El Popol Vuh: el libro de la estera
El Popol Vuh: el libro de la estera
Los Gemelos Héroes, Hunahpú e Xbalanqué, semidioses centrales del Popol Vuh, el relato maya k'iche' de la creación escrito en Guatemala en el siglo XVI. Mosaico de Orlando Santos a partir de una pintura de Lacambalam (CC BY-SA 4.0), inspirada en una cerámica maya.
por Lewis Spence
Comentario de Orlando Santos · 14 de octubre de 2026
Breve biografía
James Lewis Thomas Chalmers Spence nació el 25 de noviembre de 1874 en Monifieth, junto al estuario del Tay, en Escocia [verificar: otras fuentes dicen Broughty Ferry]. Pasó por la Universidad de Edimburgo [verificar si se graduó; algunas reseñas dicen que empezó Odontología y la dejó] y acabó donde acaban muchos escoceses con más curiosidad que dinero: en una redacción. Fue subeditor de The Scotsman de 1899 a 1906, dirigió un año The Edinburgh Magazine (1904–1905) y pasó luego a The British Weekly en Londres (1906–1909). En 1899 se casó con Helen Bruce, que lo acompañó hasta su muerte en 1942.
Su pasión no estaba en las noticias del día sino en los dioses. Sin haber pisado nunca América, que se sepa [verificar], se enamoró de los mitos de México y de Centroamérica, y los leyó en Brasseur, en Ximénez, en Sahagún y en Brinton. De ese amor de biblioteca salieron este Popol Vuh (1908), The Myths of Mexico and Peru (1913) y The Gods of Mexico (1923). Fue miembro (Fellow) del Royal Anthropological Institute y vicepresidente de la Scottish Anthropological and Folklore Society.
Spence escribía sin descanso: más de cuarenta libros sobre mitos de Babilonia, Egipto, el Rin, Bretaña y las hadas escocesas, un Diccionario de mitología (1910) y una Enciclopedia del ocultismo (1920) que todavía se reimprime. Le fascinaba lo oculto, y no siempre supo dónde terminaba el estudio y dónde empezaba la fe. En los años veinte se lanzó a la Atlántida: The Problem of Atlantis (1924), Atlantis in America (1925) y una History of Atlantis, donde imaginó una civilización hundida que habría unido el Viejo y el Nuevo Mundo. La ciencia rechazó esas tesis casi por completo; un reseñista de The Geographical Journal lo resumió con elegancia: «aunque no logre convencer», había reunido las pruebas y escrito «un libro entretenido». En 1940 publicó incluso Occult Causes of the Present War, sobre las supuestas raíces ocultistas del nazismo.
Tenía también un corazón político. Escocés hasta la médula, escribió poesía en escocés y en 1926 [verificar] fundó el Scots National Movement, que se fundió después en el National Party of Scotland, antecesor del actual Partido Nacional Escocés. En la elección parcial de 1929 por Midlothian and Peebles Northern fue candidato nacionalista, el primero en disputar un escaño en Westminster [verificar], y perdió. Sus Collected Poems aparecieron en 1953. Murió en Edimburgo el 3 de marzo de 1955, a los 80 años, y está enterrado en el cementerio de Dean.
Scottish journalist, folklorist, poet, nationalist and occultist (1874–1955); a prolific popularizer of Mexican and Maya myth who never, as far as we know, set foot in the Americas.
Contexto del documento
El Popol Vuh es el libro de los k’iche’ de Guatemala: la creación del mundo, las aventuras de los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué en Xibalbá, la creación del hombre de maíz y la historia de los linajes reales. Lo escribieron en k’iche’, con alfabeto latino, señores de Santa Cruz del Quiché hacia 1554–1558, a partir de un libro antiguo que ya no podían mostrar. Hacia 1701–1703 fray Francisco Ximénez lo copió en Chichicastenango junto con una traducción al español; esa copia es la única que sobrevive y se guarda hoy en la Newberry Library de Chicago.
Spence lo publicó en 1908 en Londres, con David Nutt, en una colección de estudios populares de mitología [verificar el nombre y el número de la serie]. No es una traducción completa sino un resumen comentado de unas cuarenta páginas, hecho a partir de las versiones de Brasseur y de Ximénez. Él mismo lo dice en el prefacio: aún no existía ninguna traducción inglesa. Por eso sirve como puerta de entrada, no como texto definitivo.
Written in K’iche’ c. 1554–1558; known from Ximénez’s copy (c. 1701–1703, Newberry Library); Spence’s 1908 booklet is a summary, not a full translation.
Observaciones clave
1. Un resumen con opiniones
Spence cuenta la historia y la discute al mismo tiempo. Compara a Hurakán con los jotun escandinavos, a Xibalbá con el Hades y con las casas en los acantilados de Colorado, y el Popol Vuh con los poemas de Ossian. Es un lector de 1908, con el vocabulario de 1908: llama «salvajes» a los pueblos indígenas. Dejamos esas palabras tal cual porque son parte del documento.
2. Lo que el tiempo corrigió
Spence data el texto en el siglo XVII; hoy se sitúa a mediados del XVI, y lo de Ximénez es una copia de principios del XVIII. Pensaba que los jeroglíficos mayas no revelarían pronto su secreto; medio siglo después empezó su desciframiento gracias a la llave que había dejado Landa (véase nuestra glosa sobre Diego de Landa). Y su teoría de los toltecas que llevaron la civilización a los mayas ya no se sostiene.
3. Hurakán y el huracán
Spence relaciona al dios Hurakán con la palabra «huracán», de origen antillano (taíno). La relación entre ambos nombres sigue discutiéndose [verificar], pero la intuición de Spence, un dios del viento y del rayo emparentado con las tormentas del Caribe, todavía aparece en la bibliografía.
4. Sin Atlántida
Este libro es de 1908, antes de sus libros sobre la Atlántida. Aquí Spence defiende con firmeza que el Popol Vuh es una obra genuinamente indígena, una obra que ningún europeo de su tiempo habría podido componer «en un quiché impecable». En ese punto tenía toda la razón.
A summary with opinions; dated claims later corrected; the Hurakán–hurricane link; and, unlike his later Atlantis books, a firm defence of the text’s Indigenous origin.
El libro de la estera
Este sitio trata del papel y de los libros. El nombre mismo del Popol Vuh nos lleva a casa: pop es la estera donde se sentaba la comunidad, y vuh, dice Spence, es papel o libro. Un libro para leerse en voz alta, sentados juntos.
Los señores k’iche’ que lo escribieron con letras latinas sabían que el libro antiguo, el pintado, ya no podía verse. Lo salvaron cambiando de alfabeto. Ximénez lo copió, Scherzer y Brasseur lo publicaron, y un periodista escocés que nunca vio Guatemala lo puso por primera vez al alcance de los lectores de lengua inglesa.
The “Book of the Mat”: a book to be read aloud, together, saved by changing alphabets.
Cita clave
«No es asunto que deba dejarse a la iniciativa de particulares, sino que debería ocupar la atención de los gobiernos interesados; porque lo que hoy es mito, mañana suele ser historia».
“This is not a matter that should be left to the enterprise of individuals, but one which should engage the consideration of interested governments; for what is myth to-day is often history to-morrow.”
A continuación se reproduce la obra citada, traducida al español.
A continuación, el texto completo de The Popol Vuh (Londres: David Nutt, 1908) de Lewis Spence, traducido al español. Los números remiten a las notas a pie de página de Spence; las marcas N1–N5, a sus notas finales.
Texto completo: El Popol Vuh
Prefacio
El «Popol Vuh» es la mina mitológica más rica del Nuevo Mundo. Todavía no ha aparecido ninguna traducción suya al inglés, ni una traducción adecuada en ninguna lengua europea. Se le ha descuidado en cierta medida por las censuras irreflexivas lanzadas contra su autenticidad. Es probable que en Guatemala existan otros manuscritos además del que descubrió Ximénez y transcribieron Scherzer y Brasseur de Bourbourg. Así lo creía Brinton, y quien esto escribe comparte su opinión. Y antes de que sea demasiado tarde convendría recuperarlos, pues son los únicos testimonios de la fe de los constructores de las místicas ciudades arruinadas y desiertas de Centroamérica. No es asunto que deba dejarse a la iniciativa de particulares, sino que debería ocupar la atención de los gobiernos interesados; porque lo que hoy es mito, mañana suele ser historia.
Lewis Spence. Julio de 1908.
El Popol Vuh
No hay documento de mayor importancia para el estudio de la mitología precolombina de América que el «Popol Vuh». Es la fuente principal de nuestro conocimiento de la mitología del pueblo quiché de Centroamérica, y tiene además un considerable valor comparativo cuando se estudia junto con la mitología de los nahuatlacas, o pueblos mexicanos. Este interesante texto, cuya recuperación constituye uno de los episodios más novelescos de la bibliografía americana, fue escrito por un indígena cristianizado de Guatemala en algún momento del siglo XVII, y lo copió en lengua quiché, en la que se escribió originalmente, un fraile de la Orden de Predicadores, un tal Francisco Ximénez, que añadió además una traducción al español y unos escolios.
El abate Brasseur de Bourbourg, profundo estudioso de la arqueología y las lenguas americanas (cuyas interpretaciones evemeristas de los mitos mexicanos carecen de valor tanto como lo tienen, inapreciable, los materiales que desenterró), deploró en una carta al duque de Valmy1 la supuesta pérdida del «Popol Vuh», del que sabía que se había servido a comienzos del siglo XIX un tal don Félix Cabrera. El doctor C. Scherzer, erudito austriaco, advertido así de su valor, visitó la República de Guatemala en 1854 o 1855 y logró dar con el manuscrito perdido en la biblioteca de la Universidad de San Carlos, en la ciudad de Guatemala. Más tarde se averiguó que su escoliasta, Ximénez, lo había depositado en la biblioteca de su convento de Chichicastenango, de donde pasó a la biblioteca de San Carlos en 1830.
Scherzer hizo enseguida una copia de la traducción española del manuscrito, que publicó en Viena en 1856 con el título de «Las historias del origen de los indios de Guatemala, por el R. P. F. Francisco Ximénez». El abate Brasseur tomó también una copia del original, que publicó en París en 1861 con el título «Vuh Popol: Le Livre Sacré des Quichés, et les Mythes de l’Antiquité Américaine». En esta obra el original quiché y la traducción francesa del abate aparecen uno junto a otra. Por desgracia, tanto la traducción española como la francesa dejan mucho que desear en cuanto a exactitud, y las notas engañosas que las acompañan las hacen poco útiles.
