Los signos de los días en los códices (T. T. Waterman, 1916)

Glosas · Estudios

Berkeley, 1916 · texto íntegro en inglés, con sus 38 figuras

Thomas Talbot Waterman (1885–1936) fue un antropólogo estadounidense que trabajó en el departamento de antropología de la Universidad de California, en Berkeley, junto a Alfred L. Kroeber; hoy se le recuerda sobre todo por su trabajo con Ishi, el último superviviente de los yahi. El 8 de marzo de 1916 publicó en la serie de esa universidad (University of California Publications in American Archaeology and Ethnology, vol. 11, núm. 6, pp. 297–398) este estudio sobre cómo dibujaban los pintores de códices los veinte signos de los días del calendario: Cipactli, Ehécatl, Calli y los demás.

Waterman no trabajó con los originales sino con los facsímiles en color publicados entre 1896 y 1902, la mayoría costeados por el duque de Loubat: el Zouche-Nuttall, el Vaticano B, el Borgia, el Fejérváry-Mayer, el Cospi de Bolonia (que él llama «Bologne») y el Tonalámatl de Aubin. Para cada signo reúne una serie de dibujos, del más realista al más abreviado, y muestra cómo los pintores simplificaban las formas y tomaban rasgos de un signo para otro. Antes resume el sistema calendárico (el año de 365 días, la cuenta de 260 y el ciclo de 52 años) y revisa con escepticismo las teorías de su tiempo sobre correcciones o días intercalados en el calendario mexica: a su juicio, ninguna fuente antigua demuestra que existieran.

Sobre esta edición. Se reproduce el texto completo de 1916, traducido al español, con sus pies de figura y las tablas de procedencia de los dibujos (Sources of drawings).

Waterman escribe con los conocimientos y el vocabulario de 1916. Algunas de sus identificaciones se han discutido después, y lo que él llama «la Conquista» es lo que nosotros llamamos la invasión española. Sobre el calendario y el tonalámatl, véase también la glosa El tonalámatl, el libro de los días.

Índice

El trazo de los signos de los días en los manuscritos aztecas

T. T. Waterman · University of California Publications in American Archaeology and Ethnology, vol. 11, núm. 6, pp. 297–398 · 8 de marzo de 1916

Introducción

Un logro muy notable de los antiguos aztecas fue su peculiar sistema calendárico. Los propios aztecas parecen haber considerado este calendario como el hecho central de su vida. No solo tenía importancia desde el punto de vista práctico, sino que ocupaba un lugar muy amplio en la vida ceremonial del pueblo. Así, «calendario» tenía para ellos un significado que la palabra no alcanza en absoluto a transmitir para nosotros. Aunque su sistema calendárico era en cierto sentido peculiar, su peculiaridad residía sobre todo en uno o dos rasgos inusuales. En muchos aspectos el sistema no era, después de todo, distinto del nuestro. Esto no significa, desde luego, que ambos sistemas, el suyo y el nuestro, tuvieran relación histórica alguna. El desarrollo del calendario azteca fue sin duda independiente de toda influencia del Viejo Mundo. Me inclino a pensar que el sistema azteca no es tan misterioso, ni la historia de su desarrollo ni con mucho tan abstrusa, como harían suponer los numerosos comentarios que se han escrito sobre él.

Es un hecho bien establecido que el sistema particular identificado con los aztecas de México no fue más que un desprendimiento, una especie de forma especial, de una concepción calendárica fundamental que tuvo una difusión muy amplia en la América Media. Este sistema es sin duda más antiguo, por ejemplo, en Honduras que en la altiplanicie mexicana. Los aztecas no hicieron más que desarrollar su propia nomenclatura para los diversos elementos de este calendario y elaborar ciertos símbolos especiales. El sistema, en sus líneas generales, es mucho más antiguo que la civilización azteca propiamente dicha.

