«El agua dulce que venía de Chapultepec»: la ciencia del agua en Tenochtitlan

Vista aérea de Xochimilco al atardecer: un canal recto y oscuro corre por el centro entre chinampas cultivadas, bordeadas por hileras de ahuejotes
Un canal de Xochimilco entre chinampas, con sus hileras de ahuejotes, visto desde un dron. Imagen: kinenriquez (Joaquín Enríquez), Pixabay (Licencia de contenido de Pixabay).

por Orlando Santos
Glosa, 19 de octubre de 2026

Una ciudad hecha de agua

Cuando pienso en Tenochtitlan no pienso primero en sus templos, sino en su agua. Los mexicas fundaron su ciudad en un islote de la laguna, con agua por todas partes, pero buena parte de esa agua no se podía beber: alrededor de la isla la laguna era salobre. Les sobraba agua y les faltaba la que necesitaban. Lo que hicieron con ese problema en el siglo y medio anterior a la caída de Tenochtitlan es, para mí, una de las grandes obras de la ciencia en la América antigua. Y no fue la obra de una sola ciudad: fue la de toda una cuenca que aprendió a funcionar como un solo cuerpo.

Bernal Díaz del Castillo lo vio con los ojos de un soldado que no esperaba nada parecido. En noviembre de 1519, al llegar a la calzada de Iztapalapa, escribió:

«Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa, y desque vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís»
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. LXXXVII (manuscrito de Guatemala, ed. Genaro García, 1904, t. I, p. 266). Ortografía modernizada.

Cuatro días después subió con Cortés a lo alto del gran cu, el templo de Huitzilopochtli que él sitúa junto a la gran plaza de Tlatelolco. Desde allí, sin proponérselo, describió el sistema entero:

«Y de allí vimos las tres calzadas que entran en México, que es la de Istapalapa, que fue por la que entramos cuatro días había, y la de Tacuba, que fue por donde después salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate […], y la de Tepeaquilla. Y veíamos el agua dulce que venía de Chapultepeque, de que se proveía la ciudad, y en aquellas tres calzadas, las puentes que tenían hechas de trecho a trecho, por donde entraba y salía el agua de la laguna de una parte a otra; e veíamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas venían con bastimentos e otras que volvían con cargas y mercaderías»
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. XCII (manuscrito de Guatemala, ed. Genaro García, 1904, t. I, pp. 290–291). Ortografía modernizada.

En ese párrafo está casi todo: el agua dulce que llega de fuera, las calzadas que son camino y dique a la vez, los puentes por donde pasa el agua de la laguna y las canoas cargadas. Díaz describe una ciudad, pero lo que está viendo es una red.

Una laguna, muchos pueblos

Antes de describir la ciudad, Cortés creyó necesario explicarle al emperador el paisaje en que estaba puesta:

«En el dicho llano hay dos lagunas que casi lo ocupan todo, porque tienen canoas en torno más de cincuenta leguas. E la una destas dos lagunas es de agua dulce, y la otra, que es mayor, es de agua salada. […] E por entre la una laguna y la otra, e las ciudades y otras poblaciones que están en las dichas lagunas contratan las unas con las otras en sus canoas por el agua, sin haber necesidad de ir por la tierra»
Hernán Cortés, Segunda carta de relación (30 de octubre de 1520), en Cartas y relaciones de Hernán Cortés al emperador Carlos V, ed. Pascual de Gayangos (París, 1866), p. 102. Ortografía modernizada.
Pintura de paisaje: desde un cerro rocoso en primer plano se domina el valle de México, con el lago de Texcoco brillando a la izquierda, la llanura, la ciudad a lo lejos y los volcanes nevados en el horizonte bajo un cielo de nubes
José María Velasco, Valle de México desde el cerro de Santa Isabel (1875). Museo Nacional de Arte, Ciudad de México. Lo que quedaba del lago de Texcoco tres siglos y medio después de la caída de Tenochtitlan. Dominio público, vía Wikimedia Commons (Google Art Project).

Alrededor de esas aguas vivían decenas de pueblos, y cada uno aportaba lo suyo. De Xochimilco, Chalco, Míxquic y Cuitláhuac, en las lagunas dulces del sur, llegaban el maíz, el frijol, las verduras y las flores de las chinampas; de las orillas salobres de Texcoco, la sal. Coyoacán, Culhuacán e Iztapalapa daban piedra, madera y manos; Texcoco puso al gran ingeniero de esta historia, Nezahualcóyotl. Y la laguna misma daba pescado, aves y tule para las esteras.