El nombre «Popol Vuh» significa «Registro de la Comunidad», y su traducción literal es «Libro de la Estera», de la palabra quiché «pop» o «popol», estera o alfombra de juncos o corteza tejidos sobre la que se sentaba toda la familia, y «vuh» o «uuh», papel o libro, de «uoch», escribir. El «Popol Vuh» es un ejemplo de un género universal: un tipo de anales cuya primera parte es pura mitología, que poco a poco se funde con la pura historia, y pasa de los mitos heroicos de la saga al relato de los hechos de personajes auténticos. Puede, de hecho, clasificarse junto a la Heimskringla de Snorri, la Historia danesa de Saxo Grammaticus, la historia china de los Cinco Libros y el «Nihongi» japonés, y, en lo que toca a su cuarto libro, se parece un tanto a la Crónica picta.
La lengua en que se escribió el «Popol Vuh» fue, como se ha dicho, el quiché, dialecto de la gran lengua maya-quiché que en tiempos de la Conquista se hablaba desde los confines de México por el norte hasta los del actual Estado de Nicaragua por el sur; pero mientras que el maya se hablaba en Yucatán propiamente dicho y en el Estado de Chiapas, el quiché era la lengua de los pueblos de aquella parte de Centroamérica que hoy ocupan los Estados de Guatemala, Honduras y El Salvador, donde aún la usan los indígenas. Es totalmente distinta del náhuatl, la lengua del pueblo de Anáhuac o México, tanto en su origen como en su estructura, y sus afinidades con otras lenguas americanas son aún menos claras que las que existen entre los grupos eslavo y germánico. De esta lengua el «Popol Vuh» es prácticamente el único monumento; en todo caso, la única obra de un nativo del territorio donde se hablaba. Un dialecto emparentado, el cakchiquel, produjo los «Anales» de ese pueblo, conocidos también como «El libro de Chilan Balam», obra de interés puramente genealógico, que puede consultarse en la admirable traducción del difunto Daniel G. Brinton.
El pueblo quiché, en la época de su descubrimiento, que siguió inmediatamente a la caída de México, había perdido en parte aquella cultura característica de la raza maya, cuyos restos han despertado el asombro universal en las ruinas de las vastas ciudades desiertas de CentroaméricaN1. En una época no muy lejana a la Conquista, el gobierno antes centralizado de los pueblos mayas se había fragmentado en pequeños Estados y confederaciones que por su carácter recuerdan las ciudades-Estado de la Italia medieval. Con toda probabilidad, la civilización que poseían estos pueblos se la había traído una raza procedente de México, la de los toltecasN2, que les enseñó las artes de construir en piedra y de escribir en jeroglíficos, y que probablemente influyó de manera muy profunda en su mitología. Los toltecas, sin embargo, no estaban emparentados en modo alguno con los mayas, y con toda probabilidad fueron absorbidos rápidamente por ellos. Los mayas eran un pueblo señaladamente agrícola, y no es imposible que en su tierra se cultivara por primera vez la planta del maíz con el fin de obtener un suministro regular de cerealN3.
Tal era, pues, el pueblo cuya mitología produjo el cuerpo de tradiciones y de historia mítica conocido como «Popol Vuh»; y antes de pasar a considerar sus creencias, sus dioses y sus afinidades religiosas, convendrá resumir los tres libros que tratan de estas cosas, con toda la amplitud que permita el espacio, utilizando para ello tanto la traducción francesa de Brasseur como la española de Ximénez.
El Libro Primero
Sobre un universo envuelto en las tinieblas de una noche densa y primordial pasó el dios Hurakán, el viento poderoso. Gritó «tierra», y apareció la tierra firme. Los dioses principales celebraron consejo; eran Hurakán, Gucumatz, la serpiente cubierta de plumas verdes, y Xpiyacoc y Xmucané, los dioses madre y padre. Como resultado de sus deliberaciones fueron creados los animales. Pero el hombre aún no existía. Para suplir esa falta, los seres divinos resolvieron crear muñecos tallados en madera. Pero estos pronto incurrieron en el desagrado de los dioses, que, irritados por su falta de reverencia, resolvieron destruirlos. Entonces, por voluntad de Hurakán, el Corazón del Cielo, crecieron las aguas y vino un gran diluvio sobre los muñecos de madera. Se ahogaron, y del cielo cayó una resina espesa. El pájaro Xecotcovach les arrancó los ojos; el pájaro Camulatz les cortó la cabeza; el pájaro Cotzbalam devoró su carne; el pájaro Tecumbalam les quebró los huesos y los tendones y los molió hasta hacerlos polvo. Porque no habían pensado en Hurakán, se oscureció la faz de la tierra y empezó una lluvia torrencial que caía de día y de noche. Entonces toda clase de seres, grandes y pequeños, se juntaron para injuriar a los hombres en su cara. Hasta los utensilios de la casa y los animales se burlaban de ellos: sus piedras de moler, sus platos, sus tazas, sus perros, sus gallinas. Decían los perros y las gallinas: «Muy mal nos habéis tratado, y nos habéis mordido. Ahora os mordemos nosotros a vosotros». Decían las piedras de moler (metates2): «Mucho nos atormentasteis, y a diario, a diario, de noche y de día, era chirriar y rechinar, rechinar3, por vuestra causa. Ahora sentiréis nuestra fuerza, y molienda haremos de vuestra carne y harina de vuestros cuerpos». Y los perros reprochaban a los muñecos que no les hubieran dado de comer, y despedazaban con los dientes a las desdichadas figuras. Y las tazas y los platos decían: «Dolor y miseria nos disteis, ahumando nuestras bocas y costados, cociéndonos al fuego, quemándonos y lastimándonos como si no sintiéramos. Ahora os toca a vosotros, y os quemaréis». Corrían entonces los muñecos de aquí para allá, desesperados. Subían a los techos de las casas, pero las casas se desmoronaban bajo sus pies; intentaban trepar a las copas de los árboles, pero los árboles los arrojaban lejos de sí; buscaban refugio en las cavernas, pero las cavernas se cerraban ante ellos. Así se cumplió la ruina de esta raza, destinada a ser destruida. Y se dice que su descendencia son los monitos que viven en los bosques.
El mito de Vucub-Caquix
Tras esta catástrofe, cuando aún no se había repuesto del todo la tierra de la ira de los dioses, existía un hombre «lleno de soberbia», cuyo nombre era Vucub-Caquix. El nombre significa «Siete veces el color del fuego», o «Muy brillante», y lo justificaba el hecho de que su dueño tenía los ojos de plata, los dientes de esmeralda y otras partes de su cuerpo de metales preciosos. En su propia opinión, la existencia de Vucub-Caquix hacía innecesarias la del sol y la de la luna, y este egoísmo disgustó tanto a los dioses que resolvieron derribarlo. Sus dos hijos, Zipacná y Cabracán (el amontonador de tierra4 (?) y el terremoto), se ocupaban a diario, el uno en amontonar montañas y el otro en derribarlas, y también ellos incurrieron en la ira de los inmortales. Poco después de la decisión de las deidades, los dioses-héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué bajaron a la tierra con el propósito de castigar la arrogancia de Vucub-Caquix y de su progenie.
Tenía Vucub-Caquix un gran árbol de la especie que en Centroamérica se conoce como «nance» o «tapal», que da un fruto redondo, amarillo y aromático, y de este fruto dependía su sustento diario. Un día, al ir a tomarlo para su comida de la mañana, subió a la copa para escoger los mejores frutos, y descubrió con gran indignación que Hunahpú e Ixbalanqué se le habían adelantado y casi habían dejado el árbol sin fruto. Los dioses-héroes, escondidos en el follaje, añadieron entonces el daño al robo lanzándole a Vucub-Caquix un dardo con la cerbatana, que lo hizo caer desde la copa del árbol hasta el suelo. Se levantó lleno de furia, sangrando profusamente por una grave herida en la quijada. Hunahpú se arrojó entonces sobre Vucub-Caquix, que, con una cólera terrible, agarró al dios por el brazo y se lo arrancó del cuerpo. Se fue luego a su morada, donde le salió al encuentro, y lo interrogó con ansiedad, su esposa Chimalmat. Atormentado por el dolor de los dientes y de la quijada, en un exceso de rencor colgó el brazo de Hunahpú sobre un fuego ardiente, y luego se echó a lamentar sus heridas, consolándose, no obstante, con la idea de que se había vengado cumplidamente de los intrusos que se habían atrevido a turbar su paz.
Pero Hunahpú e Ixbalanqué no estaban dispuestos a dejarlo escapar tan fácilmente, y había que recuperar a toda costa el brazo de Hunahpú. Con ese fin consultaron a dos seres venerables en quienes reconocemos sin dificultad a las divinidades padre-madre, Xpiyacoc y XmucanéN4, disfrazados para la ocasión de hechiceros. Estos personajes acompañaron a Hunahpú e Ixbalanqué a la morada de Vucub-Caquix, a quien encontraron en un estado de intensa agonía. Los ancianos lo persuadieron de que se dejara operar para aliviar sus sufrimientos, y en lugar de sus dientes relucientes le pusieron granos de maíz. Luego le quitaron los ojos de esmeralda, tras lo cual le sobrevino pronto la muerte, como también a su esposa Chimalmat. Se recuperó el brazo de Hunahpú, se le volvió a fijar en el hombro, y todo acabó satisfactoriamente para los dioses-héroes.
Pero su misión aún no estaba cumplida. Quedaban por despachar los hijos de Vucub-Caquix, Zipacná y Cabracán. Zipacná accedió, a ruegos de cuatrocientos jóvenes instigados por los dioses-héroes, a ayudarles a transportar un árbol enorme destinado a viga maestra de una casa que estaban construyendo. Mientras les ayudaba, lo engañaron para que entrara en una gran zanja que habían cavado con el propósito de matarlo, y una vez que hubo bajado, sus traicioneros conocidos lo sepultaron bajo troncos de árbol, creyéndolo muerto. Pero él se refugió en un túnel lateral de la excavación, se cortó el pelo y las uñas para que las hormigas los llevaran a sus enemigos como señal de su muerte, esperó a que los jóvenes se emborracharan con pulque de alegría por su supuesta muerte y, saliendo entonces del foso, sacudió sobre sus cabezas la casa que los jóvenes habían construido encima de su cuerpo, de modo que todos perecieron entre sus ruinas.