Los manuscritos

Los símbolos calendáricos de una u otra clase aparecen en una variedad sorprendente de monumentos, tanto de periodos tempranos como tardíos. Los más importantes de estos monumentos para estudiar en detalle el funcionamiento del sistema calendárico son ciertos notables libros pintados o manuscritos, hechos sobre tiras plegadas de piel de venado o sobre papel elaborado con la fibra del maguey (Agave americana). Estos manuscritos suelen llamarse «códices».1 Solo unos pocos de estos manuscritos indígenas sobrevivieron a la introducción de la civilización europea en América. Los que se salvaron fueron llevados a Europa como curiosidades, y a menudo se conservaron por pura suerte. Los que aún existen han recibido mucha atención desde principios del siglo pasado. Todos los originales, salvo unos pocos, están todavía en Europa, y hoy se les considera de valor incalculable.

El primer intento de publicarlos o reproducirlos a gran escala es una obra de lord Kingsborough, en nueve magníficos volúmenes, titulada Mexican Antiquities. La disposición del material en esta obra revela una ignorancia casi completa de la composición de los manuscritos originales; y, más aún, el trabajo de reproducción es en sí mismo inexacto en muchísimos detalles. Los nueve volúmenes, sin embargo, imperfectos como son, han sido la base de muchos estudios posteriores. El estudioso estadounidense Cyrus Thomas2 ha escrito varios trabajos sobre asuntos aztecas basados en gran parte en la obra de Kingsborough. Lo mismo podría decirse de al menos una conocida monografía del arqueólogo mexicano Antonio Peñafiel.3 En México se han publicado de tiempo en tiempo reproducciones muy semejantes en su tipo general a las de Kingsborough, aunque algo mejores en los detalles de ejecución. Así, la enorme obra de Peñafiel (notable al menos por su tamaño y su peso), titulada Monumentos del arte mexicano antiguo,4 contiene dos manuscritos aztecas, a saber, el «Libro de los tributos» y el «Códice zapoteco», ambos reproducidos en facsímil, incluido el color. Una obra más reciente, editada por Chavero, Antigüedades mexicanas,5 contiene varios textos pictográficos en color. Desde el año 1883 se dispone, gracias principalmente al duque de Loubat, de varios facsímiles muy hermosos de textos antiguos, que reproducen en todos sus aspectos los manuscritos pintados originales. La lista de los textos facsimilares en que se basa el presente estudio se hallará en la bibliografía, más abajo. Algunos «códices», como el Codex Borbonicus, editado por Hamy, no se han utilizado en este estudio simplemente porque no había ejemplares disponibles localmente. Además, los manuscritos más interesantes son los que parecen puramente aztecas, o que muestran pocas huellas de influencia española. Por ello se ha dado mayor énfasis a tales fuentes en las páginas que siguen.

El sistema calendárico azteca

Los periodos de tiempo

Parece necesario comenzar el examen del tratamiento del calendario en los manuscritos señalando los rasgos más esenciales del propio sistema calendárico. Esa será, en consecuencia, nuestra primera tarea. Siempre ha existido bastante incertidumbre acerca de algunos detalles del antiguo calendario azteca. La discusión sobre ciertos puntos comenzó apenas unos años después de la Conquista. Bernardino de Sahagun, por ejemplo, cuya Historia general de las cosas de Nueva España6 es quizá la fuente literaria más valiosa para el estudio de las condiciones de vida de los aztecas, se vio envuelto ya en el año 1539 en una agria disputa con otro fraile sobre si había o no «correcciones» o «intercalaciones» en el sistema azteca. Otros rasgos del sistema siempre han estado rodeados de misterio. Ciertos hechos, en cambio, son del todo claros y nunca han sido objeto de disputa. Entre ellos destaca el hecho, que nunca debe perderse de vista, de que la base de todo lo calendárico era el año solar de 365 días, que representa (aunque los aztecas, desde luego, jamás soñaron con la mecánica celeste implicada) aproximadamente el periodo de revolución de la Tierra alrededor del Sol. Este es el punto de partida y la base de todos los demás rasgos de su calendario.