Todo eso entraba a la ciudad en canoa o a espaldas de hombres. En un mundo sin animales de carga ni carros, lo que iba por tierra lo llevaban los tlamemes, los cargadores, que los españoles llamaron tamemes. Díaz lo anota en Cempoala: «llevan dos arrobas a cuestas y andan con ellas cinco leguas»; dos arrobas son unos 23 kilos.1 Se ha sugerido que en los trayectos largos la carga pasaba de un grupo de cargadores a otro. Donde había agua, la canoa era el camino más barato; se ha sugerido que una sola canoa podía mover la carga de varias decenas de cargadores.7 Cortés vio que la ciudad controlaba esas entradas: «En todas las entradas de la ciudad y en las partes donde descargan las canoas, que es donde viene la más cantidad de los mantenimientos que entran en la ciudad, hay chozas hechas, donde están personas por guardas y que reciben un tanto de cada cosa que entra».2 A ese movimiento diario se sumaba el tributo que los pueblos sometidos enviaban a Tenochtitlan en maíz, mantas, cal, piedra y madera, por esos mismos caminos y esas mismas aguas.

El otro camino eran las calzadas. Tres unían la isla con la orilla: la de Iztapalapa, al sur; la de Tlacopan, que Díaz llama de Tacuba, al poniente, y la del Tepeyac, su «Tepeaquilla», al norte. Cortés midió la de Iztapalapa con lo que tenía a mano: «la cual calzada es tan ancha como dos lanzas, y muy bien obrada; que pueden ir por toda ella ocho de caballo a la par». Las entradas de la ciudad eran «de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lanzas jinetas», y en las aberturas por donde pasaba el agua había «puentes de muy anchas y muy grandes vigas juntas y recias y bien labradas». Esos puentes se podían quitar, y Cortés entendió enseguida lo que eso significaba: «quitadas las puentes de las entradas y salidas, nos podrían dejar morir de hambre sin que pudiésemos salir a la tierra».2 La calzada era camino, dique y muralla a la vez. Otros pueblos de Mesoamérica levantaron caminos parecidos sobre tierra firme: en el norte de Yucatán, el sacbé 1, una calzada maya de piedra que une Cobá con Yaxuná, mide 99 kilómetros según un levantamiento reciente con lidar.11

Esta es la idea que une todo lo que sigue. La laguna era camino, despensa y defensa, y ninguna ciudad podía tener agua dulce, comida y orden sin gobernar el agua de la cuenca entera. Acueductos, albarradón y chinampas fueron piezas de un mismo sistema, y en el mercado de Tlatelolco ese sistema se dejaba ver.

Todo por cuenta y medida

Lo primero que admiró Díaz en la plaza de Tlatelolco no fue la riqueza, sino el orden: «quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había, y del gran concierto y regimiento que en todo tenían».1 Luego hizo algo que pocos cronistas hicieron: recorrió los puestos uno por uno.

«Y los principales que iban con nosotros nos lo iban mostrando: cada género de mercaderías estaban por sí, y tenían situados y señalados sus asientos. […] Pasemos adelante y digamos de los que vendían frísoles y chía, y otras legumbres e yerbas, a otra parte; vamos a los que vendían gallinas, gallos de papada, conejos, liebres, venados y anadones, perrillos y otras cosas deste arte, a su parte de la plaza; digamos de las fruteras, de las que vendían cosas cocidas, mazamorreras y malcocinado, también a su parte; pues todo género de loza, hecha de mil maneras, desde tinajas grandes y jarrillos chicos, que estaban por sí aparte»
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. XCII (manuscrito de Guatemala, ed. Genaro García, 1904, t. I, pp. 287–288). Ortografía modernizada.

En esa lista está la cuenca entera: el frijol y la chía de las chinampas, los venados de los montes, los patos de la laguna, la loza de los pueblos alfareros. Hasta la laguna se vendía. Había pescaderas y otros que vendían «unos panecillos que hacen de uno como lama que cogen de aquella gran laguna, que se cuaja, y hacen panes dello, que tienen un sabor a manera de queso».1 Es el tecuitlatl; se ha sugerido que era la misma alga, la espirulina, que hoy se vende como alimento.

