Crónicas · por Orlando Santos
En 1521 cayó Tenochtitlan. Cinco siglos después, México sigue discutiendo qué se perdió y qué sigue vivo. amatl.com.mx lleva el nombre de un papel. Amatl, en náhuatl, es papel, documento, libro. Lo elegí porque en esa palabra se juntan las dos ideas que sostienen todo lo que hacemos en amatl.com.mx. La primera es un espíritu: el de recordar una civilización que se quiso olvidar, y que sin embargo no desapareció. La segunda es un método: recordarla a partir de sus propias fuentes, sabiendo siempre quién habla, desde dónde y cuándo. Ese espíritu tiene un origen preciso: un libro que cambió mi manera de mirar México, México profundo: una civilización negada, de Guillermo Bonfil Batalla, publicado en 1987. De él toma su título nuestro texto fundacional, y de él parte también este ensayo. Sin el espíritu, amatl.com.mx sería un archivo frío; sin el método, sería un acto de fe. Este texto intenta explicar las dos, y por qué no pueden separarse.
Mi tesis es sencilla: México tiene una larga historia de negación de una civilización, y negarla fue una manera de controlar lo que un pueblo recuerda. La mejor respuesta es recordarla bien, desde sus propias fuentes.
I. Un México que no desapareció
Bonfil sostiene que existe en México una identidad cultural profunda, anterior a la invasión española y a la destrucción de las civilizaciones mesoamericanas preexistentes, enraizada en tradiciones, creencias y prácticas indígenas que se han transmitido de generación en generación a pesar de todos los esfuerzos por suprimirlas o asimilarlas. A esa realidad la llama «México profundo». Frente a ella sitúa al «México imaginario», el sector minoritario que, desde la Colonia, «encarna e impulsa el proyecto dominante en nuestro país», organizado según las normas y aspiraciones de la civilización occidental.1
A mi juicio, el genocidio cultural fue real, y en México tuvo un nombre amable: mestizaje. Lo que la historia oficial presentó durante mucho tiempo como una síntesis feliz de dos mundos fue, para Bonfil, una forma de dominación: la desindianización, «la pérdida de la identidad colectiva original como resultado del proceso de dominación colonial». Pero Bonfil añade una advertencia decisiva: ese cambio de identidad no implica necesariamente la pérdida de la cultura indígena.2 Así lo veo yo también. Los pueblos indígenas sobrevivieron en México, como sobrevivieron en Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, y en todo el continente. Se les cambió el nombre, se les negó la historia, pero siguen ahí.
Lo que persiste es la huella de una larga historia de negación sistémica de las raíces indígenas. Esa historia quedó incorporada en los medios de comunicación masiva, y todavía se nota en lo que se muestra, en lo que se calla, en quién aparece como protagonista y quién como fondo. Hoy hay, sin duda, un esfuerzo muy serio, en el sistema educativo, en la Ciudad de México, en el Museo Nacional de Antropología y en el INAH, por reconocer la existencia de esa civilización y el orgullo de pertenecer a ella. Pero detrás tenemos una historia muy larga de intentos por suprimir, negar y destruir una cultura que siempre ha existido en Mesoamérica. Está en marcha un acomodo muy fuerte. No es un fenómeno solo mexicano. Lo veo también en Canadá, donde vivo desde hace décadas. Allí ha crecido el movimiento de los reconocimientos territoriales (land acknowledgements), y hoy parecen estar en todas partes: al comienzo de una reunión, de un acto público, de una clase. Son, sin duda, un buen comienzo para reconocer la realidad del genocidio cultural. Un comienzo, no un final; pero nombrar es el primer paso para dejar de negar.
II. Dos proyectos civilizatorios
La obra de Bonfil me parece profunda e importante sobre todo porque plantea el problema en términos de proyectos civilizatorios, como él los llama. No se trata solo de costumbres que sobreviven o de folclor que se conserva, sino de dos maneras de organizar la vida que conviven, chocan y se disputan el futuro de un país.
