andaban visitando entre ellos, y también aderezaban las iglesias de ornamentos.

Que estando esta gente instruidos en la religión y los mozos aprovechados como dijimos, fueron pervertidos por los sacerdotes que en su idolatría tenían, y por los señores, y tornaron a idolatrar y hacer sacrificios no solo de sahumerios14 sino de sangre humana, sobre lo cual los frailes hicieron inquisición y pidieron ayuda al alcalde mayor y prendieron muchos y les hicieron procesos y se celebro un auto en que pusieron muchos en cadalso, encorozados, y azotados y trasquilados, y algunos ensambenitados15 por algún tiempo, y que algunos de tristeza, engañados del demonio se ahorcaron, y que en común mostraron todos mucho arrepentimiento y voluntad de ser buenos cristianos.

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§ XIX. Llegada del obispo Toral: suelta a los indios presos. El provincial de San Francisco va a España para justificarse.

Que en esta sazón llegó a Campeche fray Francisco Toral, fraile franciscano, natural de Ubeda, que había estado XX años en lo de México, y venia por obispo de Yucatán, el cual por las informaciones de los españoles, y por las quejas de los indios, deshizo lo que los frailes tenían hecho, y mando soltar los presos y que sobre esto se agravio el provincial y determinó ir a España, quejándose primero en México, y que así vino a Madrid, donde los del consejo de Indias le afearon mucho que hubiese usurpado el oficio de obispo, y inquisidor, para descargo de lo cual alegaba la facultad que su orden tenia para en aquellas partes concedida por el papa Adriano, a instancia del emperador, y el aujilio que la Audiencia real de las Indias le mando dar conforme a como se daba a los obispos; y que los del consejo se enojaron más por estas disculpas, y acordaron de remitirle al y a sus papeles y a los que el obispo había enviado contra las frailes a fray Pedro de Bovadilla, provincial de Castilla, a quien el rey escribió, mandándole que los viese y hiciese justicia y que este fray Pedro, por estar enfermo, cometió el examen de estos procesos a fray Pedro de Guzman de su orden, hombre docto y experimentado en cosas de inquisición, y se presentaron los pareceres de siete personas doctas del reino de Toledo que fueron el D. fray Francisco de Medina y fray Francisco Dorantes de la orden de San Francisco, y el maestro fray Alonzo de la Cruz, fraile de San Augustin, quien había estado XXX años en las Indias, y el licenciado Thomas López, que fue oidor en Guatimala en el Nuevo Reino, y fue Juez en Yucatán, y el D. Hurtado catedrático de cánones, y el D. Mendez, catedrático de santa Escritura, y el D. Martinez, catedrático de Scoto en Alcalá, los cuales dijeron que el provincial hizo justamente el auto y las otras cosas en castigo de los indios. Lo cual visto por fray Francisco de Guzman, escribió largamente sobre ello al provincial fray Pedro de Bovadilla.

Que los indios de Yucatán merecen que el rey les favorezca por muchas cosas y por la voluntad que mostraron a su servicio. Estando necesitado en Flandes envió la princesa doña Juana su hermana, que entonces era gobernadora del reino, una cédula pidiendo ayuda a los de las Indias, la cual llevó a Yucatán un oidor de Guatimala y para esto junto los señores y ordenó que un fraile les predicase lo que debían a su majestad, y lo que entonces les pedía, y que concluida la plática, se levantaron dos indios en pie y respondieron que bien sabían lo que eran obligados a Dios por haber les dado tan noble y cristianísimo rey, y que les pesaba no vivir en parte donde le pudieron servir con sus personas, por tanto que viese lo que de su pobreza queria que le servirían con ello y que si no bastase, que venderían sus hijos y mujeres.

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§ XX. Manera de las casas en Yucatán. Obediencia y respeto de los indios a sus señores. Modo de ornar sus cabezas y de llevar sus vestidos.

Que la manera de hacer las casas era cubrirlas de paja que tienen muy buena y mucha, o con hojas de palma que es propia para esto y que tenían muy grandes corrientes para que no se lluevan, y que después echan una pared por medio al largo que divide toda la casa, y que en esta pared dejan algunas puertas para la mitad que llaman las espaldas de la casa, donde tienen sus camas, y que la otra mitad blanquean de muy gentil encalado, y que los señores las tienen pintadas de muchas galanterías y que esta mitad es el recibimiento y aposento de los huéspedes, y que esta pieza no tiene puerta, sino toda abierta conforme al largo de la casa, y baja mucho la corriente delantera por temor de los soles y aguas, y dicen que también para enseñorearse de los enemigos de la parte de dentro en tiempo de necesidad. Y que el pueblo menudo hacia su costa las casas de los señores, y que con no tener más puertas, tenían por grave delito de hacer mal a casas ajenas. Tenían una portecilla atrás para el servicio necesario y que tienen unas camas de varillas, y en cima una serilla donde duermen, cubiertas de sus mantas de algodón: en verano duermen comúnmente en los encalados con una de aquellas serillas, especialmente los hombres. Allende16 de la casa hacían todo el pueblo a los señores sus sementeras, y se las beneficiaban y cogían en cantidad que le bastaba al y a su casa, y cuando había cazas o pescas, o era tiempo de traer sal siempre daban parte al señor, por que estas cosas siempre las hacían de comunidad.

Si moría el señor, aunque le sucediese el hijo mayor, eran siempre los demás hijos muy acatados, y ayudados y tenidos por señores. A las demás principales inferiores del señor ayudaban en todas estas cosas, conforme a quien eran, o al favor que el señor les daba. Los sacerdotes vivían de sus oficios y ofrendas. Los señores regían el pueblo, concertando los litigios, ordenando y concertando las cosas de sus repúblicas, lo cual todo hacían por manos de los más principales que eran muy obedecidos y estimados, especial la gente rica, a quien visitaban y tenían palacio en sus casas donde concertaban las cosas, y negocios principalmente de noche, y si los señores se salían del pueblo, llevaban mucha compañía, y lo mismo cuando salían de sus casas.

Que los indios de Yucatán son bien dispuestos y altos y recios y de muchas fuerzas y comúnmente todos estevados, porque en su niñez, cuando las madres los llevan de una parte a otra, van ahorcajados en los cuadriles. Tenían por gala ser bizcos lo cual hacían por arte las madres, colgándoles del pelo un pegotillo que les llegaba al medio de las cejas desde niños, y alcanzando los ojos, siempre como les andaba allí jugando venían a quedar bizcos; y que tenían las cabezas y frentes llanas, hecho también de sus madres por industria desde niños y que traían las orejas horadadas para zarcillos y muy arpadas de los sacrificios. No criaban barbas, y decían que les quemaban los rostros sus madres con paños calientes, siendo niños, por que no les naciesen, y que ahora crían barbas aunque muy ásperas como cerdas de tocines.

Que criaban cabello como las mujeres; por lo alto quemaban como una buena corona, y que así crecía lo de abajo mucho, y lo de la corona quedaba corto, y que lo entrenzaban y hacían una guirnalda de ello entorno de la cabeza, dejando la colilla atrás como borlas.

Que todos los nombres usaban espejos y no las mujeres y que para llamarse cornudos, decían que su mujer le había puesto el espejo en el cabello sobrando del colodrillo17.

Que se bañaban mucho, no curando de cubrirse de las mujeres, sino cuando podia cubrir la mano. Que eran amigos de buenos olores y que por esto usan de ramilletes de flores y hierbas olorosas, muy curiosos y labrados; que usaban pintarse de colorado el rostro y cuerpo y les parecía muy mal, pero tenían lo por gran gala.

Que su vestido era un liston de una mano en ancho que les servía de bragas y calzas, y que se daban con el algunas vueltas por la cintura, de manera que el un cabo colgaba delante y el otro detrás, y que estos cabos los hacían sus mujeres con curiosidad y labores de pluma, y que traían mantas largas y cuadradas, y las ataban en los hombros, y que traían sandalias de cáñamo o cuero de venado por curtir seco, y no usaban otro vestido.

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§ XXI. Mantenimientos y comidas de los indios de Yucatán.

Que el mantenimiento principal es maíz del cual hacen diversos manjares y bebidas, y aun bebido como lo beben, les sirve de comida y bebida; y que las indias echan el maíz a remojar una noche antes en cal y agua, y que a la mañana esta blando y medio cocido, y de esta manera se le quita el hollejo y pezón, y que lo muelen en piedras, y que de lo medio molido dan a los trabajadores y caminantes, y navegantes grandes pelotas y cargas; y que dura con solo acedarse algunos meses, y que de aquello toman una pella18 y deslíanlo en un vaso de la caxcara de una fruta que cría un árbol, con el cual les proveyó Dios de vasos, y que se beben aquella substancia y se comen lo demás, y que es sabroso y de gran mantenimiento, y que de lo más molido sacan leche y la coajan al fuego, y hacen como poleadas para las mañanas, y que lo beben caliente y que sobre lo que sobra de las mañanas echan agua para beber entre día, porque no acostumbran beber agua solo. Que también lo tuestan y muelan y deslian en agua que es muy fresca bebida, echándole un poco de pimienta de Indias o cacao.

Que hacen del maíz y cacao molido una manera de espuma muy sabrosa con que celebran sus fiestas, y que sacan del cacao una grasa que parece mantequillas y que de esto y del maíz hacen otra bebida sabrosa y estimada, y que hacen otra bebida de la substancia del maíz molido, así crudo que es muy fresca y sabrosa. Que hacen pan de muchas maneras, bueno y sano, salvo que es malo de comer, cuando esta frío, y así pasan las indias trabajo en lo hacer dos veces al día. Que no se ha podido acertar a hacer harina, que se amase como la del trigo, y que si alguna vez se hace como pan de trigo, no vale nada.

Que hacen guisados de legumbres y carne de venados y aves monteses y domésticas que hay muchas, y de pescados que hay muchos, y que así tienen buenos mantenimientos, principalemente después que crían puercos y aves de Castilla.

Que por la mañana toman la bebida caliente con pimienta, como está dicho y entre día las otras frías, y a la noche los guisados. Y que si no hay carne hacen sus salsas de la pimienta y legumbres. Que no acostumbraban comer los hombres con las mujeres, y que ellos comían por si en el suelo, o cuando mucho sobre una serilla por mesa: y que comen bien cuando lo tienen, y cuando no, sufren muy bien la hambre y pasan con muy poco. Y que se lavan las manos y la boca después de comer.

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§ XXII. Cómo estos indios se labraban el cuerpo. Sus borracheras, vino, banquetes. Farsantes, música y bailes.

Labravanse los cuerpos y cuanto más, tanto más valientes y bravosos se tenían, porque el labrarse era gran tormento que era de esta manera. Los oficiales de ello labraban la parte que querían con tinta, y después sejábanle delicadamente las pinturas, y así con la sangre y tinta quedaban en el cuerpo las señales, y que se labran poco a poco por el tormento grande, y también se ponen después malos, porque se les enconaban los labores, y hacíase materia, y que con todo eso se mofaban de los que no se labraban. Y que se precian muchos de ser requebrados y tener gracias y habilidades naturales, y que ya comen y beben como nosotros.

Que los indios eran muy disolutos en beber y emborracharse, de que les seguían muchos males, como matarse unos a otros, violar las camas, pensando las pobres mujeres recibir a sus maridos, también con padres y madres como en casa de sus enemigos, y pegar fuego a sus casas, y que con todo eso se perdían por emborracharse; y que cuando la borrachera era general, y de sacrificios contribuían todos para ello, porque cuando era particular, hacia el gasto el que la hacia con ayuda de sus parientes. Y que hacen el vino de miel y agua, y cierta raíz de un árbol que para esto criaban con lo cual se hacia el vino fuerte y muy hediondo. Y que con bailes y regocijos comían sentados de dos en dos, o de cuatro en cuatro; y que después de comido, sacaban los escancianos19 los cuales no se solían emborachar, de unos grandes artezones de beber hasta que se hacían unos cimitaras, y que las mujeres tenían mucha cuenta de volver sus maridos borachos a casa.

Que muchas veces gastan en un banquete lo que en muchos días mercadeando y trompeando ganaban; y que tienen dos maneras de hacer estas fiestas, la primera que es de los señores y gente principal, obliga a cada uno de los convidados a que hagan otro tal convite, y que daba a cada uno de los convidados una ave asada y pan y bebida de cacao de abundancia, y que al fin del convite suelen dar a cada uno una manta para cubrirse y un banquillo y vaso más galano que pueden. Y si se muere uno de ellos es obligada a pagar el convite la casa o parientes del. La otra manera es entre parentelas, cuando casan sus hijos o hacen memorias de las cosas de sus antepasados, y esta no obliga a restitución, salvo que si ciento han combidado a un indio a una fiesta, así a todos cuando el hace fiesta o casa sus hijos combida. Y que sienten mucho la amistad y conservan la memoria aunque lejos unos de otros con estos convites, y que en estas fiestas les daban a beber mujeres hermosas las cuales después de dado el vaso volvían las espaldas al que lo tomaba hasta vaciado el vaso.

Que los indios tienen recreaciones muy donosas y principalmente farsantes que represantan con mucho donaire tanto que estos alquilan los españoles para no más que vean los chistes de los españoles que pasan con sus mozas, maridos o ellos proprios sobre el buen o mal servir, y después lo representan con tanto artificio como curiosos españoles. Tienen atábales pequeños que tañen con la mano, y otro atabal de palo hueco de sonido pesado y triste; táñenlo con un palo larguillo puesto al cabo cierta leche de un árbol, y tienen trompetas largas y delgadas de palos huecos, y al cabo unas largas y tuertas calabazas. Y tienen otro instrumento de toda la tortuga entera con sus conchas, y sacada la carne, táñenlo con la palma de la mano, y es su sonido lúgubre y triste.

Tienen chiflatos de cañas, de huesos de venado, y caracoles grandes y flautas de cañas, y con estos instrumentos hacen son a los bailantes, y tienen especialmente dos bailes muy de hombre y de ver. El uno es un juego de cañas y así le llaman ellos Colomche que lo quiere decir; para jugarlo se junta una gran rueda de vailadores con su música que les hace son y por su compás salen dos de la rueda, el uno con un manojo de bohordos20, y baila con ellos en hiesto. El otro baila en cuclillas, ambos con compás de la rueda, y el de los bohordos con toda su fuerza los tira al otro, el cual con gran destreza con un palo pequeño arebatelos. Acabado de tirar buelven con su compás a la rueda y salen otros hacer lo mismo.

Otro baile hay en que bailan ocho cientos y más y menos indios con banderas pequeñas con son y pasó largo de guerra, entre los cuales no hay uno que salga de compás. Y en sus bailes son pesados, porque todo el día entero no cesan de bailar, porque les llevan hay de comer y beber. Los hombres no solían bailar con las mujeres.

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§ XXIII. Comercio y moneda. Agricultura y semillas. Justicia y hospitalidad.

Que los oficios de los indios eran olleros y carpinteros, los cuales por hacer los ídolos de barro y madera con muchos ayunos y observancias ganaban mucho. Había también cirujanos, o por mejor decir hechiceros, los cuales curaban con hierbas y muchas supersticiones, y así de todos los demás oficios.

El oficio en que más inclinados estaban es mercadería, llevando sal, ropa y esclavos a tierra de Ulua y Tabasco, trocándolo todo por cacao y cuentas de piedra que era su moneda, y con esta solían comprar esclavos o otras cuentas con razón que eran finas y buenas, las cuales por joyas traían sobre si en las fiestas los señores. Y tenían otras hechas de ciertas conchas coloradas por moneda y joyas de sus personas. Y lo traían en sus bolsas de red que tenían y en los mercados trataban de todas cuantas cosas había en esa tierra. Fiavan, prestaban, y pagaban cortesmente y sin usuras.

Y sobre todo eran los labradores y los que ponen a coger maíz y las demás semillas, lo cual guardan en muy lindos sitios y trojes21 para vender a sus tiempos. Sus mulas y bueyes son la gente. Suelen de costumbre sembrar para cada casado con su mujer medida de CCCC pies, lo cual llaman hun-uinic, medida con vara de XX pies, XX en ancho, y XX en largo.

Que los indios tienen costumbre buena de ayudarse unos a otros en todos sus trabajos. En tiempo de sus sementeras, los que no tienen gente suya para las hacer, juntanse de XX en XX, o más o menos, y hacen todos juntos por su medida y tasa la labor de todos, y no lo dejan hasta cumplir con todos. Las tierras por ahora es de común, y así el que primero las ocupa las posee. Siembran en muchas partes, por si una faltare supla la otra. En labrar la tierra, no hacen sino coger la basura y quemarla para después sembrarla; y desde medio enero hasta abril labran, y entonces con las lluvias siembran, lo cual hacen, trayendo un taleguillo a cuestas, y con un palo puntiagudo hacen agujero en tierra y ponen allí cinco o seis granos, lo cual con el mismo palo cubren. En lluviendo, espanto es como nace. Juntanse también para la caza de L en L, mas o menos, y la carne del venado asan en parrillas, porque no se les gaste, y venidos al pueblo, hacen sus presentes al señor, y distribuyen como amigos y el mismo hacen en la pesca.

Que los indios en sus visitas siempre llevan consigo don que dar, según su calidad, y el visitado con otro don satisface al otro, y los terceros de estas visitas hablan y escuchan curiosamente conforme a la persona con quien hablan, no obstante que todos se llaman tu, porque en el progreso de sus platicas, el menor por curiosidad suele repetir el nombre del oficio o dignidad del mayor. Y usan mucho yr ayudando al que da los mensages un sonsonete hecho con la aspiración en la garganta que es como decir vastaque o asique. Las mujeres son cortas en sus razonamientos y no acostumbraban a negociar por si, especialmente si eran pobres, y por eso los señores se mofaron de los frailes que daban oído a pobres y ricos sin respeto.

Que los agravios que hacían unos a otros mandaba satisfacer el señor del pueblo del dañador, y sino, era ocasión y instrumento de más pasiones; y si eran de un mismo pueblo, con el juez lo comunicaban que era arbitro, y examinado el daño, mandaba la satisfacción, y si no era suficiente para la satisfacción, los parientes y mujer le ayudaban. Las causas de que se solían hacer estas satisfaciones eran si mataban a alguno casualmente, o cuando se ahorcaba la mujer o el marido con alguna culpa de haberle dado o el la ocasión, o cuando eran causa de algún incendio de casas o heredades, de colmenas o trojes de maíz. Los otros agravios hechos con malicia satisfacían siempre con sangre y puñadas.

Que los yucataneses son muy partidos y hospitales, porque entra nadie en su casa a quien no den la comida o bebida, que tienen de día de sus bebidas, de noche de sus comidas, y si no las tienen, buscanlo por la vecindad; y por los caminos si les junta gente, a todos han de dar de ellas, aunque les quepe por eso mucho menos.

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§ XXIV. Modo de contar de los yucataneses. Nombres. Heredades y tutela de los huérfanos. Sucesión de los señores.

Que su cuenta es de V en V, hasta XX, y de XX en XX hasta C, y de C en C hasta 400, y de CCCC en CCCC hasta VIII mil. Y de esta cuenta se servían mucho para la contratación de cacao. Tienen otras cuentas muy largas, y que las protienden in infinitum, contándolas VIII mil XX veces que son C y LX mil, y tornando a XX duplican estas ciento y LX mil, y después yrlo así XX duplicando hasta que hacen un incontable número: cuentan en el suelo o cosa llana.

Que tienen mucha cuenta con saber el origen de sus linajes, especial si vienen de alguna casa de Mayapán, y eso procuran de saberlo de los sacerdotes, que es una de sus ciencias, y jatanse mucho de los varones que en sus linajes ha habida señalados. Los nombres de los padres duran siempre en los hijos, en las hijas no. A sus hijos y hijas siempre llamaban del nombre del padre y de la madre, el del padre como propio y de la madre apellativo. De esta manera el hijo de Chel y Chan llamaban Na-Chan-Chel, que quiere decir hijo de fullanos, y esta es la causa que dicen los indios son los de un nombre deudos y se tratan por tales, y por eso cuando viene alguno en parte no conocido y necesitado, luego acude el nombre, y si hay quien, luego con toda charidad se reciben y tratan y así ninguna mujer o hombre se casaba con otro del mismo nombre, porque era a ellos gran infamia. Llamanse ahora los nombres de Pilar los propios.

Que los indios no admittian las hijas a heredar con los hermanos sino era por via de piedad o voluntad y entonces dábanles del montón algo; lo demás partían los hermanos igualmente, salvo que al que más notablemente había ayudado a allegar la hacienda daban la equivalencia y si eran todas hijas, heredaban los hermanos o más propinquos. Y si eran de edad que no se sufría entregar la hacienda, entregábanla a un tutor debdo más cercano, el cual daba a la madre para criarlos, porque no usaban de dejar nada en poder de madres, o quitábanles los niños principalmente siendo los tutores hermanos del difunto. Estos tutores daban lo que así se les entregaba a los herederos cuando eran de edad, y no hacerlo era gran fealdad entre ellos y causa de muchas contiendas. Cuando así le entregaban era delante de los señores y principales, quitando lo que habían dado para los criar y no daban de las cosechas de las heredades nada más como era de colmenares y algunos árboles de cacao, porque decían era harto tenerlo en pie. Si cuando el señor moría no eran los hijos para regir y tenia hermanos, regia de los hermanos el mayor o el más desenbuelto y al heredero mostraban sus costumbres y fiestas para cuando fuese nombre y estos hermanos, aunque el heredero fuese para regir, mandaban toda su vida, y sino había hermanos, elegían los sacerdotes y gente principal un hombre suficiente para ello.

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§ XXV. Repudiación frecuente entre los yucataneses. Sus casamientos.

Que antiguamente se casaban a XX años, ahora de XII o XIII, y por eso ahora se repudian más fácilmente como se casan sin amor i ignaros de la vida matrimonial y oficio de casados, y si los padres no podían persuadir que volviesen con ellas, buscábanles otra y otras y otras. Con la misma facilidad dejaban los hombres con hijos a sus mujeres sin temor de que otro las tomase por mujeres o después volver a ellas; pero con todo eso son muy celosos y no llevan a paciencia que sus mujeres no les estén honestas, y ahora que han visto que los españoles sobre eso matan a las suyas, empiezan a maltratarlas y aun a matarlas. Si cuando repudiaban los hijos eran niños, dexábanlos a las madres, si grandes los varones con los padres y hembras con las madres.

Que aunque era tan común y familiar cosa repudiar, los ancianos y de mejores costumbres lo tenían por malo y muchos había que nunca habían tenido sino una, la cual ninguno tomaba de su nombre, de parte de su padre; ca era cosa muy fea entre ellos y si algunos se casaban con las cuñadas mujeres de sus hermanos, era tenido por malo. No se casaban con sus madrastas, ni cuñadas hermanas de sus mujeres, ni tías hermanas de sus madres, y si alguno lo hacia era tenido malo; con todas las demás parientas de parte de su madre contrayan aunque fuese prima hermana.

Los padres tienen mucho cuidado de buscarles con tiempo mujeres de su estado y condición y si podían en el mismo lugar; y poquedad era entre ellos buscar las mujeres para si, y los padres para sus hijas casamiento; y para tratarlo, buscaban casamenteros que lo rodeasen: concertado y tratado, concertaban las aras y dote, lo cual era muy poco, y dábalo el padre del mozo al consuegro, y hacia la suegra allende del dote vestidos a la nuera y hijo; y venido el día, se juntaban en casa del padre de la novia, y allí aparejada la comida, venían los convidados y el sacerdote, y juntado los casados y consuegros, trataba el sacerdote quadrarles, pues lo habían bien mirado los suegros y estarles bien y así le daban su mujer al mozo esa noche si era para ello y luego se hacia la comida y convite; y de hay adelante quedaba en casa del suegro el yerno, trabajando cinco o seis años por el suegro, y sino lo hacia, hechábanle de casa y trabajaban las madres diese siempre la mujer de comer y beber al marido en señal de casamiento. Los viudos y viudas sin fiesta ni solemnidades se concertaban, con solo ir ellos a casa de ellas y admittirlos y darles de comer se hacia el casamiento; de lo cual nacía que se dejaban con tanta facilidad como se tomaban. Nunca los yucataneses tomaron más de una como se ha hallado de otras partes tener muchas juntas, y los padres algunas veces contrahen matrimonio por sus hijos niños hasta que sean venidos en edad y se tratan como suegros.

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§ XXVI. Modo de bautismo en Yucatán. Cómo lo celebraban.

No se halla el bautismo en ninguna parte de las Indias, sino en esta de Yucatán, y aun con vocablo que quiere decir nacer de nuevo o otra vez, que es lo mismo que en la lengua latina renascor, porque en la lengua de Yucatán zihil quiere decir nacer de nuevo o otra vez, y no se usa sino en composición de verbos, y así caput zihil quiere decir nacer de nuevo. No hemos podido saber su origen, mas de que es cosa que han siempre usado y a que tenían tanta devoción, que nadie lo dejaba de recibir, y tanta reverencia que los que tenían pecados, si eran para saber los cometer los habían de manifestar, especialmente a los sacerdotes para recebirlo, y tanta fee en el que no lo iteraban en ninguna manera. Lo que pensaban recibían en el era una previa disposición para ser buenos en sus costumbres, y no ser dañados en las cosas temporales de los demonios, y venir mediante el y su buena vida a conseguir la gloria que ellos esperaban, en la cual, según en la de Mahoma, habían de usar de manjares y beveres.

Tenían pues esta costumbre para venir a hacer los bautismos, que criaban las indias los niños hasta edad de tres años, y a los varoncillos usábanles siempre poner pegada a la cabeza en los cabellos de la coronilla una contezuela blanca, y a las muchachas traían ceñidas por las senes muy abajo con un cordel delgado y en el una conchuela asida que les venia a dar encima de la parte honesta, y de estas dos cosas era entre ellos pecado y cosa muy fea quitarla de las muchachas antes del bautismo, el cual les daban siempre desde edad de tres años hasta doce y nunca se casaban antes del bautismo.

Cuando alguno había que quisiese bautizar su hijo, iba al sacerdote y dábale parte de su intento, el cual publicaba por el pueblo el bautismo y el día en que lo hacia, el cual ellos miraban siempre no fuese aciago. Esto hecho el que hacia la fiesta que era el que movía la plática, elegía un principal del pueblo a su gusto para que le ayudase a su negocio y las cosas del. Después tenían de costumbre elegir a otros cuatro hombres ancianos y honrados que ayudasen al sacerdote el día de la fiesta a las ceremonias, y estos elegían juntamente a su gusto con el sacerdote. Y en estas elecciones entendían siempre los padres de todos los niños que había que bautizar, ca de todos era también la fiesta y llamábanlos a estos que escogían chaces. Tres días antes de la fiesta ayunaban los padres de los muchachos y los oficiales, abstiniéndose de las mujeres.

El día juntábanse todos en casa del que hacia la fiesta y llevaban los niños todos que habían de bautizar, a los cuales ponían en el patio o plaza de la casa, que limpio y sembrado de hojas frescas le tenían por orden en rengla los varones por si y las niñas por si, ponían les como padrinos una mujer anciana a las niñas, y a los niños un hombre que los tuviesen a cargo.

Esto hecho trataba el sacerdote de la purificación de la posada, hechando al demonio de ella. Para echarlo ponían cuatro vanquillos en las cuatro esquinas del patio en los cuales se sentaban los cuatro chaces con un cordel largo asido de uno a otro, de manera que quedaban los niños acorralados en medio a dentro del cordel, después pasando sobre el cordel habían de entrar todos los padres de los niños que habían ayunado dentro del circuito. Después o antes ponían en medio otro banquillo donde el sacerdote se sentaba con un brasero, y un poco de maíz molido y de su incienso. Allí venían los niños y niñas por orden y echábales el sacerdote un poco de maíz molido y del incienso en la mano, y ellos en el brasero; y así hacían todos, y estos sahumerios acabados, tomaban el brasero en que los hacían, y el cordel con que los chaces los tenían cercados y echaban en un vaso un poco de vino y daban lo todo a un indio que lo llevase fuera del pueblo, avisándole no bebiese ni mirase atrás a la vuelta y con esto decían quedaba el demonio echado.

El cual así ido verrian el patio y limpiábanlo de las hojas del árbol que tenia que se dice cihom y echaban otras de otro que llaman copo, y ponían unas seras en tanto que el sacerdote se bestia. Vestido salía con un jaco de pluma colorado y labrado de otras plumas de colores, y que le cuelgan de los extremos otras plumas largas y una como coroza22 en la cabeza de las mismas plumas, y debajo del jaco muchos listones de algodón hasta el suelo como colas, y con un isopo en la mano de un palo corto muy labrado, y por barbas o pelos del isopo ciertas colas de unas culebras que son como caxcaveles, y con no más ni menos gravedad que ternia un papa para coronar un emperador, que cosa era notable la serenidad que les causaban los aparejos. Los chaces iban luego a los niños y ponían a todos sendos paños blancos en las cabezas que sus madres para aquello traían. Preguntavan a los que eran grandecillos si habían hecho algún pecado y tocamiento feo, y si lo habían hecho, confesábanlo, y separábanlos de los otros.

Esto hecho mandaba el sacerdote callar y sentar la gente, y comenzaba el a bendecir con muchas oraciones a los muchachos, y a santiguarlos con su isopo, y con mucha serenidad. Acabada su bendición se sentaba y se levantaba el principal que habían los padres de los muchachos elegido para esta fiesta, y con un hueso que el sacerdote le daba iba a los muchachos y amagaba a cada uno por si nueve veces con el hueso en la frente; después mojábale en un vaso de una agua que llevaba en la mano, y untábales la frente, y las faciones del rostro y entre los dedos de los pies y los de las manos a todos sin hablar palabra. Esta agua hacían de ciertas flores y de cacao mojado y desleido con agua virgen que ellos decían traída de los concavos de los árboles o de los montes.