Pero a Hunahpú e Ixbalanqué les dolió que hubieran perecido los cuatrocientos, y tendieron a Zipacná una trampa más eficaz. El cargador de montañas, que llevaba las montañas de noche, buscaba de día su sustento a la orilla del río, donde vivía de peces y cangrejos. Los dioses-héroes fabricaron un cangrejo artificial que pusieron en una cueva al fondo de un barranco profundo. El titán hambriento bajó a la cueva, en la que entró a gatas. Pero los hermanos divinos habían socavado una montaña vecina, y su mole se le vino encima. Así, al pie del monte Meaván, pereció el orgulloso «Hacedor de Montañas», cuyo cadáver se convirtió en piedra con la catástrofe.
De la familia de fanfarrones solo quedaba Cabracán. Los dioses-héroes lo encontraron en su pasatiempo favorito de derribar los cerros, y lo atrajeron hacia el oriente desafiándolo a derribar una montaña particularmente alta. Por el camino cazaron un pájaro con sus cerbatanas y lo envenenaron con tierra. Se lo dieron de comer a Cabracán. Después de comer el manjar envenenado le abandonaron las fuerzas, y como no logró mover la montaña, los dioses-héroes victoriosos lo ataron y lo enterraron.
El Libro Segundo
El misterio envuelve el comienzo del Libro Segundo del «Popol Vuh». El tema es el nacimiento y la familia de Hunahpú e Ixbalanqué, y el escriba da a entender que de la historia de su padre solo se contará la mitad. Xpiyacoc y Xmucané, las deidades padre y madre, tuvieron dos hijos, Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, el primero de los cuales era, hasta donde puede colegirse, un personaje bisexual. Tuvo con una esposa, Xbaquiyaló, dos hijos, Hunbatz y Hunchouén, hombres llenos de sabiduría y de genio artístico. Todos ellos eran aficionados al recreo de los dados y del juego de pelota, y un espectador de sus pasatiempos era Voc, el mensajero de Hurakán. Muerta Xbaquiyaló, Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, dejando atrás a los hijos del primero, jugaron una partida de pelota que en su curso los llevó a las cercanías del reino de Xibalbá (el inframundo). Llegó esto a oídos de los monarcas de aquel lugar, Hun-Camé y Vucub-Camé, quienes, tras consultar a sus consejeros, desafiaron a los forasteros a un juego de pelota con el propósito de vencerlos y deshonrarlos.
Para ello despacharon a cuatro mensajeros en forma de búhos. Los hermanos aceptaron el desafío, tras una conmovedora despedida de su madre Xmucané y de sus hijos y sobrinos, y siguieron a los heraldos emplumados por la empinada bajada a Xibalbá desde el juego de pelota de Ninxor Carchah5. Tras un ominoso cruce de un río de sangre llegaron a la residencia de los reyes de Xibalbá, donde sufrieron la humillación de confundir con los monarcas a dos figuras de madera. Invitados a sentarse en el asiento de honor, descubrieron que era una piedra al rojo vivo, y las contorsiones que les provocó la burla, tan bien lograda, causaron un regocijo sin límites entre los xibalbanos. Luego los arrojaron a la Casa de la Oscuridad, donde fueron sacrificados y enterrados. La cabeza de Hun-Hunahpú, sin embargo, fue colgada de un árbol, que pronto se cubrió de jícaras entre las que era casi imposible distinguir el sangriento trofeo. A todos en Xibalbá se les prohibió el fruto de aquel árbol.
Pero una persona en Xibalbá había resuelto desobedecer el mandato. Era la princesa virgen Ixquic (Sangre), hija de Cuchumaquic, que fue sola al lugar. De pie bajo las ramas, contemplando el fruto, la doncella extendió la mano, y la cabeza de Hun-Hunahpú le escupió en la palma. La saliva la hizo concebir, y volvió a su casa, asegurada por la cabeza del dios-héroe de que no le sobrevendría daño alguno. Esto se hizo por orden de Hurakán, el Corazón del Cielo. A los seis meses su padre se dio cuenta de su estado y, a pesar de sus protestas, los mensajeros reales de Xibalbá, los búhos, recibieron orden de matarla y volver con su corazón en un vaso. Ella, sin embargo, escapó sobornando a los búhos con espléndidas promesas para el futuro, para que la perdonaran y pusieran en lugar de su corazón la savia coagulada del árbol de sangre.
En su apuro, Ixquic fue a buscar protección a la casa de Xmucané, que ahora cuidaba de los jóvenes Hunbatz y Hunchouén. Xmucané no quiso creer al principio su relato. Pero Ixquic invocó a los dioses e hizo un milagro recogiendo un cesto de maíz donde no crecía el maíz, y así se ganó su confianza.
Poco después Ixquic fue madre de dos gemelos, los héroes del Libro Primero, Hunahpú e Ixbalanqué. Estos no hallaron gracia a los ojos de Xmucané, su abuela. Sus llantos infantiles despertaron la ira de la venerable anciana, que la descargó sobre ellos echándolos de la casa. Pronto se hicieron, sin embargo, a la vida al aire libre, y llegaron a ser grandes cazadores, diestros en el uso de sus cerbatanas, con las que cazaban pájaros y otros animales menores. Los malos tratos que recibían de Hunbatz y Hunchouén los movieron al fin a tomar represalias, y quienes les habían amargado la vida fueron castigados: los niños divinos los convirtieron en monos. A la venerable Xmucané, llena de pena por la metamorfosis y la huida de sus desventurados nietos, que habían alegrado su casa con sus cantos y su flauta, se le dijo que podría volver a ver sus caras si lograba hacerlo sin perder la seriedad, pero sus cabriolas y muecas le causaron tal regocijo que en tres ocasiones no pudo contener la risa, y los hombres-mono no volvieron a aparecer. Hunahpú e Ixbalanqué se hicieron entonces músicos consumados, y una de sus tonadas favoritas era la de «Hunahpú qoy», el «mono de Hunahpú».
Los gemelos divinos tenían ya edad para trabajar en el campo, y su primera tarea fue desmontar una milpa o sementera de maíz. Poseían herramientas mágicas que tenían la virtud de trabajar solas mientras los jóvenes cazadores andaban de caza, y el primer día les resultaron un sustituto excelente de su propia presencia. Al volver de cazar por la noche, se untaban de tierra la cara y las manos para que Xmucané creyera que habían trabajado duro en la milpa. Pero durante la noche las fieras se reunían y volvían a poner en su sitio todas las raíces y matorrales que los hermanos —o más bien sus herramientas mágicas— habían quitado. Los gemelos resolvieron acecharlas la noche siguiente, pero a pesar de todos sus esfuerzos los animales lograron escapar, salvo uno, la rata, que quedó atrapada en un pañuelo. El conejo y el venado perdieron la cola al huir. La rata, agradecida de que le perdonaran la vida, les contó las gloriosas hazañas de sus grandes padres y tíos, sus partidas de pelota, y la existencia de un juego de los implementos necesarios para jugar, que habían dejado en la casa. Los encontraron, y fueron a jugar al juego de pelota de sus padres.
No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que Hun-Camé y Vucub-Camé, los príncipes de Xibalbá, los oyeran jugar y decidieran atraerlos al inframundo como habían atraído a sus padres. Despacharon mensajeros a la casa de Xmucané, quien, llena de alarma, envió a un piojo a llevar el mensaje a sus nietos. El piojo, queriendo llegar más deprisa hasta los hermanos, consintió en que se lo tragara un sapo, al sapo una serpiente y a la serpiente el gran pájaro Voc. Los demás animales se fueron liberando unos a otros; pero, a pesar de todos sus esfuerzos, el sapo no pudo librarse del piojo, que le había jugado una mala pasada alojándose en sus encías y no había sido tragado en absoluto. El mensaje, con todo, fue entregado, y los jugadores volvieron a casa a despedirse de su abuela y de su madre. Antes de partir, cada uno plantó una caña en medio de la casa, que habría de dar noticia de su suerte a quienes quedaban, pues se secaría si les ocurría alguna desgracia mortal.
Siguiendo el camino que habían seguido sus padres, pasaron el río de sangre y el río Papuhyá. Pero enviaron por delante, como avanzada, a un animal llamado Xan, con orden de pinchar a todos los xibalbanos con un pelo de la pierna de Hunahpú, descubriendo así cuáles de los moradores del inframundo eran de madera —aquellos ante quienes sus padres se habían inclinado sin saberlo como ante hombres— y averiguando además los nombres de los demás por sus preguntas y explicaciones al ser pinchados. Así, al llegar a la corte de Xibalbá no saludaron a los muñecos ni se sentaron en la piedra al rojo vivo. Incluso salieron indemnes de la primera prueba de la Casa de la Oscuridad. Los xibalbanos estaban furiosos, y su ira no se aplacó en absoluto al verse vencidos en el juego de pelota al que habían desafiado a los hermanos. Entonces Hun-Camé y Vucub-Camé ordenaron a los gemelos que les trajeran cuatro ramilletes de flores, pidiendo a los guardianes de los jardines reales que vigilaran con el mayor cuidado, y encerraron a Hunahpú e Ixbalanqué en la «Casa de las Lanzas» —la segunda prueba—, donde se ordenó a los lanceros que los mataran. Los hermanos, sin embargo, tenían a su disposición un enjambre de hormigas, que entraron en los jardines reales para el primer encargo, y lograron sobornar a los lanceros. Los xibalbanos, blancos de furia, ordenaron que a los búhos, guardianes de los jardines, se les partieran los labios, y mostraron de otras maneras su ira por esta tercera derrota.
Vino luego la tercera prueba, en la «Casa del Frío». Allí los héroes escaparon de morir congelados calentándose con piñas encendidas. En la cuarta y la quinta pruebas tuvieron igual fortuna, pues pasaron sin daño una noche en la «Casa de los Tigres» y otra en la «Casa del Fuego». Pero en la sexta prueba les sobrevino la desgracia, en la «Casa de los Murciélagos»: Camazotz, «Señor de los Murciélagos», apareciendo de pronto desde arriba, cortó la cabeza de Hunahpú.
La decapitación de Hunahpú no parece, sin embargo, haber tenido un desenlace fatal, pero por lo ininteligible del texto en este punto es imposible averiguar de qué modo sanó de herida tan mortal. A este episodio sigue una reunión de todos los animales y otra contienda en el juego de pelota, tras la cual los hermanos salieron ilesos de todas las pruebas de los xibalbanos.