Eso es, creo, lo que quiere decir «México profundo»: un proyecto civilizatorio, sin que por ello sea un proyecto «de México». Fueron los pueblos mesoamericanos quienes crearon ese proyecto, y Mesoamérica fue una de las cunas de la civilización en el mundo, como lo fueron los valles del Éufrates y el Tigris, del Nilo o del Yangtsé. Aquellas civilizaciones nacieron al amparo de grandes ríos. Mesoamérica, en cambio, no surgió de un solo gran valle fluvial: tuvo lagos, chinampas y una relación compleja con el agua, pero su excedente de calorías vino sobre todo de un conocimiento muy sofisticado de las plantas y de su domesticación. El maíz se domesticó en el valle del Balsas, en el suroeste del actual México, hace unos nueve mil años, junto con la calabaza,3 y más tarde llegó el frijol.4
Del continente americano vienen el maíz y la papa, dos de los grandes alimentos básicos del mundo, junto al trigo y el arroz: el maíz, de Mesoamérica; la papa, de los Andes del sur del Perú.5 Ese excedente es el hilo que lo une todo: sobre él se levantó una de las cunas de la civilización mundial. Y eso, precisamente, es lo que durante siglos se negó.
Ahora bien, quiero ser honesto con mis dudas. Creo que el concepto de un proyecto civilizatorio mesoamericano carece de claridad. Bajo el gran paraguas que llamamos «Mesoamérica» caben pueblos, lenguas y historias muy distintos, y el término tiende a simplificar lo que fue diverso. No está claro cuál es, exactamente, ese proyecto. Pienso, por ejemplo, en la civilización maya, que atraviesa varias de las fronteras actuales y no siente ninguna nostalgia por los mexicas. Por eso el México profundo no debe leerse como un México centrado en lo mexica. Dentro de esa imagen de una civilización fundacional está inscrita la multiplicidad: mayas, mexicas, zapotecas, mixtecos y muchos otros pueblos. Y esa multiplicidad se opone, en sentido estricto, a la idea de que la civilización es un proyecto europeo.
III. Dos proyectos en conflicto
Pese a esa multiplicidad, los europeos y sus descendientes siguieron al mando, como herederos del sistema de castas español: arriba los europeos peninsulares, luego los criollos, después los mestizos, y debajo de todos la mayoría indígena. Ese orden se fundó en el color y en la raza, sobre todo en el color de la piel. Y todavía hoy condiciona la manera en que cada quien participa en la sociedad civil. Pero, por encima de todo, encarna un juicio sobre cuál es la civilización que vale la pena tener. Creo, además, que la élite creada por el orden colonial y por sus estructuras de organización tuvo un interés inherente en negar que hubiera existido una civilización anterior. Negar esa civilización es negar una manera preexistente de ver el mundo, élites preexistentes, una literatura, unas organizaciones y unas formas de ser que ya estaban allí antes de la invasión.
La comparación con los Estados Unidos me ayuda a verlo. Así como los Estados Unidos niegan haber sido, en lo esencial, una civilización colonial y esclavista, la élite mexicana negó durante mucho tiempo la civilización que tenía debajo. Al menos trece presidentes estadounidenses poseyeron personas esclavizadas en algún momento de su vida, entre ellos ocho de los diez primeros,6 y el propio George Washington era dueño de 123 de las 317 personas esclavizadas que vivían en Mount Vernon a su muerte, en 1799.7 Hicieron una revolución en nombre de la libertad mientras, a mi modo de ver, los cimientos del nuevo Estado protegían un orden construido para conservar la esclavitud. Algo parecido ocurrió en México: durante mucho tiempo se celebraron la Independencia y la Reforma, y se calló la civilización que había antes.