Acabada esta unctura se levantaba el sacerdote y les quitaba los paños blancos de la cabeza y otros que tenían colgados a las espaldas en que cada uno traia atadas unas pocas de plumas de un pájaro muy hermoso y algunos cacaos, lo cual todo recogía uno de los chaces, y luego el sacerdote les cortaba a los niños con una navaja de piedra la cuenta que habían traído pegada en la cabeza; tras esto iban los demás ayudantes del sacerdote con un manojo de flores y un humazo que los indios usan chupar; y amagaban con cada uno de ellos nueve veces a cada muchacho, y después dábanle a oler las flores y a chupar el humazo. Después recogían los presentes que las madres traían y daban de ellos a cada muchacho un poco para comer allí, ca de comida eran los presentes, y tomaban un buen vaso de vino y presto en medio ofrecíanlo a los dioses y con devotas plegarias les rogaban recibiesen aquel don pequeño de aquellos muchachos, y llamando otro oficial que les ayudaba que llamaban Cayom dábanse lo que lo bebiese, lo cual hacia sin descansar que diz que era pecado.

Esto hecho se despedían las muchachas primero, a las cuales iban sus madres primero a quitarles el hilo con que habían andado hasta entonces atadas por las riñones, y la conchuela que traían en la puridad, lo cual era como una licencia de poderse ya cuando quiera que los padres quisiesen casar. Después despedían por si a los muchachos, y idos venían los padres al montón de las mantillas que habían traído, y repartíanlo de su mano por los circumstantes y oficiales. Después acababan la fiesta con comer y beber largo; llamaban a esta fiesta Emku, que quiere decir bajada de Dios. El que la había hecho principalmente moviéndola y haciendo el gasto, allende de los tres días que se había, como por ayuno, abstenido, se había de abstener nueve más y lo hacían inviolablemente.

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§ XXVII. Confesión entre los yucataneses. Abstinencias y supersticiones. Variedad de ídolos. Oficios de los sacerdotes.

Que los yucataneses naturalmente conocían que hacían mal, y por que creían que por el mal y pecado les venían muertes, enfermedades y tormentos, tenían por costumbre confesarse, cuando ya estaba en ellos, en esta manera: que cuando por enfermedad o otra cosa, eran en peligro de muerte, confesaban su pecado, y si se descuidaban, traianselo los parientes más cercanos o amigos a la memoria, y así decían públicamente sus pecados, si estaba allí el sacerdote, al, sino a los padres y madres, y las mujeres a los maridos, y maridos a las mujeres.

Los pecados de que comúnmente se acusaban, eran del hurto, homicidio, de la carne, y falso testimonio, y con esto se creían salvos, y muchas veces si escapaban había revueltas entre el marido y la mujer, por las desgracias que les habían sucedido, y con las que las habían causado.

Ellos confesaban sus flaquezas, salvo las que con sus esclavas los que las tenían cometían, porque decían era licito usar de sus cosas como querían. Los pecados de intención no confesaban, tenían empero por malos, y en sus consejos y predicaciones consejaban evitarlos. Que las abstinencias que comúnmente hacían eran de sal en los guisados y pimienta, lo cual les era grave, y absteníanse de sus mujeres para la celebración de todas sus fiestas.

No se casaban después de viudos un año, por no conocer hombre a mujer en aquel tiempo, y a los que esto no guardaban, tenían por poco templados y que les vendría por eso algún mal.

Y en algunos ayunos de sus fiestas no comían carne ni conocían sus mujeres; recibían los oficios de las fiestas siempre con ayunos, y lo mismo los oficios de república y algunos tan largos que eran de tres años, y todos estos quebrantarlos eran grandes pecados.

Que eran tan dados a sus idolatricas oraciones, que en tiempo de necesidad hasta las mujeres, muchachos, y mozas, todos entendían en esto que era quemar incienso y suplicar a Dios les librase del mal y reprimiese al demonio, que esto les causaba.

Y que aun los caminantes en sus caminos llevaban incienso y un platillo en que lo quemar, y así a la noche do quiera que llegaban, erigían tres piedras pequeñas y ponían en ellas sendos pocos del incienso, y ponían les delante otras tres piedras llanas, en las cuales echaban incienso, y rogando al Dios que llamaban Ekchuah los volviese con bien a sus casas, y eso hasta ser bueltos a sus casas cada noche lo hacían donde no faltaba quien por ellos hiciese otro tanto y aun más.

Que tenían gran muchedumbre de ídolos y templos suntuosos en su manera, y aun sin los comunes templos tenían los señores sacerdotes y gente principal oratorios y ídolos en casa para sus oraciones y ofrendas particulares. Y que tenían a Cuzmil y pozo de Chichén Itzá en tanta veneración como nosotros a las romerías de Hierusalem y Roma y así les iban a visitar y ofrecer dones, principalmente a la de Cuzmil, como nosotros a lugares santos, y ya que no iban, siempre embiaban sus ofrendas. Y los que iban tenían de costumbre de entrar también en templos derelictos, cuando pasaban por ellos a orar y quemar copal.

Tantos ídolos tenían que aun no les bastaba los de sus dioses; pero no había animal ni savandija que no le hiciesen estatua y todos los hacían a la semejanza de sus dioses y diosas. Tenían algunos ídolos de piedra, mas pocos, y otros de madera, y de bulto pequeños, pero no tantos como de barro. Los ídolos de madera eran tenidos en tanto que se eredaban, y tenidos por lo principal de la herencia. Ídolos de metal no tenían, por que no hay metal aï. Bien sabían ellos que los ídolos eran obras suyas y muertas y sin deidad, mas que los tenían en reverencia por lo que representaban, y por que les habían hecho con tantas ceremonias, en especial los de palo.

Los más idólatras eran los sacerdotes, chilanes, hechiceros y médicos, chaces y nacones. El oficio de los sacerdotes era tratar y enseñar sus ciencias y declarar las necesidades y sus remedios, predicar y echar las fiestas, hacer sacrificios y administrar sus sacramentos. El oficio de los chilanes era dar respuestas de los demonios al pueblo y eran tenidos en tanto que acontecía llevarlos en hombros. Los hechiceros y médicos curaban con sangrías hechas en la parte donde dolía al enfermo, y echaban suertes para adivina en sus oficios y otras cosas. Los chaces eran cuatro hombres ancianos elegidos siempre de nuevo para ayudar al sacerdote a bien y complidamente hacer las fiestas. Nacones eran dos oficios, el uno perpetuo y poco onroso, por que era el que habría los pechos a las personas que sacrificaban. El otro era una elección hecha de un capitán para la guerra y otras fiestas que duraban tres años, este era de mucha honra.

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§ XXVIII. Sacrificios crueles y sucios de los yucataneses. Víctimas humanas matadas a flechazas y otros.

Que hacían sacrificios con su propia sangre unas veces, cortándose las (orejas) a la redonda por pedazos y allí los dejaban en señal. Otras veces se agujeraban las mejillas, otras los bezos bajos, otras se separaban partes de sus cuerpos, otras se agujeraban las lenguas al soslayo por los lados, y pasaban por los agujeros pajas con grandisimo dolor; otras, se harpaban lo superfluo del miembro vergonzoso, dejándolo como las orejas, de lo cual se engaño el historiador general de las Indias, diciendo que se circumcidian.

Otras veces hacían un sucio y penoso sacrificio añudándose los que lo hacían en el templo, donde puestos en rengla, se hacían sendos agujeros en los miembros viriles al soslayo por el lado, y hechos pasaban toda la más cantidad de hilo que podían, quedando así todos asidos, y ensartados; también untaban con la sangre de todas estas partes al demonio, y el que más hacia, por más valiente era tenido, y sus hijos desde pequeños en ello comenzaban a ocupar y es cosa espantable quan aficionados eran a ello.

Las mujeres no usaban de estos derramamientos, aunque eran harto santeras; mas de todas las cosas que haber podían que son aves del cielo, animales de la tierra, o pescados de la agua, siempre les embadurnaban los rostros al demonio con la sangre de ellos. Y otras cosas que tenían ofrecían; a algunos animales les sacaban el corazón y lo ofrecían, a otros enteros, unos vivos, otros muertos, unos crudos, otros guisados, y hacían también grandes ofrendas de pan y vino, y de todas las maneras de comidas, y bebidas que usaban.

Para hacer estos sacrificios en los patios de los templos (había) unos altos maderos y labrados y enhiesto, y cerca de las escaleras del templo tenían una peaña redonda ancha, y en medio una piedra de cuatro palmos o cinco de alto enhiesta, algo delgada; arriba de las escaleras del templo había otra tal peaña.

Que sin las fiestas en las cuales, para la solemnidad de ellas, se sacrificaban animales, también por alguna tribulación o necesidad, les mandaba el sacerdote o chilanes23 sacrificar personas, y para esto contribuían todos, para que se comprase esclavos, o algunos de devoción daban sus hijitos los cuales eran muy regalados hasta el día y fiesta de sus personas, y muy guardados que no se huyesen o ensuciasen de algún carnal pecado, y mientras a ellos llevaban de pueblo en pueblo con bailes, ayunaban los sacerdotes y chilanes y otros oficiales.

Y llegado el día, juntábanse en el patio del templo, y si había de ser sacrificado a saetadas, desnudábanle en cueros y untábanle el cuerpo de azul con una coroza en la cabeza; y después de alcanzado el demonio, hacia la gente un solemne baile con él, todos con arcos y flechas al rededor del palo, y bailando subíanle en él, y atábanle y siempre bailando y mirándole todos. Subia el sucio del sacerdote vestido, y con una flecha en la parte verenda, fuese mujer o hombre le hería, y sacaba sangre y baxábase y untaba con ella los rostros al demonio; y haciendo cierta señal a los bailantes, le comenzaban a flechar por orden, como bailando pasaban a priesa, al corazón el cual tenia señalado con una señal blanca, y de esta manera poníanle todos los pechos en un punto, como erizo de flechas.

Se le habían de sacar el corazón le traían al patio con gran aparato y compañía de gente, y enbadurnado de azul y su coroza puesta le llevaban a la grada redonda que era el sacrificadero, y después que el sacerdote y sus oficiales untaban aquella piedra con color azul y echaban purificando el templo al demonio; tomaban los chaces al pobre que sacrificaban, y con gran presteza le ponían de espaldas en aquella piedra y asíanle de las piernas y brazos todos cuatro que le partían por medio. En esto llegaba el saion nacon con un navajon de piedra, y dábale con mucha destreza y crueldad una cuchillada entre las costillas del lado izquierdo debajo de la tetilla, y acudíale allí luego con la mano y echaba la mano del corazón, como rabioso tigre y arancavaselo vivo, y puesto en un plato lo daba al sacerdote, el cual iba muy a prisa y untaba a los ídolos los rostros con aquella sangre fresca.

Algunas veces hacían este sacrificio en la piedra y grada alta del templo, y entonces echaban el cuerpo ya muerto las gradas abajo a rodar y tomábanle abajo los oficiales, y desollábanle todo el cuero entero, salvo los pies y las manos, y desnudo el sacerdote en cueros vivos se aforraba de aquella piel y bailaban con el los demás, y era cosa de mucha solemnidad para ellos esto. A estos sacrificados comúnmente solían enterrar en el patio del templo, o sino, comianseles repartiendo por los que alcanzaban y los señores, y las manos y pies y cabeza eran del sacerdote y oficiales, y a estos sacrificados tenían por santos. Si eran esclavos captivados en guerra el señor de ellos tomaba los huesos para sacar por divisa en los bailes en señal de victoria. Algunas veces echaban personas vivas en el pozo de Chichén Itzá creiendo que salían al tercero día, aunque nunca más parecían.

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§ XXIX. Armas de los yucataneses. Dos capitanes, uno hereditario, otro electivo. Abstinencia de este. Milicia y soldada, guerra, etc.

Que tienen armas ofensivas y defensivas. Ofensivas eran arcos y flechas que llevaban en su cargaje con pedernales por caxcillos y dientes de pescados muy agudas, las cuales tiran con gran destreza y fuerza. Son los arcos de un hermoso palo leonado y a maravilla fuerte más derechos que corvos, las cuerdas de su cáñamo. La largura del arco es siempre algo menos que el que lo trae: las flechas son de cañas muy delgadas que se crían en lagunas y largas de más de a cinco palmos, y enjierenle a la caña un pedazo de palo delgado muy fuerte y en aquel va enjerido el pedernal. No usaban ni la saben poner ponsoña, aunque tienen harto de que. Tenían hachuelas de cierto metal y de esta hechura, las cuales encajaban en un hastil de palo, y les servía de armas, y vuelta de labrar la madera. Dábanle filo con una piedra a porrazos que es el metal blando. Tenían lanzuelas cortas de un estado con los hierros de fuerte pedernal, y no tenían más armas que estas.

Figura

Tenían para su defensa rodelas que hacían de cañas hendidas, y muy tejidas redondas y guarnecidas de cueros de venados. Hacían xacos de algodón colchados y de sal por moler colchada de dos tandas o colchaduras, y estos eran fortisimos. Tenían algunos señores y capitanes como moriones de palo y estos eran pocos, y con estas armas iban a la guerra, y con plumajes y pellejos de tigres, y leones, puestos los que los tenían. Tenían siempre dos capitanes, uno perpetuo y se eredaba, otro elegido con muchas ceremonias por tres años para hacer la fiesta que hacían en su mes de Pax y cae al doce de mayo, o por capitán de la otra banda para la guerra.

A este llamaban Nacon; no había en estos tres años conocer mujer ni aun la suya, ni comer carne, teníanle en mucha reverencia y dábanle pescados y iguanas que son como lagartos a comer; no se emborachaba en este tiempo y tenia en su casa las vasijas y cosas de su servicio a parte, y no le servía mujer y no trataba mucho con el pueblo.

Pasados los tres años como antes, estos dos capitanes trataban la guerra y ponían sus cosas en orden, y para esto había en (cada) pueblo gente escogida como soldados, que cuando era menester con sus armas acudían, los cuales llaman holcanes, y no bastando estos, recogían más gente, y concertaban y repartían entre si, y guiados con una bandera alta, salían con mucho silencio del pueblo, y así iban a arrebatar a sus enemigos con grandes gritos y crueldades, donde topaban descuidos.

En los caminos y pasos, los enemigos les ponían defensas de flechaderos de varazon y madera y comúnmente hechos de piedra. Después de la victoria quitaban a los muertos la quijada y limpia de la carne poniansela en el brazo. Para sus guerras hacían grandes ofrendas de los despojos, y si cautivaban algún hombre señalado luego le sacrificaban, porque no querían dejar quien les dañase después. La demás gente era captiva en poder del que la prendía.

Que a esos holcanes sino era en tiempo de guerra no daban soldada, y que entonces les daban cierta moneda los capitanes, y poca, porque era del suyo, y sino bastaba, el pueblo ayudaba a ello. Davanles también el pueblo la comida, y esa aderezaban las mujeres para ellos; la llevaban a cuestas por carecer de bestias y así les duraban poco las guerras. Acabada la guerra los soldados hacían muchas vejaciones en sus pueblos durante el olor de la guerra, sobre el hacíanse servir y regalar, y si alguno había matado algún capitán o señor era muy honrado y festejado.

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§ XXX. Castigo de los adúlteros, homicidas y ladrones. Educación de los mancebos. Uso de llanar la cabeza a los niños.

Que a esta gente les quedo de Mayapán costumbre de castigar los adúlteros de esta manera: hecha la pesquiza, y convencido alguno del adulterio, se juntaban los principales en casa del señor, y traído el adúltero ataban a un palo, le entregaban al marido de la mujer delinquente, y si el le perdonaba, era libre, sino le mataba con una piedra grande en la cabeza de una parte alta, a la mujer por satisfacción bastaba la infamia que era grande y comúnmente por esto las dejaban.

La pena del homicida era morir por insidias de los parientes, aunque fuese casual, o sino pagar el muerto. El hurto pagaban y castigaban con hacer esclavos, aunque fuese muy pequeño el hurto, y por esto hacían tantos esclavos, principalmente en tiempo de hambre, y por eso fue que nosotros frailes tanto trabajamos en el bautismo, para que les diesen libertad.

Y si eran señores o gente principal juntábase el pueblo; prendido le labraban el rostro desde la barba hasta la frente por los lados en castigo, lo cual tenían por grande infamia.

Que los mozos reverenciaban mucho a los viejos y tomaban sus consejos y así se jactaban de viejos, y eso decían a los mozos, que pues habían más visto que ellos, les habían de creer, lo cual si hacían, los demás les daban más crédito. Eran tan estimados en esto que los mozos no trataban con viejos, sino era en cosas inevitables, y los mozos por casar; con los casados, sino muy poco; por lo cual se usaba tener en cada pueblo una casa grande y encalada, abierta por todas partes, en la cual se juntaban los mozos para sus pasatiempos. Jugavan a la pelota y a un juego con unas habas como a los dados, y a otros muchos. Dormian aquí todos juntos casi siempre, hasta que se casaban.

Y dado que e vido que en otras partes de las Indias usaban del nefando pecado en estas tales casas, en esta tierra no e entendido que hiciesen tal, ni creo lo hacían, porque los llegados de esta pestilencial miseria dicen que no son amigos de mujeres como eran estos, ca a estos lugares llevaban las malas mujeres públicas, y en ellos usaban de ellas, y las pobres que entre esta gente acertaba a tener este oficio no obstante que recibían de ellos gualardon, eran tantos los mozos que a ellas acudían que las traían acosadas y muertas. Enbadurnavanse de color negro hasta que se casaban, y no se solían labrar hasta casados, sino poco. En las demás cosas acompañaban siempre a sus padres, y así salían tan buenos idólatras como ellos, y servíanles mucho en los trabajos.

Que las indias criaban sus hijitos en toda aspereza y desnudez del mundo, porque a cuatro o cinco días nacida la criatura la ponían tendidita en un lecho pequeño hecho de varillas, y allí boca abajo le ponían entre dos tablillas la cabeza, la una en el colodrillo, y la otra en la frente, entre las cuales se le appretaban reciamente y le tenían allí padeciendo hasta que acabados algunos días le quedaba la cabeza llana y enmoldada como lo usaban todos ellos. Era tanta molestia y peligro de los niños pobres que peligraban algunos, y el autor de este vio agujerarsele a uno la cabeza por detrás de las orejas, y así debían hacer muchos.

Criavanlos en cueros, salvo que de 4 a 5 años les daban una mantilla para dormir y unos listoncillos para onestarse como sus padres y a las muchachas las comenzaban a cubrir de la cinta abajo. Mamavan mucho, porque nunca dejaban de darles leche pudiendo, aunque fuesen de tres o cuatro años, de donde venia haber entre ellos tanta gente de buenas fuerzas. Criavanse los dos primeros años a maravilla lindos y gordos. Después con el continuo bañarlos las madres y los soles se hacían morenos; pero eran todo el tiempo de la niñez bonicos y traviesos, que nunca paraban andar con arcos y flechas, y jugando unos con otros, y así se criaban hasta que comenzaban a seguir el modo de vivir de los mancebos y tenerse, en su manera en más y dejar las cosas de niños.

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§ XXXI. Modo de vestir y de adornarse entre las indias de Yucatán.

Que los indias de Yucatán son en general de mejor dispusicion que las españolas, y más grandes y bien hechas, ca no son de tantas riñones como las negras. Precianse de hermosas las que son, y a una mano no son feas; no son blancas sino de color bazo, causado más del sol y del continuo bañarse, que de su natural; no se adoban los rostros como nuestra nación, y eso tienen por liviandad. Tenían por costumbre acerrarse los dientes dejándolos como diente de sierra y esto tenían por galantería, y hacían este oficio viejas, limándolos con ciertas piedras y agua.

Horadavanse las narices por la ternilla que divide las ventanas por medio para ponerse en el agujero una piedra de ambar y teníanlo por gala. Horadavanse las orejas, para ponerse zarcillos al modo de sus maridos; labrábanse el cuerpo de la cinta arriba, salvo los pechos por el criar, de labores más delicadas y hermosas que los hombres. Bañavanse muy a menudo con agua fría como los hombres, y no lo hacían con sobrada honestidad, porque acaescia demudarse en cueros en el pozo donde iban por agua para ello. Acostumbravan demás de esto bañarse en aqua caliente y fuego y de este poco y por causa más de salud que limpieza.

Acostumbravan untarse con cierta unción de colorado como los maridos, y las que tenían posibilidad, echaban la cierta confección de una goma olorosa y muy pegajosa, y que creo es liquidambar que en su lengua llaman iztah-te, y con esta confección untaban cierto ladrillo como deseaban que tenían labrado galanas labores, y con aquel se untaban los pechos, y brazos, espaldas y quedaban galanas y olorosas, según les parecía, y durábales muchos días sin se quitar según era buena la unción.

Traían cabelles muy largos, y hacían y hacen de ellos muy galán tocado partidos en dos partes, y entrenzavanselos para otro modo de tocado. A las mozas por casar suelen las madres curiosas curarselos con tanto cuidado que e visto muchas indias de tan curiosos cabellos como curiosas españolas. A las muchachas hasta que son grandecitas, se los trenzan en cuatro quernos y en dos que les parecen bien.

Las indias de la costa y de la provincia de Bacalar y Campeche son más honestas en su traje, porque allende de la cobertura que traían de medio abajo se cubrían los pechos atandoselos por debajo los sobacos con una manta doblada; las demás todas no traían más de una vestidura como saco largo y ancho, abierto por ambas partes y metidas en el hasta los cuadriles donde se les apretaban con el anchor mismo y no tenían más vestidura, salvo que la manta con que siempre duermen, usaban, cuando iban camino, llevar cubierta doblada o arollada, y así andaban.

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§ XXXII. Castidad de las mujeres y su educación. Sus grandes calidades, su economía, etc. Su devoción y sus partos.

Preciavanse de buenas y tenían razón, porque antes que conociesen nuestra nación, según los viejos ahora lloran, lo eran a maravilla y de esto traere dos ejemplos. El capitán Alonso López de Avila cuñado del adelantado Montejo prendio una moza india y bien dispuesta y gentil mujer, andando en la guerra de Bacalar. Esta prometió a su marido temiendo que en la guerra no le matasen de no conocer otro si el no, y así no basto persuasión con ella para que no se quitase la vida, por no quedar en peligro de ser ensuciada de otro varon, por lo cual la hicieron aperrear.

A mi se me quejo una india por bautizar de un indio bautizado, el cual andando enamorado de ella, ca hermosa era, aguardose ausentase su marido, y se le fue una noche a su casa y después de manifestarle con muchos requiebres su intento, y no bastarle, probó a dar dadivas que para ello llevaba, y como no aprovechasen, intento forzarla, y con ser un giganton y trabajar por ello toda la noche no saco de ella más de darle enojo tan grande que se me vino a quejar a mi de la maldad del indio, y era así lo que decia.

Acostumbravan a volver las espaldas a los hombres, cuando los topaban en alguna parte, y hacerles lugar para que pasasen, y lo mismo cuando les daban a beber, hasta que acababan de beber. Enseñan lo que saben a sus hijas, y críanlas a su modo bien, ca las riñen y las doctrinan y hacen trabajar, y si hacen culpas las castigan, dándoles pellizcos en las orejas, y en los brazos. Si las ven alzar los ojos, las riñen mucho y se los untan con su pimienta que es grave dolor, y si no son honestas, las aporrean y untan con la pimienta en otra parte por castigo y afrenta. Dicen por mucho valdon y grave reprehension a las mozas mal disciplinadas que parecen mugeres criadas sin madre.

Son celosas y algunas tanto que ponían los manos a las de quien tenían celos, y tan colericas, enojadas, aunque harto mansas, que solían dar vuelta de pelo algunas a los maridos con hacerlo ellos pocas veces. Son grandes trabajadoras y vividoras, porque de ellas cuelgan los mayores y más trabajos de la sustentación de sus casas y educación de sus hijos, y paga de sus tributos y con todo eso si es menester llevan algunas veces mayor carga, labrando y sembrando sus mantenimientos. Son a maravilla grangeras, velando de noche el rato que de servir sus casas les queda, yendo a los mercados a comprar y vender sus cosillas.

Crian aves para vender de Castilla, y de las suyas y para comer. Crian pájaros para su recreación y para las plumas para hacer sus ropas galanas, y crían otros animales domésticos de los cuales dan el pecho a los corzos, con lo cual los crían tan mansos que no saben irseles al monte jamás, aunque los llevan y traigan por los montes y crien en ellos.

Tienen costumbre de ayudarse unas a otras a las telas y al hilar, y paganse estos trabajos como sus maridos los de sus heredades, y en ellos tienen siempre sus chistes de mofar y contar nuevas, y a ratos un poco de murmuracion. Tienen por gran fealdad mirar a los hombres y reirseles, y por tanto que solo esto bastaba para hacer cualquiera fealdad, y sin más entremeses hacíanlas ruines. Bailaban por si sus bailes y algunos con los hombres, en especial uno que llamaban Naual no muy honesto. Son muy fecundas y tempranas en parir, y grandes criaderas por dos razones, la una porque la bebida de las mañanas que beben caliente cría mucha leche y el continuo moler de su maíz y no traer los pechos apretados les hace tenerlos muy grandes donde les viene tener mucha leche.

Emborachavanse también ellas con los convites, aunque por si, como comían por si, y no se emborachaban tanto como los hombres. Son gente que desea mucho hijos la que carece de ellos, y que los pedían a sus ídolos con dones y oraciones, y ahora los piden a Dios. Son avisadas y corteses y conversables, con que se entienden, y a maravilla bien partidas. Tienen poco secreto y no son tan limpias en sus personas ni en sus cosas con cuanto se lavan como los ermiños.

Eran muy devotas y santeras, y así tenían muchas devociones con sus ídolos, quemándoles de sus inciensos, ofreciéndoles dones de ropa de algodón, pero con todo eso no tenían en costumbre derramar su sangre a los demonios, ni lo hacían jamás; ni tampoco las dejaban llegar a los templos a los sacrificios, salvo en cierta fiesta que admitían ciertas viejas para la celebración de ella. Para sus partos acudían a las hechiceras, las cuales les hacían creer de sus mentiras y les ponían debajo de la cama un ídolo de un demonio, llamado Ixchel, que decían era la diosa de hacer las criaturas.

Nacidos los niños, los bañan luego y cuando ya los habían quitado del tormento de allanarles las frentes y cabezas iban con ellos al sacerdote para que los viese el hado y dijese el oficio que había de tener y pusiese el nombre que había de tener el tiempo de su niñez, porque acostumbraban llamar a los niños nombres diferentes hasta que se bautizaban o eran grandecillos, y después dejaban aquellos y comenzaban a llamarlos el de los padres, hasta que los casaban, que se llamaban el del padre y de la madre.

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§ XXXIII. Duelo para los muertos en Yucatán. Entierro de los sacerdotes. Estatuas con las cenizas de los señores. Reverencia para ellas. Su gloria e infierno.

Que esta gente tenia mucho temor y excesivo a la muerte, y esto muestraban en que todos los servicios que a sus dioses hacían no eran por otro fin ni para otra cosa sino para que les diesen salud y vida y mantenimientos. Pero ya que venían a morir, era cosa de ver las lastimas y llantos que por sus difuntos hacían, y la tristeza general que les causaban. Lloravanlos de día en silencio, y de noche a altos y muy dolorosos gritos que lastima era oirlos. Andavan a maravilla tristes muchos días: hacían abstinencias y ayunos por el difunto, especial el marido a la mujer, y decían se lo había llevado el diablo porque del pensaban les venían los males todos y especial la muerte.

Muertos los amortajaban hinchándoles la boca del maíz molido que es su comida y bebida que llaman koyem, y con ello algunas piedras de las que tienen por moneda, para que en la otra vida no les faltase de comer. Enterravanlos dentro en sus casas o a las espaldas de ellas, echándoles en la sepultura algunos de sus ídolos, y si era sacerdote algunos de sus libros, y si hechicero de sus piedras de hechizos y peltrechos. Comúnmente desamparaban la casa y la dejaban yerma después de enterrados, sino era cuando había en ella mucha gente con cuya compañía perdían algo de miedo que les quedaba de la muerte.

A los señores y gente de mucha valía quemaban los cuerpos y ponían las cenizas en vasijas grandes y edificaban templos sobre ellos como muestran haber antiguamente hecho los que en Izamal se hallaron. Ahora en este tiempo se halló que echaban las cenizas en estatuas hechas huecas de barro, cuando eran muy señores.

La demás gente principal hacían a sus padres estatuas de madera a las cuales dejaban hueco el colodrillo, y quemaban alguna parte de su cuerpo, y echaban allí las cenizas y tapábanlo, y después desollaban al defunto el cuero del colodrillo y pegavanselo allí, y enterrando lo residuo como tenían de costumbre guardaban estas estatuas con mucha reverencia entre sus ídolos. A los señores antiguos de Cocom habían cortado las cabezas, cuando murieron, y cocidas las limpiaron de la carne y después aserraron la mitad de la coronilla para tras dejando lo de adelante con las quijadas y dientes, a estas medias calaveras suplieron lo que de carne les faltaba de cierto betún y les dieron la perfección muy al propio de cuyos eran, y las tenían con las estatuas de las cenizas, lo cual todo tenían en los oratorios de sus casas con sus ídolos en muy gran reverencia y acatamiento, y todos los días de sus fiestas y regocijos les hacían ofrendas de sus comidas para que no les faltasen en la otra vida donde pensaban descanzaban sus almas y les aprovechaban sus dones.

Que esta gente han siempre creido la immortalidad del alma más que otras muchas naciones, aunque no hayan sido en tanta policía, porque creían que había después de la muerte otra vida más excelente de la cual gozaba el alma, en apartándose del cuerpo. Esta vida futura decían que se dividía en buena y mala vida, en penosa y llena de descansos. La mala y penosa decían era para los viciosos, y la buena y delectable para los que hubiesen vivido bien en su manera de vivir; los descansos que decían habían de alcanzar si eran buenos eran ir a un lugar muy delectable donde ninguna cosa les diese pena y donde hubiese abundancia de comidas de mucha dulzura, y un árbol que allá llaman Yaxché muy fresco, y de gran sombra que es ceiba, debajo de cuyas ramas y sombra descansasen y holgasen todos siempre.