Díaz vio también que en ese mercado el valor se medía:

«Estaban otros muchos mercaderes, que según dijeron eran de los que traían a vender oro en granos como lo sacan de las minas, metido el oro en unos cañutillos delgados de los de ansarones de la tierra, e ansí blancos porque se pareciese el oro por de fuera; y por el largor y gordor de los cañutillos tenían entre ellos su cuenta, que tantas mantas o que xiquipiles de cacao valía, o qué esclavos o otra cualquiera cosa a que lo trocaban»
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. XCII (manuscrito de Guatemala, ed. Genaro García, 1904, t. I, p. 289). Ortografía modernizada. Xiquipil: carga de ocho mil granos de cacao.

Cortés fue más preciso, y es él quien lo dice con todas sus letras:

«Cada género de mercaduría se vende en su calle, sin que entremetan otra mercaduría ninguna, y en esto tienen mucha orden. Todo lo venden por cuenta y medida, excepto que fasta agora no se ha visto vender cosa alguna por peso. […] Hay en la dicha plaza otras personas que andan continuo entre la gente mirando lo que se vende y las medidas con que miden lo que venden, y se ha visto quebrar alguna que estaba falsa»
Hernán Cortés, Segunda carta de relación (30 de octubre de 1520), en Cartas y relaciones de Hernán Cortés al emperador Carlos V, ed. Pascual de Gayangos (París, 1866), p. 105. Ortografía modernizada.

La frase «por cuenta y medida» es de Cortés; Díaz describe el orden de los puestos, los «tres jueces, y otros como alguaciles ejecutores, que miraban las mercaderías», y la cuenta de los cañutillos de oro. Los dos coinciden: en Tlatelolco no se pesaba, pero todo se contaba y se medía con medidas vigiladas. Medir con justicia el maíz, el cacao o el oro también es ciencia. Los soldados que habían estado «en Constantinopla, e en toda Italia y Roma», dice Díaz, «dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto, y tamaña, e llena de tanta gente, no la habían visto».1

Un mercado así necesitaba una ciudad limpia, y Díaz cuenta algo que a sus lectores españoles les daba risa y que a mí me parece una de las páginas más modernas de su libro:

«También vendían muchas canoas llenas de yenda de hombres, que tenían en los esteros cerca de la plaza, y esto era para hacer sal o para curtir cueros, que sin ella dicen que no se hacía buena. Bien tengo entendido que algunos señores se reirán desto; pues digo que es ansí»
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. XCII (manuscrito de Guatemala, ed. Genaro García, 1904, t. I, p. 288). Ortografía modernizada. «Yenda»: excremento.

Los mexicas no echaban sus desechos a la laguna de la que comían y por la que navegaban: los recogían y les daban uso. Díaz solo habla de la sal y del curtido; se ha sugerido que parte de ese abono volvía a los campos. Pocas ciudades europeas de 1519 podían decir lo mismo.

Dos acueductos desde Chapultepec

El agua para beber llegaba de los manantiales de Chapultepec, en la orilla poniente. Díaz la vio correr desde lo alto del templo, y vio también que llegaba hasta el recinto sagrado: junto al gran cu había una alberca «muy limpia», y el agua entraba en ella «por caños encubiertos que venía de Chapultepeque».1

No hubo un solo acueducto, sino dos, uno después del otro y por la misma ruta.3 Se ha sugerido que el primero se comenzó hacia 1418, unos cien años antes de la caída de Tenochtitlan, y que era una obra de lodo, carrizo y troncos ahuecados, con un canal de barro apisonado sobre una cadena de islotes artificiales. Se ha sugerido también que la gran inundación de 1449 lo destruyó. El segundo siguió el mismo camino, pero ya de piedra y argamasa; los cronistas coloniales atribuyen su diseño a Nezahualcóyotl, el señor de Tetzcoco, en tiempos de Motecuhzoma Ilhuicamina, y se ha sugerido que funcionaba hacia 1466. Es el que vio Cortés, y el que mejor describió:

«Por la una calzada que a esta gran ciudad entra vienen dos caños de argamasa, tan anchos como dos pasos cada uno, y tan altos casi como un estado, y por el uno dellos viene un golpe de agua dulce muy buena, del gordor de un cuerpo de hombre, que va a dar al cuerpo de la ciudad, de que se sirven y beben todos. El otro, que va vacío, es para cuando quieren limpiar el otro caño, porque echan por allí el agua en tanto que se limpia; y porque el agua ha de pasar por las puentes, a causa de las quebradas por do atraviesa el agua salada, echan la dulce por unas canales tan gruesas como un buey, que son de la longura de las dichas puentes, y así se sirve toda la ciudad. Traen a vender el agua en canoas por todas las calles»
Hernán Cortés, Segunda carta de relación (30 de octubre de 1520), en Cartas y relaciones de Hernán Cortés al emperador Carlos V, ed. Pascual de Gayangos (París, 1866), p. 108. Ortografía modernizada.