El proyecto dominante, en cambio, se ve con más nitidez. El orden liberal masónico que se ha querido imponer como civilización es, en muchos sentidos, un unificador que borra la diferencia. Esa es la pregunta de fondo del multiculturalismo: ¿pueden muchas culturas convivir dentro de un orden que solo reconoce al individuo? En parte son palabras; pero en parte son realidades muy concretas: la lengua, la práctica cultural, la música, las formas de ser, la decisión colectiva frente a la decisión individual, el papel de las corporaciones.
Sin duda, es un conflicto entre civilizaciones: un cruce continuo, cambiante y a veces violento entre la construcción de un orden liberal casi europeo y el reconocimiento de una identidad más colectivista, visible en las formas comunitarias de la vida indígena.
Esas ideas liberales y masónicas no llegaron a México de un día para otro. Fueron semillas sembradas a lo largo de toda la civilización europea. En México estuvieron presentes desde los primeros años de la vida independiente: a mediados de la década de 1820 las logias del rito escocés y del rito de York ya funcionaban como verdaderos centros de acción política, y estas últimas se proponían explícitamente difundir los principios liberales, republicanos y federales entre quienes habían de gobernar el país.8 Creo que ese proyecto se afianzó más tarde, en la época de la Reforma y de la intervención francesa. Quien recorre los pasillos del Congreso de la Unión, como lo he hecho yo, encuentra en sus muros, sus fotografías y su imaginería una simbología de fuerte huella masónica: la de un proyecto europeo inscrito en el corazón mismo del Estado mexicano.
¿Y el otro proyecto? Bonfil se esfuerza por definir los vestigios de ese proyecto civilizatorio indígena. Esos vestigios parecen apuntar a estructuras de decisión basadas en la herencia y la jerarquía, pero en las que la decisión, ya sea heredada por costumbre o votada colectivamente, se convierte en la nueva realidad que todos acatan. Se ha sugerido que así funcionaba, en buena medida, el gobierno de los mexicas y de la Triple Alianza: solo ciertas personas, de ciertos linajes, podían aspirar al mando; pero dentro de ese grupo había una forma de decisión y de nombramiento casi democrática; Sahagún (Códice Florentino, libro VIII) y Durán describen cómo un consejo de señores elegía al tlatoani entre los linajes con derecho al cargo. No es la democracia liberal, ni pretende serlo. Es otra lógica, y entenderla exige ir a las fuentes.
IV. Recordar bien: de dónde viene lo que sabemos
Aquí el espíritu se encuentra con el método. Si vamos a hablar de una civilización negada, tenemos la obligación de no inventarla.
Recordar no basta; hay que recordar bien.
Y para eso hay que saber de dónde viene lo que sabemos.
Primero están los libros mismos: los códices. El mundo precolonial escribía, contaba sus días y guardaba su historia en libros pintados sobre amatl y piel. Los pocos que sobreviven están dispersos por bibliotecas y museos del mundo, vestigio de un pasado turbulento. En amatl.com.mx los presentamos completos, página por página, con la institución que los custodia, para que el lector los vea por sí mismo y no a través de un resumen.
Después vienen las palabras escritas en alfabeto, y con ellas una fecha fija que conviene no olvidar nunca: el 13 de agosto de 1521, cuando cayó México-Tenochtitlan tras un largo sitio.9 Casi todo lo que leemos en las crónicas se escribió después, y la distancia importa. Sahagún, que llegó ocho años después de la caída y terminó su gran obra más de medio siglo después de ella, no vio el mundo que describe: lo reconstruyó con quienes lo habían vivido o con sus hijos, y para entonces habían pasado unas dos generaciones. (Uso aquí «generación» de forma aproximada, como unos veinticinco años.)
Las fuentes en que se apoya amatl.com.mx caen en tres grupos.
Testigos y cronistas del siglo XVI. Cortés y Bernal Díaz estuvieron allí, del lado de los invasores y colonizadores; Olmos y Sahagún llegaron poco después y aprendieron náhuatl para escuchar a los ancianos; Durán creció en Texcoco; Gómara, que nunca cruzó el océano, y Acosta escribieron sobre todo con lo que otros les contaron.