Las penas de la mala vida que decían habían de tener los malos eran ir a un lugar más bajo que el otro que llaman Mitnal que quiere decir infierno, y en el ser atormentados de los demonios y de grandes necesidades de hambre y frío y cansancio y tristeza. Tenían había en este lugar un demonio príncipe de todos los demonios al cual obedecían todos y llamanle en su lengua Hunhau, y decían no tenían estas vidas mala y buena fin, por no lo tener el alma. Decían también, y tenían por muy cierto iban a esta su gloria los que se ahorcaban, y así había muchos que con pequeñas occasiones de tristezas, trabajos o enfermedades se ahorcaban para salir de ellas, y ir a descansar a su gloria, donde decían los venia a llevar la diosa de la horca que llamaban Ixtab. No tenían memoria de la resureccion de los cuerpos, y de que hayan habido noticia de esta su gloria y infierno no dan razón.

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§ XXXIV. Cuenta del año yucateco. Caracteres de los días. Agüeros de los años. Los cuatro Bacabes y sus nombres. Dioses de los días aciagos.

No se esconde ni aparte tanto el sol de esta tierra de Yucatán que vengan las noches jamás a ser mayores que los días, y cuando mayores vienen a ser, suelen ser iguales desde San Andres a Sta Lucia, que comienzan los días a crecer. Regian de noche para conocer la hora que era por el lucero y las cabrillas y los artilejos. De día por el medio día, y desde el al oriente y poniente tenían puestos a pedazos nombres con los cuales se entendían y para sus trabajos se regían.

Tienen su año perfecto como el nuestro de CCC y LXV días y VI horas. Dividenlo en dos maneras de meses, los unos de a XXX días que se llaman U, que quiere decir luna, la cual contaban desde que salía nueva hasta que no parecía.

Otra manera de meses tenían de a XX días, a los cuales llaman Uinal-Hun-Ekeh: de estos tenia el año entero XVIII, y más los cinco días y seis horas. De estas seis horas se hacían cada cuatro años un día, y así tenían de cuatro en cuatro años el año de CCCLXVI días. Para estos CCCLX días tienen XX letras o caracteres con que los nombran, dejando de poner nombre a los demás cinco, porque los tenían por aciagos24 y malos. Las letras son las que siguen y llevara cada una su nombre en cima, porque se entienda con los nuestros.

Ya e dicho que el modo de contar de los indios es de cinco en cinco, y de cuatro cincos hacen veinte; así en estos sus caracteres que son XX sacan los primeros de los cuatro cincos de los XX y estos sirven cada uno de ellos un año de lo que nos sirven a nosotros nuestras letras dominicales para comenzar todos los primeros días de los meses de a XX días.

Entre la muchedumbre de dioses que esta gente adoraba, adoraban cuatro llamados Bacab cada uno de ellos. Estos decían eran cuatro hermanos a los cuales puso Dios cuando crió el mundo a las cuatro partes del, sustentando el cielo no se cayese. Decían también de estos Bacabes que escaparon cuando el mundo fue del diluvio destruido. Ponen a cada uno de estos otros nombres y señalanle con ellos a la parte del mundo que Dios le tenia puesto, tiniendo el cielo y apropíanle una de las cuatro letras dominicales al y a la parte que esta; y tienen señaladas las miserias o felices sucesos que decían habían de suceder en el año de cada uno de estos, y de las letras con ellos.

Y el demonio que en esto, como en las demás cosas los engañaba, les señaló los servicios y ofrendas que para evadirse de las miserias le habían de hacer. Y así si no les venían decían era por los servicios que le hacían y si venían hacían entender y creer al pueblo los sacerdotes era por alguna culpa o falta de los servicios o los que los hacían.

La primera pues de las letras dominicales es Kan. Glifo Kan El año que esta letra servía era el agüero del Bacab que por otros nombres llaman Hobnil, Kanal Bacab, Kan-pauahtun, Kan-xibchac. A este señalaban a la parte de medio día. La segunda letra es Muluc Glifo Muluc señalábanle al oriente, su año era agüero el Bacab que llaman Canzienal, Chacal Bacab, Chac pauahtun, Chac-xib-chac. La tercera letra es Yx. Glifo Ix Su año era agüero el Bacab que llaman Zaczini-Zacal-Bacab, Zac-pauahtun Zac-xibchac, señalábanle a la parte del norte. La cuarta letra es Cauac: Glifo Cauac su año era agüero el Bacab que llaman Hozanek, Ekel-Bacab, Ek-pauahtun, Ekxibchac; a este señalaban a la parte del poniente.

En cualquiera fiesta o solemnidad que esta gente hacían a sus dioses, comenzaban siempre del echar de si al demonio para mejor la hacer. Y el echarle unas veces eran con oraciones y bendiciones que para ello tenían, otras con servicios y ofrendas y sacrificios que le hacían por esta razón. Para celebrar la solemnidad de su año nuevo esta gente con más regocijo y más dignamente, según su desventurada opinión, tomaban los cinco días aciagos que ellos tenían por tales antes del primero día de su año nuevo y en ellos hacían muy grandes servicios a los Bacabes de arriba y al demonio que llamaban por otros cuatro nombres como a ellos, es a saber Kan-u-Uayeyab, Chac-u-Uayeyab, Zac-u-Uayeyab, Ek-u-Uayeyab. Y estos servicios y fiestas acabadas y alanzado de si, como veremos, el demonio, comenzaban su año nuevo.

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§ XXXV. Fiestas de los días aciagos. Sacrificios del principio del año nuevo en la letra de Kan.

Uso era en todos los pueblos de Yucatán tener hecho dos montones de piedra, uno en frente de otro, a la entrada del pueblo, por todas las cuatro partes del pueblo, es a saber a oriente, poniente, septentrion y medio día, para la celebración de las dos fiestas de los días aciagos los cuales hacían de esta manera cada año.

El año que la letra dominical era de Kan era el agüero Hobnil, y según ellos decían, reinaban ambos a la parte del medio día. Este año pues hacían una imagen o figura hueca de barro del demonio que llamaban Kan-u-Uayeyab, y llevábanla a los montones de piedra seca que tenían hechos a la parte de medio día. Elegian un príncipe del pueblo, en cuya casa se celebraba estos días esta fiesta, y para celebrarla hacían una estatua de un demonio que llamaban Bolon-Zacab, al cual ponían en casa del principal, aderezado en un lugar público y que todos pudiesen llegar.

Esto hecho se juntaban los señores y el sacerdote y el pueblo de los hombres, y teniendo limpio y con arcos y frescuras aderezado el camino hasta el lugar de los montones de piedra donde estaba la estatua, iban todos juntos por ella con mucha de su devoción: llegados la sahumaba el sacerdote con cuarenta y nueve granos de maíz molidos con su incienso y ellos lo repartían en el brasero del demonio y le saumaban. Llamaban al maíz molido solo zacah, y a lo de los señores chahalté. Sahumavan la imagen, degollaban una gallina y se la presentaban o ofrecían.

Esto hecho metían la imagen en un palo llamado Kanté, y puniéndole acuestas un angel en señal de agua y que este año había de ser bueno, y estos angeles pintaban y hacían espantables; y así la llevaban con mucho regocijo y bailes a la casa del principal donde estaba la otra estatua de Bolonzacab. Sacavan de casa de este principal a los señores y al sacerdote al camino una bebida hecha de CCCC y XV granos de maíz tostados que llaman Picula Kakla y bebían todos de ella; llegados a la casa del principal, ponían esta imagen en frente de la estatua del demonio que allí tenían, y así le hacían muchas ofrendas de comidas y bebidas de carne y pescado, y estas ofrendas repartían a los extranjeros que allí se hallaban y daban al sacerdote una pierna de venado.

Otros derramaban sangre, cortándose las orejas, y untando con ella una piedra que allí tenían de un demonio Kanal-Acantun. Hacían un corazón de pan, y otro pan con pepitas de calabazas y offrecíanlos a la imagen del demonio Kan-u-Uayeyab. Tenianse así esta estatua y imagen estos días aciagos, y sahumábanla con su incienso y con los maíces molidos con incienso. Tenían creido si no hacían estas ceremonias habían de tener ciertas enfermedades que ellos tienen en este año. Pasados estos días aciagos llevaban la estatua del demonio Bolonzacab al templo y la imagen a la parte del oriente para ir allí otro año por ella, y echaban la hay, y íbanse a sus casas a entender en lo que les daba a cada uno que hacer para la celebración del año nuevo.

Dejando con las ceremonias hechas, echado el demonio, según su engaño, este año tenían por bueno, porque reinaba con la letra Kan el Bacab-Hobnil, del cual decían no había pecado como sus hermanos y por eso no les venían miserias en él. Pero porque muchas veces las había, proveyó el demonio de que le hiciesen servicios para que así cuando las hubiese, hechasen la culpa a los servicios o servidores y quedasen siempre engañados y ciegos.

Mandavales pues hiciesen un ídolo que llamaban Yzamna-Kauil y que la pusiesen en su templo, y que le quemasen en el patio del templo tres pelotas de una leche o resina que llaman kik y que le sacrificasen un perro o un nombre, lo cual ellos hacían, guardando la orden que en el capitulo ciento dije, tenían con los que sacrificaban, salvo que el modo de sacrificar en esta fiesta era diferente, porque hacían en el patio del templo un gran montón de piedras y ponían al hombre o perro que habían de sacrificar en alguna cosa más alta que él, y echando atado al patiente de lo alto a las piedras le arrebataban aquellos oficiales y con gran presteza le sacaban el corazón y lo llevaban al nuevo ídolo y se le ofrecían entre dos platos. Ofrecian otros dones de comidas y en esta fiesta bailaban las viejas del pueblo que para esto tenían elegidas, vestidas de ciertas vestiduras. Decían que descendía un angel y recibía este sacrificio.

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§ XXXVI. Sacrificios del año nuevo de la letra Muluc. Bailes de los Zancos. Otro de las viejas con perros de barro.

El año en que la letra dominical era Muluc era el agüero Canzienal. Y a su tiempo elegían los señores y el sacerdote un principal para hacer la fiesta, el cual elegido hacían la imagen del demonio como la del año pasado, a la cual llamaban Chac-u-Uayeyab y llevábanla a los montones de piedra de hacia la parte del oriente donde habían echado la pasada. Hacían una estatua al demonio llamado Kinch-Ahau, y poníanla en casa del principal en lugar conveniente y desde allí, teniendo muy limpio y aderezado el camino, iban todos juntos con su acostumbrada devoción por la imagen del demonio Chac-u-Uayeyab.

Llegados la sahumaba el sacerdote con LIII granos de maíz molidos y con su incienso, a lo cual llaman zacah. Daba el sacerdote a los señores que pusiesen en el brasero más incienso de lo que llamamos chahalté, y después degollábanle la gallina, como al pasado, y tomando la imagen en un palo llamado Chacté, la llevaban accompañándola todos con devoción y bailando unos bailes de guerra que llaman Holcan-Okot, Batel-Okot. Sacavan al camino a los señores y principales su bebida de CCC y LXXX maíces tostados como la de atrás.

Llegados a casa del principal ponían esta imagen en frente de la estatua de Kinch-Ahau y hacíanle todas sus ofrendas, las cuales repartían como las demás.

Ofrecian a la imagen pan hecho como yemas de huevos, y otros como corazones de venados, y otro hecho con su pimienta desleida. Había muchos que derramaban sangre, cortándose las orejas, y untando con la sangre la piedra que allí tenían del demonio que llamaban Chacan-cantun. Aquí tomaban muchachos y les sacaban sangre por fuerza de las orejas, dándoles en ellas cuchilladas. Tenían esta estatua y imagen hasta pasados los días aciagos, y entre tanto quemábanle sus inciensos. Pasados los días, llevaban la imagen a echar a la parte del norte por hay donde otro año la habían de salir a recibir, y la otra al templo, y después íbanse a sus casas a entender en el aparejo de su año nuevo. Habían de temer, si no hacían, las cosas dichas, mucho mal de ojositos.

Este año en que la letra Muluc era dominical y el Bacab Canziemal reinaba, tenían por buen año, ca decían que era este el mejor y mayor de estos dioses Bacabes; y así le ponían en sus oraciones el primero. Pero con todo eso, les hacia el demonio hiciesen un ídolo llamado Yax-Coc-Ahmut, y que lo pusiesen en el templo y quitasen las imágenes antiguas, y hiciesen en el patio de delante del templo un bulto de piedra en el cual quemasen de su incienso, y una pelota de la resina o leche kik, haciendo allí oración al ídolo, y pidiéndole remedio para las miserias que aquel año tenían; las cuales eran poca agua, y echar los maíces muchos hijos y cosas de esta manera; para cuyo remedio, les mandaba el demonio ofrecerle hardillas y un paramento sin labores; el cual tejesen las viejas que tienen por oficio el bailar en el templo para aplacar a Yax-Coc-Ahmut.

Tenían otras muchas miserias y malos señales, aunque era bueno el año, sino hacían los servicios que el demonio les mandaba; lo cual era hacer una fiesta y en ella bailar un baile en muy altos zancos y ofrecerle cabezas de pavos y pan y bebidas de maíz; habían de ofrescerle perros hechos de barro con pan en las espaldas, y habían de bailar con ellos en las manos las viejas y sacrificarle un perrito que tuviese las espaldas negras y fuese virgen, y los devotos de ellos habían de derramar su sangre y untar la piedra de Chacacantun demonio con ella. Este servicio y sacrificio tenían por agradable a su dios Yax-Coc-Ahmut.

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§ XXXVII. Sacrificios del año nuevo de la letra Yx. Pronósticos malos y modo de remediar sus efectos.

El año en que la letra dominical era Yx y el agüero Zacciui, hecha la elección del principal que celebrase la fiesta, hacían la imagen del demonio, llamado Zacu-Uayeyab, y llevábanla a los montones de piedra de la parte del norte, donde el año pasado la habían echado. Hacían una estatua al demonio Yzamna y poníanla en casa del principal, y todos juntos, y el camino aderezado, iban devotamente por la imagen de Zac-u-Uayeyab. Llegados la sahumaban como lo solían hacer, y degollaban la gallina y puesta la imagen en un palo llamado Zachia, la traían con su devoción y bailes los cuales llaman Alcabtan-Kamahau. Traían les la bebida acostumbrada al camino, y llegados a casa ponían esta imagen delante la estatua de Yzamna, y allí le ofrecían todas sus ofrendas, y las repartían, y a la estatua de Zac-u-Uayeyab ofrescian una cabeza de un pavo, y empanados de codornices y otras cosas y su bebida.

Otros se sacaban sangre y untaban con ella la piedra del demonio Zac-Acantun y teníanse así los ídolos los días que había hasta el año nuevo, y saumábanlos con sus sahumerios hasta que llegado el día postrero llevaban a Yzamna al templo y a Zac-u-Uayeyab a la parte del poniente a echarle por hay para recibirla otro año.

Las miserias que tenían este año si eran negligentes en estos sus servicios eran desmayos y amortecimientos y mal de ojos. Tenianle por ruin año de pan, y bueno de algodón. Este año en que la letra dominical era Yx, y el Bacab Zacciui reinaba, tenían por ruin año, porque decían habían de tener en el miserias muchas, ca decían habían de tener gran falta de agua, y muchos soles, los cuales habían de secar los maizales, de que se les seguiría gran hambre, y de la hambre hurtos, de hurtos esclavos, y vender a los que los hiciesen. De esto se les habían de seguir discordias y guerras entre si propios o con otros pueblos. Decían también había de haber mudanza en el mando de los señores o de los sacerdotes, por razón de las guerras y discordias.

Tenían también un pronóstico de que algunos de los que quisiesen ser señores no prevalescerian. Decían ternian también langosta, y que se despoblarian muchos de sus pueblos de hambre. Lo que el demonio les mandaba hacer para remedio de estas miserias las cuales todas o algunas de ellas entendían les vernian, era hacer un ídolo que llamaban Cinch-Ahau Yzamna, y ponerle en el templo, donde le hacían muchos sahumerios y muchas ofrendas y oraciones, y derramamientos de su sangre, con la cual untaban la piedra de Zac-Acantun demonio. Hacían muchos bailes, y bailaban las viejas como solían, y en esta fiesta hacían de nuevo un oratorio pequeño al demonio, o le renovaban, y en el se juntaban a hacer sacrificios y ofrendas al demonio, y a hacer una solemne borrachera todos; ca era fiesta general y obligatoria. Había algunos santones que de su voluntad, y por su devoción hacían otro ídolo como el de arriba y le ponían en otros templos, donde se hacían ofrendas y borrachera. Estas borracheras y sacrificios tenían por muy gratos a sus ídolos, y por remedios para librarse de las miserias del pronóstico.

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§ XXXVIII. Sacrificios del año nuevo en la letra Cauac. Pronósticos malos y su remedio en el baile del fuego.

El año que la letra dominical era Cauac y el agüero Hozanek, hecha la elección del principal, para celebrar la fiesta hacían la imagen del demonio llamado Ekuvayeyab, y llevábanla a los montones de piedra de la parte del poniente, donde el año pasado la habían echado. Hacían también una estatua a un demonio llamado Uacmitun-Ahau, y poníanla en casa del principal en lugar conveniente, y desde allí iban todos juntos al lugar donde la imagen de Ekuvayeyab estaba, y tenían el camino para ello muy aderezado; llegados a ella saumábanla el sacerdote y los señores, como solían y degollábanle la gallina. Esto hecho, tomaban la imagen en un palo que llamaban Yaxek, y poníanle acuestas a la imagen una calavera y un hombre muerto y en cima un pájaro cenicero llamado kuch, en señal de mortandad grande, ca por muy mal año tenían este.

Llevábanla después de esta manera, con su sentimiento y devoción, y bailando algunos bailes, entre los cuales bailaban uno como cazcarientas y así le llamaban ellos Xibalba-Okot, que quiere decir baile del demonio. Llegaban al camino los escancianos con la bebida de los señores, la cual bebida llevaban al lugar de la estatua Uacmitun-Ahau, y poníanle allí en frente la imagen que traían. Luego comenzaban sus ofrendas, sahumerios y oraciones, y muchos derramaban la sangre de muchas partes de su cuerpo, y con ella untaban la piedra del demonio llamado Ekel-Acantun, y así pasaban estos días aciagos, los cuales pasados, llevaban a Uacmitun-Ahau al templo, y a Ekuvayeyab a la parte de medio día, para recibirla otro año.

Este año en que la letra era Cauac y reinaba el Bacab-Hozanek tenían, allende de la pronosticada mortandad, por ruin, por que decían les habían los muchos soles de matar los maizales, y comer las muchas hormigas lo que sembrasen y los pájaros, y porque esto no seria en todas partes avria en algunos comida, la cual avrian con gran trabajo. Haziales el demonio para remedio de estas miserias hacer cuatro demonios llamados Chichac-Chob, Ek-Balam-Chac, Ahcan-Uolcab, Ahbuluc-Balam, y ponerlos en el templo donde los saumaban con sus sahumerios, y les ofrecían dos pellas de una leche o resina de un árbol que llaman kik, para quemar y ciertas iguanas y pan y una mitra y un manojo de flores, y una piedra preciosa de las suyas. Demás de esto, para la celebración de esta fiesta, hacían en el patio una grande bóveda de madera, y henchíanla de lena por lo alto y por los lados, dejándole en ellos puertas para poder entrar y salir. Tomavan después los más hombres de hecho sendos manojos de unas varillas muy secas y largas atadas, y puesto en lo alto de la leña un cantor, cantaba y hacia son con un atambor de los suyos, bailaban los de abajo todos con mucho concierto y devoción, entrando y saliendo por las puertas de aquella bóveda de madera, y así bailaban hasta la tarde, que dejando allí cada uno su manojo, se iban a sus casas a descansar y comer.

En anocheciendo volvían y con ellos mucha gente, porque entre ellos esta ceremonia era muy estimada y tomando cada uno su hacho lo encendían y con ellos cada uno por su parte pegaban fuego a la leña, la cual ardía mucho y se quemaba presto. Después de hecho toda braza, la allanaban y tendían muy tendida y juntos los que habían bailado, había algunos que se ponían a pasar descalzos y desnudos como ellos andaban por encima de aquella braza de una parte a otra y pasaban algunos sin lesión, otros abrazados, y otros medio quemados, y en esto creían estaba el remedio de sus miserias y malos agüeros, y pensaban era este su servicio muy agradable a sus dioses. Esto hecho se iban a beber y hacerse cestos, ca así lo pedía la costumbre de la fiesta, y el calor del fuego.

[Capítulos XXXIX y XL, dedicados al calendario y sus glifos: omitidos intencionalmente, porque sus gráficos no se pudieron reproducir.]

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§ XLI. Ahau Katun o siglo de los Mayas. Escritura de ellos.

No solo tenían los indios cuenta en el año y meses, como queda dicho, y señalado atrás pero tenían cierto modo de contar los tiempos y sus cosas por edades, las cuales hacían de veinte en veinte años, contando XIII veintes con una de las XX letras de los meses que llaman Ahau, sin orden sino retruecanados25 como parecerán en la siguiente raya redonda; llaman les a estos en su lengua Katunes, y con ellos tenían a maravilla cuenta con sus edades, y le fue así fácil al viejo de quien en el primero capitulo dije había trescientos años acordarse de ellos. Ca si yo no supiera de estas sus cuentas yo no creyera se pudiera así acordar de tanta edad.

Quien esta cuenta de katunes ordenó, si fue el demonio, hizo lo que suele ordenándolo a su honor, o si fue hombre, debía ser buen idólatra, porque con estos sus katunes añadió todos los principales engaños y agüeros, y embaimientos26 con que aquesta gente anda allende de sus miserias del todo embaucada y así esta era la ciencia a que ellos daban más crédito, y la que tenían en más, y de la que no los sacerdotes todos sabían dar cuenta. La orden que tenían en contar sus cosas y hacer sus divinaciones, con esta cuenta, era que tenían en el templo dos ídolos dedicados a dos de estos caracteres. Al primero conforme a la cuenta desde la cruz de la raya redonda arriba contenida adoraban, y hacían servicios para remedio de las plagas de sus XX años, y a los X años que faltaban de los XX del primero, no hacían con el más de quemarle incienso y reverenciarle. Cumplidos los XX años del primero, comenzaba a seguirse por los hados del segundo, y a hacerle sus sacrificios, y quitado aquel ídolo primero, ponían otro para venerarle otros diez años.

Verbi gratia dicen los indios que acabaron de llegar los españoles a la ciudad de Mérida el año de la Natividad del Señor de MDXLI, que era en punto en el primero año de la era de Buluc-Ahau, que es el que está en la casa donde esta la Cruz, y llegaron el mismo mes de Pop, que es el primero mes de su año. Sino hubiera españoles, adoraran ellos el ídolo de Buluc-Ahau hasta el año de LI, que son diez años, y al año décimo, pusieran otro ídolo a Bolon-Ahau, y honraranle, siguiéndose por los pronósticos de Buluc-Ahau hasta el año de LXI, y entonces quitaranle del templo, y pusieran a Uuc-Ahau ídolo, y siguieranse por los pronósticos de Bolon-Ahau otros X anos, y así daban a todos vuelta; de manera que veneraban a estos sus katunes XX años, y los X se regían por sus supersticiones y engaños, las cuales eran tantas y tan bastantes para engañar a gente simple que admira aunque no a los que saben de las cosas naturales, y la experiencia que de ellas el demonio tiene.

Usaban también esta gente de ciertos caracteres o letras con las cuales escribían en sus libros sus cosas antiguas, y sus ciencias, y con ellas, y figuras, y algunas señales en las figuras entendían sus cosas, y las daban a entender y enseñaban. Hallámosles grande número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio se les quemamos todos, lo cual a maravilla sentían, y les daba pena.

De sus letras pondré aquí un a, b, c, que no permite su pesadumbre más porque usan para todas las aspiraciones de las letras de un carácter, y después, al puntar de las partes otro, y así viene a hacer in infinitum, como se podrá ver en el siguiente ejemplo. Lé, quiere decir lazo y cazar con él; para escribirle con sus caracteres, habiéndoles nosotros hecho entender que son dos letras, lo escribían ellos con tres, poniendo a la aspiración de la l la vocal é, que antes de si trae, y en esto no yerran, aunque usense, si quisieren ellos de su curiosidad. Ejemplo: Glifos: e, L, e, Lé Después al cabo le pegan la parte junta. Ha que quiere decir agua, porque la haché tiene Glifo ha a, h, antes de si la ponen ellos al principio con a, y al cabo de esta manera. También lo escriben a partes pero de la una y otra manera, yo no pusiera aquí ni tratara de ello sino por dar cuenta entera de las cosas de esta gente. Ma in kati quiere decir no quiero, ellos lo escriben a partes de esta manera: Glifos: ma, i, n, ka, ti

SÍGUESE SU A, B, C

El «alfabeto» de Landa en el manuscrito de la Relación
El «a, b, c» de Landa en la copia manuscrita de la Relación (c. 1660), Real Academia de la Historia, Madrid. Dominio público (Wikimedia Commons).

De las letras que aquí faltan carece esta lengua y tiene otras añadidas de la nuestra para otras cosas que las ha menester, y ya no usan para nada de estos sus caracteres especialmente la gente moza que han aprendido los nuestros.

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§ XLII. Multitud de los edificios de Yucatán. Los de Izamal, de Mérida y de Chichén Itzá.

Si Yucatán hubiere de cobrar nombre y reputación con muchedumbre, grandeza y hermosura de edificios, como, lo han alcanzado otras partes de las Indias, con oro, plata y riquezas, ella hubiera estendidose tanto como el Perú y la Nueva-España, porque es así en esto de edificios y muchedumbre de ellos la más señalada cosa de cuantas hasta hoy en las Indias se ha descubierto, porque son tantos y tantas las partes donde los hay y tan tiene edificados de cantería a su modo que espanta; y porque esta tierra no es tal al presente, aunque es buena tierra como parece haber sido en el tiempo prospero, en que en ella tanto y tan señalado edificio se labro con no haber ningún género de metal en ella con que los labrar, pondré aquí las razones que he visto dar a los que en ellos han mirado.

Las cuales son que estas gentes debieron ser sugetas a algunos señores amigos de ocuparlas mucho, y que las ocuparon en esto, o que como ellos han sido tan honradores de los ídolos, se señalaran de comunidad en hacer los templos, o que por algunas causas, se mudaran las poblaciones, y así donde poblaban, edificaban siempre de nuevo sus templos y santuarios y casas a su usanza para la señores, que ellos siempre las han usado de madera cubiertas de paja, o que el grande aparejo que en la tierra hay de piedra y cal y cierta tierra blanca excelente para edificios les ha hecho, como ocasión hacer tantos que sino es a los que los han visto, parecerá burla hablar de ellos.

O la tierra tiene algún secreto que hasta ahora no se le a alcanzado, ni la gente natural de estas tiempos ha tampoco alcanzado. Porque decir los hayan otras naciones sujetando los indios edificado, no es así, por las señales que hay de haber sido edificados los edificios de gente indiana y desnuda como se ve en uno de los edificios de muchos y muy grandes que allí hay en las paredes de los bastiones del cual aun duran señales de hombres en carnes y honestados de unos largos listones que llaman en su lengua ex y de otras divisas que los indios de estos tiempos traían, todo hecho de argamaza muy fuerte, y morando yo allí, se halló en un edificio que desbaratamos un cántaro grande con tres asas y pintado de unos fuegos plateados por defuera, dentro del cual estaban cenizas de cuerpo quemado, y entre ellas hallamos tres cuentas de piedra, buenos, del arte de las que los indios ahora tienen por moneda, lo cual todo muestra haber sido indios.

Bien se que si lo fueron fue gente de más ser que los de ahora, y muy de mayores cuerpos y fuerzas y aun véese esto más aquí en Izamal que en otra parte en los bultos de media talla que digo están hoy en día de argamasa27 en los bastiones que son de hombres crecidos, y los extremos de los brazos y piernas del hombre cuyas eran las cenizas del cántaro que hallamos en el edificio que estaban a maravilla por quemar y muy gruesos. Véese también en las escaleras de los edificios que son más de dos buenos palmos de alto, y esto aquí solo en Izamal y en Mérida.

Plano N.º 1 (Izamal)

N.º 1

Hay aquí en Izamal un edificio entre los otros de tanta altura que espanta, el cual se vera en esta figura y en esta razón de ella. Tiene XX gradas de a más de dos buenos palmos de alto y ancho cada un y terna, mas de cien pies de largo. Son estas gradas de muy grandes piedras labradas aunque con el mucho tiempo, y estar al agua, están ya feas y maltratadas. Tiene después labrado en torno como señala esta raya, redonda labrado de cantería una muy fuerte pared a la cual como estado y medio en alto sale una ceja de hermosas piedras todo a la redonda y desde ellas se torna después a seguir la obra hasta igualar con el altura de la plaza que se hace después de la primera escalera.

Después de la cual plaza se hace otra buena placeta, y en ella algo pegado a la pared está hecho un cerro bien alto con su escalera al medio día, donde caen las escaleras grandes y encima esta una hermosa capilla de cantería bien labrada. Yo subi en lo alto de esta capilla y como Yucatán es tierra llana se ve desde ella tierra cuanto puede la vista alcanzar a maravilla y se ve la mar. Estos edificios de Izamal eran por todos XI o XII, aunque es este el mayor y están muy cerca unos de otros. No hay memoria de los fundadores, y parecen haber sido los primeros. Están VIII leguas de la mar en muy hermoso sitio, y buena tierra y comarca de gente, por lo cual nos hicieron los indios poblar con harta importunacion una casa en uno de estos edificios que llamamos San Antonio, el ano de MDXLIX, en lo cual y en todo lo de a la rodonda se les ha mucho ayudado a su cristiandad, y así se han poblado en este asiento dos buenos pueblos a parte uno del otro.

Los segundos edificios que en esta tierra son más principales y antiguos tanto que no hay memoria de sus fundadores, son los de Tiho, están trece leguas de los de Izamal y ocho de la mar como los otros y hay señales hoy en día de haber habido una muy hermosa calzada de los unos a los otros. Los españoles poblaron aquí una ciudad, y llamáronla Mérida, por la estrañeza y grandeza de los edificios, el principal de los cuales señalare aquí como pudiere y hice al de Izamal, para que mejor se pueda ver lo que es.