Pero para asombrar aún más a sus «anfitriones», Hunahpú e Ixbalanqué confiaron a dos hechiceros llamados Xulú y Pacam que los xibalbanos habían fracasado porque los animales no estaban de su parte, y, tras indicarles qué hacer con sus huesos, se tendieron sobre una pira funeraria y murieron juntos. Sus huesos fueron molidos hasta hacerlos polvo y arrojados al río, donde se hundieron y se transformaron en jóvenes. Al quinto día reaparecieron como hombres-peces, y al sexto en figura de viejos andrajosos, bailando, quemando casas y restaurándolas, matándose y devolviéndose la vida el uno al otro, entre otros prodigios. Los príncipes de Xibalbá, al saber de su habilidad, les pidieron que mostraran sus poderes mágicos, y así lo hicieron, quemando el palacio real y restaurándolo, matando y resucitando al perro del rey, y despedazando a un hombre y devolviéndolo a la vida. Los monarcas de Xibalbá, ansiosos de experimentar la nueva sensación de una muerte temporal, pidieron que los mataran y los resucitaran. Fueron muertos al punto, pero los hermanos se abstuvieron de resucitar a sus archienemigos.
Revelando sus verdaderos nombres, los hermanos procedieron a castigar a los príncipes de Xibalbá. Se les prohibió el juego de pelota, habrían de hacer trabajos serviles y solo tendrían por vasallos a las bestias del bosque. Después de esto parecen alcanzar una dudosa distinción como deidades o demonios infernales. Se les describe como belicosos, feos como búhos, inspiradores del mal y la discordia. Llevaban la cara pintada de blanco y negro para mostrar su naturaleza desleal.
Xmucané, esperando en casa a los hermanos, se llenaba alternativamente de alegría y de pena según las cañas reverdecían o se marchitaban, conforme a la suerte cambiante de sus nietos. Estos jóvenes se ocupaban en Xibalbá de rendir los debidos honores fúnebres a su padre y a su tío, que subieron entonces al cielo y se convirtieron en el sol y la luna, mientras que los cuatrocientos jóvenes muertos por Zipacná se convirtieron en las estrellas. Así concluye el libro segundo.
El Libro Tercero
El comienzo del libro tercero encuentra a los dioses otra vez en consejo. En la oscuridad deliberan sobre la creación del hombre. El Creador y el Formador hicieron cuatro hombres perfectos. Estos seres fueron creados enteramente de maíz amarillo y blanco. Sus nombres eran Balam-Quitzé (Tigre de la Dulce Sonrisa), Balam-Acab (Tigre de la Noche), Mahucutah (El Nombre Distinguido) e Iqui-Balam (Tigre de la Luna). No tuvieron padre ni madre, ni los hicieron los agentes ordinarios de la obra de la creación. Su creación fue un milagro del Formador6.
Pero Hurakán no quedó del todo satisfecho con su obra. Estos hombres eran demasiado perfectos. Sabían demasiado. Por eso los dioses celebraron consejo sobre cómo proceder con el hombre. No debían llegar a ser como dioses (nótese aquí la influencia cristiana). Acortemos ahora su vista para que solo puedan ver una parte de la tierra y se den por contentos, dijeron los dioses. Entonces Hurakán sopló una nube sobre sus ojos, que quedaron en parte velados. Luego los cuatro hombres durmieron, y fueron hechas cuatro mujeres, Caha-Paluna (Agua que Cae), Chomihá (Agua Hermosa), Tzununihá (Casa del Agua) y Caquixahá (Agua de las Guacamayas o Loros), que fueron las esposas de los hombres en el mismo orden en que se mencionaron arriba.
Estos fueron los antepasados de los quichés solamente. Luego fueron creados los antepasados de otros pueblos. Ignoraban el modo de rendir culto, y alzando los ojos al cielo rogaban al Creador, al Formador, por vidas pacíficas y por el regreso del sol. Pero no vino el sol, y se inquietaron. Así que partieron hacia Tulán-Zuivá, o las Siete Cuevas, y allí se les dieron dioses: a cada hombre, como cabeza de un grupo de la raza, un dios. Balam-Quitzé recibió al dios Tohil. Balam-Acab recibió al dios Avilix, y Mahucutah al dios Hacavitz. Iqui-Balam recibió un dios, pero como no tenía familia, su dios no se tiene en cuenta en la mitología indígena.
Los quichés empezaron entonces a sentir la falta del fuego, y el dios Tohil, creador del fuego, les proporcionó este elemento. Pero poco después una lluvia poderosa apagó todos los fuegos de la tierra. Tohil, sin embargo, renovaba siempre la provisión. Y el fuego era en aquellos días la necesidad principal, porque aún no había sol.
Tulán fue un lugar de desgracia para el hombre, pues no solo padeció frío y hambre, sino que allí se le confundió el habla de tal modo que los cuatro primeros hombres ya no podían entenderse. Resolvieron dejar Tulán y, guiados por el dios Tohil, partieron en busca de una nueva morada. Anduvieron errantes entre innumerables penalidades. Muchas montañas tuvieron que subir, y un largo paso que hacer a través del mar, que se dividió milagrosamente para su viaje de orilla a orilla. Llegaron por fin a una montaña a la que llamaron Hacavitz, por uno de sus dioses, y allí descansaron, porque se les había dicho que allí verían el sol. Y apareció el sol. Animales y hombres se llenaron de júbilo. Todos los cuerpos celestes quedaron entonces establecidos. Pero el sol no era como es hoy. No era fuerte, sino como reflejado en un espejo.
Al salir él, los tres dioses tribales se convirtieron en piedra, como también los dioses —probablemente tótems— relacionados con los animales salvajes. Entonces se levantó la primera ciudad quiché.
Con el paso del tiempo los primeros hombres envejecieron y, impulsados por visiones, empezaron a ofrecer sacrificios humanos. Con ese fin asaltaban las aldeas de los pueblos vecinos, que tomaron represalias. Pero con la ayuda milagrosa de una horda de avispas y avispones, los quichés derrotaron por completo a sus enemigos. Y los extraños quedaron como tributarios suyos.
Se acercaba ya la hora de la muerte de los primeros hombres, y llamaron a sus descendientes para que escucharan sus últimos consejos. En la angustia de su corazón cantaron el Kamucú, el canto «Vemos», que habían cantado cuando por primera vez se hizo la luz. Luego se despidieron de sus esposas y de sus hijos, uno por uno. Y de pronto ya no estaban. Pero en su lugar quedó un gran envoltorio, que nunca se desenvolvió. Y se le llamó la «Majestad Envuelta». Y así murieron los primeros hombres de los quichés.
El Libro Cuarto
El Libro Cuarto nos trae hasta lo que presumiblemente es historia. Decimos «presumiblemente» porque solo contamos con el escueto testimonio del «Popol Vuh». Podemos observar en él la evolución del pueblo quiché desde un estado de sociedad relativamente sencillo y pastoril hasta una condición política de considerable complejidad. Este relato de los periodos posteriores es sumamente confuso, y como los nombres de muchos de los monarcas quichés son los mismos que los de los dioses, a menudo es difícil distinguir entre saga e historia. Conflictos interminables son el tema de la mayor parte de este libro, y cuando el transcriptor llegó al capítulo duodécimo parece haberse cansado de su trabajo y haber decidido concluir con una lista genealógica de los reyes quichés. Traza aquí las genealogías de las tres casas reales de Cavec, Nihaib y Ahau-Quiché. El estado de transición y de turbulencia en que estuvo el país durante muchos años después de la conquista debió de favorecer la desaparición de registros indígenas de toda clase, y nuestro autor no parece haber estado tan versado en la historia de su país inmediatamente anterior a su propia época como lo estaba en su mitología y sus leyendas. Según una tradición que refiere don Domingo Juarros en su «Compendio de la historia de la ciudad de Guatemala», los toltecas emigraron de las cercanías de Tula, en México, por mandato de un oráculo, a consecuencia del gran aumento de la población en el reinado de Nimaquiché, quinto rey de los toltecas. «En hacer este viaje gastaron muchos años y padecieron trabajos extraordinarios». A Nimaquiché le sucedió su hijo Acxopil, de quien descendía Kicab Tanub, contemporáneo de Moctezuma II. Esto no concuerda en absoluto con el relato del «Popol Vuh».
La cosmogonía del «Popol Vuh»
La cosmogonía del «Popol Vuh» muestra muchos indicios de influencia cristiana, pero sería del todo erróneo deducir que tal influencia fue de naturaleza directa; es decir, que el compilador indígena infundió deliberadamente en la narración original los rasgos sobresalientes de la cosmogonía cristiana, que sin duda le eran del todo familiares. El parecido que se advierte entre los primeros capítulos del «Popol Vuh» y el mito de la creación del Génesis no es más fruto de un designio que la metamorfosis de los guerreros britónicos del rey Arturo en caballeros normandos a manos de los juglares. La inclusión de elementos evidentemente cristianos fue sin duda inconsciente. De un guatemalteco indígena criado en la fe cristiana cabía esperar, de hecho, una mezcla incongruente de cosmogonía cristiana y pagana como la que aquí nos ocupa.
Pero surge otra cuestión, más importante, en relación con los capítulos iniciales del «Popol Vuh», los que dan cuenta del mito quiché de la creación. Bajo el barniz de la cosmogonía bíblica, el mito original parece ser la suma de más de un relato indígena de la creación. Tenemos aquí varios seres, cada uno de los cuales parece ejercer de algún modo la función de creador, y de ello podría colegirse que el relato que tenemos delante resultó de la fusión y conciliación de más de una leyenda relacionada con la creación: una conciliación de antiguas creencias rivales. Nos sirven de guía en esto los hechos comprobados de una cosmogonía peruana compuesta. La casta gobernante inca soldó hábilmente nada menos que cuatro antiguos mitos de la creación, reservando para sus propios antepasados divinos la jefatura de los cielos. Y no es irrazonable creer que los diversos elementos étnicos de que sin duda se componía el pueblo maya-quiché poseían cosmogonías divergentes, que se conciliaron entre sí en las versiones tradicionales posteriores del «Popol Vuh».
Esto llevaría a suponer además que el «Popol Vuh» es un monumento de muy considerable antigüedad. La fusión de creencias religiosas es, aun entre salvajes, obra de muchas generaciones. Sería temerario intentar descubrir una fecha aproximada para la concepción original del «Popol Vuh». La única versión que poseemos es la que ahora examinamos, y como la falta de una versión anterior hace imposible la comparación, carecemos de la guía que sin duda nos darían los criterios de la filología. Es posible que la civilización maya fuera de muy considerable antigüedad, aunque no existe prueba adecuada de tal suposición. Esto es seguro: que en la época de la Conquista la lengua escrita estaba aún en transición de la etapa pictográfica a la fonético-ideográfica, y que por lo tanto ninguna versión del «Popol Vuh» fijada por haber recibido forma literaria pudo existir mucho tiempo. Es mucho más probable que existiera durante muchas generaciones transmitiéndose de boca en boca, forma de conservación literaria sumamente común entre los pueblos americanos. La memoria de los nativos de América era y sigue siendo motivo de asombro para todos los que entran en contacto con ellos. Los conquistadores se quedaron atónitos ante la facilidad con que los mexicanos recitaban poemas y discursos de longitud asombrosa, y constan numerosos casos de proezas mnemotécnicas de los indios.