Historiadores indígenas y mestizos. Hernando de Alvarado Tezozómoc, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y Domingo Francisco Chimalpahin nacieron en la Nueva España, de familias nobles indígenas, y escribieron la memoria de sus propios pueblos. Pero nacieron entre unos diecisiete y sesenta años después de la caída de Tenochtitlan: son la voz de los nietos y bisnietos.
Historiadores posteriores. Antonio de Herrera escribió en España como cronista oficial, sin viajar a América; Juan de Torquemada llegó niño a la Nueva España y compiló a sus predecesores; Manuel Orozco y Berra, en el siglo XIX, ordenó todo ese material con método moderno.
Línea de tiempo: las fuentes frente a 1521
Hernán Cortés: Segunda carta de relación, 30 oct. 1520, antes de la caída de Tenochtitlan; testigo directo. Llega en 1519.
Bernal Díaz del Castillo: Historia verdadera, firmada el 26 feb. 1568, 47 años después de 1521 (unas dos generaciones). En las Indias desde 1514; con Cortés en 1519.
Andrés de Olmos: Arte de la lengua mexicana, 1 ene. 1547, 26 años después de 1521 (una generación). Llega el 6 dic. 1528.
Bernardino de Sahagún: Historia general (Códice Florentino), terminada hacia 1577, unos 56 años después de 1521 (unas dos generaciones). Llega en 1529.
Francisco López de Gómara: Historia general de las Indias, Zaragoza, 1552, 31 años después de 1521. Nunca estuvo en América.
Diego Durán: Historia de las Indias de Nueva España, terminada en 1581, 60 años después de 1521 (más de dos generaciones). Nace en Sevilla hacia 1537; llega niño a Texcoco.
José de Acosta: Historia natural y moral de las Indias, Sevilla, 1590, 69 años después de 1521. En el Perú desde 1572; en la Nueva España 1586–1587.
Hernando de Alvarado Tezozómoc: Crónica mexicáyotl (atribuida), 1609, 88 años después de 1521. Nace hacia 1538–1539.
Fernando de Alva Ixtlilxóchitl: Obras escritas entre fines del siglo XVI y la primera mitad del XVII, unos 80–120 años después de 1521. Nace hacia 1578 (lugar incierto; su familia tenía el cacicazgo de Teotihuacan).
Domingo F. Chimalpahin: Anales en náhuatl, siglo XVII, más de 80 años después de 1521. Nace en 1579, en Amecameca (Chalco).
Antonio de Herrera: Décadas, Madrid, 1601–1615, 80–94 años después de 1521. Nunca estuvo en América.
Juan de Torquemada: Monarquía indiana, Sevilla, 1615, 94 años después de 1521. Nace hacia 1557 (otros proponen 1562); llega niño.
Manuel Orozco y Berra: Historia antigua y de la conquista de México, 1880, 359 años después de 1521. Nace en 1816, en México.
Para quienes nunca viajaron, los años se cuentan desde la fecha de la obra.
Esta línea de tiempo dice algo sencillo y decisivo. Casi todo lo que «sabemos» del mundo precolonial nos llega filtrado por el tiempo y por la mirada de quien escribe. Los testigos directos fueron, en su mayoría, los invasores, los colonizadores y sus descendientes. Los frailes que mejor escucharon llegaron cuando la generación que había visto la caída ya envejecía. Y los grandes historiadores indígenas escribieron cuando el mundo de sus abuelos ya había sido transformado. Por eso volvemos, siempre que se puede, al libro original y a la institución que lo guarda; y por eso los códices, que son la voz de ese mundo en su propia escritura, ocupan el centro de amatl.com.mx.
amatl.com.mx se rige por unas pocas reglas, nacidas de ese método, que el lector notará en cada página. Cada dato remite a un libro o a una institución que se puede consultar. Cuando una afirmación no está probada, lo decimos: «Se ha sugerido que…». Cuando citamos a un autor a través de otro, también lo decimos. No inventamos citas ni rellenamos los huecos con suposiciones. Hablamos de invasión, y no de «conquista», salvo en los títulos y las citas, porque las palabras también cuentan una historia.