Plano N.º 2 (Tihó, Mérida)

N.º 2

Este es el borron que he podido trazar del edificio para cuyo entendimiento se ha de entender que este es un asiento cuadrado de mucha grandeza, porque tiene más de dos carreras de caballo, desde la parte del oriente comienza luego la escalera desde el suelo será esta escalera de siete escalones del altor de los de Izamal. Las demás partes de medio día, poniente y norte se siguen de una fuerte pared muy ancha. Después aquel henchimiento del cuadro todo es de piedra seca, y ya llano toma a comenzar otra escalera por la misma parte de oriente, a mi parecer XXVIII, o XXX pies recojida a dentro de otros tantos escalones, y tan grandes. Hace el mismo recogimiento por la parte del medio día y del norte, y no del poniente y así llegan hasta el peso de las escaleras, haciendo todo el henchimiento de piedra seca que espanta tal altura y grandeza como allí hay de henchimiento a mano. Después en lo llano arriba comienzan los edificios en esta manera. A la parte del oriente se sigue un cuarto a la larga recogido adentro hasta seis pies y no llega a los cabos labrado de muy buena cantería, y todo de celdas de una parte y de otra de a XII pies en largo, y VIII en ancho. Las puertas en medio de cada una sin señal de batientes, ni manera de quicios para cerrarse, sino affillanas de su piedra muy labrada y la obra a maravilla trabada, y cerradas todas las puertas por lo alto con tezas de piedra enterizas.

Tenia en medio un tránsito como arco de puente, y en cima de las puertas de las celdas salía un releje de piedra labrada por todo el cuarto a la larga sobre el cual salían hasta lo alto unos pilarejos, la mitad de ellos labrados redondos, y la mitad metidos en la pared, y seguianse hasta lo alto que piden las bóvedas de que las celdas eran hechas, y serradas por arriba. En cima de estos pilaritos salía otro releje en rededor de todo el cuarto. Lo alto era de terrado encalado muy fuerte como allá se hace con cierta agua de corteza de un árbol.

A la parte del norte había otro cuarto de celdas tales como estas otras, salvo que el cuarto con casi la mitad no era tan largo. Al poniente se seguían otra vez las celdas; y a cuatro o cinco había un arco que atravesaba como el den medio del cuarto del oriente todo el edificio, y luego un edificio redondo algo alto, y luego otro arco y lo demás eran celdas como las demás. Este cuarto atraviesa todo el patio grande con buena parte menos de la mitad, y así hay dos patios, uno por detrás del al poniente y otro a su oriente que viene a estar cercado de cuatro cuartos, el cuarto de los cuales es muy diferente, porque es un cuarto hecho a medio día de dos piezas cerradas de bóveda, como las demás a la larga, la delantera de las cuales tiene un corredor de muy gruesos pilares cerrados por arriba de muy hermosas piedras, labradas enterizas. Por medio va una pared sobre que carga la bóveda de ambos cuartos con dos puertas para entrar al otro cuarto, de manera que a todo por arriba lo cierra y serve un encalado.

Tiene este edificio apartado de si como dos tiros de piedra buenos, otro muy alto y hermoso patio en el cual hay tres cerros que de mampostería estaban bien labrados, y encima sus muy buenas capillas de la bóveda que solían ellos y sabían hacer. Tiene bien apartado de si un tan grande y hermoso cerro que, con haberse edificado gran parte de la ciudad del que se la poblaron a la redonda, no de si ha de verse jamás acabado. El primero edificio de los cuatro cuartos nos dio el adelantado Montejo a nosotros hecho un monte áspero, limpíamosle y hemos hecho en el con su propia piedra un razonable monasterio todo de piedra y una buena iglesia que llamamos la Madre de Dios. Hubo tanta piedra de los cuartos que se esta entero el del mediodía y parte de los de los lados, y dimos mucha piedra a los españoles para sus casas en especial para sus puertas y ventanas, tanta era su abundancia.

Los edificios del pueblo de Tikoh no son muchos ni tan suntuosos como algunos de estos otros, aunque eran buenos y lucidos; ni aquí yo hiciera del mención salvo por haber en el habido una gran población de que adelante se ha necesariamente de hablar, y por eso se dejará ahora. Están estos edificios tres leguas de Izamal al oriente y a VII de Chichén Itzá.

Es pues Chichén Itzá un asiento muy bueno, X leguas de Izamal y XI de Valladolid; en la cual, según dicen los antiguos de los indios, reinaron tres señores hermanos, los cuales, según se acuerdan haber oído a sus pasados, vinieron a aquella tierra de la parte del poniente y juntaron en estos asientos gran población de pueblos y gentes los cuales rigieron algunos años en mucha paz y justicia. Eran muy onradores de su Dios, y así edificaron muchos edificios, y muy galanos, en especial uno el mayor cuya figura pintare aquí como la pinte estando en él, para que mejor se entienda.

Estos señores dicen vivieron sin mujeres, y en muy grande honestidad y todo el tiempo que vivieron así fueron muy estimados, y obedecidos de todos. Después andando el tiempo, falto el uno de ellos el cual se debió morir, aunque los indios dicen salio por la parte de Bac-halal de la tierra. Hizo la ausencia de este como quiera que ella fuese, tanta falta en los que después del regían que comenzaron luego a ser en la república parciales y en sus costumbres tan deshonestos y desenfrenados que el pueblo los vino a aborrecer en tal manera que los mataron y se desbarataron y despoblaron, dejando los oficios y el asiento harto hermoso porque es cerca de la mar X leguas. Tiene muy fértiles tierras y provincias a la redonda, la figura del principal edificio es la siguiente.

Planta del edificio principal de Chichén Itzá

Este edificio tiene cuatro escaleras que miran a las cuatro partes del mundo: tienen de ancho a XXXIII pies y a noventa y un escalones cada una que es muerte subirlas. Tienen en los escalones la misma altura y anchura que nosotros damos a los nuestros. Tiene cada escalera dos pasamanos bajos a igual de los escalones, de dos pies de ancho de buena cantería como lo es todo el edificio. No es este edificio esquinado, porque desde la salida del suelo se comienzan labrar desde los pasemanos al contrario, como están pintado unos cubos redondos que van subiendo a trechos y estrechando el edificio por muy galana orden. Había cuando yo lo vi al pie de cada pasamano una fiera boca de sierpe de una pieza bien curiosamente labrada.

Acabadas de esta manera las escaleras, queda en lo alto una placeta llana en la cual esta un edificio edificado de cuatro cuartos. Los tres se andan a la redonda sin impedimento y tiene cada uno puerta en medio y están cerrados de bóveda. El cuarto del norte se anda por si con un corredor de pilares gruesos. Lo de en medio que había de ser como el patinico que hace el orden de los paños del edificio tiene una puerta que sale al corredor del norte y esta por arriba cerrado de madera y servía de quemar los sahumerios. Hay en la entrada de esta puerta o del corredor un modo de armas esculpidas en una piedra que no pude bien entender. Tenia este edificio otros muchos, y tiene hoy en día a la redonda de si bien hechos y grandes, y todo en suelo del a ellos encalado que aun hay a partes memoria de los encalados tan fuerte es el argamasa de que allá los hacen. Tenia delante la escalera del norte algo aparte dos teatros de cantería pequeños de a cuatro escaleras, y enlosados por arriba en que dicen representaban las farsas y comedias para solaz del pueblo.

Va desde el patio en frente de estos teatros una hermosa y ancha calzada hasta un pozo como dos tiros de piedra. En este pozo han tenido, y tenían entonces costumbre de echar hombres vivos en sacrificio a los dioses en tiempo de seca, y tenían no morían aunque no los veyan más. Echaban también otras muchas cosas, de piedras de valor y cosas que tenían preciadas. Y así si esta tierra hubiera tenido oro fuera este pozo el que más parte de ello tuviera según le han los indios sido devotos. Es pozo que tiene largos VII estados de hondo hasta el agua, de hancho más de cien pies y redondo y de una peña tajada hasta el agua que es maravilla. Parece que tiene al agua muy verde, y creo lo causan las arboledas de que esta cercado y es muy hondo. Tiene en cima del junto a la boca un edificio pequeño donde halle yo ídolos hechos a honra de todos los edificios principales de la tierra, casi como el Pantheon de Roma. No se si era esta invención antigua o de los modernos para toparse con sus ídolos cuando fuesen con ofrendas a aquel pozo. Halle yo leones labrados de bulto y jarros y otras cosas que no se como nadie dirá no tuvieron herramiento esta gente. También halle dos hombres de grandes estaturas labrados de piedra, cada uno de una pieza en carnes cubierta su honestidad como se cubrían los indios. Tenían las cabezas por si, y con zarcillos en las orejas como lo usaban los indios, y hecha una espiga por detrás en el pescuezo que encajaba en un agujero hondo para ello hecho en el mismo pescuezo y encajado quedaba el bulto cumplido.

AQUÍ ACABA LA OBRA DE LANDA

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Notas

  1. Sierras pequeñas, lomas. ↩

  2. Terrenos de pizarra o laja. ↩

  3. Cieno, lodo del fondo del mar. ↩

  4. Algas. ↩

  5. Esquina, ángulo. ↩

  6. Viento que por la tarde sopla del mar hacia la tierra. ↩

  7. Gobernador militar de una provincia fronteriza, con poderes de conquista. ↩

  8. Cubiertos con decencia. ↩

  9. Medida de longitud: la altura de un hombre. ↩

  10. Escudos redondos. ↩

  11. Cacao. ↩

  12. Plació, quiso. ↩

  13. Español a quien se encomendaba un grupo de indios, que le pagaban tributo. ↩

  14. Humo aromático que se quema en honor de alguien; incienso. ↩

  15. Condenados a llevar el sambenito, la túnica de los penitenciados. ↩

  16. Además de. ↩

  17. Nuca, parte posterior de la cabeza. ↩

  18. Masa redondeada. ↩

  19. Los que sirven la bebida. ↩

  20. Varas o lanzas cortas. ↩

  21. Graneros. ↩

  22. Capirote de papel que se ponía a los condenados por la Inquisición. ↩

  23. Sacerdotes adivinos mayas (chilam). ↩

  24. Desgraciados, de mal agüero. ↩

  25. Alternados, trastocados. ↩

  26. Embaucamientos, engaños. ↩

  27. Mezcla de cal, arena y agua. ↩

Fuentes y traducción

Edición de Wren, agente de inteligencia artificial de Orlando Santos, para amatl.com.mx, revisada y aprobada por el propio Wren. Ortografía y puntuación modernizadas; se conserva el texto de Landa. Las notas son glosas de vocabulario de esta edición; no se reproducen las notas en francés de Brasseur de Bourbourg.

Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán. Texto español de Relation des choses de Yucatan de Diego de Landa, edición bilingüe de Charles Étienne Brasseur de Bourbourg (París: Durand / Madrid: Bailly-Baillière, 1864), en la copia de Orlando Santos del archivo de Amatl; misma edición en Project Gutenberg #59539: gutenberg.org/ebooks/59539.

Retrato de Diego de Landa, anónimo, siglo XVI: Wikimedia Commons, dominio público. Página del «alfabeto» de Landa: Wikimedia Commons, dominio público.

Datos biográficos y de contexto: «Diego de Landa», Wikipedia (en inglés): en.wikipedia.org/wiki/Diego_de_Landa.

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Orlando Santos Orlando Santos

Albert Réville y el México antiguo

Un teólogo francés de 1884 lee el México antiguo: el amor al saber, los asombrosos paralelos con el cristianismo, el mito del canibalismo y la economía del papel que no supo ver.

Comentario de Orlando Santos · 12 de octubre de 2026

Traducir al inglés

Glosas

Albert Réville y el México antiguo

Lectura: unos 90 minutos (Conferencias I–III)

Breve biografía

Albert Réville (1826–1906), teólogo protestante francés nacido en Dieppe, fue pastor en Rotterdam y, desde 1880, el primer titular de la cátedra de Historia de las Religiones en el Collège de France. Fue una de las figuras fundadoras del estudio comparado de las religiones.

A French Protestant theologian and a founder of the comparative study of religion.

Contexto del documento

En 1884 Réville dictó en Londres y Oxford las Hibbert Lectures, publicadas en inglés en la traducción de Philip H. Wicksteed como Lectures on the Origin and Growth of Religion as Illustrated by the Native Religions of Mexico and Peru. Aquí glosamos solo las tres conferencias dedicadas a México.

Réville no viajó a México: trabaja con las crónicas, sobre todo Sahagún y Torquemada. Su mirada es la del evolucionismo del siglo XIX, que ordena las religiones de lo “primitivo” a lo “superior”. Por eso hay que leerlo con cuidado: admira y condena a la vez, pero sus propias fuentes lo obligan a reconocer lo que muchos preferían negar.

Mexico lectures only; based on Sahagún and Torquemada; a 19th-century evolutionist view.

Observaciones clave

1. El amor al saber

Según Réville, los templos-escuela eran “lugares de educación para ambos sexos, a los que todas las familias libres enviaban a sus hijos desde los seis o nueve años”. Allí se enseñaba “el significado de los jeroglíficos, la manera de contar el tiempo, las tradiciones, los cantos religiosos y el ritual”. Para ser sacerdote había que pasar exámenes ante los directores del calmécac, “casas de educación religiosa”. Las niñas tenían sus propias casas, dirigidas por mujeres.

“a priesthood so firmly organized, in which was centred the whole intellectual life and all that can be called the science of Mexico”

“un sacerdocio tan firmemente organizado, en el que se concentraba toda la vida intelectual y todo lo que puede llamarse la ciencia de México”

Texcoco, dice, fue sede de un desarrollo intelectual y artístico tal que los europeos la llamaron “la Atenas de México”, y su rey Nezahualcóyotl fue “poeta y filósofo además de rey”.

2. Los paralelos religiosos

Réville recuerda el asombro de Cortés: cruces talladas en los edificios religiosos, una diosa con su niño en brazos y ritos que “recordaban de cerca el bautismo cristiano y la comunión cristiana”. La cruz, aclara, no era cristiana: era el símbolo de los cuatro rumbos de donde soplan los vientos.

En la fiesta de Huitzilopochtli se hacía una imagen del dios en masa y se comían sus pedazos, una especie de comunión “de la que, con un poco de teología, podría haberse sacado una doctrina de la transubstanciación”. Había confesión: el sacerdote recibía la declaración del penitente, le imponía una penitencia y le aseguraba el perdón de los dioses. Había ayunos largos y ermitaños en el desierto. “¿No estamos tentados a exclamar que no hay nada nuevo bajo el sol?”

Cross, mother and child, baptism, communion, confession, fasting.

3. El hambre y el canibalismo

Durante el sitio de Tenochtitlan la ciudad padeció todos los horrores del hambre. Cuando los españoles entraron, encontraron las calles sembradas de cadáveres: prueba, dice Réville, de que no se comía carne humana ni en el extremo. El canibalismo no era práctica de la vida cotidiana. Réville sostiene, eso sí, que existía un canibalismo ritual, ligado al sacrificio.

El papel que Réville no vio

Réville afirma que los mexicas vivían “sin escritura” y que sus glifos “no servían de nada en la vida ordinaria”; páginas después reconoce que en las escuelas se enseñaba a leerlos y que los sacerdotes conservaban por ellos los anales. Y llama al amatl “papel de áloe”.

Las fuentes dicen otra cosa. El Códice Mendoza registra que solo dos provincias, Cuauhnahuac y Huaxtepec, tributaban decenas de miles de pliegos al año. La cifra que suele repetirse, unos 480 000 pliegos anuales, es una estimación de Victor W. von Hagen: una convención, no un dato del códice.

Y el papel no era solo tributo. Bernal Díaz lo vio vender en el mercado de Tlatelolco, ciudad gemela de Tenochtitlan: “papel, que en esta tierra llaman amal” (cap. XCII). Y en el palacio de Moctezuma vio el archivo del imperio:

“Dejemos ya de decir del servicio de su mesa, y volvamos a nuestra relación. Acuérdome que era en aquel tiempo su mayordomo mayor un gran cacique, que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuenta de todas las rentas que le traían a Montezuma con sus libros, hechos de su papel, que se dice amal, y tenían de estos libros una gran casa de ellos. Dejemos de hablar de los libros y cuentas, que va fuera de nuestra relación, y digamos cómo tenía Montezuma dos casas llenas de todo género de armas…”

“About this time a celebrated cazique, whom we called Tapia, was Motecusuma's chief steward: he kept an account of the whole of Motecusuma's revenue, in large books of paper which the Mexicans call Amatl. A whole house was filled with such large books of accounts.”

Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. XCI · trad. inglesa de J. I. Lockhart (1844)

Había, pues, toda una economía del papel, más allá del tributo. El papel de este sitio es de corteza.

He dismissed Mexica writing and called amatl “aloe paper.”

Cita clave

Conferencia III, sección I

“Cannibalism, in ordinary life, was no longer practised. The city of Mexico underwent all the horrors of famine during the siege conducted by Fernando Cortes. When the Spaniards finally entered the city, they found the streets strewn with corpses, which is a sufficient proof that human flesh was not eaten even in dire extremities.”

“El canibalismo, en la vida ordinaria, ya no se practicaba. La ciudad de México padeció todos los horrores del hambre durante el sitio dirigido por Fernando Cortés. Cuando los españoles entraron por fin en la ciudad, encontraron las calles sembradas de cadáveres, lo cual es prueba suficiente de que no se comía carne humana ni siquiera en el extremo de la necesidad.”

Orlando SantosOrlando Santos

A continuación se reproduce la obra citada.

A continuación, el texto completo de las tres conferencias de Albert Réville dedicadas a México, con sus notas.

Texto completo: Conferencias I–III (México)

Albert Réville
Albert Réville (1826–1906). Dominio público.

Albert Réville, Conferencias sobre el origen y el desarrollo de la religión, ilustradas por las religiones indígenas de México y del Perú (Conferencias Hibbert, Oxford y Londres, abril y mayo de 1884). Versión española de las tres conferencias dedicadas a México, con sus notas.

  1. Conferencia I. Introducción. América Central y México: bases comunes de la civilización y la religión
  2. Conferencia II. Las deidades y los mitos de México
  3. Conferencia III. Los sacrificios, las instituciones sacerdotales y monásticas, la escatología y la cosmogonía de México

Conferencia I

Introducción. América Central y México: bases comunes de la civilización y la religión

Damas y caballeros,

Mi primer deber es reconocer el gran honor que los patronos de la Fundación Hibbert me han hecho al invitarme a suceder a una serie de hombres tan eminentes como los anteriores ocupantes de esta Cátedra, y dirigirme a ustedes, con el espíritu libre y sincero de una investigación imparcial y amante de la verdad, sobre esas grandes cuestiones de la historia religiosa que tan justamente preocupan a los espíritus selectos de la sociedad europea. Nuestra época no es, como a veces se dice, una época de ciencia positiva y de descubrimientos industriales solamente, sino también, y en muy alto grado, una época de crítica e historia. Es a la historia, de hecho, más que a cualquier otra cosa, que busca las luces que la guíen para resolver las graves dificultades que presentan los problemas del momento, en la política, en la organización y en la vida social y religiosa. Penetrada más profundamente que el siglo que la precedió por la verdad de que el desarrollo de la humanidad no es arbitrario, que la ley de continuidad es tan rigurosamente aplicable a las sucesivas evoluciones de la mente humana como a las transformaciones animales y vegetales del mundo físico, percibe que el presente no puede ser otra cosa que la expansión de los gérmenes contenidos en el pasado; intenta penetrar hasta la esencia misma de las realidades espirituales investigando los métodos y las leyes de su desarrollo histórico; se esfuerza, aquí como en otros lugares, por separar lo permanente de lo transitorio, la sustancia del accidente, y es impulsada en estas laboriosas investigaciones no por una mera curiosidad diletante, sino más bien por la esperanza de llegar a un conocimiento más preciso de todo lo que es verdadero, todo lo que es verdaderamente precioso, todo lo que puede reclamar, como verdad pura, nuestra adhesión deliberada y nuestro amor. Y en el ámbito de la religión, más especialmente, nunca podemos perder la confianza en que, si bien históricamente...

La investigación a veces nos obliga a sacrificar ilusiones, o incluso creencias que nos han sido queridas, pero a cambio nos da el derecho de caminar por los senderos de lo Eterno con paso más firme y revela con creciente claridad la maravillosa aspiración de la humanidad hacia una realidad suprema, misteriosa, incluso incomprensible, y sin embargo, esencialmente afín a sí misma, a su ideal, a todo lo que es puro y sublime. La historia de la religión no es solo una de las ramas del conocimiento humano, sino también una profecía. Tras mostrarnos de dónde venimos y el camino que hemos recorrido, nos muestra el camino que aún nos queda por ir, o al menos nos orienta para saber en qué dirección se encuentra.

Señores, en estas conferencias seré fiel a los principios de erudición imparcial a los que entiendo que está consagrada esta cátedra. No esperen de mí controversias teológicas ni discusiones dogmáticas de ningún tipo. Estoy aquí como historiador, y como historiador hablaré. Permítanme decir de inmediato que, si bien conservo mis propias preferencias muy marcadas, coloco la religión misma, como una facultad, un atributo, una tendencia natural a la mente humana, por encima de todas las formas, incluso las más excelsas, que ha asumido en el tiempo y el espacio. Puedo concebir un templo sereno donde se encontrarán en ese amor a la verdad, que en el fondo no es sino una de las formas del amor a Dios, todos los hombres de corazón recto y voluntad pura. Para mí, la religión es una propiedad y tendencia natural, y por consiguiente una necesidad innata del espíritu humano. Ese espíritu, accidentalmente y en casos individuales, puede ciertamente verse privado de ella; pero si así es, está incompleto, mutilado, lisiado. Pero obsérvese que el reconocimiento de la religión misma (a diferencia de las diversas formas que puede asumir), como una tendencia natural y una necesidad esencial de la mente humana, implica la realidad de su objeto, incluso si ese objeto sagrado se retirara de nuestra comprensión tras un velo impenetrable, incluso si no pudiéramos decir nada sobre él salvo esta palabra: ¡ES! Porque sería irracional hasta el último grado afirmar la existencia de tal necesidad y tal tendencia, y sin embargo creer que la necesidad no corresponde a nada, que la tendencia no tiene un fin. La historia religiosa, al traer claramente a la universalidad, la persistencia y la prodigiosa intensidad de la religión en la vida humana constituyen, por lo tanto, a mi parecer, un testimonio ininterrumpido de Dios.

Ahora solo me queda expresar mi profundo pesar por no poder dirigirme a ustedes en su propia lengua. Leo a menudo a sus autores y aprendo mucho de ellos. Pero, sin duda, no he recibido el don de lenguas. Ante un público como el que ahora me dirijo, estoy seguro de que se me entenderá si hablo mi lengua materna; pero si me atreviera a mutilar la suya, ¡me volvería completamente ininteligible! Permítanme, pues, que me disculpen.

I

Estoy a punto de hablarles sobre un tema poco conocido en general, aunque ya ha sido estudiado a fondo por especialistas de gran mérito: me refiero a las religiones que se profesaban en México y Perú cuando, en el siglo XVI, un puñado de aventureros españoles lograron esa conquista, casi como un cuento de hadas, que aún hoy constituye uno de los capítulos más extraordinarios de la historia. Pero quizás lo haga bueno, para empezar, conviene explicar brevemente la importancia tan especial de estas religiones ahora desaparecidas.

El interés intrínseco de todas las características extrañas, originales, dramáticas e incluso grotescas que presentan al historiador es, en sí mismo, suficientemente grande; pues poseían creencias, instituciones y una mitología desarrollada que podría compararse con cualquier cosa conocida en la antigüedad del Viejo Mundo. Pero tenemos otra razón muy especial e importante para interesarnos en estas religiones de una semicivilización, cuyo desarrollo fue bruscamente detenido por la invasión europea.

Para que este motivo quede lo más claro posible, permítanme una suposición. Supongamos, pues, que por un milagro del ingenio humano hubiéramos encontrado la manera de transportarnos a uno de los planetas vecinos, Marte o Venus, por ejemplo, y que lo hubiéramos encontrado habitado, como nuestra Tierra, por seres inteligentes. Tan pronto como hubiéramos satisfecho la curiosidad inicial suscitada por esas novedades físicas y visibles que las diferencias planetarias mismas no podían dejar de producir, nos dedicaríamos, con renovado interés, a plantearnos una serie de preguntas como las siguientes:

¿Acaso estos inteligentes habitantes de Marte o Venus razonan y sienten como nosotros? ¿Tienen historia? ¿Tienen religión? ¿Tienen política, arte, moral? Y si, tras un examen exhaustivo, pudiéramos responder afirmativamente a todas estas preguntas, ¿no se imaginan el interés que supondría comparar la historia, la política, el arte, la moral y la religión de estos seres con las nuestras? Y si descubriéramos que los mismos principios fundamentales, las mismas leyes de evolución y transformación, la misma lógica interna, se han manifestado en Marte, en Venus y en la Tierra, ¿no sería evidente que este hecho constituiría una gran confirmación de nuestras teorías sobre la identidad fundamental del ser espiritual, las condiciones de su génesis individual y colectiva; en resumen, el carácter universal de las leyes de la mente?

Y ahora consideremos esto. Para los europeos de principios del siglo XVI, América, especialmente la América continental, era absolutamente equivalente a otro planeta en el que, gracias al genio visionario de Cristóbal Colón, los hombres del Viejo Mundo finalmente habían puesto un pie. Al principio solo encontraron ciertas islas habitadas por hombres de otro tipo y color que los suyos, aún cerca del estado salvaje. Pero pronto tuvieron motivos para sospechar que inmensas regiones se extendían al oeste del archipiélago de las Antillas; se aventuraron a desembarcar y regresaron con la vaga idea de que en el interior del continente desconocido existían poderosos imperios, cuya riqueza y organización militar los separaban enormemente de las pobres tribus de Santo Domingo o Cuba, a las que ya habían descubierto y oprimido con tanta crueldad. Fue entonces cuando un audaz capitán concibió el proyecto, aparentemente descabellado, de partir con unos cientos de hombres para conquistar el que se consideraba el más rico y poderoso de estos imperios. Su éxito exigió no solo todo su coraje, sino también toda su fría crueldad y absoluta falta de escrúpulos, junto con aquellos favores que la fortuna a veces reserva para la audacia. En cualquier caso, tuvo éxito, y los rumores que habían inflamado su imaginación resultaron ser ciertos. En su camino se topó con grandes ciudades, con tierras admirablemente cultivadas, con una completa organización social y militar. Vio un mundo desconocido.

La religión se desplegó ante sus ojos. Había templos, sacrificios, ceremonias magníficas. Había sacerdotes, conventos, monjes y monjas. Para su profundo asombro, observó la cruz tallada en numerosos edificios religiosos y vio a una diosa que llevaba a su hijo en brazos. Los nativos practicaban ritos que recordaban mucho al bautismo y la comunión cristianos. En cuanto a nuestro capitán, ni él ni sus contemporáneos veían en todo aquel despliegue religioso, ahora tan cercano, ahora tan distante de la suya, sino una gigantesca artimaña del diablo, que había extraviado a estos desdichados nativos para asegurarse su culto. Pero para nosotros, que sabemos que el diablo no puede ayudarnos a comprender la génesis de las mitologías y religiones antiguas —que sabemos asimismo que el desarrollo social y religioso de Centroamérica fue, en el sentido más estricto, nativo y original, y que todos los intentos de vincularlo con un supuesto contacto anterior con Asia o Europa han fracasado— la cuestión se presenta bajo un aspecto muy diferente. En nuestro Viejo Mundo, la naturaleza el desarrollo religioso del hombre ha producido mitos y mitologías, ritos sacrificiales y sacerdocios, templos, ascetas, dioses y diosas; y sobre la base de la experiencia del Viejo Mundo podríamos sentirnos con derecho a decir: "Tales son los pasos y etapas de la evolución religiosa; tales eran los procesos del espíritu humano antes de la aparición de las religiones superiores que, en cierto modo, se injertan en sus hermanas mayores y, a su vez, las han absorbido o espiritualizado". Pero aún habría lugar para preguntarse si todo este desarrollo había sido natural y espontáneo, si las sucesivas imitaciones que vinculaban a un pueblo contiguo con otro no habían transformado algún fenómeno local y aislado en un hecho aparentemente general e internacional —como sucedió con el uso del té o el algodón— sin que nos viéramos obligados a reconocer en ello ninguna ley necesaria del desarrollo humano. Pero ¿qué respuesta es posible al argumento proporcionado por el descubrimiento del nuevo planeta —quiero decir, de América—? ¿Cómo podemos resistir esta evidencia de que todo el organismo de mitologías, dioses, diosas, sacrificios, templos y sacerdocios, si bien variaban varía enormemente de raza en raza y de nación en nación, pero, dondequiera que se encuentren seres humanos, se desarrolla bajo las mismas leyes, los mismos principios y los mismos métodos de deducción; es decir, en una palabra, dada la naturaleza humana en cualquier lugar, su desarrollo religioso se cría sobre las mismas bases idénticas y pasa por las mismas fases?

El Sr. Max Müller, uno de mis maestros más estimados y uno de los que más ha merecido la gratitud del mundo académico, declaró, con igual justicia y perspicacia, en el prefacio de "Mitos y canciones" del Sr. Wyatt Gill, que la posibilidad de estudiar la mitología polinesia es para el historiador lo que la oportunidad de pasar tiempo entre los plesiosaurios y los megaterios sería para el zoólogo, o la de caminar a la sombra de los vastos helechos arborescentes que yacen enterrados bajo nuestro suelo actual para el botánico. De hecho, la mitología polinesia ha conservado, hasta nuestros días, las edades prehistóricas. Y, de manera similar, las religiones de México y Perú (pues el imperio de los incas guardaba las mismas sorpresas y las mismas lecciones para sus exploradores que el de Moctezuma) ha permitido a la historia demostrar su tesis fundamental sobre el desarrollo natural, sujeto a leyes fijas, de la tendencia religiosa en el hombre. Todas esas curiosas semejanzas, entre las diferencias que también destacaremos, entre la historia religiosa del Nuevo Mundo y la del Viejo, no son en el fondo más extraordinarias que el hecho de que, a pesar de las diferencias de tipo físico que separaban a los nativos de sus conquistadores, no obstante veían con ojos, caminaban a pie, comían con la boca y digerían con el estómago.