Es digno de notarse que el mito quiché encarna la idea aborigen general de la creación que prevalecía en el Nuevo Mundo. En muchos de esos mitos, la idea central de la creación la proporciona un gran pájaro que empolla sobre el oscuro yermo primordial de las aguas. Así, los atabascanos creían que un cuervo poderoso, con ojos de fuego y alas cuyo batir era como el trueno, descendió al océano y levantó la tierra hasta su superficie7. Los muskogis creían que una pareja de palomas, rozando la superficie del abismo, divisó en ella una brizna de hierba que poco a poco se convirtió en tierra firme8. Los zuñis imaginaban que Awonawilona, el Padre de Todo, fecundó de tal modo las aguas que apareció en su superficie una espuma que se convirtió en la tierra y el cielo9. Los iroqueses decían que su antepasada, expulsada del cielo por su esposo airado, cayó sobre el mar, del que al punto surgió el lodo. Los mixtecos imaginaban que dos vientos —el de las Nueve Serpientes y el de las Nueve Cavernas—, bajo la apariencia de un pájaro y de una serpiente alada respectivamente, hicieron bajar las aguas y aparecer la tierra. Los guaymíes de Costa Rica contaban, según Meléndez, que Noncomala se metió en el agua y encontró a la ninfa de las aguas Rutbe, que le dio gemelos, el sol y la luna. En todos estos relatos, de naciones muy distintas, sorprende tal unanimidad de creencia; y si se tiene en cuenta la tenacidad de la leyenda, quizá no sea demasiado temerario afirmar la creencia en un mito americano original de la creación, que no parece menos posible si se recuerda la unidad étnica de las tribus americanas.
No es en modo alguno difícil probar satisfactoriamente el carácter genuinamente americano del «Popol Vuh». En su caso, leer es creer. Macpherson, en su prefacio a la primera edición de los poemas de Ossian, dice de un «caballero ingenioso» que antes de leer los poemas pensaba y comentaba que un hombre desconfiado de su propia capacidad bien podía atribuir estas composiciones a alguien que viviera en una remota antigüedad; pero que cuando los hubo leído cambió de opinión. Halló que abundaban demasiado en ideas propias tan solo de un estado primitivo de la sociedad para ser obra de un poeta moderno. Como quiera que esto se aplique a las supuestas composiciones del bardo gaélico, no cabe duda de que puede usarse con justicia respecto del «Popol Vuh». Para cualquiera que lo haya examinado con cuidado debe ser más que evidente que es una composición que ha pasado por varias etapas de desarrollo; que es indiscutiblemente de origen aborigen; y que solo ha recibido la influencia del pensamiento europeo de manera secundaria y no esencial. El mero hecho de que se compusiera en lengua quiché es casi prueba suficiente de su carácter genuinamente americano. La erudición del siglo XIX no estuvo a la altura de una traducción adecuada del «Popol Vuh»; el siglo XX no ha dado aún señales de poder lograrlo. No es difícil creer, por tanto, que si la erudición moderna es incapaz de traducir debidamente la obra, la del siglo XVIII fue incapaz de crearla; ningún europeo de aquella época estaba lo bastante versado en la teología y la historia quichés para componer en un quiché impecable una obra como el «Popol Vuh», que respira en cada línea un conocimiento íntimo y natural de las antigüedades de Guatemala.
El «Popol Vuh» no es la única obra de historia mítica compuesta por un aborigen americano. En México Ixtlilxóchitl, y en el Perú Garcilaso de la Vega, escribieron extensos tratados sobre la historia y las costumbres de sus compatriotas nativos poco después de las conquistas de México y del Perú, y los registros jeroglíficos, como el «Walam Olum», no son desconocidos entre los indios de Norteamérica. De hecho, la inteligencia que se niega a considerar el «Popol Vuh» una genuina producción aborigen ha de ser más escéptica que crítica.
Mitología quiché y mexicana
La relación de la mitología quiché y maya con la de México es evidente, pero no del todo probada. Es posible que las líneas principales de los tres sistemas fueran semejantes; que ciertas grandes deidades, como Gucumatz, fueran comunes a todos, pero que la inclusión de dioses locales diera un cariz muy distinto a las tres mitologías. Tampoco parece irrazonable suponer que el pueblo quiché estuviera más expuesto a influencias del sur, es decir, del norte de Sudamérica. La inclusión en su panteón de una deidad antillana (Hurakán) prácticamente prueba que así fue, y su relativa proximidad a los caribes —la gran raza marítima de América— lleva a suponer que pudieron recibir, en mayor o menor grado, la influencia de aquellos mercaderes y marinos errantes. Esto, sin embargo, solo puede ser materia de conjetura, y por fuertes que parezcan las probabilidades a favor de tal teoría, faltan pruebas que la refuercen.
El panteón del «Popol Vuh»
Hay que recordar que tratamos de mitología quiché y no de mitología maya. Aunque ambas tenían mucho en común, sería muy arriesgado, en el estado actual del conocimiento, intentar identificar las deidades quichés con las mayas; tal intento adquiriría, en efecto, las dimensiones de un tratado formidable. La erudición vacila hoy en designar las representaciones de los dioses mayas en los muros de las ciudades «sepultadas» de otro modo que con una letra del alfabeto, y por eso es prudente dejar enteramente de lado la cuestión de las afinidades mayas al tratar de mitos puramente quichés. Esto no se aplica a las afinidades quiché-mexicanas. Las deidades mexicanas y quichés son en su mayoría cantidades conocidas, pero no puede decirse lo mismo de sus congéneres mayas. La razón es que mientras el mito maya no se concilie con el testimonio de los monumentos mayas no puede alcanzarse certeza alguna. Esto difícilmente podrá lograrse hasta que los jeroglíficos mayas entreguen su secreto, eventualidad que no parece inminente. Teniendo esto presente, podemos pasar a considerar brevemente el panteón quiché y sus probables afinidades mexicanas.
Casi al principio encontramos una pareja de seres masculino-femeninos, de un tipo casi hermafrodita, llamados Xpiyacoc y Xmucané, a quienes se atribuye buena parte de la creación de la vida orgánica en la cosmogonía quiché. Estos, como recordaremos, aparecían en el mito de Vucub-Caquix y en otros lugares. El primero parece referirse a la función paterna, mientras que el nombre Xmucané deriva de palabras que significan «vigor femenino». Los equivalentes mexicanos de estos dioses fueron probablemente Cipactonal y Oxomoco, los «dioses padre y madre»10.
Las deidades que pronto llaman nuestra atención son Tepeu, Gucumatz y Hurakán. El nombre del primero significa «rey». Según Brinton, en quiché esto se refiere a la realeza principalmente en lo que toca a la potencia conyugal que los pueblos salvajes atribuyen a menudo a los monarcas. Es evidente que el nombre indica una facultad creadora, pero Brinton supone que este nombre genérico quiché de rey puede traducirse también por «sifilítico», tanto más cuanto que el nombre del dios solar mexicano Nanahuatl tiene un significado semejante.
Que Tepeu era una fuerza generadora, una deidad creadora, no cabe duda, pero, cosa bastante extraña, en ciertos pasajes del «Popol Vuh» lo encontramos rezando y rindiendo homenaje a Hurakán, el «Corazón del Cielo». Encontramos también a este último, junto con Xpiyacoc, Xmucané y Tepeu, responsable conjunta y separadamente de la creación de los muñecos, si no de todo el esquema cosmológico. Esto, desde luego, confirma la suposición de un origen compuesto del mito de la creación en el «Popol Vuh», pero no deja de ser extraño encontrar a Hurakán, a quien hemos de tener por deidad extranjera, a la cabeza de estos consejos olímpicos.
Gucumatz es uno y el mismo que el Quetzalcóatl nahuatlaca —o, hablando con más propiedad, tolteca—. El nombre se compone de dos palabras quichés que significan «Serpiente Emplumada», y su significado en náhuatl es exactamente el mismo. Sobre la naturaleza de esta deidad hay probablemente más diferencia de opiniones que en el caso de cualquier otra conocida por la mitología comparada. Cosa bastante extraña, aunque es sin duda un extranjero en la mitología de la rama azteca de los nahuatlacas, ocupa más lugar en los mitos de ese pueblo que en las leyendas de los quichés. Para los aztecas parece haber sido una especie de Baal medio amistoso, al que adorar o vilipendiar según el oportunismo de la fortuna nacional. Si hubiera que tratarlo aquí como su importancia exige, pronto se rebasarían los límites de esta monografía. Aunque sin duda era el mismo dios para mexicanos y quichés, había adquirido a ojos aztecas una significación del todo desproporcionada con su importancia quiché o maya. Para la mente azteca era un héroe civilizador, asociado inalterablemente al sol y a los orígenes de su civilización. Para los toltecas era el «Hombre del Sol», el viajero que, bastón en mano, simbolizaba el viaje diario del dios Sol. Con toda probabilidad, Quetzalcóatl surgió en suelo mexicano entre los toltecas, quizá tomado por ellos de algún culto más antiguo. Al menos lo adoraban con fervor las tribus aborígenes o preaztecas de Anáhuac. Escribe el señor Payne11: «El hecho de que el culto a Quetzalcóatl bajo el nombre de Kukulcán o Gucumatz estuviera muy extendido en Yucatán y Centroamérica, mientras que no se halla rastro del culto a Tezcatlipoca, sugiere con fuerza que los fundadores de los pueblos centroamericanos (los toltecas) eran, de hecho, devotos de Quetzalcóatl, que prefirieron el exilio y la aventura en tierras extrañas a aceptar una innovación religiosa que les resultaba intolerable».
Que Quetzalcóatl no era una deidad aborigen maya-quiché lo prueba la importancia relativa que le concedía un pueblo —el azteca— para el que era extranjero; y que lo consideraban el dios aborigen de Anáhuac por excelencia es indiscutible.