V. Por qué importa
En mi opinión, la cultura mexica fue el último florecimiento de una larga civilización del centro de México, y una de las cumbres del logro cultural y literario de Mesoamérica. Fue también un centro independiente de creación civilizatoria en las Américas, y no la materia prima de la historia de otros. Durante siglos, una ética de dominación y de amnesia oscureció esa realidad; hoy, por fortuna, son muchos los que trabajan para devolverle su lugar.
Bonfil pensaba que la persistencia del México profundo es esencial para la sociedad mexicana en su conjunto. Yo creo que reconectar con esas raíces puede ayudar a pensar con más justicia los desafíos del presente, incluido ese conflicto entre civilizaciones que sigue abierto. Pero ese reencuentro solo vale si se apoya en lo que realmente sabemos, y en saber cuándo y por quién se supo.
Al final, negar una civilización es controlar lo que un pueblo recuerda. amatl quiere sumarse al esfuerzo contrario, el de la recuperación que hoy está en marcha: volver a abrir los libros, con sus fuentes a la vista, y devolverle la vida a la realidad, durante tanto tiempo negada, de una cuna de la civilización.
La memoria sin fuentes se vuelve mito; las fuentes sin memoria se quedan en archivo. Reescribiendo la memoria, dando vida a lo perdido no es un lema decorativo: es el programa.
Nota del autor: este ensayo es también el artículo de presentación de nuestro Substack, el ancla desde la cual iré desarrollando otras ideas, con el tiempo, en las próximas publicaciones. El Substack está vinculado al sitio amatl.com.mx, donde publicamos códices, registros y libros relacionados, y un comentario continuo.
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Notas
Guillermo Bonfil Batalla, México profundo: una civilización negada (1987), Introducción, p. 10 de la edición digital: https://docs.enriquedussel.com/txt/Textos_200_Obras/Filosofias_pueblos_originarios/Mexico_profundo-Guillermo_Bonfil.pdf
Ibid., Introducción, p. 12.
Piperno, D. R. et al., «Starch grain and phytolith evidence for early ninth millennium B.P. maize from the Central Balsas River Valley, Mexico», PNAS 106 (13), 2009: https://doi.org/10.1073/pnas.0812525106 ; Ranere, A. J. et al., PNAS 106 (13), 2009: https://doi.org/10.1073/pnas.0812590106
Kaplan, L. y Lynch, T. F., «Phaseolus (Fabaceae) in Archaeology: AMS Radiocarbon Dates and Their Significance for Pre-Columbian Agriculture», Economic Botany 53 (3), 1999, pp. 261-272: https://doi.org/10.1007/BF02866636
Spooner, D. M. et al., «A single domestication for potato based on multilocus AFLP genotyping», PNAS 102 (41), 2005: https://doi.org/10.1073/pnas.0507400102
White House Historical Association, «Slavery in the President’s Neighborhood FAQ» (Washington, Jefferson, Madison, Monroe, Jackson, Van Buren, W. H. Harrison y Tyler, entre otros): https://www.whitehousehistory.org/slavery-in-the-presidents-neighborhood-faq
George Washington’s Mount Vernon, «Ten Facts About Washington & Slavery»: https://www.mountvernon.org/george-washington/slavery/ten-facts-about-washington-slavery ; y «Status of Enslaved People in Washington’s Will»: https://www.mountvernon.org/library/digitalhistory/digital-encyclopedia/article/status-of-slaves-in-washington-s-will