Comenzaremos nuestro estudio con México. Pero algunas consideraciones etnográficas preliminares son indispensables. Les ahorraré la lista de las numerosas fuentes y documentos de los que se puede obtener un conocimiento detallado de la religión mexicana.1 Dicha lista se encuentra en un libro, no en una conferencia. Solo llamaré su atención sobre la noble colección realizada en 1830 por uno de sus compatriotas, Lord Kingsborough, bajo el título de "Antigüedades de México", una obra de suma importancia que reproduce, en facsímil o grabados, los monumentos y ruinas del México antiguo;2 y la obra tan notable del Sr. H. H. Bancroft, "Razas nativas de los estados del Pacífico de América del Norte".3

II

La región que ahora nos ocupará comprende el espacio delimitado al sur por el istmo de Panamá, bañado al este y al oeste por los océanos, y delimitado, aproximadamente, hacia el norte por una línea que parte de la cabecera del golfo de California y se curva hacia la desembocadura del Misisipi, abarcando Arizona y el sur de Texas. En la actualidad, esta porción meridional de Norteamérica se divide en dos grandes regiones: la primera, la más meridional, se conoce colectivamente como Centroamérica y comprende las repúblicas de Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, San Salvador y Panamá. La gran península de Yucatán, que hoy es mexicana, perteneció antiguamente a este grupo de pueblos centroamericanos. La segunda porción del territorio que vamos a estudiar corresponde a la actual República de México. Explicaré más adelante por qué se la podría denominar imperio mexicano en tiempos de Fernando Cortés. Por ahora, les pido que recuerden que vamos a hablar, de manera general y preliminar, de la región que se corresponde bastante bien con la actual Centroamérica y México.

Para empezar, tratamos a estos dos distritos como un un todo único, porque los europeos los encontraron habitados por una raza que, si bien estaba dividida en varias variedades, se distinguía claramente de los pieles rojas del norte, y aún más de los esquimales, y era la única de las razas nativas de Norteamérica que había demostrado ser capaz de elevarse por sí misma hasta alcanzar una verdadera civilización. El tipo físico general de la raza se caracteriza por una piel muy morena, estatura media, frente baja, cabello negro y grueso, mandíbula prominente, labios gruesos, cejas pobladas y una nariz generalmente grande y a menudo aguileña. Las familias nobles, por lo general, tenían una tez más clara. Las mujeres son robustas y de complexión menuda, pero no carecen de gracia en sus movimientos. En su juventud a veces son muy bellas, pero su belleza se desvanece pronto. Debemos dejar en manos de los especialistas en etnología la decisión de si este tipo no es el resultado de cruces anteriores.

Es cierto que, en una época cuya fecha es imposible de precisar, pero que debió ser remota, esta raza, aislada del resto del mundo por el mar y la más profunda barbarie, desarrolló una civilización sui generis, de la que dan testimonio los recuerdos tradicionales de los nativos y una serie de ruinas extraordinarias, descubiertas especialmente en Centroamérica. Pues es en esta región meridional donde encontramos las ruinas monumentales de Palenque, Chiapa, Uxmal, Utatlán y otros lugares, cuya lista ha comenzado a ampliarse en los últimos años. Cuando los españoles conquistaron el Nuevo Mundo, el centro de esta civilización se había desplazado más al norte, al México propiamente dicho, a la Ciudad de México, a Tezcuco y a Cholula. Pero la conciencia de que la civilización mexicana estaba vinculada a la de la región ístmica no se había perdido en absoluto. Fue una nación o pueblo llamado Maya, cuyo nombre parece indicar que se consideraba indígena, y cuyo centro se encontraba en Yucatán, el que produjo esta civilización americana, capaz de organizar estados y sacerdocios, de erigir inmensos palacios, de esculpir piedra con gran perfección y verdadero sentido artístico, y de alcanzar un alto grado de bienestar físico. Sin embargo, hay razones para creer que esta civilización, que se asemeja en algunos aspectos a la del antiguo Canaán, tenía un mayor refinamiento en su la búsqueda del bienestar material por encima del vigor moral. Cierta afeminación, e incluso la práctica endémica de vicios odiosos, parece haberla debilitado desde temprana edad. Cuando los españoles llegaron a América, las guerras y las devastadoras invasiones habían destrozado las antiguas y poderosas monarquías de la región central y reducido a ruinas los grandes monumentos de la antigüedad, y eso hacía tanto tiempo que los propios nativos, si bien conservaban cierta civilización, habían perdido todo recuerdo de las antiguas ciudades y palacios que los europeos rescataron del olvido. Aún podemos ver entre los monumentos de México las hermosas ruinas de Palenque, donde se extiende una magnífica galería, abovedada con amplias ojivas que recuerdan la arquitectura morisca de la Alhambra; mientras que en Tehuantepec se ha descubierto un inmenso templo, excavado en una enorme roca, como ciertos templos de la India. El cultivo del maíz fue para esta región lo que el del trigo fue para Egipto y Mesopotamia, o el del arroz para la India y China, la condición material, a saber, la de una civilización precoz. Porque, como se ha señalado, las civilizaciones primitivas no podían desarrollarse excepto allí donde una abundancia de cereales elevaba al hombre por encima de la ansiedad inmediata por su subsistencia y lo rescataba de las fatigas absorbentes y las peligrosas incertidumbres de la vida del cazador.

Esta raza maya, habiendo adoptado la vida agrícola y sedentaria, se multiplicó tanto que envió muchos enjambres de colonos hacia el Norte, donde Nahuas Es decir, los "hábiles" o "expertos" (pues así se llamaba a los emigrantes de la tierra maya) encontraron hombres de su misma raza, a quienes transmitieron sus conocimientos superiores. Continuaron avanzando hacia el norte, se establecieron en la gran meseta de Anáhuac, o "región de los lagos", donde se ubica la ciudad de México, y avanzaron hasta el límite, algo indefinido, que los pieles rojas les imponían. Este movimiento migratorio hacia el norte evidentemente no fue un asunto de un día. Debió haber continuado durante siglos; y durante su proceso la civilización maya pudo haber experimentado grandes desarrollos y numerosas modificaciones; de modo que, sin atreverme a pronunciarme categóricamente sobre un problema aún sin resolver, debería me inclino a atribuir a una población, ya sea compuesta por bandas de mayas emigrantes o afectada por este movimiento nahua, esos "montículos" que aún desafían los métodos modernos de investigación, incapaces de explicar su origen en regiones que desde entonces han estado bajo el dominio de la más absoluta barbarie.

Sea como fuere, el movimiento por el cual en una remota antigüedad los pueblos de Centroamérica ascendieron hacia el Norte, llevando consigo su relativa civilización a México e incluso más allá, se revirtió en la época de nuestra Edad Media por una migración en la dirección opuesta. En este caso, fueron los pueblos de las regiones del norte los que tendieron a contraatacar al Sur. Invadieron, conquistaron y sometieron a los pueblos que se habían establecido a lo largo de la ruta seguida por las migraciones anteriores; y es probablemente a invasiones de esta descripción a las que debemos atribuir la caída de la antigua sociedad maya de la región ístmica. Pero la civilización de la que había sembrado los gérmenes no había muerto. Es más, los pueblos que descendieron al Sur tenían en gran medida ellos mismos lo adoptaron; y en los distritos invadidos quedaron grupos y núcleos de poblaciones nahuas que mantuvieron sus principios, sus artes y su espíritu, a los que sus conquistadores se adaptaron fácilmente. Los últimos conquistadores se habían establecido como amos en el distrito mexicano durante más de un siglo cuando llegaron los españoles. Ellos eran los Aztecas. Habían conquistado o destruido lo que se llamaba el Chichimec imperio, que a su vez había destruido, algunos siglos antes, el Toltec imperio. Pero sería un error pensar en tres imperios sucesivos —tolteca, chichimeca y azteca— suplantando uno al otro, del mismo modo que el imperio franco, por ejemplo, reemplazó al romano, que a su vez había sustituido a otros aún más antiguos. Lo que realmente ocurrió fue lo que sigue.

Las prolongadas migraciones de los nahuas hacia el norte no habían extendido la civilización de manera uniforme entre todas las tribus encontradas en la ruta. Así, hasta el siglo XVI, todavía existían en el corazón de México tribus muy alejadas del estado salvaje, como los otomíes, o «nómadas»; mientras que, en otros distritos, los nahuas se habían establecido sobre una base de supremacía reconocida y desarrollaron una brillante civilización. Así fundaron en el extremo norte del actual México la antigua ciudad de Tulán o Tullan, cuyo nombre pasó al de sus habitantes, los Toltec y esta última, a su vez, se convirtió en la designación de todo lo grácil, elegante, artísticamente refinado y bello. Etnográficamente, simplemente indica los focos más brillantes de la civilización importada de Centroamérica. De hecho, nunca existió un imperio tolteca, sino simplemente una confederación de las tres ciudades de Tulán, Colhuacán y Otompan, todas las cuales pueden considerarse toltecas en el sentido social que acabo de describir. Muchos otros pequeños estados existían fuera de esta confederación. Fue destruida por la revuelta o invasión de tribus más septentrionales, hasta entonces mantenidas en vasallaje y menospreciadas por pertenecer a un nivel cultural y de costumbres inferior. Estas tribus recibieron o asumieron el nombre de Chichimecas o "perros", que puede haber sido un término de desprecio convertido en un título de honor, como ese del mendigos de los Países Bajos. Así surgió una confederación chichimeca, cuyas principales ciudades fueron Colhuacán (nombre que se le dio durante un tiempo a Tezcuco), Azcapulzalco, capital de los tepanecas, y Tlacopan. En Tezcuco, la influencia tolteca seguía siendo fuerte. Cholula, ciudad sagrada, conservó su esencia tolteca, y en general, los chichimecas adoptaron con facilidad la superior civilización tolteca. Esto fue tal que Tezcuco se convirtió en centro de un desarrollo intelectual y artístico, por lo que los europeos la denominaron la Atenas de México. Según los historiadores, entre los siglos XI y XIV se desarrolló lo que podría llamarse la era chichimeca.

A principios del siglo XV, los aztecas, es decir...los flamencos blancos o garzas (de aztatl), los últimos en llegar del Norte, que durante mucho tiempo habían sido una tribu pobre y miserable, y que al llegar a Anáhuac se habían visto obligados a aceptar la soberanía de Tezcuco, comenzaron a adquirir gran importancia. Habían fundado, bajo el nombre de Tenochtitlán, en una isla que ahora está unida al continente, la ciudad que más tarde se llamaría México. Pero originalmente el nombre de México pertenecía al barrio de la ciudad dedicado al dios de la guerra, Mextli. A la vez guerreros y comerciantes, los aztecas crecieron en número, riqueza y poder militar; salvaron a Tezcuco del dominio de los tepanecas, que intentaron someter a toda la confederación chichimeca; pronto se liberaron de todo vasallaje, y en el siglo XV se encontraban a la cabeza de la nueva confederación que reemplazó a la de los chichimecas, y de la cual México, Tezcuco y Tlacopan (o Tacuba) eran las tres capitales.

En el momento en que Fernando Cortés desembarcó cerca de Veracruz, no existía un imperio mexicano, sino una federación. En ciertos días de festividad religiosa, se celebraba en México una solemne danza pública en la que participaban las familias soberanas de los tres estados, junto con sus súbditos de más alto rango. Comenzaba al mediodía frente al palacio del rey de México. Se colocaban de tres en tres. El rey de México dirigió la danza, sosteniendo con su mano derecha al rey de Tezcuco y con la izquierda al rey de Tlacopan, y los tres soberanos o emperadores confederados simbolizaron así durante varias horas la unión de sus tres estados mediante la armoniosa cadencia de sus movimientos.4

III

El error generalizado que convierte a Moctezuma, el soberano mexicano que recibió a Fernando Cortés, en el amo absoluto de todo el territorio del actual México, se explica por el hecho de que, de los tres estados confederados, el de los aztecas era, con mucho, el más fuerte, el más belicoso y el más temido. Constantemente extendía su dominio mediante un ejército numeroso, disciplinado y admirablemente organizado, y poco a poco los otros dos estados se acercaban cada vez más a la condición de vasallaje. Los aztecas no eran más recalcitrantes a la civilización que los chichimecas, pero eran más rudos, más pragmáticos y más crueles. No hicieron sacrificios a las gracias toltecas, sino que desarrollaron su civilización exclusivamente por su lado útil y práctico. No eran artistas, sino esencialmente guerreros y comerciantes. E incluso sus comerciantes a menudo eran al mismo tiempo espías que los reyes de México enviaban a los países que codiciaban, para estudiar sus recursos, su fuerza y su debilidad. Su yugo era duro. Recaudaban fuertes tributos. Su política era de extrema centralización y, sin destruir la religión de los pueblos conquistados por sus armas, les impusieron el culto y la supremacía de sus propias deidades nacionales. Sus expediciones bélicas tenían un marcado carácter religioso. Los sacerdotes marchaban al frente de los soldados y llevaban ídolos aztecas a la espalda. En la víspera de una batalla, encendían fuego fresco mediante la fricción de la madera; y eran ellos quienes daban la señal de ataque. Estas guerras tenían como objetivo el saqueo y la conquista, pero también y muy especialmente la captura de víctimas para sacrificar a los dioses aztecas. Pues los aztecas llevaron la práctica supersticiosa del sacrificio humano al extremo. A estos horribles sacrificios atribuían sus éxitos en la guerra y la prosperidad de su imperio. Si sufrían un revés o algún desastre, redoblaban sus ofrendas teñidas de sangre. Pero observemos este rasgo, tan esencialmente pagano y en perfecta concordancia con las ideas politeístas del mundo antiguo: también sacrificaban a los dioses del país conquistado, para demostrarles que no era contra ellos contra quienes luchaban, y que el nuevo régimen no les arrebataría el homenaje al que estaban acostumbrados. Las deidades aztecas no eran celoso Se limitaron a reivindicar su propia preeminencia. Tras cada nueva conquista, los aztecas erigían un templo en México con el nombre del país conquistado, y allí transportaban a los nativos para que continuaran con el culto según sus propias costumbres. Al parecer, ni siquiera esta precaución les pareció suficiente, pues construyeron un edificio especial cerca del gran templo de México, donde se entronizaban las deidades supremas del pueblo azteca, y allí encerraron los ídolos de los países conquistados. Esto era para impedir su huida, en caso de que sintieran el deseo de regresar con sus pueblos y ayudarlos a rebelarse.5 todo esto explica cómo Fernando Cortés encontró numerosos aliados entre los pueblos indígenas contra el despotismo de Moctezuma. Pues es un error, generalmente aceptado, pero desmentido por la historia, creer que el capitán español decidió el destino de un imperio tan formidable y de una ciudad tan vigorosamente defendida como México con la única ayuda de sus mil europeos.

Por lo demás, nos vemos obligados a reconocer que los aztecas habían desarrollado su civilización, en sus aspectos políticos y materiales, de una manera que honra enormemente su sagacidad. La propiedad se organizaba sobre una base individual y hereditaria para las familias nobles, y sobre una base colectiva para el pueblo, dividido en comunidades. Los impuestos se recaudaban en especie, según reglas fijas. Numerosos esclavos eran asignados a los trabajos más laboriosos. Los comerciantes, reunidos en las ciudades, formaban un verdadero tercer poder que ejercían una creciente influencia política. Había mercados, cuya abundancia y riqueza estupefacían a los españoles. El lujo de la corte y de las grandes familias era deslumbrante. Nadie se atrevía a dirigirse al soberano salvo en voz baja, y —¡extraña costumbre a nuestros ojos!— nadie se presentó ante él salvo descalzo y vestido con ropas sórdidas, en señal de humildad. México se había unido al continente por calzadas, a lo largo de las cuales un acueducto transportaba las aguas puras de manantiales lejanos hasta la ciudad. Las obras de irrigación en el país eran numerosas y estaban en buen estado. Las calles se limpiaban de día y se iluminaban de noche, ventajas de las que ninguna de las capitales europeas gozaba en el siglo XVI. Y finalmente, puesto que no podemos extendernos indefinidamente sobre este tema, observemos los excelentes caminos que se extendían desde México hasta los límites del imperio azteca y los estados confederados. A lo largo de estos caminos, los soberanos de México habían establecido, a intervalos de dos leguas, puestos de correos para la transmisión de noticias importantes. Moctezuma se enteró del desembarco de Fernando Cortés tres días después de que tuviera lugar.

Y ahora imaginen que este pueblo siempre fue reacio a la navegación, ignorante del uso del hierro, conociendo solo el oro, la plata y el cobre, no tenía bestias de tracción ni de carga, ni caballos ni asnos, ni el camello, ni el elefante, ni siquiera la llama del Perú, carecían de escritura (pues si bien encontramos una especie de jeroglífico en los monumentos de México y Centroamérica, el sistema no era de la más mínima utilidad para la vida cotidiana). Y, finalmente, no tenían dinero, salvo una cantidad insignificante de cruces de plata y bayas de cacao, ¡ya que la mayoría de los intercambios se realizaban mediante trueque! Por otro lado, trabajaban la piedra con admirable destreza. En sus cuchillos, lanzas y puntas de flecha, hechas de obsidiana, alcanzaron una notable perfección, y sobresalieron en el arte de sustituir la escritura con imágenes pintadas sobre una especie de papel de aloe o sobre telas de algodón, que representaban a las personas o cosas sobre las que deseaban transmitir información.

Tal es, pues, el singular pueblo que España estaba destinada a conquistar en el siglo XVI, y cuya civilización, aunque modificada por el espíritu azteca particular, se basaba, después de todo, en los mismos fundamentos que habían sustentado la civilización más antigua de Centroamérica. Y esto es igualmente cierto de la religión, que, con todas las variedades que le imprimieron los genios o inclinaciones particulares de los pueblos, pueblos diversos se revelan como sustentados en una base común, desde el istmo de Panamá hasta el golfo de California y las desembocaduras del río del Norte.

IV

Uno de los rasgos fundamentales de esta religión regional es, pues, la preeminencia del Sol, considerado un ser personal y animado, sobre todas las demás divinidades. En Guatemala, entre los lacandones, era adorado directamente, sin imágenes. Entre sus vecinos los itzáes, no lejos de Vera Paz, se le representaba como una cabeza humana redonda rodeada de rayos divergentes y con una gran boca abierta. Este símbolo, de hecho, estaba muy extendido por toda la región. A menudo, el Sol es representado sacando la lengua, lo que significa que vive y habla. Pues en los jeroglíficos americanos, una lengua protruida, o una lengua colocada al lado de cualquier objeto, es el emblema de la vida. Una montaña con lengua representa un volcán. El Sol generalmente se asociaba con la Luna como consorte, y se les llamaba Abuelo y Abuela. En Centroamérica y en el territorio de en México se pueden observar varias columnas de piedra que también son estatuas; pero la cabeza generalmente está en el centro y está tan cubierta de ornamentos o atributos que no es muy fácil descubrirla. Estas son Columnas solares Mientras trazaba la sombra de estos monolitos sobre el suelo día tras día, el Sol parecía acariciarlos, amarlos, tomarlos como sus compañeros de trabajo en la medición del tiempo. Estas mismas columnas eran también símbolos de poder fructífero. A menudo, el Sol tiene un hijo, que no es otro que un doble de sí mismo, pero concebido en forma humana como el civilizador, legislador y conquistador, que lleva diversos nombres según los pueblos en los que se le representa como héroe-dios y primer rey. Y, de hecho, si tuviéramos tiempo, podríamos detenernos largo rato en los mitos de Yucatán, de Guatemala (entre los quichés), de Honduras y de Nicaragua. Junto al Sol y la Luna, abuelo y abuela, había una serie de deidades grandes y pequeñas (algunas de ellas extremadamente viciosas), y entre otros un dios de la lluvia, que era llamado Tohil por los quichés y Tláloc en México, donde ocupó su lugar entre las deidades más veneradas. Su nombre significa "ruido", "retumbo". Entre los quichés tenía un gran templo en Utatlán, de forma piramidal, como todos los demás en esta región del mundo, donde era objeto de una "adoración perpetua" ofrecida por grupos de trece a dieciocho fieles, que se relevaban día y noche.

Todos estos pueblos practicaban el sacrificio humano, aunque no con la misma frecuencia que los aztecas, quienes solo recurrían a él en raras ocasiones. Sobre todo, inmolaban a muchachas con la idea de ofrecer esposas a los dioses. Estas debían ejercer su influencia conyugal para que sus consortes divinas se inclinaran favorablemente hacia los sacrificadores. En este contexto, encontramos la tragicómica historia de una joven víctima cuyo matrimonio forzado no era de su agrado, y que amenazó con lanzar terribles maldiciones desde el cielo contra sus verdugos. Sus amenazas surtieron tanto efecto que la dejaron ir y consiguieron otra esposa, menos recalcitrante, para la deidad.6 finalmente, mencionaremos una deidad muy característica (a quien pronto reconoceremos en México con otro nombre), conocida con diversos nombres como Cuculkan (serpiente-pájaro), Gucumatz (serpiente-emplumada), Hurakan —de donde proviene nuestro «huracán»—, Votan (serpiente), etc. Siempre se la representa como una serpiente, generalmente emplumada o voladora. Es la personificación del viento, especialmente del viento del este, que trae las lluvias fertilizadoras a esa región. Casi en todas partes se le atribuyen disposiciones gentiles y benéficas, y por lo tanto, cierta hostilidad hacia los sacrificios humanos. Esta deidad, en una de sus formas, era venerada en la isla sagrada de Cozumel, cerca de Yucatán, a la que peregrinaban personas de muy lejos. Fue allí donde los españoles, para su gran sorpresa, observaron por primera vez una cruz sobre el templo de este dios del viento. Este fue el punto de partida de la leyenda según la cual el apóstol Tomás evangelizó América en la antigüedad. Es una mera ilusión. La cruz pagana de Centroamérica y México no es más que el símbolo de los cuatro puntos cardinales de la brújula, desde donde soplan los cuatro vientos principales.

Tal es la base religiosa común, que hemos esbozado en sus líneas generales, y sobre la cual se erigió la religión más elaborada y solemne de los aztecas, que examinaremos en nuestra próxima reunión. Cabe señalar que en este conjunto de creencias y cultos interrelacionados encontramos algo bastante análogo al politeísmo del mundo antiguo. La única diferencia notable es que el dios del Cielo, Dyaus, Varuna, Zeus, Ahura Mazda o (en China) Tien, no ocupa el mismo lugar preeminente en la mitología americana que en sus contrapartes europeas y asiáticas. Por lo demás, los procesos del espíritu humano son absolutamente idénticos en ambos continentes. En ambos, son los fenómenos de la naturaleza, considerados animados y conscientes, los que despiertan y estimulan el sentimiento religioso y se convierten en objeto de la adoración del hombre. Al mismo tiempo, y en virtud del mismo proceso de lógica interna, estos seres personificados llegan a ser considerados cada vez más como poseedores de una naturaleza superior en poder, sí, pero en todos los demás aspectos estrechamente conforme a la del hombre. Si el culto a la naturaleza, con el animismo que engendra, da forma la primera ley a la que se somete la religión naciente en la raza humana, el antropomorfismo proporciona la segunda, desvinculándose cada vez más completamente del zoomorfismo que generalmente sirve de intermediario. Esto es así en todos lados Así pues, podemos dejar con seguridad a los etnólogos la tarea de decidir si toda la raza humana desciende de una pareja original o de muchas; pues, espiritualmente hablando, la humanidad es, en cualquier caso, una. Es un mismo espíritu el que la anima y se desarrolla en ella; y esta, la incontestable unidad de nuestra raza, es también la única unidad en la que debemos insistir. Reconozcámosla, pues, ya que se nos impone, y confesemos que el Evangelio no hizo sino anticipar la última palabra de la ciencia al proclamar la fraternidad universal.

Y aquí, señores, llegamos a una de esas grandes generalizaciones que deben convencer finalmente incluso a aquellos que aún se inclinan a desconfiar de la historia filosófica de las religiones como un estudio que destruye las posesiones más preciadas de la humanidad. Al exponer la unidad intelectual y moral de la humanidad, dirigida en todas partes por las mismas evoluciones sucesivas y las mismas leyes espirituales, trae consigo a la luz el gran principio de hermandad humana Al demostrar que estas evoluciones, a pesar de todas las influencias de la ignorancia, del egoísmo y de la vulgaridad, convergen hacia una meta sublime e ideal, y no son otra cosa que la misteriosa pero poderosa e inquebrantable atracción hacia ese Poder insondable del cual el universo es la expresión visible, funda sobre una base de razón el augusto sentimiento de la paternidad divina¡Hermanos y un solo Dios Padre! ¿Qué más necesita el pensador para elevar la dignidad de nuestra naturaleza, las promesas del futuro, la sublimidad de nuestro destino, a una región donde las olas inconstantes de una crítica superficial jamás puedan alcanzarlas? Tal es el vestíbulo del Templo eterno; y al acercarme al santuario —aunque desconozca el título más apropiado para la Deidad que reina en él— inclino la cabeza con esa unión de humildad y confianza filial que constituye la esencia pura de la religión.

Pero dejando de lado estas consideraciones generales, debemos volver a nuestro tema más inmediato. En nuestra próxima reunión, señores, estudiaremos las creencias y la mitología particulares del México antiguo.

Notas de la Conferencia I

  1. Las cartas segunda, tercera y cuarta (la primera se ha perdido) de Fernando Cortés a Carlos V, escritas en 1520, 1522 y 1524 respectivamente. Ediciones originales: «Carta de relación embiada a su S. majestad del emperador nuestro señor ... por el capitán general de la nueva spaña: Llamado fernando cortes», etc.: Sevilla, 1522. «Carta tercera de relación: embiada por Fernando cortes», etc.: Sevilla, 1523. «La quarta relacion que Fernando cortes gouernador y capitan general ... embio al muy alto ... rey de España», etc.: Toledo, 1525. Edición reciente, con notas: «Cartas y Relaciones de Hernan Cortes al Emperador Carlos V. colegidas é ilustradas por Don Pascual de Gayangos», etc.: París, 1866. Traducción inglesa: «The Despatches of Hernando Cortes», etc., por George Folsom: Nueva York y Londres, 1843.—Francisco López de Gómara (capellán de Cortés): «Hispania Victrix. Primera y segunda parte de la historia general de las Indias con todo el descubrimiento, y cosas notables que han acaescido dende que se ganaron hasta el año de 1551. Con la conquista de Mexico y dela nueva España»: Medina del Campo, 1553. Reimpresa en el vol. XXII de la «Biblioteca de Autores Españoles»: Madrid, 1852 (por cuya paginación se citará en las notas siguientes). Existe una antigua traducción inglesa de la Parte II, titulada «The Pleasant Historie of the Conquest of the Weast India, now called new Spayne, Atchieved by the worthy Prince Hernando Cortes, Marques of the Valley of Huaxacac, most delectable to Reade: Translated out of the Spanishe tongue by T. N. [Thomas Nicholas], Anno 1578»: Londres.—Bernal Díaz: «Historia Verdadera de la Nueva España escrita por el Capitan Bernal Diaz del Castillo, Uno de sus Conquistadores. Sacada a luz por el P. M. Fr. Alonso Remon», etc.: Madrid, 1632. Traducción inglesa: «The Memoirs of the Conquistador Bernal Diaz del Castillo, written by Himself», etc., por John Ingram Lockhart, F.R.A.S., 2 vols.: Londres, 1844. Hay también una buena traducción francesa: «Histoire véridique de la conquête ... par le Capitaine Bernal Diaz del Castillo», etc., del Dr. Jourdanet. Segunda edición: París, 1877.—Las Casas. Numerosas obras reunidas por Llorente: «Coleccion de las obras del Venerable Obispo de Chiapa, Don Bartolomé de las Casas, Defensor de la Libertad de los Americanos», 2 vols.: París, 1822. Traducida también al francés, con algunos añadidos, por el mismo Llorente, y publicada ese año en París. Su «Historia de las Crueldades de los Españoles», etc., fue traducida al inglés en 1655 por J. Phillips con el título «The Tears of the Indians», etc., y dedicada a Oliver Cromwell. [Nota: traducciones completas o abreviadas de varias de las obras anteriores, junto con otras, se hallan en los vols. III y IV de «Purchas his Pilgrimes», etc.: Londres, 1625-26.]—Sahagún: «Historia general de las cosas de Nueva España ... escribió el R. P. Fr. Bernardino de Sahagún ... uno de los primeros predicadores del santo evangelio en aquellas regiones», etc., 3 vols.: México, 1829-30. La misma obra apareció en los vols. V y VII de la colección de Lord Kingsborough (véase infra). Una traducción francesa de Jourdanet apareció en 1880.—Acosta: «Historia Natural y Moral de las Indias ... compuesta por el Padre Joseph de Acosta Religioso de la Compañia de Jesus», etc.: Sevilla, 1590. Traducción inglesa: «The Naturall and Morall Historie of the East and West Indies», etc., por E. G.: Londres, 1604. La traducción de E[dward] G[rimstone] fue editada con notas para la Hakluyt Society por Clements R. Markham en 1880.—Torquemada: «Los veynte y un libros Rituales y Monarchia Yndiana ... Compuesto por Fray Ivan de Torquemada», etc., 3 vols.: Sevilla, 1615. Reimpresa en Madrid en 1723.—Herrera (cronista oficial de Felipe II): «Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas i Tierra Firme del mar Oceano», etc., de Antonio de Herrera, precedida de la «Descripcion de las Indias Ocidentales», etc., del mismo autor, 4 vols.: Madrid, 1601. Traducción inglesa abreviada del capitán John Stevens, «The General History of the vast Continent and Islands of America», etc., 6 vols.: Londres, 1725-26.

    También se puede consultar a los siguientes autores nativos. Ixlilxochitl (Fernando de Alva): "Historia Chichimeca" y "Relaciones", en "Mexican Antiquities" de Lord Kingsborough, vol. IX. (vid. infr.). Traducciones al francés en vols. VIII. XII. y XIII. de la colección de H. Ternaux-Compans: "Voyages, Relations et Memoires originaux pour servir a l'histoire de la Découverte de l'Amérique:" París, 1837-41.—Camargo "Historia de la República de Tlaxcala, por Domingo Muñoz Camargo, indígena, natural de esta ciudad", traducida del manuscrito español en los volúmenes XCVIII y XCIX de las "Nouvelles Annales des Voyages", etc.: París, 1843. Pomar (J. B. de): "Relacion de las Antiquedades de los Indios." Pomar descendía de la casa real de Tezcuco, y Torquemada utilizó sus memorias en manuscrito.