Hurakán, el poder creador alado, es el viento de la tempestad12. En el «Popol Vuh» se le designa «El Corazón del Cielo». Es paralelo, si no idéntico, a la deidad azteca Tezcatlipoca, a quien, en su variante de Yoalli-Ehécatl (el Viento de la Noche), los aztecas suplicaban como aliento de vida13. En otro lugar hemos insinuado que Tezcatlipoca pudo ser un dios del hielo14. El señor Payne ve en él una elaboración de la visión de la muerte en una piedra pulida de «adivinación», lo cual parece posible pero apenas probable. Hurakán derivó con toda probabilidad de una deidad original de las Antillas15. Se dice que el término «huracán» se originó del nombre de este dios, y aunque las pruebas directas son escasas, otras circunstancias sitúan la relación fuera de toda duda razonable. En el «Popol Vuh» se alude también a Hurakán como «La Serpiente Fuerte» y «El que arroja hacia abajo», en referencia a su presencia en el rayo. Brinton opina que el nombre Hurakán significa «gigante», pero la cadena de pruebas no es del todo convincente. Hurakán tenía la ayuda de tres demiurgos, llamados respectivamente Caculhá-Hurakán (rayo), Chipi-Caculhá (relámpago) y Raxa-Caculhá (huella del rayo).
Hunahpú e Ixbalanqué, que aparecen en el primer mito propiamente dicho —el de la destrucción de Vucub-Caquix—, son sin duda «de los dioses», pero parecen ser solo semidioses. Se alude a ellos constantemente como «jóvenes». Brasseur de Bourbourg, que veía en el mito de Vucub-Caquix la lucha entre los toltecas y los nahuatlacas invasores, creía que estos dioses-héroes eran equivalentes de Tezcatlipoca y Nanahuatl, pero el parecido parece existir solo en el carácter guerrero de las deidades, y apenas se advierte en otros detalles. Hunahpú parece significar «El Maestro», pero Brinton traduce el nombre como «Mago». Quizá admita una traducción conciliadora como «Adepto». Una variante es el nombre de su padre, Hun-Hunahpú, «Cada-uno-un-Mago», y en el mito de Vucub-Caquix se advierte cierta confusión entre ambos nombres; pero, como observa con tanta razón el abate Brasseur de Bourbourg, «estos nombres son de carácter tan simbólico que su elucidación absoluta es imposible». Ixbalanqué significa «Tigrito».
«Los dioses de los quichés eran legión», pero la lista anterior abarca prácticamente todas las deidades propiamente dichas de que hemos de ocuparnos en el «Popol Vuh».
El mito de Vucub-Caquix
El punto de interés más destacado del mito de Vucub-Caquix y sus dos hijos es su significación terrestre. Que eran de la tierra tan verdaderamente como los jotun de la mitología escandinava no cabe duda. Como los jotun o los titanes, Vucub-Caquix y su progenie están hechos de tierra, y el gigante padre es una representación viva de su superficie. Xpiyacoc y Xmucané le quitan los dientes de esmeralda y los sustituyen por granos de maíz: sin duda una interpretación mítica o alegoría de la remoción del césped verde y virgen de la tierra y su sustitución por la semilla del maíz. Es digno de notarse, además, que el maíz lo ponen en la boca de Vucub-Caquix seres divinos. En el libro tercero del «Popol Vuh» se dice que los dioses dieron el maíz al hombre. Lo trajeron, en efecto, del cielo a la tierra los animales sagrados.
Comentario al Libro Segundo
El Libro Segundo del «Popol Vuh» es el más interesante de los cuatro desde el punto de vista mitológico. No es improbable que trate de las relaciones de los quichés con el pueblo aborigen del territorio que después habitaron. Aunque la opinión de Brasseur de que Xibalbá fue un Estado prehistórico que tenía por capital a Palenque es una exageración de cualquier núcleo de verdad que pueda contener el mito, no es improbable que el abate, que tantas veces asombra sin iluminar, se haya acercado en este caso a la verdad. Las viviendas en los acantilados de México y de Colorado han suscitado en los últimos años especulaciones sobre los pueblos aborígenes o directamente prehistóricos de esas regiones. El «Popol Vuh» describe claramente Xibalbá como la metrópoli de un «inframundo»; y con ejemplos como el del cañón del Cliff Palace, en Colorado, a la vista, cuesta pensar que no se aluda a una morada semisubterránea de ese tipo. Allí se ha excavado la roca viva hasta una distancia considerable, aprovechando un enorme hueco natural para lograr una profundidad mayor de la que jamás podría haberse alcanzado por mano humana, y en esta inmensa alcoba aún pueden verse las ruinas de una verdadera ciudad, casi tan bien conservada como en los días en que fue abandonada, con sus torres, almenas y casas tan bien marcadas y tan claramente discernibles como las ruinas de Filé. No es, pues, irrazonable suponer que en una patria más septentrional los quichés guerrearan con una raza que habitaba algún lugar subterráneo de esa clase. La idea que un pueblo se hace del «otro mundo» suele estar teñida por la configuración de su propio país.
Una cosa es segura: Xibalbá no era un infierno, una morada de espíritus malos distinta de la de los dioses benéficos. El indio americano ignoraba la idea de deidades maléficas enfrentadas en guerra eterna contra dioses buenos y dadores de vida hasta que el contacto con los blancos tiñó su mitología con la idea de estos de la doble naturaleza de los seres sobrenaturales16. El transcriptor del «Popol Vuh» lo deja claro en lo que toca a la creencia quiché. Vagamente consciente de que por su intervención el «Popol Vuh» se había teñido con las opiniones de un cristianismo recién adoptado, dice de los señores de Xibalbá, Hun-Camé y Vucub-Camé: «En los tiempos antiguos no tenían mucho poder. No eran sino molestadores y adversarios de los hombres, y, en verdad, no se les tenía por dioses». Si no se les tenía por dioses, ¿qué eran entonces?
«Al demonio», dice Cogolludo de los mayas, «lo llaman Xibilbá, que quiere decir el que desaparece o se desvanece». La derivación de Xibalbá es de una raíz que significa «temer», de la que viene el nombre de fantasma o aparecido. Xibalbá era, pues, el Lugar de los Fantasmas. Pero no era el Lugar del Tormento, la morada de un demonio que presidiera el castigo. La idea del pecado es débil en la mente salvaje, y la idea del castigo del pecado en una vida futura es desconocida en la mitología americana precristiana.
«Bajo la influencia de la catequesis cristiana», dice Brinton, «las leyendas quichés pintan este lugar como un sitio de tormento, y a sus gobernantes como malignos y poderosos; pero, como ya he señalado, lo hacen protestando que tal no era la creencia antigua, y no dejan caer palabra alguna que muestre que se le considerara el destino de los moralmente malos. El significado original del nombre que da Cogolludo apunta inequívocamente al simple hecho de la desaparición de entre los hombres, y corresponde en su inocuidad al verdadero sentido de aquellas palabras temibles, Seol, Hades, Infierno, que todas significan oculto a la vista, y solo la imaginación de generaciones posteriores las dotó de asociaciones más sombrías».
La idea de relegar a un inframundo a los pueblos más antiguos que han sido desplazados de la tierra no es rara en la mitología. Los xibalbanos, o aborígenes, eran quizá moradores de cuevas o de la tierra, como los pictos del folclore escocés, gnómicos y llenos de tretas de duende, como suelen ser tales gentes. Los pueblos desaparecidos, además, suelen clasificarse con los muertos, o como señores de los muertos. Es bien sabido también que la leyenda cristaliza pronto en torno al nombre de una raza desposeída, a la que se atribuye toda clase de arte mágica. Esto se explica a veces por el hecho de que el pueblo desplazado poseía una cultura más alta que sus invasores, y a veces, probablemente, por el temor que todos los pueblos bárbaros sienten ante una religión que difiera en algo de la suya. Así, los noruegos atribuían a los finlandeses —sus predecesores en Noruega— tremendos poderes mágicos, y podrían multiplicarse fácilmente los ejemplos semejantes de timidez respetuosa mostrada por las razas invasoras hacia los habitantes originales del país que habían conquistado. Ser engañado lo considera el bárbaro una afrenta mortal, como atestigua la ira de Thor en Jotunheim, comparable a la susceptibilidad de Hunahpú e Ixbalanqué ante la posibilidad de ser burlados por los xibalbanos.
El saqueo de Xibalbá
Las hazañas de Hunahpú e Ixbalanqué en Xibalbá pueden considerarse o bien el relato quiché de las aventuras de dos verdaderos héroes en una tierra nueva, o bien la visita de seres divinos al Hades con el propósito expreso de vencer a la muerte. Pero para la época en que se formó el mito es probable que Xibalbá se hubiera confundido ya con el Lugar de los Muertos, y se la considerara escenario apropiado para los prodigios de astucia y valor de los jóvenes dioses-héroes. El Hades quiché había surgido, de hecho, de la antigua patria del norte, exactamente igual que el Mictlán mexicano, que, aunque era un lugar subterráneo, era también, y por separado, un país del norte. Se había establecido un Lugar de los Muertos completo, y los dioses, para mostrar su desprecio por la muerte, tenían que descender a él y salir triunfantes. La idea de la metempsicosis era conocida por la mente aborigen americana. «Nosotros los indios no moriremos para siempre; hasta los granos de maíz que ponemos bajo la tierra crecen y se vuelven cosas vivas», es la noble y conmovedora respuesta de un jefe a la pregunta de un hermano moravo sobre la creencia indígena en la inmortalidad17. El hombre necesita el ejemplo de los dioses si quiere vivir en paz y en la tranquila seguridad de la inmortalidad. Y así como nosotros creemos que nuestro Dios descendió a los infiernos y venció al Pecado y a la Muerte, así estas gentes sencillas cobraban fuerzas para afrontar la Eternidad con el pensamiento de que los Inmortales les habían precedido en el oscuro viaje.
Es evidente que los hermanos divinos temían el ridículo, y que, aprovechando la lección de los desastres de su padre y de su tío, se aseguraron de conocer los nombres de los principales xibalbanos antes de partir. Del mismo modo evitaron hacer reverencias a las figuras falsas ante las que sus predecesores se habían inclinado tan profundamente. El salvaje americano, grave y reservado, no soporta el ridículo. Lo rehúye de un modo que un pueblo menos pendiente de sí o más seguro de sí no puede comprender. Las demás pruebas —la «Casa de los Tigres», la «Casa del Frío» y los diversos tormentos que se mencionan en el Libro Segundo— son más o menos lo que cabría esperar de una idea bárbara de la muerte: no más horribles, quizá, que la idea europea del infierno en la Edad Media, y desde luego no más temibles que el cuadro de Dante.