Dos detalles. Un caño doble, para limpiar uno sin dejar a la ciudad sin agua, es la solución de alguien que ya vivió el problema. Y en los puentes, donde pasaba el agua salada, la dulce cruzaba por encima en canales «tan gruesas como un buey», y desde abajo los aguadores llenaban sus canoas para venderla por las calles. Agua dulce arriba, salada abajo, y la canoa como último tramo de la tubería: hasta el acueducto era parte de la laguna.

Mapa xilográfico coloreado de Tenochtitlan en medio de la laguna: la ciudad unida a tierra firme por calzadas rectas, el recinto sagrado en el centro, canoas en el agua y, en el borde inferior, una hilera de empalizadas dentro de la laguna
Tenochtitlan en el mapa impreso en Núremberg en 1524 con la edición latina de la Segunda carta de Cortés. Arriba, junto al acueducto, se lee en latín «Ex isto flumio conducunt aquam in civitatem» («de este río conducen el agua a la ciudad»); abajo, sobre una hilera de empalizadas, «Aggeres ad tutelam domorum a lacus fluctibus» («diques para proteger las casas de las olas de la laguna»). Traducción: Grok Bot (IA), revisada por Orlando Santos. Newberry Library, Chicago. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
Dibujo de un códice: un hombre con una coa trabaja junto al glifo de un cerro con un chapulín; sobre él, una cabeza de coyote; abajo, en un recuadro, el signo de un conejo
Códice Mexicanus, p. 68 (Bibliothèque nationale de France, Mexicain 23-24). Junto al glifo de Chapultepec, «cerro del chapulín», un personaje con la cabeza de coyote como nombre trabaja con una coa; se ha sugerido que es Nezahualcóyotl abriendo el acueducto en el año 13 conejo, 1466. Dominio público, vía Wikimedia Commons (original en Gallica).

Los arcos que todavía se ven en la avenida Chapultepec, cerca de la estación Sevilla del metro, no son mexicas. Son restos de un tercer acueducto, colonial, levantado en el siglo XVIII sobre la misma ruta.

El agua no duerme

La ciencia no avanza solo con aciertos. Hacia 1499, unos veinte años antes de la caída de Tenochtitlan, el tlatoani Ahuízotl quiso más agua, y no de Chapultepec, sino de los manantiales de Acuecuexco, en tierras de Coyoacán y Huitzilopochco, al sur.4 Es otra obra y otra historia. El señor de Coyoacán le advirtió que esa agua podía anegar la ciudad; Ahuízotl no lo escuchó y abrió el caño con grandes ceremonias. Fray Juan de Torquemada, que escribió un siglo después a partir de fuentes indígenas, cuenta lo que pasó:

«Pero muy poco después se arrepintieron, porque luego comenzó a crecer y a henchir la laguna […]; y viendo los mexicanos su daño levantaron el suelo de sus casas; pero no bastó el remedio, porque como el agua no duerme, ni suspende jamás su curso natural, iba creciendo a muy gran priesa y con muy gran pujanza, y llegó a término que ya no había calles en la ciudad por donde pudiesen andar por tierra»
Torquemada, Monarquía indiana, lib. II, cap. LXVII; ed. UNAM, vol. I, p. 266.

El agua no duerme: cualquier ingeniero hidráulico firmaría esa frase. Según Torquemada, Nezahualpilli, hijo de Nezahualcóyotl, ayudó a cerrar los manantiales. Para mí, la inundación de 1499 no fue un fracaso de la ciencia mexica, sino parte de ella: así se aprende cuánta agua aguanta una cuenca cerrada.