    Entre las autoridades posteriores cabe mencionar (además de la conocida obra de Prescott y las citadas en las siguientes notas): W. Robertson: "Historia de América".—Alex. von Humboldt "Vistas de las Cordilleras y Monumentos de los Pueblos de América": París, 1810; que forma parte del "Atlas Pintoresco" de la Parte III de "Viaje de Humboldt y Bonpland". Francisco Javier Clavigero: "Historia Antigua de México", etc., 4 vols.: Cesena, 1780-81. Traducción al inglés de Charles Cullen: "La Historia de México", etc., 2 vols.: Londres, 1787.—Th. Waitz «Antropología de los pueblos primitivos», vol. IV: Leipzig, 1864.—Brasseur de Bourbourg "Historia de las naciones civilizadas de México y Centroamérica", etc. 4 vols: París, 1857-59. Müller (Joh. George), Profesor en Basilea: "Historia de las religiones primitivas americanas". Segunda edición: Basilea, 1867.—A estas se deben añadir las narraciones y obras de M. D. Charnay, aún en proceso de publicación.

    Se incluirán referencias a los originales, pero, siempre que sea posible, de forma que sirvan igualmente bien para las traducciones al inglés y al francés. Cuando, como suele ocurrir, los capítulos o secciones de las traducciones no se correspondan con los originales, se añadirá una nota con el volumen y la página de los originales. ↩

  2. La colección original consta de siete magníficos volúmenes en folio. «Antigüedades de México: que comprende facsímiles de pinturas y jeroglíficos mexicanos antiguos... junto con Los monumentos de Nueva España, por M. Dupaix... todo ello ilustrado con numerosos manuscritos inéditos de gran valor por Augustine Aglio»: Londres, 1830. En 1848 se añadieron dos volúmenes suplementarios, en cuya portada aparece el nombre del propio Lord Kingsborough, y se proyectó un décimo volumen, pero solo se imprimió una pequeña parte (anexo al volumen IX). ↩

  3. Cinco volúmenes: Nueva York, 1875-76. ↩

  4. Ver Bancroft, Vol. II. págs. 311, 312. ↩

  5. Ver Sahagún, Tom. I. p. 201, Apéndice del Lib. ii. (Vol. II. p. 174, en la traducción de Jourdanet). ↩

  6. La historia es dada por Bancroft, Vol. III, pág. 471, bajo la autoridad de López Medel. ↩

↑ Índice

Conferencia II

Las deidades y los mitos de México

Damas y caballeros,

Hoy me dedicaré a hablar de la mitología y la religión mexicanas, que se asientan sobre los cimientos comunes a los pueblos de Centroamérica, pero inspiradas por el espíritu sobrio, utilitario y pragmático, a la vez que vigoroso y sincero, de los aztecas. Recordarán que este nombre pertenece a un pueblo guerrero y comerciante que, a principios del siglo XVI, gozó de supremacía militar y política en la región que hoy se conoce como México, en honor a la capital azteca del mismo nombre.

I

Para empezar, debemos señalar que el antiguo culto centroamericano del Sol y la Luna, considerados como las dos deidades supremas, no fueron en absoluto renunciados por los aztecas. Ometecutli (es decir,dos veces Señor) y Omecihuatl (dos veces Dama), o en otras palabras, Señor y Señora supremos, son las designaciones bajo las cuales siempre se les indica en primer lugar en las fórmulas religiosas. Todos los mexicanos se llamaban a sí mismos "hijos del Sol" y lo saludaban cada mañana con himnos y toques de trompeta, acompañados de ofrendas. Cuatro veces al día y cuatro veces a la noche, los sacerdotes adscritos a los diversos templos le dedicaban sus devociones. Y, sin embargo, no tenía ningún templo especialmente consagrado a él. El hecho era que todos los templos eran realmente suyos, al igual que en nuestra propia civilización cristiana todas las iglesias se levantan en honor de Dios, aunque se les dan designaciones particulares. El Sol era el teotl(es decir, el dios)por excelencia Me han informado de que, hasta el día de hoy, los habitantes de zonas apartadas de México, al ir a misa, lanzan un beso al sol antes de entrar en la iglesia.

No obstante todo esto, debemos observar que, por una inconsistencia que nuevamente tiene su an en otras religiones, el culto a la deidad suprema y su consorte fue prácticamente eclipsado en las devociones y prácticas populares por el de divinidades quizás menos augustas, e incluso, en algunos casos, derivadas de la esencia misma de la deidad suprema, pero que, en cualquier caso, parecían estar más cerca de la humanidad que ella. Más especialmente, las deidades nacionales de los aztecas, guardianas de su imperio, cuyo culto instituyeron allí donde sus armas habían triunfado, ocuparon prácticamente el primer lugar. Es con estas deidades nacionales con las que ahora nos familiarizaremos, y no podemos hacer mejor que comenzar con las dos grandes deidades de la ciudad de México, cuyas colosales estatuas estaban entronizadas en su templo principal.

Pero primero debemos hacernos una idea de lo que era un templo mexicano.

La palabra "templo", si se considera que implica un edificio cerrado y cubierto, se aplica de manera muy inapropiada al tipo de edificación en cuestión. De hecho, un templo mexicano (y lo mismo puede decirse de la mayoría de los santuarios de Centroamérica) era esencialmente un altar gigantesco, de forma piramidal, construido en varias etapas, que se estrechaban a medida que se acercaban a la cima. El número de estas terrazas o pisos que se retraían podía variar. Nunca había menos de tres, pero podía haber hasta cinco o seis, y en Tezcuco algunas de estas cuasi-pirámides incluso contaban con nueve. La que se alzaba por encima de todas las demás en la Ciudad de México estaba construida en cinco etapas. Medía, en su base, unos trescientos setenta y cinco pies de largo y trescientos de ancho, y tenía más de ochenta pies de altura. En cierto punto de cada terraza había una escalera que descendía por el lateral de la pirámide hasta la terraza superior; pero los ascensos sucesivos estaban dispuestos de tal manera que era necesario dar la vuelta completa al edificio para subir de una etapa a otra, y, en consecuencia, las grandes procesiones a las que los mexicanos eran tan devotos debían rodear todo el edificio de arriba abajo, como una enorme serpiente viviente, antes de que la vanguardia pudiera llegar a la amplia plataforma en la cima, y esto sin duda añadía un efecto pintoresco a estas ceremonias religiosas. Tal construcción se llamaba teocalli o "morada de los dioses". El gran teocalli de México dominaba las cuatro vías principales que partían de su base, uniendo la capital con todos los países bajo el dominio de sus gobernantes. Era el centro del imperio y, al igual que Jerusalén, el último refugio de los defensores de la independencia nacional.

El teocalli que Fernando Cortés y sus compañeros vieron en México, y que el conquistador arrasó para reemplazarlo por una iglesia católica, no era de gran antigüedad. Había sido construido treinta y cuatro años antes, en el lugar de otro mucho más pequeño que databa de la época en que los aztecas eran solo una tribu insignificante; y parece que espantosas hecatombes humanas habían ensangrentado los cimientos de este teocalli más reciente. Algunas fuentes hablan de setenta y dos u ochenta mil víctimas, mientras que cálculos más moderados reducen la cifra a veinte mil, lo cual sin duda es suficientemente terrible. Frente al templo se extendía un espacioso patio de unos mil doscientos pies cuadrados. Alrededor había edificios más pequeños que servían como viviendas para los sacerdotes y almacenes para los utensilios de culto, así como arsenales, oratorios para el soberano y los grandes del imperio, capillas para las deidades menores, etcétera. Entre estos edificios se encontraba el templo donde, como ya he dicho, los dioses de los pueblos conquistados estaban literalmente aprisionados. En otro, los españoles contaban ciento treinta y seis mil cráneos apilados simétricamente. Eran los cráneos de todas las víctimas sacrificadas desde la fundación del santuario. Y, en un contraste no menos monstruoso, junto a este monumento de la más atroz barbarie, había salas dedicadas al cuidado de los pobres y los enfermos, atendidos gratuitamente por sacerdotes.7 ¡Qué cúmulo de contradicciones es el ser humano!

Pero la religión azteca no nos permite detenernos en la nota de ternura. En el centro de la amplia plataforma en la cima se encontraba el piedra de los sacrificios, un monolito de aproximadamente tres pies de altura, ligeramente estriado en la superficie. Sobre esta piedra se extendía a la víctima boca arriba, y mientras varios sacerdotes subordinados sostenían su cabeza, brazos y pies, el sacrificio el pontífice alzó un pesado cuchillo, le abrió el pecho de un golpe terrible y le arrancó el corazón para ofrecérselo, sangrando y palpitante, a la deidad en cuyo honor se realizaba el sacrificio. Y aquí reconocerán esa idea, tan extendida en las dos Américas, y de hecho casi en todas partes entre los pueblos incivilizados, de que el corazón es la esencia, por así decirlo, del individuo —su alma en cierto sentido—, de modo que apropiarse de su corazón es apropiarse de todo su ser.

Finalmente, sobre la misma plataforma se erigía una especie de capilla en la que estaban entronizadas las dos principales deidades de los aztecas, Uitzilopochtli y Tezcatlipoca.8 Y aquí te pediré que acompañes al capitán Bernal Díaz en el séquito de su jefe, Fernando Cortés, a quien el propio rey Moctezuma había considerado oportuno rendir los honores de su "catedral". Porque, como sabes, Moctezuma, dividido entre una confianza temeraria y ciertos temores que explicaré en breve, recibió a Cortés durante un tiempo considerable con la mayor distinción, lo hospedó en uno de sus palacios e hizo todo lo posible por complacerlo. Esta es, pues, la narración de Bernal Díaz:9

"Moctezuma nos invitó a entrar en una pequeña torre, donde en una especie de cámara o sala, se encontraban lo que parecían dos altares cubiertos de ricos bordados." (Lo que Bernal Díaz comparó con altares fueron los dos Teoicpalli (o asientos de los dioses), que eran pedestales de madera, pintados de azul celeste y con una cabeza de serpiente en cada esquina).... "Nos dijeron que el primer [ídolo], colocado a la derecha, representaba a Huichilobos, su dios de la guerra" (esto era lo más cerca que Bernal Díaz pudo llegar a Uitzilopochtli), "con su rostro y semblante muy anchos, sus ojos monstruosos y terribles; todo su cuerpo estaba cubierto de joyas, oro y perlas de varios tamaños.... Su cuerpo estaba ceñido con cosas parecidas a grandes serpientes, hechas de oro y piedras preciosas, y en una mano sostenía un arco y en la otra flechas. Y otro pequeño ídolo que estaba a su lado, y, según decían, era su paje, llevaba una lanza corta para él y un escudo muy rico de oro y joyas. Y Huichilobos tenía el cuello rodeado de rostros de indios, y lo que parecían ser los corazones de esos mismos indios, hechos de oro, o algunos de ellos de plata, cubiertos de gemas azules; y allí estaba había allí algunos braseros que contenían incienso hecho con copal y los corazones de tres indios que habían sido asesinados ese mismo día; y estaban ardiendo, y con el humo y el incienso le habían hecho ese sacrificio; y todas las paredes de este oratorio estaban tan empapadas y ennegrecidas con tortas de sangre, como el mismo suelo, que todo exhalaba un olor muy fétido.

«Al dirigir la mirada hacia la izquierda, divisamos otra gran masa, tan alta como Huichilobos. Su rostro era como el de un oso, y sus ojos brillantes estaban hechos de espejos llamados Tezcat. Su cuerpo estaba cubierto de ricas gemas como el de Huichilobos, pues decían que eran hermanos. Y este Tescatepuca» (la forma mutilada con la que Bernal Díaz presenta a Tezcatlipoca) «era el dios del infierno» (este es otro error, pues Tezcatlipoca era una deidad celestial)... «Su cuerpo estaba rodeado de figuras semejantes a pequeños diablillos, con colas de serpientes; y las paredes estaban tan cubiertas de hollín y el suelo tan saturado de sangre, que ni los mataderos de Castilla exhalan semejante hedor; y, en efecto, vimos los corazones de cinco víctimas que habían sido sacrificadas ese mismo día... Y como todo olía a matadero, estábamos impacientes por escapar del hedor y de la visión aún más repugnante».

II

Tal fue la impresión que le causó a un soldado español y buen católico la visión de las dos principales deidades del pueblo mexicano. Para él, eran simplemente dos abominables invenciones de Satanás. Intentemos ir un poco más allá de la superficie.

Uitzilopochtli significa Colibrí a la izquierda, de Uizilina(colibrí), y viejo(a la izquierda). La última parte del nombre probablemente se deba a la posición que acabamos de ver, observada a la izquierda de la otra gran deidad, Tezcatlipoca. Pero ¿por qué Colibrí? ¿Qué puede haber en común entre esta pequeña y grácil criatura y el monstruoso ídolo de los aztecas? La respuesta la da la mitología americana, en la que el colibrí es un ser divino, el mensajero del Sol. En lengua azteca se le suele llamar "rayo de sol" o "cabello del sol". Este encantador pajarito, con el brillo púrpura, dorado y topacio de su hermoso plumaje, mientras revolotea entre las flores como una mariposa, extiende su larga lengua para extraer sus jugos, con un zumbido de sus alas como el de las abejas, de donde deriva su nombre en inglés. Además, es extremadamente valiente y se enfrenta a aves mucho más grandes que él en defensa de su nido. En las regiones del norte de México, el colibrí es el mensajero de la primavera, como la golondrina, está con nosotros. A principios de mayo, tras una estación fría y seca que ha resecado la tierra y marchitado toda vegetación, la atmósfera se llena de lluvia, el sol recupera su fuerza y comienza una transformación maravillosa. La tierra se viste, ante nuestros propios ojos, de verdor y flores, el aire se impregna de perfumes, el maíz madura y aparecen multitud de colibríes, como anunciando el regreso de la primavera. Podemos afirmar con certeza que el colibrí era objeto de culto religioso entre los primeros aztecas, como mensajero divino de la primavera, al igual que el reyezuelo entre nuestros campesinos, el chorlito entre los latinos y el cuervo entre muchas tribus de pieles rojas. Era el emisario del Sol.

Fue en esta capacidad, y bajo la ley del antropomorfismo a la que estaban sujetas todas las deidades mexicanas, que el colibrí divino, como dios revelador, protector de la nación azteca, tomó forma humana cada vez más completamente en la conciencia religiosa de sus adoradores. Y de hecho la mitología mexicana da forma a esto.

La idea de que el colibrí divino (del cual los que estaban en la tierra no eran más que parientes o hermanos menores) era un hombre celestial como un azteca de primer rango, según la siguiente leyenda de su encarnación.

Cerca de Coatepec, es decir, la Montaña de las Serpientes,10 vivía la piadosa viuda Coatlicue o Coatlantona(cuyo significado último es "serpiente hembra"). Un día, mientras se dirigía al templo para adorar al Sol, vio caer a sus pies un pequeño mechón de plumas de colores brillantes. Lo recogió y lo colocó en su pecho para presentarlo como ofrenda al Sol. Pero cuando estaba a punto de sacarlo, no supo lo que le había sucedido. Poco después, percibió que estaba a punto de convertirse en madre. Sus hijos se enfurecieron tanto que decidieron matarla, pero una voz desde su vientre le gritó: "Madre, no temas, porque te salvaré, para tu gran honor y mi propia gran gloria". Y, de hecho, los hijos de Coatlicue fracasaron en su intento de asesinato. A su debido tiempo nació Uitzilopochtli, empuñando su escudo y su lanza, con un penacho de plumas en forma de pico de pájaro en la cabeza, plumas de colibrí en la pierna izquierda y el rostro, brazos y piernas rayados de azul. Dotado desde su nacimiento de una fuerza extraordinaria, siendo aún un bebé, dio muerte a quienes intentaron asesinar a su madre, junto con todos los que participaron en el crimen. Le entregó todo lo que pudo arrebatarles; y tras realizar grandes hazañas en favor de los aztecas, a quienes había tomado bajo su protección, ascendió al cielo, llevando consigo a su madre, a quien convirtió desde entonces en la diosa de las flores.11

Te sorprenderá la analogía entre este mito y más de un equivalente griego. Existe el mismo método de reducir a las condiciones de la vida humana, y concentrar en un único punto de tiempo y espacio, un fenómeno natural permanente o recurrente y periódico. Uitzilopochtli, el colibrí, ha venido del Sol con el propósito de hacerse hombre, y por lo tanto ha tomado carne en una mujer azteca, Coatlicue, la la serpiente, que no es otra que la floración primaveral, y por ende la flora mexicana. No solo entre los mexicanos el avance sigiloso de la vegetación primaveral, extendiéndose por el suelo hacia el norte, ha sugerido la idea de una serpiente divina que se arrastra sobre la tierra. El mito ateniense de Erictonio es una concepción del mismo orden. El colibrí celestial, entonces, descendiente del Sol, valiente y guerrero desde el día de su nacimiento, campeón de su madre, saqueador y siempre victorioso, es el símbolo que el pueblo azteca adoptó instintivamente; pues también él había surgido de orígenes humildes, había sido despreciado y amenazado por sus vecinos, y había crecido tan maravillosamente en poder y riqueza que se había convertido en el invencible señor de Anáhuac. Uitzilopochtli había crecido con el pueblo azteca. Lleva, entre otros apellidos, el de Mextli, el guerrero, de donde proviene el nombre de México. Protege a su pueblo y siempre extiende las fronteras de su imperio. Y así, a pesar de llevar el nombre de un pajarito, su estatua como deidad encarnada se había vuelto colosal. Sin embargo, los aztecas no perdieron el recuerdo de su minúscula estatura original. ¿Observaste, en el relato dado por Bernal Díaz, que a los pies del enorme ídolo se encontraba otro bastante pequeño, que servía, según el capitán español, como su paje? Este era el Área de observación, o "pequeño colibrí", también llamado el Paynalton o el "pequeño veloz", cuya imagen era llevada por un sacerdote a la cabeza de los soldados mientras cargaban contra el enemigo. El día de su festividad, también, era llevado a toda velocidad por las calles de la ciudad. Era, por lo tanto, el diminuto Uitzilopochtli, o, más correctamente hablando, el Uitzilopochtli de los primeros tiempos, el ídolo portátil de la tribu aún errante; y en fidelidad a esos recuerdos, así como para preservar el rito bélico al que tanto valoraban, los aztecas habían mantenido la pequeña estatua junto a la grande.

En resumen: Uitzilopochtli era una forma derivada o determinación del Sol, y específicamente del Sol de la estación de las ferias. Tenía tres grandes festivales anuales. El primero caía en mayo, en el momento del regreso de la vegetación florida. El segundo se celebraba en agosto, cuando las condiciones favorables eran la estación desplegó toda su belleza. La tercera coincidió con nuestro mes de diciembre. Fue el comienzo de la estación fría y seca. El día de esta tercera festividad, hicieron una estatua a imagen de Uitzilopochtli, con una masa elaborada con la sangre de infantes sacrificados, y, tras toda clase de ceremonias, un sacerdote atravesó la estatua con una flecha. Uitzilopochtli moriría con el verdor, las flores y todos los hermosos adornos de la primavera y el verano. Pero, como Adonis, como Osiris, como Atys y tantas otras deidades solares, solo murió para vivir y regresar.12

Ahora era su hermano Tezcatlipoca quien dirigía el mundo. Su nombre significa "Espejo Brillante". Como el Sol de la estación fría y estéril, dirigía su mirada impasible hacia todo el mundo, o contemplaba el espejo de cristal pulido que sostenía en su mano, en el que se reflejaban todas las acciones de los hombres. Era un dios severo del juicio, con cuya existencia se asociaban ideas de retribución moral. Por lo tanto, era muy temido.

En cierto modo, nos recuerda al Varuna védico. Su estatua estaba hecha de obsidiana oscura, y su rostro evocaba al del oso o el tapir. De su cabello, trenzado en una cola y cubierto por una red dorada, colgaba una oreja, también de oro, hacia la cual se elevaban volutas de humo en forma de lenguas. Estas eran las oraciones y súplicas de los mortales. Las enfermedades, las hambrunas y la muerte eran las manifestaciones de la justicia de Tezcatlipoca. Árido como la estación que presidía, no se conmovía fácilmente. Y, sin embargo, no era absolutamente inexorable. Las fervientes oraciones, los sacrificios y las súplicas de sus sacerdotes podían evitar los golpes de su ira. Pero, a pesar de todo, era ante todo el dios de la ley austera. Y por eso se le consideraba la deidad civilizadora y organizadora de los aztecas. Fue él quien estableció las leyes que regían al pueblo y quien velaba por su cumplimiento. En este papel, realizaba frecuentes viajes de inspección, como un prefecto de policía invisible, por la ciudad de México, para ver qué sucedía allí. Se habían erigido bancos de piedra en las calles para que descansara en estas ocasiones, y ningún mortal se habría atrevido a ocuparlas. Al mismo tiempo, se le atribuía una sutil y cruel astucia en los medios que empleaba para lograr sus fines; y la leyenda sobre él, mucho menos brillante que la de su hermano Uitzilopochtli, llevó a varios europeos a creer que era simplemente un antiguo mago que había sembrado el terror a su alrededor con sus hechizos. Todo esto lo vemos ejemplificado en sus conflictos con una tercera gran deidad que describiremos a continuación. En cualquier caso, podemos definir a Tezcatlipoca como otra manifestación del Sol, y específicamente del Sol de invierno de la estación fría, seca y estéril.13

La tercera gran deidad es Quetzalcóatl, es decir, "la serpiente emplumada" o "el pájaro serpiente"; y es especialmente notable, en relación con el elevado rango que ocupaba en el panteón mexicano, que no era una deidad azteca, sino uno de los antiguos dioses del país invadido.

De hecho, era una deidad tolteca, y reconocemos en su nombre, así como en las notas especiales de la leyenda que lo rodean, al dios del viento que ya conocemos en Centroamérica con los nombres de Cuculcan, Hurakan, Gucumatz, Votan, etc. Casi siempre se le representa como una serpiente, y una serpiente con plumas. Su templo en México se apartaba por completo del tipo piramidal que hemos descrito. Era abovedado y cubierto. La entrada estaba formada por una gran boca de serpiente, abierta de par en par y mostrando sus colmillos, por lo que los españoles pensaron que representaba una puerta del infierno. Los sacerdotes de Quetzalcóatl vestían de blanco, mientras que la vestimenta habitual de los sacerdotes mexicanos era negra. Había algo misterioso y oculto en el sacerdocio de esta deidad, como si poseyera secretos o promesas divinas, cuya importancia sería peligroso subestimar. A este dios y a sus sacerdotes se les atribuía una aversión especial a los sacrificios humanos, y en particular al terrible abuso de esta práctica entre los aztecas, como una protesta pasiva, por así decirlo, contra los ritos sangrientos a los que los aztecas atribuían la prosperidad de su imperio.

La leyenda de Quetzalcóatl, tal como los aztecas la transmitieron a los españoles, es una variopinta concatenación de mitos evemerizados. Su base histórica reside en la continua retirada de los toltecas ante los invasores del norte, con su dios Tezcatlipoca. Esta última deidad se convierte en un mago, astuto y malicioso, capaz de vencer al bondadoso Quetzalcóatl en cada ocasión. Lamento que el tiempo no me permita relatar en detalle el combate entre Tezcatlipoca y Quetzalcóatl. Este último fue un soberano que vivió hace mucho tiempo en Tulla, el centro septentrional de la civilización tolteca. Bajo su cetro, los hombres vivieron con gran felicidad y disfrutaron de abundancia en todo. Les enseñó la agricultura, el uso de los metales, el arte de tallar la piedra y la forma de fijar el calendario; y, oponiéndose al sacrificio de víctimas humanas —nótese esto—, les aconsejó sustituirlas extrayendo sangre de la lengua, los labios, el pecho, las piernas, etc. Tezcatlipoca, mediante sus encantamientos, logró destruir este reino de paz y prosperidad, y obligó a Quetzalcóatl a abandonar Tulla, que entonces cayó en ruinas. Luego lo persiguió hasta Cholula, la antigua ciudad sagrada de los toltecas, en la que había buscado refugio y en la que había vuelto a hacer reinar la felicidad y la abundancia. Finalmente, lo obligó a abandonar el continente por completo y embarcarse en una misteriosa nave no lejos de Veracruz, cerca del mismo lugar donde desembarcó Cortés. Desde entonces, Quetzalcóatl había desaparecido; «¡Pero esperen!», dijeron sus sacerdotes, «porque volverá». Esta expectativa del regreso de Quetzalcóatl proporciona una especie de paralelismo con la esperanza mesiánica, o más precisamente con la expectativa cristiana primitiva de la parusía o la "segunda venida" de Cristo. Porque cuando regresara, sería para castigar a sus enemigos, para reprender a los malvados, a los opresores y a los tiranos. Y por eso los aztecas temían su regreso, y por eso no se habían atrevido a proscribir su culto, sino que, por el contrario, lo reconocieron y lo llevaron a cabo. Y si quisieras saber el verdadero secreto del éxito de Fernando Cortés en su audaz empresa —porque, después de todo, el soberano mexicano podría haberlo aplastado fácilmente a él y a su puñado de hombres, convirtiéndolos en una hecatombe antes de que tuvieran tiempo de atrincherarse y hacer aliados— lo encontrarás en el hecho que Moctezuma, cuya conciencia estaba oprimida por más de un crimen, sentía un temor muy vivo ante el regreso de Quetzalcóatl; y cuando se le informó que en el mismo lugar donde el temido dios se había embarcado para desaparecer en el desconocido Oriente, se había visto desembarcar a seres extraños y terribles, portando fragmentos de rayos en tubos que podían disparar a voluntad —algunos de ellos con dos cabezas y seis piernas, más veloces que los hombres más rápidos—, Moctezuma no pudo dudar de que era Quetzalcóatl regresando, y en lugar de enviar sus tropas contra Cortés, prefirió negociar con él, permitirle acercarse y recibirlo en su propio palacio. Y aunque las dudas pronto se afianzaron en su mente, conservó durante mucho tiempo, quizás incluso hasta el final, un temor supersticioso hacia Cortés, que le permitió a este último obtener una supremacía total sobre él. Este, repito, fue el secreto del éxito del audaz español; ni podremos comprender el asunto correctamente a menos que tomemos en consideración el significado de este culto a Quetzalcóatl que los aztecas habían continuado respetarían, aunque se halagaban a sí mismos creyendo que su propio dios, Tezcatlipoca, podría protegerlos una vez más contra su antiguo adversario. Años después de la conquista, el padre Sahagún aún tenía que responder a la pregunta de los nativos, quienes le preguntaban qué sabía del país de Quetzalcóatl.14

¿Cuál era, entonces, el significado fundamental de esta serpiente emplumada que tanto preocupaba la conciencia religiosa de los aztecas?

Él no era el Sol. El Sol no desaparece en el Este. Era un dios del viento, como bien entendió el padre Sahagún, pero de ese viento en particular que trae sobre la tierra reseca de México las exhalaciones tibias y fertilizadoras del Atlántico. Y es por eso que Tezcatlipoca, el dios de la estación fría y seca, en lugar de Uitzilopochtli, es su enemigo personal.

Hacia el final de la estación seca, las lluvias fertilizadoras comienzan a caer sobre las costas orientales y, poco a poco, alcanzan las tierras altas del interior. La Serpiente Voladora, entonces, el viento que llega como un ave gigantesca sobre el aire, trayendo consigo vida y abundancia, es una deidad benévola que esparce prosperidad por dondequiera que va. Pero no siempre sopla sobre la tierra ni lleva su bendita humedad a todas partes. Aparece Tezcatlipoca. Las elevadas mesetas de Tulla, de México y de Cholula, son las primeras víctimas de su fuerza desoladora. Quetzalcóatl se retira cada vez más hacia el este y, finalmente, desaparece en el gran océano.

Tal es la base natural del mito de Quetzalcóatl, y la justificación de mi observación de que encontramos en él el reflejo de aquellas deidades, serpientes y aves en una, que eran veneradas en Centroamérica y que respondían, como Quetzalcóatl, a la idea del viento atlántico. Era, en verdad, la antigua deidad que los nahuas o mayas de las migraciones civilizadas trajeron consigo cuando se asentaron en Anáhuac y más al norte.

Como todos los demás dioses de estas regiones, Quetzalcóatl había asumido la forma humana cada vez más completamente. Todavía conservamos, especialmente en el Museo del Trocadero de París, grandes bloques de piedra en los que se le representa como una serpiente cubierta de plumas, enroscada y dormida hasta que llegue el momento de despertar. Pero también hay estatuas de él en forma humana, salvo que su cuerpo está coronado por una cabeza de pájaro con la lengua extendida. Ahora bien, en los jeroglíficos mexicanos, esta cabeza de pájaro con la lengua fuera no es otra cosa que el símbolo del viento. De ahí también sus nombres de Tohil"el que tararea" o "el susurrador",Ehecatl"la brisa",Masa"el señor de los cuatro vientos", etc. El significado naturalista de Quetzalcóatl, por lo tanto, no admite la menor duda.

Es probable que a la tendencia religiosa más gentil y humana que se mantuvo viva gracias al sacerdocio de esta deidad, debamos atribuir el intento de reforma del rey de Tezcuco, Netzalhuatcoyotl (el coyote ayunante), a quien se ha llamado el Salomón mexicano. Fue poeta y filósofo además de rey, y no tenía amor ni por la religión ni por la humanidad.

Idolatría o sacrificios sangrientos. Mandó erigir en su capital un gran teocallo piramidal de nueve niveles para el culto al dios del cielo, al que no le ofrecía más que flores y perfumes. Murió en 1472 y, por lo que sabemos, su reforma no prosperó. La creciente influencia de los aztecas resultó sumamente desfavorable para esta tendencia humanitaria y espiritual en la religión.15 Sin embargo, resulta interesante reflexionar sobre el hecho de que, incluso en medio de una religión impregnada de sangre, una protesta fue inspirada por el sentimiento de humanidad, vinculado, como siempre debería ser, con el progreso del pensamiento religioso.