Los pueblos americanos coinciden en su creencia en un paraíso, un Lugar de Gozo, si no de Recompensa. Su Hades parece haber estado reservado casi por completo a los que no tenían renombre. El paraíso, en algunas mitologías americanas, señaladamente en la de México y quizá en la del Perú, no es más que un coto de los grandes; los pobres no podían entrar en él, como tampoco podía el cobarde cruzar las puertas del Valhalla nórdico. Era, pues, hacia el Mictlán o el Supay hacia donde se volvía la mente popular. ¿Cómo veían los pueblos americanos esta lúgubre morada? Para entrar en ella había que cruzar un río profundo y rápido por un puente formado por un árbol delgado, dijeron los hurones y los iroqueses a los primeros misioneros. En este frágil paso el alma tenía que defenderse de los ataques de un perro feroz18. Los atabascanos chipewyan hablaban de una gran agua que el alma había de cruzar en una canoa de piedra; los chilenos, de un mar occidental donde había que pagar peaje a una vieja malvada, que arrancaba un ojo si no se le pagaba; los algonquinos, de un río sobre el que tendía su puente una serpiente enorme. Los aztecas llamaban a este río Chiconahuapan, los Nueve Ríos, donde los difuntos tenían que pagar peaje a un perro y a un dragón. Se recordará que los hermanos del «Popol Vuh» cruzan un río de sangre. Esto alude casi con certeza al océano bajo los rayos rojos del sol poniente, hacia el cual se hacen todos estos viajes.
Los dioses-héroes del mito sucumben voluntariamente al poder de los Señores de la Muerte, y tras ser quemados, sus huesos se muelen en un molino y se arrojan a las aguas. La creencia de que el alma residía en los huesos era casi universal en América. Los huesos eran la base del hombre. La carne perecía fácilmente, pero volvería a revestir este fundamento más duradero. Por eso en muchas tribus se conservaban con cuidado los huesos de los muertos. En todos los países centroamericanos los huesos de las personas distinguidas se conservaban en templos o casas de consejo, en los cofrecillos de caña que mencionan los cronistas de la expedición de Hernando de Soto. Este pudo ser también el origen de la momificación en el Perú. En Egipto había que conservar todos los miembros e intestinos; en el Perú, solo los huesos. El estado de desecación relativa en que se descubren la mayoría de las momias peruanas prueba que la conservación de la carne o de los órganos no se consideraba necesaria.
El juego de pelota ocupa un lugar muy grande a lo largo del Libro Tercero. El padre y el tío de los jóvenes dioses-héroes fueron vencidos por los xibalbanos en su deporte favorito, pero Hunahpú e Ixbalanqué vencen a su vez a los Señores del Inframundo. Este juego pudo parecerse al tlachtli mexicano, que se jugaba en un patio cerrado con una pelota de hule entre dos bandos opuestos, de dos o tres jugadores cada uno. No era, de hecho, muy distinto del hockey. Este juego de pelota entre los Poderes de la Luz y los Poderes de las Tinieblas recuerda un tanto al de Ormuz y Ahrimán en el mito persa. El juego del tlachtli tenía una referencia simbólica a los movimientos de los astros19.
Comentario al Libro Tercero
Nos ocupa aquí el problema que el origen del hombre planteaba a la mente quiché, y veremos que su solución guarda un notable parecido con la de otros mitos americanos semejantes. Rara vez oímos hablar de un solo ser creado en primer lugar. En los mitos de la creación del Nuevo Mundo suelen ser cuatro hermanos los progenitores del género humano. El hombre, en estos mitos, nace casi siempre de la tierra. Él y sus compañeros salen de alguna caverna o lugar subterráneo, ya crecidos y armados de todas armas. Así, los indios pies negros salieron de Nina-stahu, un pico de las Montañas Rocosas. En el centro de Nunne Chaha, el Cerro Alto, había una caverna, la casa del Señor del Aliento, de donde vinieron los choctaws. Los peruanos vienen de Pacaritambo, la Casa del Alba, cerca del Cuzco, y una antigua leyenda de los aztecas afirma que vinieron de Chicomóztoc, las Siete Cuevas, al norte de México.
Encontramos a los primeros hombres mayas pronto ocupados en migrar. Así ha de ser siempre la vida del salvaje sin asiento fijo y sin agricultura. Se multiplica. A cada tribu se le dan dioses. Estos los lleva consigo a un país nuevo. Tenemos, de hecho, un mito migratorio completo en el Libro Tercero del «Popol Vuh», y no faltan indicios de que esta migración se hizo del norte frío al sur cálido. La prueba principal en favor de tal teoría es, desde luego, la afirmación de que el sol «no había nacido al principio», y de que en una etapa posterior del viaje, cuando sus rayos aparecieron sobre el horizonte, les pareció a los errantes un astro más débil y más mortecino que en años posteriores. La alusión a la «arena brillante», con cuya ayuda cruzaban los ríos, puede significar que los vadeaban cuando estaban cubiertos de hielo. Todo el mito es tan sorprendentemente afín al mito migratorio azteca que recoge el manuscrito mexicano de la Colección Boturini (n.º 14, secc. VIII) que no podemos dejar de añadir un breve pasaje de este último:
«Este es el principio del registro de la venida de los mexicanos desde el lugar llamado Aztlán. Por el agua vinieron hacia acá, siendo cuatro tribus, y al venir remaban en barcas. Construyeron sus chozas sobre pilotes en el lugar llamado la Gruta de Quinevayan. De allí salieron las ocho tribus. La primera tribu es la de los huexotzincas, la segunda tribu los chalcas, la tercera los xochimilcas, la cuarta los cuitlahuacas, la quinta los malinalcas, la sexta los chichimecas, la séptima los tepanecas, la octava los matlatzincas. Allí fue donde se fundaron en Colhuacan. Fueron sus colonos desde que desembarcaron allí, viniendo de Aztlán... De allí se marcharon poco después, llevando delante al dios20 Huitzilopochtli, al que habían adoptado por su dios... Salieron de cuatro lugares cuando avanzaron viajando hacia acá... Allí las ocho tribus nos abrieron el camino por el agua».
Encontramos un mito semejante en el Walam Olum, o registros pintados de los indios lenape. «Después del diluvio», dice este registro, «los lenape, con los seres tortuga varoniles, moraban muy juntos en la casa-cueva y vivienda de Talli... Vieron que la tierra de la serpiente era luminosa y rica. Habiéndose puesto todos de acuerdo, pasaron sobre el agua del mar helado para poseer la tierra. Fue maravilloso cuando todos pasaron sobre la lisa y profunda agua del mar helado, en el paso del mar de la serpiente, en el gran océano»N5.
Vemos así que el Libro Tercero del «Popol Vuh» es una saga migratoria de un tipo no raro en América. Es posible que tribus asiáticas bajaran desde el Chi-Pixab del «Popol Vuh» hasta la Columbia Británica, y de allí, por etapas fáciles, hasta Centroamérica. Y el Libro Tercero del «Popol Vuh» puede ser el eco lejano de una poderosa ola de colonización cuyo sonido recorrió toda la superficie del Nuevo Mundo.
Los primeros autores españoles y el «Popol Vuh»
No puede decirse que los primeros autores españoles que escribieron sobre los asuntos de Yucatán corroboren o desacrediten en modo alguno el contenido del «Popol Vuh». Para empezar, Landa, Cogolludo y Las Casas se ciñen más a Yucatán propiamente dicho que a Guatemala, y sus observaciones sobre las creencias indígenas, en la medida en que ilustran en algo el «Popol Vuh», son en realidad referencias a mitos mayas. Palacios es escaso en sus referencias a cualquier creencia indígena, y las obras de los cuatro están tan teñidas por las fantasías de la teología medieval que, aunque interesantes, poseen poco valor real. En lo que arrojan luz sobre el «Popol Vuh», de hecho, podrían ignorarse sin riesgo, y solo se dan como obras de consulta en la bibliografía para que esta sea completa. Son, sin embargo, muy valiosas para el estudio de la mitología maya propiamente dicha, y para la comprensión cabal del «Popol Vuh» y de la mitología quiché en general es necesario conocer el mito maya.
Indicios de composición métrica
No faltan indicios de que, como la mayoría de las composiciones bárbaras cuya popularidad dependía de la facilidad con que podían memorizarse, el «Popol Vuh» se compuso originalmente en verso. Algunos pasajes aquí y allá muestran una clara tendencia métrica, como:
Ama x-u ch’ux ri Vuch
Ve, x-cha ri mama.
Ta chi xaquinic
Quate ta chi gekumarchic
Cahmul xaquin ri mama
Ca xaquin-Vuch» ca cha vinak vacamic.
que se traduce:
«¿Va a amanecer?
Sí, respondió el viejo.
Entonces abrió las piernas.
Otra vez apareció la oscuridad.
Cuatro veces abrió las piernas el viejo.
Ahora el tlacuache abre las piernas»,
dice la gente.21
El primer verso casi se mide en yambos (a la manera inglesa), y el quinto es perfecto, salvo por el truncamiento del cuarto pie. Los demás nos parecen consistir en esa alternancia de pies sostenidos —representados musicalmente por una redonda— con pirriquios, característica de casi toda la poesía de danza de los pueblos salvajes. El padre Coto, misionero, observa que los nativos eran aficionados a contar largas historias y a repetir cantos, llevando el compás en aquellas danzas de que todos los pueblos aborígenes americanos parecen haber gustado tanto —y todavía gustan, como ha descubierto recientemente el barón Nordenskjöld en el país aymara—. Estos cantos se llamaban nugum tzih, o «guirnaldas de palabras», y aunque el compilador indígena del «Popol Vuh» parece no haber podido recordar el ritmo exacto del conjunto, muchos pasajes atestiguan su carácter originalmente lírico.
Nota. La x del quiché se pronuncia como sh. La ch se pronuncia fuerte, como en el escocés «loch», y la c fuerte, como k.
Apéndice bibliográfico
Las diversas obras que contienen noticias del «Popol Vuh» y de las cuestiones afines de la mitología maya y quiché son de tan difícil acceso para la mayoría de los lectores que se ha creído mejor dividirlas en dos clases: (1) las que pueden comprarse con mayor o menor facilidad, y que son, naturalmente, de origen más reciente; y (2) las que no son fáciles de conseguir, y que, en términos generales, son obra de sacerdotes y colonos españoles de los siglos XVI, XVII y XVIII.
I
La obra sobre el tema más fácil de obtener, y en verdad la única que da el texto original quiché, es la del abate Brasseur de Bourbourg, «Vuh Popol: Le livre sacré des Quichés et les mythes de l’antiquité américaine». El texto quiché se tradujo al francés con ayuda de nativos, y la traducción es más o menos inexacta. El estudiante debe leer las notas y la introducción con la mayor cautela. Se publicó en París en 1861.