Un dique en medio de la laguna

El otro gran peligro era la crecida. La cuenca de México no tiene salida natural al mar, y el agua de las lluvias y de los ríos se queda en los lagos. Torquemada cuenta lo que pasó a los nueve años del reinado de Motecuhzoma Ilhuicamina, hacia 1449, y cómo el rey de México llamó en su ayuda a Nezahualcóyotl:

«Crecieron tanto las aguas de esta laguna mexicana, que se anegó toda la ciudad y andaban los moradores de ella en canoas y barquillas […]. Comenzaron la obra de la albarrada vieja, que cierto fue hecho muy heroico y de corazones valerosos intentarla, porque iba metida casi tres cuartos de legua el agua dentro y en partes muy honda, y tenía de ancho más de cuatro brazas y de largo más de tres leguas. […] Con que quedó la ciudad por entonces reparada, porque estorbó que el golpe de las aguas salobres no se encontrase con esotras dulces, sobre que estaba fundada la ciudad»
Torquemada, Monarquía indiana, lib. II, cap. XLVII; ed. UNAM, vol. I, p. 219.

Es el albarradón de Nezahualcóyotl. Corría de norte a sur, de Atzacoalco a Iztapalapa, y separaba las aguas dulces del poniente, donde estaba la ciudad, de las salobres del lago de Texcoco. «Más de tres leguas», dice Torquemada; se ha sugerido que medía unos 16 kilómetros. Las calzadas, con sus aberturas y compuertas, regulaban el nivel entre una parte y otra de la laguna; los grabadores de Núremberg dibujaron esos diques como una hilera de empalizadas.

Mapa moderno de la cuenca de México hacia 1519: los lagos de Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco; México-Tenochtitlan en una isla al poniente, sus tres calzadas y la línea del albarradón de Nezahualcóyotl de Atzacoalco a Iztapalapa
La cuenca de México hacia 1519, con los pueblos de la orilla, las tres calzadas de Tenochtitlan y el albarradón de Nezahualcóyotl entre Atzacoalco e Iztapalapa. Mapa: Sémhur, a partir de trabajos de Yavidaxiu e historicair, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Los mexicas conocían esa red lo bastante bien para usarla como arma. A comienzos de 1521, cuando Cortés atacó Iztapalapa, la gente del pueblo esperó a que los españoles entraran en las casas de la orilla y entonces, cuenta Díaz, que estaba allí, «soltaron las acequias de agua dulce y salada y abrieron una calzada, con que de presto se hinchió todo de agua».1 Quien puede hacer eso en el momento justo conoce su laguna como la palma de su mano.

Huertas sobre el agua

Aquí debo ser honesto: Bernal Díaz no menciona nunca las chinampas. Vio Xochimilco, «que es una gran ciudad, y toda la más della están fundadas las casas en la laguna de agua dulce», y en Iztapalapa entró en una huerta con «un estanque de agua dulce», donde «podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna, por una abertura que tenían hecha, sin saltar en tierra».1 Pero las parcelas levantadas dentro del agua no aparecen en su libro.

Las chinampas se construían en las lagunas de agua dulce del sur, Xochimilco y Chalco, con capas de lodo del fondo y de vegetación acuática, contenidas con estacas y cercas de carrizo. Sus bordes se fijaban plantando ahuejotes, unos sauces cuyas raíces amarran la tierra. Los canales entre ellas eran riego, drenaje y camino, y su lodo fértil se volvía a echar sobre la parcela, de modo que el suelo se renovaba sin agotarse.6 La descripción escrita más antigua que he podido comprobar es la del jesuita José de Acosta, publicada en Sevilla en 1590:5

«Los que no han visto las sementeras que se hacen en la laguna de México en medio de la misma agua, tendrán por patraña lo que aquí se cuenta, o cuando mucho creerán que era encantamento del Demonio […]. Mas en realidad de verdad es cosa muy hacedera, y se ha hecho muchas veces, hacer sementera movediza en el agua, porque sobre juncia y espadaña se echa tierra en tal forma que no la deshaga el agua, y allí se siembra, cultiva, crece y madura, y se lleva de una parte a otra»
José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias (Sevilla, 1590), lib. VII, cap. IX; ed. de Madrid, 1894, t. II. Ortografía modernizada.
Vista aérea de Xochimilco: canales de agua entre chinampas verdes y arboladas, con la ciudad al fondo
Canales y chinampas de Xochimilco desde el aire. Imagen: kinenriquez (Joaquín Enríquez), Pixabay (Licencia de contenido de Pixabay).