III

Ahora debemos proceder con nuestra revisión de las deidades mexicanas, pero debo contentarme con indicar las más importantes entre ellas; pues sin admitir, con Gomara, quien registró muchos nombres y epítetos pertenecientes a una y la misma si bien la divinidad se refiere a la existencia de tantos seres distintos —que su número ascendía a dos mil—, encontramos que la estimación más moderada de los historiadores los eleva a doscientos sesenta. Nos limitaremos, pues, a los más significativos.

La importancia de la lluvia en las regiones de México, tan marcada en los mitos que ya hemos considerado, nos prepara para encontrar entre los grandes dioses la figura de Tláloc, cuyo nombre significa "el que nutre" y que era el dios de la lluvia. Se creía que residía en las montañas, de donde enviaba las nubes. También era el dios de la fecundidad. El rayo y el trueno estaban entre sus atributos, y su carácter no era más amable que el de las deidades mexicanas en general. Su culto era extremadamente cruel. Se le sacrificaban numerosos niños. Sus estatuas estaban talladas en una piedra blanco verdosa, del color del agua. En una mano sostenía un cetro, símbolo del rayo; en la otra, un rayo. Era un cíclope; es decir, tenía un solo ojo, lo que muestra que debe ser identificado en última instancia como una antigua personificación del cielo lluvioso, cuyo único ojo es el sol. Su enorme boca, adornada con dientes carmesí, siempre estaba abierto, para significar su codicia y sus gustos sanguinarios. Su esposa era Chalchihuitlicue"la dama Chalchihuit", cuyo nombre es idéntico al de una suave piedra de jade verde muy apreciada en México. Sus numerosos descendientes, los Tlálocs, probablemente representan las nubes. Junto a los horribles sacrificios que caracterizaban la festividad de Tláloc, podemos observar la grotesca ceremonia en la que sus sacerdotes se arrojaban precipitadamente a un estanque, imitando el movimiento y el croar de las ranas. Esta es solo una de las muchas pruebas de que, en los ritos destinados a congraciarse con los dioses de la naturaleza, se consideraba apropiado reproducir, mediante la imitación, las acciones de aquellas criaturas que se suponía que eran sus favoritas o sirvientes escogidos. Las ranas eran manifiestamente amadas por el dios de las aguas, y para ganarse su favor, sus sacerdotes, como era natural, se transformaban también en ranas. Fue con este culto, en particular, con el que se relacionó el símbolo de la cruz mexicana, que indica los cuatro puntos del horizonte desde donde podía soplar el viento.

Centeotl era otra gran deidad, una especie de Ceres o Deméter mexicana. Era la diosa de la agricultura, y muy especialmente del maíz. De hecho, su nombre significa "diosa del maíz", derivado de hidalgo(maíz) y teotl(ser divino). Sin embargo, a veces, dado que esta diosa tenía un hijo que llevaba el mismo nombre que ella, Centeotl representa a una deidad masculina. La deidad femenina suele representarse con un niño en brazos, como una Virgen María. Este niño, que no es otro que el propio maíz, crece, se convierte en un dios adulto y es el Centeotl masculino. Además, el Centeotl femenino tiene muchos otros nombres, como Tonantzin(nuestra venerada madre),Cihuatcoatl(mariquita), y muy a menudo aburrido o Tocitzin(nuestra abuela). A veces se la representaba en forma de rana, símbolo de la tierra humedecida, con multitud de bocas o pechos en su cuerpo. También tenía una hija,En Xilon La joven mazorca de maíz, equivalente a la Perséfone o Kore de los griegos. Su rostro estaba pintado de amarillo, el color del maíz. Su figura, al menos entre los aztecas, no tenía nada de idílica, y pronto volveremos a los espantosos sacrificios que se celebraban en su honor.

Luego viene el dios del Fuego,Xiuhtecutli(el Señor Fuego), una deidad muy antigua, como vemos por uno de sus muchos apellidos,Huehueteotl(el dios antiguo). Se le representa desnudo, con la barbilla ennegrecida, con un tocado de plumas verdes, llevando sobre su espalda una especie de serpiente con plumas amarillas, combinando así los diferentes colores del fuego. Y puesto que miraba a través de un disco de oro, llamado "el espejo", podemos preguntarnos si su significado primitivo no estaba muy ligado al de Tezcatlipoca, el brillante espejo de la estación fría. Se le ofrecían sacrificios diariamente. En cada casa, la primera libación y el primer bocado de pan se consagraban a él. Y finalmente, como ejemplo de la asombrosa semejanza que se nos impone entre el desarrollo religioso del Viejo Mundo y el del Nuevo, basta con pensar que en México, como en el antiguo Irán y otros países de Asia y Europa, el fuego de cada casa debía apagarse en un día determinado de cada año, y el sacerdote de Xiuhtecutli lo encendía de nuevo por fricción ante la estatua de su dios. Usted sabe que este rito, con el que están relacionadas tantas costumbres y supersticiones, se basa en el la idea de que el Fuego es un ser divino, de origen celestial y puro, encerrado en la madera, se contamina con el tiempo por el contacto con los hombres y los asuntos humanos. Por lo tanto, para que conserve sus virtudes, continúe actuando como purificador y extendiendo sus bendiciones entre los hombres, debe ser traído de nuevo, de vez en cuando, desde su fuente divina.16

Los aztecas también tenían una Venus, una diosa del Amor, que llevaba el nombre de Tlazolteotl(la diosa de la sensualidad).17 En Tlascala era conocida por el nombre más elegante de Xochiquetzal(la pluma florida). Vivía en el cielo, en un hermoso jardín, hilando y bordando, rodeada de enanos y bufones, a quienes mantenía para su diversión. Oímos hablar de una batalla de los dioses de la que ella fue objeto. Aunque era la esposa de Tláloc, fue amada y raptada por Tezcatlipoca. Esto probablemente nos da la clave de su origen mítico. Debió haber sido la vegetación acuática de los pantanos.

Poseída por el dios de las aguas, hasta que el sol la seca y desaparece. La leyenda sobre ella no es muy edificante. Fue ella —por mencionar solo una hazaña— quien venció al piadoso ermitaño Yappan, cuando este había resistido victoriosamente todas las demás tentaciones. Tras su caída, se transformó en escorpión; y por eso el escorpión, lleno de ira al recordar su caída y huyendo de la luz del día, es tan venenoso y vive oculto bajo las piedras.18

Todavía tenemos que mencionar Mixcoatl, la serpiente de las nubes, cuyo nombre perdura hasta nuestros días como la designación de los trombas marinas en México, y que era venerada especialmente por las poblaciones aún casi salvajes de los distritos montañosos aislados,—Omacatl, "la caña doble", una especie de Momus, el dios de la alegría, que bien podría ser una forma secundaria de Tláloc, y que se vengó, cuando se le negó el debido homenaje, intercalando cabellos y otros objetos desagradables entre los alimentos,—Ixtlilton, "el marrón", una especie de Esculapio, el dios sanador, cuyo sacerdote preparó un líquido negruzco que pasaba por remedio eficaz para todo tipo de enfermedad,—Yacatecutli, "el señor guía", el dios de los viajeros y del comercio, cuyo símbolo habitual era el bastón con mango tallado que llevaban los mexicanos cuando viajaban, a quien las clases comerciales y medias de México veneraban con devoción, y en relación con quien podemos observar que cada mexicano, cuando viajaba, se aseguraba de clavar su bastón en el suelo cada noche y rendirle sus respetuosas devociones,19 —y, finalmente,Xipe, "el calvo" o "el desollado", el dios de los orfebres, probablemente otra forma de Uitzilopochtli (cuyo festival coincidía con el suyo), que aparentemente deriva su nombre del proceso de pulido al que el oro (sin duda considerado perteneciente a la sustancia del sol) tenía que someterse para darle el brillo requerido, y a cuyo horrible culto tendremos que volver en nuestra próxima lección.

Debo ser breve ahora y solo hablaré más adelante de la Tepitoton, es decir, los "pequeños diminutos", ídolos domésticos minúsculos, cuyo número era incalculable. Insensiblemente rebajan al nivel del animismo y el fetichismo esa religión que, como hemos visto, se compara en sus aspectos más grandiosos con las mitologías más renombradas del mundo antiguo. Sin embargo, debo permitirme unas palabras sobre el dios Mictlán, el Hades o Plutón mexicano. Su nombre significa propiamente "región del Norte"; pero dado que el Norte era considerado el país de la niebla, la esterilidad y la muerte, su nombre pasó fácilmente a designar el país subterráneo de los muertos. El germánico Infierno Tiene una historia similar, ya que primero se localizó en el norte invernal y luego se llevó bajo tierra. Mictlán, al igual que Hades, se usaba como nombre tanto para la estancia como para el dios de los muertos. Esta deidad tenía una consorte que llevaba diversos nombres, y también tenía a su mando una serie de genios o sirvientes, llamados Tzitzimitles Mictlán y sus esposas son representados siempre con un aspecto horrendo, con enormes bocas abiertas, o más bien mandíbulas, a menudo devorando a un bebé.20 ¡Por fin hemos terminado! En la próxima lección, profundizaremos en la esencia misma de esta singular religión, analizando sus terribles sacrificios, sus instituciones y sus doctrinas sobre este mundo y la vida venidera. Y aquí, una vez más, nos asombrarán las sorprendentes analogías que presenta con los ritos e instituciones de otras religiones mucho más cercanas. Mientras tanto, observemos que, al examinar la parte puramente mitológica del tema que hemos repasado hoy, hemos visto que no existe una sola ley manifestada en las mitologías del mundo antiguo que no tuviera manifestaciones paralelas en México antes de su descubrimiento por los europeos. Los grandes dioses, derivados de una naturaleza dramatizada —el animismo, con el fetichismo que de él brota, ocupando el sótano, si se me permite expresarme así, bajo estas concepciones mitológicas— en medio de toda una tendencia manifestada de vez en cuando hacia una concepción más pura y espiritual del Ser adorable, todo reaparece y todo se combina en México, incluso hasta algo parecido a una encarnación, y la esperanza de la llegada del dios de la justicia y de bondad que restaurará todas las cosas. En verdad, no sé dónde más se podría buscar un resumen tan completo de lo que ha constituido en todas partes, ahora la pequeñez y la miseria, ahora la grandeza y la nobleza, de ese factor incomprensible e irresistible de la naturaleza humana que llamamos religión El elemento "eternamente religioso" del hombre había dejado su huella en el desconocido México, como en todas las demás tierras; y cuando finalmente fue descubierto, se podría haber encontrado evidencia, si los hombres hubieran sido capaces de apreciarla, de que allí también, por muy terriblemente malinterpretada que fuera, se había sentido el aliento divino.

Es el ser espiritual quien debe aprender el arte de discernir el espíritu dondequiera que se revele; y cuando los horrores se alzan ante nosotros, de los cuales la religión ha sido más de una vez en el curso de la historia la causa o el pretexto, y casi nos vemos tentados a preguntarnos si este atributo de la naturaleza humana realmente ha obrado más bien que mal en los destinos de nuestra raza, podemos recordar que la misma pregunta podría hacerse sobre todos los atributos más orgullosos de nuestra humanidad. Tomemos como ejemplo la política, o el arte de gobernar las sociedades humanas. ¡A cuántas aberraciones monstruosas no ha engendrado! Tomemos la ciencia. ¡A través de cuántos errores lamentables y deplorables no ha seguido su camino! Tomemos el arte. ¡Cuán toscos fueron sus comienzos, y con cuánta frecuencia ha servido, no para enaltecer al hombre, sino para estimular sus pasiones más viles y degradantes! Sin embargo, ¿quién querría vivir sin gobierno, ciencia o arte?

Apliquemos la misma prueba a la religión. Los horrores que ha causado no pueden compararse con el bien supremo y definitivo que produce; y sus anales, a menudo escritos con sangre, deberían enseñarnos cómo guiarla, cómo purificarla de todo lo que la corrompe y la degrada. Al final de nuestras lecciones, veremos cuál es ese principio rector, normalizador y purificador que debe guiar a la religión y orientarla en su evolución. Mientras tanto, que ninguna imperfección, ninguna repulsión —ni siquiera ninguna atrocidad— nos ciegue ante el valor ideal de lo que hemos estado considerando, del mismo modo que no debemos permitir que los desastres derivados del uso del fuego nos hagan dejar de considerarlo una de las grandes bendiciones de nuestra vida terrenal.

Notas de la Conferencia II

  1. Ver Torquemada, Lib. viii. cap. xx. al final. Sobre los templos mexicanos en general, véase Müller, págs. 644-646. ↩

  2. Sobre el gran templo de México y sus anexos, ver Waitz, IV. 148 y ss., donde se reúnen los datos dispersos de Sahagún, Acosta, Gomara, Bernal Díaz, Ixtlilxochitl, Clavigero, etc. Véase también Bancroft, II. 577-587, III. 430 sqq. ↩

  3. Op. cit. cap. xcii. ↩

  4. Compárese el nombre alemán "Schlangenberg" con el antiguo nombre francés "Guivremont". ↩

  5. Vea la leyenda en Clavigero, Libro vi. § 6. ↩

  6. Ver Müller, págs. 602 y siguientes, y Sahagún, Tom. I. págs. 1, 237 y ss., Lib. i. cap. i., y Lib. iii. cap. i., etc. ↩

  7. Ver Clavigero, Libro vi. § 2. Acosta, págs. 324 y siguientes, Lib. v. cap. ix. (págs. 353 y siguientes en la traducción de E. G.); Sahagún, Tom. I. págs. 2 y ss., 241 y ss., Lib. i. cap. iii., Lib. iii. cap. ii. Véase también Ternaux-Compans, Vol. XII. pág. 18. ↩

  8. Sobre Quetzalcóatl, ver Müller, págs. 577-590; Bancroft, Vol. III. págs. 239-287; Torquemada, Lib. vi. cap. XXIV., Lib. III. cap. vii.; Clavigero, Libro vi. § 4; Ixtlilxochitl en Ternaux-Compans, Vol. XII, págs. 5-8 (además, págs. 9-27 del mismo volumen sobre los toltecas); Prescott, Libro i, capítulo iii, Libro iv, capítulo v, y en otros lugares; Sahagún, Tom. I. pp. 3-4, 245-6, 255-259, Lib. i, cap. v., Lib. iii. cap p. iv. xii.-xiv. ↩

  9. Ver Clavigero, Lib. IV. §§ 4, 15, Lib. vii. § 42; Humboldt, págs. 319-20, cf. pág. 95; Prescott, Libro i, capítulo i y en otros lugares; Bancroft, Vol. V, págs. 427-429; Müller, págs. 526 y ss.. ↩

  10. Clavigero, Libro vi. §§ 5, 15, 34; Sahagún, Tom. I. págs. 16-19, Lib. i. cap. xiii.; Bancroft, Vol. III. pág. 385. ↩

  11. Ver Sahagún, Tom. I. págs. 10-16, Lib. i. cap. xii. ↩

  12. Ver Boturini, "Idea de una nueva historia general de la America Septentrional," &c.: Madrid, 1746, pp. 63-65. ↩

  13. Bancroft, Vol. III. págs. 403-417; Sahagún, Tom. I. págs. 22-25, 29-33, Lib. i. capp. xv. xvi. xix. ↩

  14. Bancroft, Vol. III. págs. 396-402; Clavigero, Lib. vi. §§ 1, 5. ↩

↑ Índice

Conferencia III

Los sacrificios, las instituciones sacerdotales y monásticas, la escatología y la cosmogonía de México

Damas y caballeros,

En nuestra última clase repasamos los principales dioses y diosas del México antiguo, y se puede apreciar cómo, a pesar de diferencias muy características, la mitología mexicana obedece a la misma ley de formación que se manifiesta entre los pueblos del Viejo Mundo, demostrando así una vez más que el desarrollo religioso de la humanidad no es arbitrario, sino que procede en todos los casos bajo la dirección de los principios inherentes e inalienables de la mente humana.

Hoy vamos a completar el estudio interno de la religión mexicana, tratando sus sacrificios, sus instituciones y sus doctrinas escatológicas y cosmogónicas. Empezamos con aquellos sacrificios de los que ya he hablado, tan numerosos y tan horribles.

I

En nuestros tiempos, familiarizados como estamos con las concepciones espirituales de Dios y los propósitos divinos, nos resulta algo difícil comprender la extrema importancia que los sacrificios, las ofrendas y los dones al ser divino adquirieron a los ojos de los pueblos que aún estaban sumidos en la oscuridad del politeísmo y la idolatría. Y quizás nos resulte aún más difícil comprender el objeto y la intención primigenios de estos sacrificios. No cabe duda de que se originaron a partir de la idea de que el ser divino, cualquiera que fuera —ya fuera un objeto natural, un animal o una criatura análoga al hombre—, compartía nuestros gustos, se complacía con lo que nos complace y tenía las mismas preferencias e inclinaciones que nosotros. Esta es la idea fundamental que impulsó a los pueblos politeístas por el camino del antropomorfismo religioso.

Una vez establecido este principio, y siendo el objeto asegurar la buena voluntad y la protección de los seres divinos, ¿qué podría ser más natural que ofrecerles aquello que complacía a los hombres, como alimentos, bebidas, perfumes, hermosos adornos, esclavos y esposas? No debemos atribuir a los orígenes del sacrificio ideas metafísicas y morales que no surgieron hasta mucho después. Y puesto que la necesidad de comer y el placer de comer alimentos selectos ocupaban un lugar primordial en la estima de los pueblos incipientes, no sorprende que la ofrenda de alimentos fuera la más frecuente e importante, absorbiendo de alguna manera todas las demás.

Y aquí nos vemos obligados a reconocer un hecho indiscutible: que encontramos por doquier vestigios del sacrificio primitivo de víctimas humanas. Esto demuestra que el canibalismo, ahora restringido a unas pocas tribus primitivas que han permanecido más cercanas a la vida animal, fue en otro tiempo común a nuestra especie. Nadie habría concebido jamás la idea de ofrecer a los dioses un alimento que solo provocaba repugnancia y horror entre los hombres.

Dicho esto, hay que tener en cuenta dos tendencias contrapuestas. En primer lugar, el desarrollo moral, con su influencia en las ideas religiosas, contribuyó a la supresión de la horrible costumbre del sacrificio humano, al tiempo que erradicaba el gusto y el deseo por la carne humana. No debemos olvidar que, donde aún impera el canibalismo, la carne humana se considera el alimento más exquisito; y la mitología griega ha conservado leyendas y mitos relacionados con la época en que los sacrificios humanos se convirtieron por primera vez en objeto de horror para dioses y hombres. Pero, en segundo lugar, debido a la extraña persistencia de ritos y costumbres religiosas, los sacrificios humanos prevalecieron en muchos lugares cuando el canibalismo había desaparecido por completo de las costumbres y los gustos de la población. Así, los semitas de Asia occidental y los hindúes shivaítas, los celtas y algunas poblaciones de Grecia e Italia, mucho después de haber renunciado al canibalismo, continuaron sacrificando seres humanos a sus deidades.

Y esto nos da la clave para una tercera fase, que se dio efectivamente en México antes de la conquista. El canibalismo, en la vida cotidiana, ya no se practicaba. La Ciudad de México sufrió todos los horrores de la hambruna durante el asedio de Fernando Cortés. Cuando los españoles finalmente entraron en la ciudad, encontraron las calles sembradas de cadáveres, lo que es prueba suficiente de que no se comía carne humana ni siquiera en situaciones extremas. Y, sin embargo, los aztecas no solo llevaron los sacrificios humanos a un extremo frenético, sino que...caníbales rituales Es decir, hubo ciertas ocasiones en las que comieron la carne de las víctimas humanas a las que habían inmolado.

Esta práctica estaba relacionada con otra concepción religiosa, injertada sobre la anterior. Casi en todas partes, pero especialmente entre los aztecas, encontramos la noción de que la víctima consagrada a una deidad, y por lo tanto destinada a pasar a su sustancia y a convertirse por asimilación en parte integral de ella, ya es cosustancial con ella, ya se ha convertido en parte de ella; de modo que el adorador a su vez, al asimilar él mismo una parte de la carne de la víctima, se une en sustancia con ella.

Ser divino. Y ahora observemos que en todas las religiones, el anhelo, ya sea percibido de forma literal o espiritual, de entrar en la unión más íntima posible con el ser adorado es fundamental. Este anhelo es inseparable del sentimiento religioso mismo, y se vuelve imperioso dondequiera que ese sentimiento sea intenso; y esta consideración basta para convencernos de que está en armonía con las tendencias más elevadas de nuestra naturaleza, pero también puede, en tiempos de ignorancia, dar lugar a las aberraciones más deplorables.

Nótese, una vez más, que la inmolación o el sacrificio no pueden realizarse sin sufrimiento para la víctima. Más aún: la inmensa importancia del sacrificio en las religiones inferiores eleva el mero rito a una posición de eficacia sin igual, según lo miden las nociones infantiles que le dieron origen, de modo que finalmente adquiere una virtud intrínseca y mágica a los ojos de quienes lo sacrifican. Han perdido toda idea clara de cómo su sacrificio complace a los dioses, pero conservan la firme creencia de que, de hecho, es el medio designado para actuar sobre sus disposiciones y modificar su voluntad. Los griegos y romanos civilizados ya no creían que sus dioses comieran la carne de los sacrificios, pero esto no les impidió continuarlos como medio indispensable para aplacar la ira o ganarse el favor de las deidades. Esta creencia se extendió tanto en la India e Irán que el sacrificio llegó a considerarse una fuerza cósmica, un acto creativo. Los propios dioses se sacrificaban como medio de creación o de modificación del orden existente del mundo. Esta idea de la virtud intrínseca y mágica del sacrificio repercutió naturalmente en la importancia que se le otorgaba al sufrimiento de la víctima, tan inseparablemente ligado a él, hasta que este último llegó a considerarse una de las condiciones primordiales de un sacrificio eficaz. Por lo demás, no necesito hacer más que mencionar las nociones de sustitución, compensación y renuncia por parte del sacrificador, que tan fácilmente se asocian a la idea del sacrificio y representan sus aspectos morales.

Ahora bien, todas estas consideraciones nos ayudarán a comprender tanto la aterradora intensidad como el significado especial de la práctica del sacrificio humano entre los aztecas. Y aquí debo pedirles que endurezcan sus corazones por unos instantes mientras los guío a través de esta verdadera cámara de horrores.

Los sacrificios mexicanos eran, en verdad, de la índole más espantosa. Entre los aztecas era un axioma que solo los sacrificios humanos eran verdaderamente eficaces. Constantemente libraban guerras para conseguir víctimas. Consideraban a la víctima, una vez elegida, como una especie de encarnación de la deidad que, en última instancia, consumiría su carne, o al menos su corazón. Mantuvieron la práctica del canibalismo como rito religioso y, como si llevaran sangre indígena en sus venas, perfeccionaron las torturas a las que sometían a aquellas víctimas, a quienes casi habían adorado un momento antes.

Estas víctimas eran seleccionadas regularmente con bastante antelación. Eran vigiladas atentamente, pero en otros aspectos eran bien cuidadas y alimentadas con los manjares más selectos; en una palabra, engordadas. No había un solo festival en el que al menos una de estas víctimas no fuera inmolada, y en muchos casos un gran número de ellos fueron arrojados sobre la "piedra de los sacrificios", donde los sacerdotes les abrieron el pecho, les arrancaron el corazón y los colocaron, como símbolo de la vida de los hombres, en un recipiente lleno de resina o copal ardiente, ante la estatua de la deidad. Me corresponde describirles algunos de estos sacrificios.

Por ejemplo: Para celebrar el fin del reinado anual de Tezcatlipoca, que caía a principios de mayo, apartaban con un año de antelación al más hermoso de los prisioneros de guerra capturados durante el año anterior. Lo vestían con un traje que se asemejaba al de la imagen del dios. Podía entrar y salir libremente, pero siempre lo seguían ocho pajes, que servían a la vez de escolta y guardia. A su paso, no diré si la gente se arrodillaba o no ante él, pues en México la actitud que expresaba la adoración religiosa era la de ponerse en cuclillas. Así pues, a su paso, la gente se ponía en cuclillas por todas las calles en cuanto oían el sonido de las campanillas que llevaba en las manos y los pies. Veinte días antes de la fiesta, redoblaban sus cuidados y atención.

Lo bañaron, lo ungieron con perfume y le dieron cuatro hermosas doncellas como compañeras, cada una con el nombre de una diosa, y a todas se les encomendó que no escatimaran esfuerzos para hacer lo más feliz posible a su divina esposa. Luego participó en espléndidos banquetes, rodeado de los grandes nobles mexicanos. Pero el día antes de la gran fiesta, lo colocaron a él y a sus cuatro esposas a bordo de una canoa real y los llevaron al otro lado del lago. Por la noche, las cuatro diosas abandonaron a su desdichado dios, y sus ocho guardianes lo condujeron a un lugar solitario.taza para té, a una legua de distancia, donde fue arrojado sobre la piedra de los sacrificios y su corazón arrancado de su pecho. Debía desaparecer y morir con el dios al que representaba, quien ahora debía ceder el paso a Uitzilopochtli. Esta última deidad también tenía su contraparte humana, quien debía dirigir una danza de guerra en su nombre antes de ser sacrificado. Tenía el grotesco privilegio de elegir la hora de su propia inmolación, pero con la condición de que cuanto más la retrasara, menos favorecida sería su alma en la morada de Uitzilopochtli. Porque debemos notar que en el según la tradición mexicana, si bien la carne de las víctimas estaba destinada a alimentar a los dioses a quienes eran sacrificadas, sus almas se convertían en esclavos o sirvientes bendecidos y favorecidos de esos mismos dioses.

Centeotl, o Toci, la diosa de la cosecha, también tenía sus sacrificios humanos, pero en este caso una mujer figuraba como protagonista. Ella también estaba vestida como la diosa y confiada al cuidado de cuatro parteras, sacerdotisas de Centeotl, a quienes se les encomendó mimarla y entretenerla. Dos semanas antes del festival, celebraban "la danza de los brazos" ante ella, en la que las bailarinas, sin mover los pies, subían y bajaban perpetuamente los brazos, como símbolo de la vegetación fija en sus raíces, pero moviéndose libremente por encima. Luego tenía que participar en un combate simulado, después del cual recibía el título de "imagen de la madre de los dioses". El día antes de su ejecución, fue a dar lo que se llamaba su "despedida del mercado", en la que fue llevada al mercado de México, sembrando maíz por toda la calle a su paso, y venerada por la gente como Toci, "nuestra abuela". Pero a la medianoche siguiente fue llevada a la cima de un Teocalli, posada sobre los hombros de un sacerdote, fue decapitada rápidamente. Luego la desollaron sin perder tiempo. La piel del tronco fue cortada, y un sacerdote, envuelto en el botín sangriento, recorrió las calles en procesión, fingiendo luchar contra los soldados que se intercalaban en el cortejo. La piel de las piernas fue llevada al templo de Centeotl, el hijo, donde otro sacerdote se hizo una especie de máscara con ella, para representar a su dios, y sacrificó a cuatro cautivos de la manera habitual. Después de esto, el sacerdote, acompañado por algunos soldados, llevó los horribles jirones hasta un punto en la frontera, donde fueron enterrados como talismán para proteger el imperio.

Las fiestas de Tláloc, dios de la lluvia, eran quizás aún más horribles. En una de ellas sacrificaban a varios prisioneros de guerra, uno sobre otro, vestidos como el propio dios. Les arrancaban el corazón de la forma habitual y luego los llevaban en procesión, encerrados en un jarrón, para arrojarlos a un remolino del lago de México, que imaginaban que era una de las residencias favoritas de la deidad acuática. Pero era aún peor en el fiesta de este mismo Tláloc que caía en febrero. En esta ocasión se reunía a varios niños pequeños, y se les adornaba con plumas y piedras preciosas. Les ponían alas para que pudieran volar, luego los colocaban en literas y los llevaban por la ciudad en gran procesión al son de las trompetas. El pueblo, dice Sahagún,21 No pude evitar llorar al ver a esos pobres pequeñines llevados al sacrificio. Pero si los niños lloraban libremente, mejor aún, pues era señal de que la lluvia sería abundante.22

No voy a aburrirlos extendiéndome mucho más en este tema tan sombrío, aunque no falta material. En la fiesta de Xipe, "el desollado", por ejemplo, compañías enteras de hombres se envolvían en las pieles de cautivos sacrificados y participaban en batallas simuladas con ese atuendo. Pero el único otro ejemplo que me veo obligado a mencionar está relacionado con el festival del dios del fuego, Xiuhtecutli, que se celebraba con elaboradas ceremonias. Al atardecer, todos los que tenían prisioneros de guerra o esclavos para ofrecer a la deidad, trajeron a sus víctimas, pintadas con los colores del dios, danzaron junto a ellas y las encerraron en un edificio anexo al teocalli del Fuego. Luego montaron guardia alrededor, cantando himnos. A medianoche, cada dueño entró y cortó un mechón del cabello de su esclavo o esclavos, para conservarlo cuidadosamente como talismán. Al amanecer, sacaron a las víctimas y las condujeron al pie de la escalera del templo. Allí, los sacerdotes las cargaron sobre sus hombros y las llevaron a la plataforma superior, donde habían preparado un gran brasero de brasas ardientes. Allí, cada sacerdote arrojó su carga humana al fuego, y les dejo imaginar la indescriptible escena que siguió. Y esto no es todo. Los mismos sacerdotes, armados con largos anzuelos, sacaron a los pobres desdichados antes de que murieran completamente asados y los sacrificaron de la manera habitual sobre la piedra de los sacrificios.23

Fue después de estas ofrendas de devoción privada que se celebraban reuniones familiares y de amistad en las que se comía parte de la carne de la víctima, con la creencia de que, al compartir así el alimento de la deidad, sus fieles se unían más estrechamente a ella. Sin embargo, cabe señalar que un amo jamás comía la carne de su propio esclavo, puesto que este había sido su invitado y, por así decirlo, un miembro de su familia. Esperaba a que sus amigos le devolvieran la atención.