La traducción española del «Popol Vuh» de Ximénez y la de Gavarrete tienen aproximadamente igual valor: son bastante inexactas y van acompañadas de escasas notas. El título de la primera es «Las historias del origen de los indios de Guatemala, por el R. P. F. Francisco Ximénez» (Viena, 1856), y el de la segunda, «El Popol Vuh» (San Salvador, 1905). Con esto se agota la lista de obras escritas exclusivamente sobre el «Popol Vuh». Las demás obras de Brasseur y las de Brinton contienen alusiones más o menos numerosas a él, pero las referencias en las obras de referencia de mitología son sumamente raras. Las únicas otras obras que guardan relación con el tema son las que tratan de la mitología maya y quiché, o las que, entre otras materias, históricas o políticas, se refieren a él de algún modo. Las más importantes son:
- Dr. Otto Stoll, «Ethnographie der Republik Guatemala».
- —, «Ethnologie der Indianerstämme von Guatemala».
- Scherzer, «Die Indianer von Santa Catalina Istlavacan».
- Müller, «Geschichte der Amerikanischen Urreligionen» (1855).
- E. Förstemann, «Commentary on the Maya Manuscript in the Royal Public Library of Dresden». Traducción del alemán por S. Wesselhoeft y A. M. Parker (Universidad de Harvard, 1906).
- E. Seler, «Über den Ursprung der mittelamerikanischen Kulturen» (1902).
- —, «Ein Wintersemester in Mexico und Yucatan» (1903).
- —, «Codex Fejérváry-Mayer» (Berlín, 1901).
- P. Schellhas, «Representation of Deities of the Maya Manuscripts», traducción de S. Wesselhoeft y A. M. Parker (Cambridge, Mass., 1904).
- Cyrus Thomas, «The Maya Year», Washington, 1894.
- —, «Notes on Maya and Mexican Manuscripts».
- W. Fewkes, «The God ‘D’ in the Codex Cortesianus» (Washington, 1895).
Todas estas obras se refieren más o menos por entero a la mitología maya, y son valiosas sobre todo porque ilustran la relación entre las mitologías quiché y maya. Debe entenderse que esta no es una lista de obras sobre las antigüedades mayas, sino solo de aquellas obras que se refieren a la vez a la mitología maya y a la quiché.
El breve ensayo del difunto profesor Max Müller sobre el «Popol Vuh» tiene poco o ningún valor, salvo como alegato en favor de su autenticidad. Da poca o ninguna información sobre la obra y, en efecto, se ocupa principalmente de la autenticidad y la naturaleza de las pinturas de Norteamérica.
II
Las principales obras de los antiguos autores españoles que se refieren de algún modo a los mitos de los pueblos maya-quichés son:
- Las Casas, «Historia de las Indias» (1552).
- Cogolludo, «Historia de Yucathan» (1688).
- Diego de Landa, «Relación de las cosas de Yucatán» (traducida al francés y editada por Brasseur).
- Ximénez, «Escolios a las historias del origen de los indios» (hacia 1725).
- Palacios, «Descripción de la provincia de Guatemala» (en la colección de Ternaux-Compans).
- Juarros, «Historia de Guatemala».
Notas de Spence
Mucho absurdo se ha escrito sobre la antigüedad de las ciudades en ruinas de Centroamérica, y algunos autores no han vacilado en situar su fundación en una antigüedad junto a la cual los edificios predinásticos de Egipto parecerían muy recientes. Pero hoy se admite en general que fueron abandonadas no mucho antes de la era colombina. Véase la «Narrative and Critical History of America» de Winsor, cap. III, y las obras de Charnay, Maler, Maudslay y Gordon, para la opinión moderna sobre el tema; también las diversas monografías contenidas en los volúmenes más recientes del informe anual del Bureau of Ethnology de los Estados Unidos. Es seguro, sin embargo, que a varios sitios les corresponde una antigüedad muy respetable; y autoridades competentes no han vacilado en atribuir a algunas de las ruinas una edad no inferior a dos mil años.
Payne nos ha dejado muy claro que la sede original de los nahuatlacas (que incluían tanto a toltecas como a aztecas) estaba en la Columbia Británica (véase su «History of America», vol. II, p. 373 y ss.). Cree que allí ocupaban una posición al sur de la del tronco atabascano, y que fueron probablemente el primer pueblo del norte que entró en contacto con tribus que poseían la planta del maíz. El conocimiento de este alimento básico, infiere, se difundió rápidamente entre los pueblos del norte y los indujo a apresurar su colonización hacia el sur; pero no nos parece probable que esto fuera un incentivo para un pueblo salvaje y carnívoro, reacio a una vida de trabajo agrícola. Toda la cuestión de la migración prehistórica americana, y de la civilización gradual por el maíz de los pueblos que entraron en su zona, se trata de manera admirable en el vol. XIX de «The History of North America», de W. J. McGee y Cyrus Thomas (Filadelfia, George Barrie and Sons), publicado en marzo de 1908. El conocimiento contenido en esta obra es fruto del trabajo de toda una vida en el Bureau of Ethnology de los Estados Unidos, y sus sabios autores han producido sin duda un tratado monumental que harán falta muchas generaciones de investigación para superar, si es que tal cosa es posible.
Las autoridades sobre el asentamiento de los toltecas en Yucatán son el cronista tetzcocano Ixtlilxóchitl y Torquemada, que afirman ambos que los inmigrantes fueron a Campeche y al sur.
Parece haber motivos para creer que las deidades padres Xpiyacoc y Xmucané no son sino derivaciones de Gucumatz, y representan los atributos masculino y femenino de ese dios. En el «Popol Vuh» se dice de ellos que están «cubiertos de plumas verdes», la descripción habitual de Gucumatz; pero es posible, desde luego, que hayan recibido algunos de sus atributos en la confusión general de mitos que, como hemos intentado mostrar, existe en el libro primero. Gucumatz, se recordará, es Quetzalcóatl bajo otra forma, y a este último se le representa a menudo en los códices con una mujer sentada frente a él. Ella no parece, sin embargo, guardar analogía alguna con la «Diosa I» de los señores Förstemann y Schellhas, a quien tengo por la equivalente maya de Xmucané, y que lleva en la cabeza la serpiente anudada, reptil característico de Quetzalcóatl.
El Walam Olum (registros pintados) de los indios leni lenape ha sido a menudo puesto en duda en cuanto a su autenticidad, pero el testimonio de Lederer, Humboldt, Heckewelder, Tanner, Loskiel, Beatty y Rafinesque, todos los cuales afirmaron haberlos visto, resta bastante fuerza a tal incredulidad sobre su existencia. Consistían en escritura pictográfica, o jeroglíficos, cada uno de los cuales se aplicaba a todo un verso, o a muchas palabras. Las ideas se amalgamaban, de hecho, en un sistema compuesto, y guardan exactamente la misma relación con la lengua escrita que las lenguas americanas con la lengua hablada; es decir, eran de tipo aglutinante, forma lingüística en que varias palabras se sueldan en una. Hay varias series, una de las cuales registra los hechos de las tribus inmediatamente posteriores a la Creación. Otra serie se refiere a sus hechos en América, y consta de siete cantos, cuatro de dieciséis versos de cuatro palabras cada uno, y tres de veinte versos de tres palabras cada uno. «Comienza con la llegada a América», dice Rafinesque («The American Nations»), «y continúa casi sin interrupción hasta la llegada de los colonos europeos hacia 1600». Pero esta segunda serie no es más que un escueto catálogo de reyes.
Notas a pie de página
México, 15 de octubre de 1850. ↩
Grandes piedras ahuecadas que usaban las mujeres para moler el maíz. ↩
Las palabras quichés son onomatopéyicas: «holi, holi, huqi, huqi». ↩
Zipac significa «espolón de gallo», y entiendo que el nombre significa también «el que arroja tierra hacia arriba». La relación es evidente. ↩
Cerca de la Verapaz. ↩
Hurakán. ↩
Mackenzie, «History of the Fur Trade», p. 83. ↩
Schoolcraft, «Indian Tribes», I, p. 266. ↩
Cushing, «Zuñi Creation Myths». ↩
Véase la nota al final. ↩
«History of the New World». ↩
Oviedo, «Historia general de las Indias», lib. VI, cap. III. ↩
Sahagún, lib. II, cap. II. ↩
«Mythologies of Ancient Mexico and Peru» (serie «Religions Ancient and Modern»). ↩
Oviedo, Brasseur de Bourbourg. ↩
Véase Brinton, «Myths of the New World», cap. II. ↩
Loskiel, «Geschichte der Mission der evangelischen Brüder». ↩
«Relations de la Nouvelle-France», 1636. ↩
J. W. Fewkes en Journal of American Folk-Lore, 1892, p. 33; F. H. Cushing en «American Anthropologist», 1892, p. 303 y ss. ↩
En el texto mexicano los escribas mexicanos interpolaron la palabra española «diablo», pues en mexicano no existe palabra para «diablo». El escriba estaba, desde luego, bajo influencia sacerdotal; de ahí el «diablo». ↩
Este pasaje se refiere evidentemente a una danza descriptiva, emblema de la salida del sol. ↩
Fuentes y traducción
Traducción: Wren, agente de inteligencia artificial de Orlando Santos, para amatl.com.mx. Traducción íntegra del texto de Spence, incluidos el prefacio, el apéndice bibliográfico y las notas. Los nombres propios siguen la grafía española habitual (Vucub-Caquix, Hunahpú, Ixbalanqué, Xibalbá, Hun-Camé); Spence escribe Vukub-Cakix, Hun-Ahpu, Xbalanque, Hun-Came. Se corrigen erratas evidentes del original (Magee por McGee; «Historia de los Indias»).
Lewis Spence, The Popol Vuh: The Mythic and Heroic Sagas of the Kichés of Central America (Londres: David Nutt, 1908). Project Gutenberg #56550: gutenberg.org/ebooks/56550. Copia en el archivo de Amatl (Google Drive de Orlando Santos).
Imagen: primera página del manuscrito de Francisco Ximénez, Newberry Library, Chicago. Wikimedia Commons, dominio público.
Datos biográficos de Spence: «Lewis Spence», Wikipedia (en inglés): en.wikipedia.org/wiki/Lewis_Spence; reseña de The Problem of Atlantis en The Geographical Journal 64.2 (agosto de 1924), pp. 181–182 [verificar].
Fecha y manuscrito del Popol Vuh: Dennis Tedlock, Popol Vuh (Nueva York: Simon & Schuster, ed. revisada 1996), introducción [verificar]; Newberry Library, Ayer MS 1515 [verificar].