De la «sementera movediza» de Acosta viene la idea de los «jardines flotantes», pero las chinampas no flotaban: estaban ancladas con estacas y raíces; se ha sugerido que lo que Acosta vio mover fueron los almácigos. El sistema solo funcionaba con agua dulce y a nivel estable. Las chinampas dependían del albarradón y de las compuertas, y su cosecha llegaba a Tlatelolco en las mismas canoas que Díaz vio desde el templo: eran parte de una red, no una técnica aislada. Se ha sugerido que en las décadas antes de la caída de Tenochtitlan las chinampas del sur daban una parte importante del alimento de la ciudad; la proporción exacta sigue en debate.

Manos de muchos pueblos

¿Quién levantaba estas obras en una sociedad sin moneda acuñada? La comunidad. Cada calpolli, el barrio o grupo de familias con tierras en común, debía aportar trabajo por turnos para las obras públicas, una obligación que en náhuatl se llamaba coatequitl.7 Torquemada cuenta que en el albarradón a cada pueblo le tocó su parte de las estacas, a los tepanecas, a los de Coyoacán y a los xochimilcas, y que Nezahualcóyotl y Motecuhzoma «eran los primeros que ponían mano en esta obra».4 Se ha sugerido que en el albarradón trabajaron unos 20 000 hombres. Los tlacotin, personas en servidumbre, no fueron la base de estas obras. Era trabajo por turnos, sostenido con el tributo de los pueblos de la cuenca, parecido a la mit'a de los incas. Cortés vio otra cara de ese mundo del trabajo: en los mercados y lugares públicos de la ciudad había todos los días «muchas personas trabajadores y maestros de todos oficios, esperando quien los alquile por sus jornales».2 Los mismos pueblos que alimentaban a Tenochtitlan eran los que levantaban sus diques.

Lo que se rompió

Los invasores entendieron muy pronto que el agua era el corazón de la ciudad. En mayo de 1521, al comenzar el sitio, lo primero que hicieron fue cortarla. Díaz iba en esa columna:

«Acordamos que entrambas capitanías juntas fuésemos a quebralles el agua de Chapultepeque, de que se proveía la ciudad […]. Y desde que aquellos escuadrones estuvieron puestos en huida, les quebramos los caños por donde iba el agua a su ciudad, y desde entonces nunca fue a México entretanto que duró la guerra»
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. CL (manuscrito de Guatemala, ed. Genaro García, 1904, t. II, p. 70). Ortografía modernizada.

Cortés, en su Tercera carta, lo resume en una línea: uno de sus capitanes fue al nacimiento de la fuente y «cortó y quebró los caños, que eran de madera y de cal y canto».2 Era el segundo acueducto, el de Nezahualcóyotl. Y cuando la ciudad cayó, en agosto de 1521, lo primero que mandó Cortés fue que los vencidos la arreglaran:

«La primera cosa mandó Cortés a Guatemuz que adobasen los caños de agua de Chapultepeque, según y de la manera que solían estar, y que luego fuese el agua por sus caños a entrar en la ciudad de México»
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. CLVII (manuscrito de Guatemala, ed. Genaro García, 1904, t. II, p. 137). Ortografía modernizada.

Lo que Cortés pidió a Cuauhtémoc fue que los mexicas devolvieran a la ciudad su ciencia. Después de la caída de Tenochtitlan esas obras se fueron abandonando, la red de pueblos y canoas se deshizo, los lagos se fueron secando y la ciudad colonial sufrió inundaciones graves, como la de 1629. Díaz, ya viejo, lo advirtió al recordar Iztapalapa:

«En aquella sazón era muy gran pueblo, y que estaba poblada la mitad de las casas en tierra y la otra mitad en el agua, e agora en esta sazón está todo seco, y siembran donde solía ser laguna; está de otra manera mudado, que si no lo hubiera de antes visto, dijera que no era posible que aquello que estaba lleno de agua, que está ahora sembrado de maizales»
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. LXXXVII (manuscrito de Guatemala, ed. Genaro García, 1904, t. I, pp. 267–268). Ortografía modernizada.

Una ciencia americana del agua

Al este de Texcoco, al pie de la sierra, queda en pie uno de los pocos testigos visibles de esta ciencia: el acueducto de Tetzcotzinco, el cerro que Nezahualcóyotl convirtió en jardín, santuario y obra hidráulica. Según el INAH, el agua venía de manantiales de la sierra por canales sobre terraplenes que rellenaban el terreno entre las lomas para mantener el nivel; el tramo principal, entre los cerros Metécatl y Tetzcotzinco, mide unos 180 metros y alcanza 7 de altura en el centro.8 Se ha sugerido que Nezahualcóyotl comenzó la obra hacia 1455, unos sesenta y seis años antes de la caída de Tenochtitlan. También se ha sugerido que los acueductos del valle llevaban agua a más de un millón de personas; la cifra sigue en discusión.