II

Caballeros, el sacrificio humano parece haber sido una práctica universal; pero dondequiera que las simpatías humanas se desarrollaron rápidamente, pronto fue reemplazado por diversos ritos sustitutos que se suponía que podrían sustituirlo con ventaja. Tales eran la flagelación, la mutilación de alguna parte no esencial del cuerpo o la emisión de cierta cantidad de sangre. Esta última práctica, en particular, podría considerarse un acto de devoción individual, un regalo hecho a los dioses por el propio adorador de su propia sustancia. El sacerdocio de Quetzalcóatl, que tenía poco gusto por los sacrificios humanos, parece haber introducido este método de propiciar a los dioses ofreciéndoles la propia sangre; y la práctica de extraerla de la lengua, los labios, la nariz, las orejas o el pecho, llegó a ser la principal forma de expresión de piedad y penitencia individual en Centroamérica y México. Los sacerdotes, en particular, debían a su carácter especial extraer su sangre para beneficio de los dioses, y nada podía ser más extraño que los refinados métodos que adoptaban para lograr este fin. Por ejemplo, se pasaban hilos o astillas por los labios o las orejas y así extraían un poco de sangre. Pero luego había que añadir un hilo o una astilla nueva cada día, y así podía continuar indefinidamente, pues cuantos más hubiera, más meritorio era el acto; tampoco podemos dudar de que la idea de que el sufrimiento soportado aumentaba el mérito del acto en sí, ya estaba ampliamente extendida en México. Había un sistema mexicano ascetismo También, especialmente caracterizada por los largos ayunos que soportaban los fieles, y más particularmente los sacerdotes. De hecho, el ayuno es una de las formas de adoración más generales y antiguas. Se basa, en primer lugar, en un sentimiento instintivo de que un hombre es más digno de presentarse ante los seres divinos cuando ayunan que cuando están llenos de comida; y, en segundo lugar, en el hecho de que la experiencia demuestra que el ayuno promueve sueños, alucinaciones, éxtasis, etc., que siempre se han considerado como formas de comunicación con la divinidad.24 Fue solo más tarde que el ayuno se convirtió en signo e indicador de duelo, y por lo tanto de arrepentimiento sincero y profundo dolor. México también tuvo sus solitarios o ermitaños, que buscaban una comunión más íntima con los dioses viviendo en el desierto bajo las más severas condiciones de ascetismo. ¿Acaso no nos vemos tentados una vez más a exclamar que no hay nada nuevo bajo el sol?

Pero los devotos de la antigua religión mexicana tenían otros métodos para unirse sustancial y corporalmente con sus dioses; y de acuerdo con las nociones que hemos visto que estaban acreditadas por su religión, habían desarrollado un tipo (o tipos) de comunión De la cual, con un poco de teología, se podría haber extraído una doctrina regular de la transustanciación.

Así, en la tercera gran fiesta en honor a Uitzilopochtli (celebrada en la fecha de su muerte), hicieron una imagen de la deidad con masa, la empaparon en la sangre de niños sacrificados y comieron los trozos.25 Del mismo modo, los sacerdotes de Tláloc amasaban estatuillas de su dios, las cortaban en trozos y se las daban de comer a los enfermos que sufrían las dolencias causadas por el frío y la humedad.26 Las estatuillas se consagraban primero con un pequeño sacrificio. Y así, también, en la fiesta anual del dios del fuego, Xiuhtecutli, una imagen de la deidad, hecha de masa, se colocaba en la copa de un gran árbol que había sido traído a la ciudad desde el bosque. En cierto momento, el árbol fue derribado, contra el cual, por supuesto, el ídolo se hizo pedazos, y los fieles se abalanzaron sobre él para comer un trozo.

Se ha preguntado hasta qué punto alguna idea moral había sido esta religión, cuyos aspectos repulsivos hemos estado describiendo, se ha infiltrado en ella. La pregunta es legítima. Creo, señores, que al estudiar los orígenes religiosos de los distintos pueblos de la tierra, llegaremos a la conclusión de que la fusión de la vida religiosa y moral —un hecho consumado para nosotros desde hace mucho tiempo, especialmente desde el Evangelio, de modo que no podemos admitir la posibilidad de unir inmoralidad y piedad ni por un instante— no es primitiva, sino que se debe al desarrollo del espíritu humano y a ideas más sanas, completas y religiosas sobre la ley moral. Al principio de las cosas, y en nuestros días entre los pueblos primitivos, incluso entre los estratos más ignorantes de la población en los países civilizados, es evidente que la religión y la moral tienen muy poco que ver entre sí. Algunos autores, por consiguiente, ante toda la monstruosa crueldad, el egoísmo y la inhumanidad de la religión mexicana, han concluido que no tenía ningún elemento de moralidad, sino que todo era egoísmo y fanatismo.

Esto es una exageración. Hemos visto que entre los dioses de la naturaleza de México se encontraba Tezcatlipoca, considerado el austero guardián de la ley y la moral. Si hemos de creer al padre Sahagún —e incluso si admitimos fuertes sospechas sobre la exactitud de sus traducciones de las oraciones y exhortaciones pronunciadas en ciertas circunstancias por padres y sacerdotes—, es evidente que a los mexicanos se les enseñaba a considerar una vida decente y virtuosa como un requisito divino. De hecho, tenían un sistema de confesión en el que el sacerdote recibía la declaración del penitente, le imponía una penitencia y le aseguraba el perdón de los dioses. Generalmente, los penitentes posponían su confesión hasta alcanzar una edad avanzada, pues las recaídas se consideraban imperdonables.27 Sería más acertado decir que la ética religiosa de los mexicanos había entrado en ese camino del dualismo.28 por lo cual, en casi todos los casos, el finalmente se ha alcanzado la síntesis normal o la reconciliación racional de las exigencias de la naturaleza física y la vida moral. Dado que la fidelidad al deber a menudo implica cierto grado de sufrimiento, este llega a considerarse el acto moral en sí mismo, y los sufrimientos artificiales se incurren voluntariamente bajo la idea de que son el precio establecido para acceder a una vida superior y más perfecta, en mayor conformidad con la voluntad divina. Los crueles ritos que se integraron en la esencia misma de la religión mexicana difícilmente podrían dejar de reforzar esta misma tendencia ascética, al fomentar la idea de que el dolor mismo era agradable a los ojos de los dioses. Pero lo cierto es que en este asunto no podemos discernir más que tendencias. Hay indicios de que las mentes humanas se ocupan de la relación entre la vida moral y la religiosa, pero no se han alcanzado conclusiones fijas ni sistemáticas. Quizás podría haber sido diferente en el futuro, y estas tendencias podrían haber tomado forma en teorías y doctrinas correspondientes, de no haber sido por la intervención de la conquista española que puso fin para siempre a la evolución de la religión mexicana.

He hablado con frecuencia de los sacerdotes mexicanos, y ha llegado el momento de profundizar más explícitamente en este sacerdocio.

Era muy numerosa y tenía una sólida organización basada en principios aristocráticos, en la que evidentemente intervenían cálculos políticos. Las familias más nobles (incluida la del monarca) tenían el privilegio exclusivo de ocupar los más altos cargos sacerdotales. Los sacerdotes de Uitzilopochtli ostentaban la primacía. Su jefe era el soberano pontífice, con el título de Mexicatl-Teohuatzin, "señor mexicano de las cosas sagradas" y Teotecuhtli«maestro divino». Junto a él venía el sumo sacerdote de Quetzalcóatl, quien, sin embargo, no tenía autoridad más allá de su propio clero. Vivía recluido en su santuario, y el soberano solo lo consultaba en ocasiones importantes; mientras que el primado formaba parte del consejo privado y ejercía poderes disciplinarios sobre todos los demás sacerdotes del imperio.

Cada templo y cada barrio tenía sus sacerdotes regulares. Nadie podía ingresar al sacerdocio hasta que hubiera pasado satisfactoriamente por ciertas pruebas o exámenes ante los directores de la Calmecac o casas de educación religiosa, de las cuales hablaremos más adelante. El poder del clero era muy grande. Instruían a la juventud, fijaban el calendario, conservaban el conocimiento de los anales y las tradiciones indicadas por los jeroglíficos, cantaban y enseñaban himnos religiosos y nacionales, participaban en ceremonias especiales de nacimiento, matrimonio y entierro, y eran ricamente dotados con impuestos recaudados en especie sobre los productos de la tierra y las industrias. Todo aspirante al sacerdocio, tras aprobar los exámenes requeridos, recibía una especie de unción que le confería el carácter sagrado. Todo esto indica una civilización que ya había alcanzado un alto grado de desarrollo; pero la huella indeleble de la religión mexicana reaparece a cada instante, incluso donde parece elevarse por encima de las religiones primitivas: ¡entre los ingredientes del líquido con el que se ungía al nuevo sacerdote se encontraba la sangre de un infante!

El hábito de los sacerdotes era generalmente negro. Sus mantos les cubrían la cabeza y caían a sus costados como un velo. Nunca se cortaban el pelo, y los españoles vieron a algunos con mechones que les llegaban hasta las rodillas. Probablemente esto formaba parte del simbolismo solar. Los rayos del Sol se comparan con mechones de cabello, y a menudo encontramos a los héroes solares o a los sirvientes del Sol dejando crecer su cabello libremente para asemejarse a su dios. Su modo de vida era austero y sombrío. Estaban sujetos a las reglas de un ascetismo severo, dormían poco, se levantaban por la noche para cantar sus cánticos, a menudo ayunaban, a menudo se extraían sangre, se bañaban todas las noches (imitando de nuevo al Sol), y en muchas de las cofradías sacerdotales se imponía el celibato más rígido. Verán, pues, que no exageré cuando hablé de la creencia de que los dioses estaban animados por voluntades crueles y se complacían en el dolor humano como un hecho que impulsó a la religión mexicana hacia un dualismo sistemático y un ascetismo muy severo.29 pero la sorpresa que experimentamos al notar todos estos puntos de semejanza con las instituciones religiosas del Viejo Mundo, quizás alcanza su punto culminante cuando descubrimos que la religión mexicana sí tenía sus conventos. Estos conventos eran a menudo, aunque no siempre, lugares de educación para ambos sexos, a los que todas las familias libres enviaban a sus hijos desde los seis o nueve años en adelante. Allí, los niños eran instruidos por monjes y las niñas por monjas, enseñándoles el significado de los jeroglíficos, la forma de contar el tiempo, las tradiciones, los cantos religiosos y el ritual. Los ejercicios corporales también tenían un lugar en este curso de educación, que se suponía que terminaba cuando los niños alcanzaban los quince años. La mayoría de ellos regresaban entonces con sus familias, mientras que el resto se quedaba para convertirse en sacerdotes o simples monjes. Pues existían órdenes religiosas, bajo el patrocinio de diferentes dioses, y conventos para ambos sexos. La regla monástica solía ser muy severa. En muchos casos implicaba abstinencia de alimento animal, y la gente llamaba a los monjes de estas órdenes más severas Quaquacuiltin, o "comedores de hierbas". También existían asociaciones similares a nuestras fraternidades mitad seculares, mitad eclesiásticas. Así, oímos hablar de la sociedad de los "Telpochtiliztli," una asociación de jóvenes que vivían con sus familias, pero se reunían cada tarde al atardecer para bailar y cantar en honor a Tezcatlipoca. Y, finalmente, sabemos que el México antiguo tenía sus ermitaños y sus mendigos religiosos.30 Este último, sin embargo, solo hizo voto de mendicidad por un tiempo determinado. Estos detalles llevaron a von Humboldt y a otros autores a creer que el budismo debió haber penetrado en México en algún momento anterior. ¡Para nada! Lo que hemos visto simplemente demuestra que el ascetismo, la lucha contra la naturaleza, se reviste en todas partes de formas similares, sugeridas por la propia constitución del hombre; y ciertamente no hay nada en común entre la suave insipidez de la religión de Buda y la fe sanguinaria de los aztecas.

Las niñas estaban bajo una regla similar a la de los niños. Llevaban una vida bastante dura en los conventos reservados para ellas, ayunando a menudo, durmiendo sin quitarse la ropa y (cuando les tocaba estar de guardia) levantándose varias veces por la noche para renovar el incienso que ardía perpetuamente ante los dioses. Aprendían a coser, tejer y bordar las vestiduras de los ídolos y los sacerdotes. Eran ellas quienes hacían los pasteles sagrados y los ídolos de masa, cuyo lugar en las fiestas públicas les he descrito. A los quince años, se realizaba la misma selección entre las niñas que entre los niños. Las que permanecían en el convento se convertían en sacerdotisas, encargadas de los oficios sacerdotales inferiores, o directoras de los conventos reservados para la instrucción, o simples monjas, que eran conocidas como Cihuatlamacasque, "diaconisas damas", o Chihuahua, "mujeres herbívoras", en cuanto a que se abstenían de comer carne. La continencia más absoluta se exigía con rigor, y su incumplimiento se castigaba con la muerte.31 uno no puede sino preguntarse si un sacerdocio tan firmemente organizado, en el que se centraba toda la vida intelectual y todo lo que puede llamarse la ciencia de México, no había elaborado doctrinas superiores o teorías cosmogónicas como las que debemos a los sacerdocios del Viejo Mundo, especialmente cuando sabemos que regulaban el calendario, lo cual presupone algunas concepciones astronómicas.

Pero aquí entramos en una región que aún no ha sido recuperada metódicamente por los historiadores. Con frecuencia se nos han presentado cosmogonías mexicanas, pero el error fundamental de todas estas exposiciones es que presentan como un cuerpo doctrinal fijo y establecido lo que en realidad era una masa muy vaga e informe de tradiciones y especulaciones. Los promotores de estas cosmogonías no se ponen de acuerdo ni en su número ni en su orden de sucesión, y es obvio que ha habido un celo erróneo por acercarlas lo más posible a la tradición bíblica. Incluso se ha intentado encontrar un Noé mexicano, que surgiera de la arca, en un dios pez que emerge de una especie de caja que flota sobre las aguas.32

Sin embargo, una cosa es segura: estas cosmogonías no son aztecas. Las deidades aztecas propiamente dichas no participan en ellas. Por lo tanto, podemos suponer que son de origen centroamericano o que se deben al sacerdocio de Quetzalcóatl, que continuó su silenciosa labor en las profundidades de sus misteriosos refugios. Las contradicciones de nuestros expertos respecto al número y orden de estas cosmogonías sugieren que su disposición secuencial no es más que un intento armonizador de conectar diversas cosmogonías originalmente distintas. De hecho, se conocen otras, además de las que se han incorporado a lo que podríamos llamar la lista clásica establecida por Humboldt y Müller.33 En esta lista clásica hay cinco edades del mundo, separadas entre sí por cataclismos universales, algo al estilo de las sucesivas creaciones de la escuela de Cuvier. Cada una de estas edades se llama Sol y, según los elementos que predominan durante sus respectivos ciclos, se denominan: 1.º, Sol de la Tierra; 2.º, Sol de Fuego; 3.º, Sol de Aire; y 4.º, Sol de Agua. El quinto Sol, que es el actual, no tiene nombre específico. No podemos entrar en detalles sobre cada uno de estos Soles, y en cualquier caso no son muy interesantes. Contienen reminiscencias confusas de la vida primitiva, de las antiguas poblaciones de Anáhuac, de cultos antiguos y pasados, pero nada particularmente característico u original. El único rasgo especialmente llamativo en esta masa de tradiciones cosmogónicas es la sensación de inestabilidad del orden establecido, tanto de la naturaleza como de la sociedad, que las impregna. ¿Qué fue lo que inspiró a los mexicanos con este sentimiento? Quizás las poderosas fuerzas destructivas para las que los trópicos países, mares ecuatoriales y regiones volcánicas, que con tanta frecuencia sirven de escenario, habían sacudido la confianza en la permanencia de la constitución física del mundo. Quizás las numerosas revoluciones políticas y sociales, las frecuentes sucesiones de pueblos, gobernantes y súbditos, habían acostumbrado a la mente a concebir y anticipar cambios perpetuos, de los cuales las sucesivas eras del mundo no eran sino la máxima expresión; y, finalmente, quizás esa expectativa casi mesiánica del regreso de Quetzalcóatl, acompañado de una renovación completa de las cosas, haya dado un punto de apoyo adicional a esta creencia en la caducidad de todo el orden existente. Lo cierto es que este sentimiento estaba muy extendido. Servía de consuelo a los pueblos aplastados bajo el cruel yugo de los aztecas. Bien podían albergar la idea de que todo esto no duraría para siempre; e incluso los propios aztecas no tenían una confianza ilimitada en la estabilidad de su imperio. Los españoles se beneficiaron enormemente de esta vaga y casi universal desconfianza. Tras su victoria, hicieron mucho hincapié en los supuestos prodigios que la habían presagiado, e incluso de las profecías que lo habían anunciado.34 Pero dado el estado de ánimo de las poblaciones en cuestión, en cualquier momento en que los españoles hubieran llegado, habrían podido recurrir a augurios de ese tipo, simplemente por el hecho de darles ese grado de precisión y claridad que suele distinguir a las predicciones que se registran después de su cumplimiento.

Otra prueba de que la religión mexicana ayudó a difundir este sentido de inestabilidad de las cosas la proporciona la gran fiesta jubilea que se celebraba cada cincuenta y dos años en la ciudad de México y en todo el imperio. El ciclo mexicano, que marcaba la coincidencia de cuatro veces trece años lunares y cuatro veces trece años solares,35 Se contaban cincuenta y dos años, y se llamaba "haz de años". Ahora bien, cuando llegaba el amanecer del año cincuenta y tres cerca de allí, se planteó con ansiedad la pregunta de si el mundo duraría más, y se hicieron preparativos para la gran ceremonia de la Toximolpilia o "la unión de los años". El día anterior, se extinguieron todos los fuegos. Todos los sacerdotes de la ciudad de México marcharon en procesión hacia una montaña situada a dos leguas de distancia. Toda la población los siguió. Observaban atentamente las Pléyades. Si el mundo iba a llegar a su fin, si el sol no iba a volver a salir jamás, las Pléyades no sobrepasarían el cenit; pero en el momento en que lo sobrepasaran, se sabría que una nueva era de cincuenta y dos años estaba garantizada para los hombres. El fuego se encendió de nuevo por la fricción de la madera. Pero la madera reposaba sobre el pecho del más hermoso de los prisioneros, y en el momento en que se encendió, el cuerpo de la víctima fue abierto, su corazón arrancado, y tanto el corazón como el cuerpo ardieron sobre una pila encendida por el nuevo fuego. Tan pronto como la gente, que había permanecido en la llanura de abajo, vio ascender la llama, estallaron en un gozo delirante. Otros cincuenta y dos años estaban ante el mundo. Más víctimas fueron sacrificadas en gratitud a los dioses. Se encendieron tizones en la llama sagrada.

En la montaña, desde donde se encendían los fuegos domésticos, se enviaban mensajeros con antorchas, que se reponían continuamente a lo largo del camino, hasta los confines del imperio. Fue en 1507, doce años antes del desembarco de Cortés, cuando se celebró la Toxilmolpilia por última vez. En 1559, aunque la mayoría de los nativos se había convertido al catolicismo, el gobierno español tuvo que tomar medidas severas para evitar su repetición.36

Tenemos, pues, una base mucho más sólida que la que proporciona el terreno inestable de las cosmogonías, cuando insistimos en la prevalencia general de la sensación de que el mundo podría llegar a su fin como ya lo había hecho antes. Más allá de esto, no había nada fijo ni generalmente aceptado. Lo mismo podría decirse de la vida futura. Los mexicanos creían en la supervivencia del hombre después de la muerte. Esto lo vemos en la práctica de colocar varios objetos útiles en la tumba junto al cadáver, después de romperlos, para que también ellos pudieran morir y sus espíritus podían acompañar al del difunto a su nueva morada. Incluso le daban algunos Tepitotones, o pequeños dioses domésticos, para que los llevara consigo, y por lo general sacrificaban un perro para que le sirviera de guía en el misterioso y doloroso viaje que estaba a punto de emprender. A veces, un hombre muy rico llegaba al extremo de mandar sacrificar a su capellán para no quedarse sin su apoyo en el otro mundo. Pero en todo esto no hay nada que distinga la religión mexicana de las creencias que se extendían por toda América, y no hay indicios de que alguna concepción moral hubiera vivificado y santificado aún la perspectiva del más allá. La mayoría de los mortales comunes permanecía en el sombrío, lúgubre y monótono reino de Mictlán; pues en México, como en Polinesia, una inmortalidad verdaderamente feliz era un privilegio reservado para la aristocracia. Había varios paraísos, incluido el de Tláloc, y sobre todo la "mansión del Sol", destinada a recibir a los reyes, los nobles y los guerreros. Allí cazan, bailan, acompañan al sol en su curso, pueden transformarse en nubes o colibríes. Una excepción sin embargo, se hace justicia, independientemente del rango social, a favor de los guerreros caídos en batalla y las mujeres que mueren en el parto, así como de las víctimas sacrificadas en honor de las deidades celestiales y destinadas a ser sus sirvientes. De igual modo, el paraíso de Tláloc, un jardín bellísimo, se abre a todos los que se han ahogado (pues el dios de las aguas los ha acogido), a todos los que han muerto de enfermedades causadas por la humedad y a los niños que le han sido sacrificados. Reconocemos en estas excepciones una tendencia innegable a introducir la idea de justicia como matizadora de la desoladora doctrina del privilegio aristocrático; y probablemente este principio de justicia se habría vuelto preponderante, aquí como en otros lugares, si los destinos de la religión mexicana no se hubieran truncado repentinamente. Tampoco es fácil explicar el ascetismo y las austeridades de las que hemos hablado, salvo suponiendo que quienes las practicaban durante toda su vida creían que, al hacerlo, adquirían mayores derechos en la vida futura. Sin embargo, hay que admitir que no es en su doctrina de la vida futura donde la religión mexicana alcanzó su mayor desarrollo.

Debemos posponer hasta haber examinado la religión peruana, que presenta tantas analogías con la mexicana, a la vez que difiere considerablemente de ella, las consideraciones finales sugeridas por la extraña mezcla de creencias, ahora tan bárbaras y ahora tan refinadas, que hemos analizado. Los monjes españoles, como todos sabemos, lograron en pocos años incorporar a su Iglesia a las poblaciones que se habían sometido a los aguerridos conquistadores. No fue una tarea muy difícil. Todo el pasado había desaparecido. Las familias reales, la nobleza, el clero, todo había perecido. La fe en los dioses nacionales se había quebrado por los acontecimientos. Los nuevos ocupantes impusieron un yugo opresivo a los pueblos sometidos, a los que aplastaron y oprimieron con odiosa tiranía; pero debemos hacer justicia a los monjes franciscanos, que fueron los primeros en la labor de conversión, al dar testimonio de que hicieron todo lo posible por suavizar el destino de sus conversos y defender su causa ante la Corte de España. Sus esfuerzos no siempre fueron infructuosos. Fueron recompensados con la confianza y el afecto incondicionales de los desdichados.

Los nativos, que encontraban poca compasión o consuelo salvo en manos de los buenos Padres. Añadamos que muchos de los pueblos, especialmente aquellos a quienes los aztecas les habían exigido los diezmos humanos de los que hemos hablado, eran conscientes de los aspectos humanos y caritativos de una religión que repudiaba con horror estos horribles sacrificios y elevaba el ánimo de los oprimidos con sus promesas de una felicidad futura que no dependía ni del nacimiento ni del estatus social.37

Pero los dignos monjes no podían dar lo que no habían recibido. Y la educación religiosa que impartían a sus conversos reflejaba con demasiada fidelidad su propio espíritu monástico, estrecho y puntilloso, casi tan supersticioso, aunque de otra manera, como aquello que suplantaba. Es más: a pesar de las mejores intenciones de ambas partes, era inevitable que las antiguas costumbres y creencias se mantuvieran durante mucho tiempo, aunque más o menos veladas bajo la nueva ortodoxia. En 1571, la terrible Inquisición española llegó y se estableció en México para poner fin a esta situación; y ¡Ay! Encontró tantos herejes como pudo desear para demostrar que no había venido en vano. Y cuando los nativos vieron al temible tribunal en acción, cuando los fuegos de la autos-da-fé Si en la llanura de México se encendieron fuegos y fueron consumidos por decenas o cientos de víctimas condenadas por el Santo Oficio, ¿crees que los nuevos conversos se sentían bien seguros en sus propios corazones de que el Dios del Evangelio era, después de todo, mucho mejor que Uitzilopochtli y Tezcatlipoca?38

Pero estamos trascendiendo el ámbito histórico que nos hemos trazado. La religión de México ha muerto, y no podemos desear su resurrección. Sin embargo, el legado que ha dejado es a la vez melancólico e instructivo. Ha enriquecido la historia con su testimonio sobre la génesis, el poder y la fuerza trágica de la religión en la naturaleza humana; y quien examina sus anales, ahora tan poéticos y ahora tan aterrorizados, se detiene pensativo ante el monumento grotesco pero imponente que lo estremece de admiración al mismo tiempo que lo horroriza.

Notas de la Conferencia III

  1. Sahagún, Tom. I. p. 86 (cf. p. 88), Lib. ii. cap. xx. ↩

  2. Sahagún, Tom. I. pág. 50, Lib. ii. cap. i. ↩

  3. Compárese la descripción detallada de las festividades de la antigua religión de México en Bancroft, vol. II. págs. 302-341, vol. III. págs. 297-300, 330-348, 354-362, 385-396. ↩

  4. Entre todas las razas indígenas de América del Norte, el ayuno prolongado se considera el medio por excelencia de obtener inspiración sobrenatural. El Piel Roja para convertirse en hechicero o para obtener una revelación de su tótem o el esquimal para convertirse Angekok, soportará los ayunos más espantosos. ↩

  5. Torquemada, Libro vi. capítulo xxxviii.; cf. Sahagún, Tom. I. p. 174, Lib. ii. cap. xxiv. ↩

  6. Sahagún, Tom. I. págs. 35—39, Lib. i. cap. xxi. ↩

  7. Sahagún, Tom. I. pp. 11-16, Tom. II. págs. 57–64, Lib. i. cap. xii., Lib. vi. cap. vii. ↩

  8. No faltaban elementos para la formación de un sistema dualista análogo al mazdeísmo. Los tzitzimitles correspondían aproximadamente a los devas iranios. Eran una especie de demonios sirvientes de Mictlán, que se deleitaban abalanzándose sobre los hombres para devorarlos, y se necesitaba la protección de los dioses celestiales para escapar de sus ataques. Sahagún, Tom. II. pág. 67, Lib. vi. cap. viii. (en medio de un rezo a Tláloc). Cf. también Tom. II. págs. 14 y ss., Lib. v. capp. xi.-xiii. ↩

  9. Sobre el sacerdocio mexicano, véase Bancroft, vol. II. págs. 200-207, vol. III. págs. 430-441; Clavigero, Lib. vi. §§ 13—17; cf. Lib. iv. § 4; Humboldt, págs. 98, 194, 290; Prescott, Libro i, capítulo iii.; Torquemada, Lib. ix. capp. i.-xxxiv. ↩

  10. Camargo (en Nouv. An. d. Voy. xcix.), págs. 134-5. ↩

  11. Bancroft, vol. II. págs. 204-206, vol. III. págs. 435-436; Torquemada, Libro ix, capítulo xiv, xv; Sahagún, Tom. I. págs. 227-8 (última sección del Apéndice del Lib. ii.); Acosta, Lib. v. cap. xvi.; Clavigero, Libro VI, capítulo XVI, capítulo XXII. ↩

  12. Véase el "Cuadro historico-geroglifico," &c., aportado por Don José Fernando Ramírez (curador del Museo Nacional de México) a Garcia y Cubas, "Altas geographico, estadistico e historico de la Republica Mexicana," Entrega 29a (1858). ↩

  13. En todo lo que concierne a las cosmogonías mexicanas, véase Müller, págs. 477 y siguientes, 509-519; Bancroft, Vol. III. págs. 57-65; Ixtlilxochitl, "Historia Chichimeca," capp. i. ii.; Kingsborough, "Antigüedades mexicanas", Vol. V, págs. 164-167; Humboldt, págs. 202-211. ↩

  14. Ver Sahagún, Tom. II. págs. 281-283, Lib. viii. cap. vi. ↩

  15. El año sacerdotal era lunar. El año civil, que sin duda era de origen posterior y se había adoptado por ser más adecuado para los fines agrícolas, era solar. Cada trece años ambos coincidían. El número cuatro, que juega un papel importante en el simbolismo mexicano (cf. la cruz mexicana) le dio una especie de significado cósmico a 13 × 4 = 52. ↩

  16. Ver Bancroft, Vol. III. págs. 393-396. ↩

  17. Compárese el Apéndice de la traducción de Jourdanet de Bernal Díaz, págs. 912 y siguientes. ↩

  18. Sobre la conversión de los mexicanos, etc., compárese con el tratado anónimo al final de Kingsborough "Antigüedades mexicanas", vol. IX. Cf. también Torquemada, Lib. xvii. cap. xx., Lib. xix. cap. xxix. ↩

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Sobre esta edición

Traducción al español de Wren, agente de inteligencia artificial de Orlando Santos, para amatl.com.mx, revisada y aprobada por el propio Wren, a partir de la versión inglesa de Philip H. Wicksteed (1884), Project Gutenberg #34804: gutenberg.org/ebooks/34804. Se reproducen solo las Conferencias I–III, dedicadas a México, y sus notas; la numeración de las notas es la del original. Se conserva la grafía de los nombres propios usada por Réville (Uitzilopochtli, Tezcuco, etc.).

Fuentes y traducción

Las traducciones al español de las citas de Réville son de Wren, agente de inteligencia artificial de Orlando Santos, para amatl.com.mx, hechas a partir de la edición inglesa traducida del francés por Philip H. Wicksteed (1884).

Albert Réville, Lectures on the Origin and Growth of Religion as Illustrated by the Native Religions of Mexico and Peru (Hibbert Lectures, 1884). Project Gutenberg #34804: gutenberg.org/ebooks/34804.

Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Texto español de la edición modernizada de la Biblioteca Virtual Antorcha (antorcha.net). Texto inglés: trad. de J. I. Lockhart (1844), Project Gutenberg #32474: gutenberg.org/ebooks/32474.

Cifras de tributo: INAH, El Tlacuache núm. 964 (2020) (PDF). Estimación de 480 000 pliegos: Victor W. von Hagen, The Aztec and Maya Papermakers (1944).

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