María Eugenia Vázquez Semadeni, «La masonería en México, entre las sociedades secretas y patrióticas, 1813-1830», REHMLAC, vol. 2, núm. 2: https://archivo.revistas.ucr.ac.cr/index.php/rehmlac/article/view/6594 ; y «Las obediencias masónicas del rito de York como centros de acción política, México, 1825-1830», LiminaR, vol. VII, núm. 2 (2009): https://doi.org/10.29043/liminar.v7i2.298
José Rubén Romero Galván, «Fray Bernardino de Sahagún y la Historia general de las cosas de Nueva España», IIH-UNAM (véase también Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos, México, UNAM, 1959): https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/393/393_04_03_HistoriaGeneral.pdf
Fuentes
Guillermo Bonfil Batalla, México profundo: una civilización negada, México, Secretaría de Educación Pública / CIESAS, 1987 (1.ª ed.). Edición en inglés: México Profundo: Reclaiming a Civilization, trad. Philip A. Dennis, Austin, University of Texas Press, 1996: https://utpress.utexas.edu/9780292708433/
Piperno, D. R. et al. (2009) y Ranere, A. J. et al. (2009), PNAS 106 (13): maíz y calabaza domesticados en el valle central del Balsas hacia 8700 años AP (véase nota 3).
Kaplan, L. y Lynch, T. F. (1999), Economic Botany 53 (3): fechas AMS del frijol (Phaseolus) en contextos arqueológicos, posteriores a las del maíz y la calabaza (véase nota 4).
Spooner, D. M. et al. (2005), PNAS 102 (41): origen único de la papa cultivada en el sur del Perú (véase nota 5).
White House Historical Association, «Slavery in the President’s Neighborhood FAQ»: al menos trece presidentes poseyeron personas esclavizadas, ocho de ellos entre los diez primeros (véase nota 6): https://www.whitehousehistory.org/slavery-in-the-presidents-neighborhood-faq
George Washington’s Mount Vernon, «Ten Facts About Washington & Slavery» y «Status of Enslaved People in Washington’s Will»: 317 personas esclavizadas en Mount Vernon en 1799, 123 de ellas propiedad de Washington (véase nota 7).
Vázquez Semadeni, M. E., artículos sobre la masonería en México, 1813-1830 y 1825-1830 (véase nota 8).
Romero Galván, J. R., «Fray Bernardino de Sahagún y la Historia general…», IIH-UNAM (caída de Tenochtitlan, 13 ago. 1521; llegada de Sahagún, 1529).
García Quintana, J., «Fray Bernardino de Sahagún», Historiografía mexicana, vol. I, IIH-UNAM: https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/317_01/317_01_04_09_Sahagun.pdf
Getty Research Institute, Códice Florentino Digital: https://florentinecodex.getty.edu/es
León-Portilla, M., «Fray Andrés de Olmos y su Arte de la lengua mexicana», IIH-UNAM: https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/obras_leon_portilla/543/543_04_05_andresolmos.pdf
Romero Galván, J. R. y R. Camelo, «Fray Diego Durán», Historiografía mexicana, vol. I, IIH-UNAM: https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/317_01/317_01_04_10_DiegoDuran.pdf
Sahagún, Bernardino de, Historia general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino), c. 1577, 3 vols., Florencia, Biblioteca Medicea Laurenziana, Med. Palat. 218–220; libro VIII. Edición digital: Biblioteca del Congreso de los EE. UU., World Digital Library: https://www.loc.gov/item/2021667837/
Durán, Diego, Historia de las Indias de Nueva España e islas de la Tierra Firme, 1581, Madrid, Biblioteca Nacional de España (Códice Durán); ed. Ángel María Garibay K., 2 vols., México, Porrúa, 1967.
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Orozco y Berra, M., Historia antigua y de la conquista de México, México, 1880: https://archive.org/details/historiaantiguay04oroz
amatl, «Quiénes somos»: https://amatl.com.mx/quienes-somos