Ladera seca de un cerro: una larga franja recta de terraplén baja hacia el valle, y más arriba se ven terrazas de piedra de la zona arqueológica
El acueducto de Tetzcotzinco, al este de Texcoco, visto desde los templos del segundo nivel. Foto: Martin Polanco (Nq04), CC BY 2.5, vía Wikimedia Commons.

Los mexicas no estaban solos. En los Andes, los incas fueron maestros del agua. En Tipón, cerca del Cusco, hay canales con una pendiente controlada con exactitud, caídas que bajan el riego de una terraza a otra sin salpicar y fuentes que todavía corren; la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles lo declaró en 2006 monumento histórico internacional de la ingeniería civil.9 En Moray, se ha sugerido que las terrazas circulares servían para ensayar cultivos a distintas temperaturas. Los mayas, en cambio, vivieron en tierras donde el agua escasea buena parte del año. En el norte de Yucatán casi no hay ríos, y la vida dependía de los cenotes y de los chultunes, depósitos excavados en la roca para guardar la lluvia. En Tikal levantaron grandes reservorios, y se ha sugerido que, en tiempos precoloniales, el del Corriental filtraba el agua de beber con zeolita y arena de cuarzo traídas de unos 30 kilómetros.10

Tres pueblos, tres problemas: en la cuenca de México sobraba agua salada; en los Andes, pendiente; en las tierras mayas faltaba lluvia. Y tres respuestas propias, nacidas de observar el agua durante generaciones. Por eso veo la ingeniería mexica como una ciencia propia dentro de una ciencia americana del agua: un proceso de descubrimiento hecho de observación, de pruebas y de errores como el de 1499. En Tenochtitlan esa ciencia unió a una cuenca entera: el agua dulce de Chapultepec, las canoas de los pueblos de la orilla, las chinampas del sur y un mercado donde todo se vendía por cuenta y medida.

Esa ciencia sigue viva. En Xochimilco, Tláhuac y Míxquic, la comunidad chinampera ha mantenido la técnica durante más de cinco siglos, a pesar de la Invasión y de la desecación de los lagos.

Canal de Xochimilco de aguas quietas que reflejan una hilera de altos ahuejotes bajo un cielo azul
Ahuejotes a la orilla de un canal de Xochimilco: los mismos sauces que fijan los bordes de las chinampas. Imagen: kinenriquez (Joaquín Enríquez), Pixabay (Licencia de contenido de Pixabay).

Notas

  1. Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, según el manuscrito de Guatemala, ed. Genaro García (México, Secretaría de Fomento, 1904): cap. LXXXVII (t. I, pp. 266–268), cap. XCII (t. I, pp. 287–296), cap. CXXXVIII (t. I, p. 486), cap. CXLV (t. II, p. 42; Xochimilco), cap. CL (t. II, p. 70) y cap. CLVII (t. II, p. 137); los tamemes, en el cap. LIX. Escaneos en archive.org: t. I y t. II. Ortografía modernizada en las citas. Cotejado con la ed. de Madrid, 1862 (Proyecto Gutenberg).
  2. Hernán Cortés, Segunda carta de relación (Segura de la Frontera, 30 de octubre de 1520), y Tercera carta de relación (Coyoacán, 15 de mayo de 1522), en Cartas y relaciones de Hernán Cortés al emperador Carlos V, ed. Pascual de Gayangos (París, 1866), pp. 102, 103 (entradas, puentes y bergantines), 105, 108–109 y 209, en archive.org. Gayangos anota que el caño que aún se reconocía en su tiempo venía por Churubusco; Cortés no nombra Chapultepec en el pasaje del acueducto.
  3. «Chapultepec aqueduct», Wikipedia (consultado el 19 de octubre de 2026), que cita a Frances F. Berdan, Aztec Archaeology and Ethnohistory (Cambridge University Press, 2014), pp. 78–79. Josefina García Quintana y José Rubén Romero Galván, México-Tenochtitlan y su problemática lacustre (México, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1978); Ángel Palerm, Obras hidráulicas prehispánicas en el sistema lacustre del Valle de México (México, INAH, 1973).
  4. Fray Juan de Torquemada, Monarquía indiana (Sevilla, 1615), lib. II, caps. XLVII y LXVII, ed. coordinada por Miguel León-Portilla (México, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1975), vol. I, pp. 219 y 265–266, en historicas.unam.mx. La fecha de 1499 viene de los Anales de Tlatelolco (año 7 ácatl) y de fray Diego Durán; véase «En 1499 Tenochtitlan se inundó», Arqueología Mexicana.
  5. José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias (Sevilla, 1590), lib. VII, cap. IX; ed. de Madrid, Ramón Anglés, 1894, t. II, en Proyecto Gutenberg.
  6. Pedro Armillas, «Gardens on Swamps», Science 174 (1971): 653–661; Teresa Rojas Rabiela (coord.), La agricultura chinampera: compilación histórica (Chapingo, Universidad Autónoma Chapingo, 1983).
  7. Ross Hassig, Trade, Tribute, and Transportation: The Sixteenth-Century Political Economy of the Valley of Mexico (Norman, University of Oklahoma Press, 1985); Pedro Carrasco, Estructura político-territorial del Imperio tenochca (México, FCE / El Colegio de México, 1996); Frances F. Berdan, Aztec Archaeology and Ethnohistory (2014); John V. Murra, La organización económica del Estado inca (México, Siglo XXI, 1978).
  8. INAH, «Tetzcotzinco», lugares.inah.gob.mx; «La suerte del Tetzcotzinco», Arqueología Mexicana (sobre el inicio de la obra en el Fuego Nuevo de 1455, según el Códice de Cuauhtitlan).
  9. Kenneth R. Wright, Tipon: Water Engineering Masterpiece of the Inca Empire (Reston, ASCE Press, 2006); American Society of Civil Engineers, «Tipon», asce.org.
  10. Vernon L. Scarborough et al., «Water and sustainable land use at the ancient tropical city of Tikal, Guatemala», PNAS 109 (2012): 12408–12413; Kenneth B. Tankersley et al., «Zeolite water purification at Tikal, an ancient Maya city in Guatemala», Scientific Reports 10 (2020): 18021.
  11. Traci Ardren, Scott R. Hutson, Travis W. Stanton, Patrick Rohrer y Justin P. Lowry, «Sacbe 1 and Classic Maya Urban Culture», Latin American Antiquity 37, n.º 1 (2026): 22–40, doi:10.1017/laq.2024.47: 99 072 m, con un ancho medio de 9,84 m. La primera medición es de Alfonso Villa Rojas, «The Yaxuna-Cobá Causeway» (Washington, Carnegie Institution, 1934), que dio unos 100 km.
Fuentes
  • Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera, caps. LXXXVII, XCII, CXXXVIII, CXLV, CL y CLVII: ed. Genaro García (México, 1904), manuscrito de Guatemala; ed. de Madrid, 1862 (Proyecto Gutenberg).
  • Hernán Cortés, Segunda carta (1520) y Tercera carta (1522), ed. Pascual de Gayangos (París, 1866).
  • Fray Juan de Torquemada, Monarquía indiana (1615), lib. II, caps. XLVII y LXVII (ed. UNAM, 1975).
  • José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias (1590), lib. VII, cap. IX.
  • Estudios modernos: véanse las notas 3 y 6 a 10.
  • Imágenes: canales y chinampas de Xochimilco, kinenriquez (Joaquín Enríquez), Pixabay (Licencia de contenido de Pixabay); José María Velasco, Valle de México desde el cerro de Santa Isabel (1875), MUNAL, dominio público; mapa de Tenochtitlan de Núremberg (1524), Newberry Library, dominio público; Códice Mexicanus, p. 68, BnF, dominio público; la cuenca de México hacia 1519, mapa de Sémhur, Yavidaxiu e historicair, CC BY-SA 4.0; acueducto de Tetzcotzinco, foto de Martin Polanco, CC BY 2.5. Imágenes de Commons vía Wikimedia Commons. Traducción del latín del mapa de Núremberg: Grok Bot (IA), revisada por Orlando Santos.
Anterior
Anterior

Albert Réville y el México antiguo

Siguiente
Siguiente

La cuarta carta de relación: la ciudad nueva sobre las ruinas (1524)