Sus cómputos calendáricos parecen, ciertamente, reflejar el conocimiento de otros periodos, basados no en el Sol sino en los astros. Seler7 y Förstemann8 han dicho mucho acerca de un llamado «año de Venus», un periodo de 584 días basado en los movimientos del segundo planeta de nuestro sistema. Seler ha descubierto además lo que a su juicio parecen huellas de un periodo basado en la revolución de Mercurio. Puede suponerse sin dificultad que los aztecas tenían un conocimiento considerable de los astros, y el reconocimiento de periodos estelares no es en modo alguno imposible. Es un hecho muy notable a este respecto que los antiguos pueblos de México prestaran poca atención al cuerpo más visible del cielo después del Sol, a saber, la Luna. Esto es especialmente interesante porque las fases de la Luna se emplean en casi todo el mundo para marcar periodos de tiempo convenientes. Una obra importante de mediados del siglo XVII, el Manual de los ministros de las Indias, del jesuita Jacinto de la Serna,9 afirma que los aztecas contaban efectivamente ciertos periodos mensuales, que comenzaban con cada luna nueva. Se dice que los usaban las mujeres, en especial en relación con el periodo del embarazo. Los periodos basados en la Luna, sin embargo, no aparecen en los manuscritos, y aun los símbolos lunares son notablemente escasos.10 En el México antiguo se reconocía, además del año ya mencionado, un periodo de veinte días, un cempoalli, empleado como subdivisión del periodo anual. Estas unidades de veinte días se empleaban regularmente al hablar de un lapso menor de un año. Dieciocho de estos cempoallis, o periodos de veinte días, con un grupo de cinco días especiales añadidos al final, formaban el año regular de 365 días. Los cinco días así añadidos a las dieciocho «veintenas» son los tantas veces mencionados nemontemi, a los que se alude en toda descripción del calendario azteca.

Muchas de las afirmaciones que los autores antiguos hicieron sobre estos nemontemi llevan a confusión. Los cinco días en cuestión se consideraban aciagos, y el azteca se abstenía, en lo posible, de toda actividad durante ese periodo. Considerados en conjunto, no tenían nombre, aunque cada uno de los dieciocho periodos precedentes lo tenía. Por ello se dice a menudo que «no se contaban». Seler ha mostrado11 que esto significa que «no contaban», es decir, que no tenían valor, puesto que todas las actividades se suspendían, en la medida de lo posible, hasta que el periodo de cinco días hubiera pasado sin daño. Sabemos con certeza que los días nemontemi se computaban debidamente, cada uno en su lugar regular, en todos los cálculos calendáricos. La opinión moderna coincide en que no deben considerarse intercalaciones ni correcciones. Los aztecas, pues, al referirse al paso del tiempo, empleaban (1) un periodo de 365 días, dividido en (2) subdivisiones o cempoallis de veinte días cada una, cada una de ellas con su nombre. Además de los cempoallis había un periodo de cinco días sin nombre. A estos periodos de veinte días se les llama a menudo meses. Vale la pena, creo, repetir que la palabra inglesa month («mes») se basa filológicamente en moon («luna»), del mismo modo que, desde el punto de vista práctico, el periodo mensual equivale aproximadamente a una «luna» de 29½ días. Es evidente, por lo tanto, que la palabra mes no puede aplicarse con propiedad a estos periodos aztecas de veinte días.12 Lo mejor, al mencionar estas subdivisiones del año azteca, es recurrir a la palabra indígena cempoalli, que significa simplemente «periodo de veinte». No tenían importancia primordial en los cómputos calendáricos.

Método para determinar los periodos de tiempo

Un punto que conviene subrayar de nuevo es que el único elemento fundamental en la base del sistema calendárico azteca es el año solar de 365 días.

La pregunta que surge a continuación es: ¿cómo llegaron los aztecas a registrar con tanta exactitud los periodos de revolución de ciertos cuerpos celestes, como el Sol, y quizá de algunos planetas? Parece que tenían un método sencillo pero bastante eficaz para hacer observaciones. La señora Nuttall, en el Boas Anniversary Volume, se refiere a una pintura que muestra cómo se registraban los movimientos celestes. Un sacerdote, para describirlo brevemente, está sentado dentro de la puerta de un templo y anota, con ayuda de una muesca en el dintel, la posición en que sale o se pone un planeta. El planeta sale, desde luego, en un lugar ligeramente distinto día tras día. Observando la salida de este planeta hasta que volvía a su punto original, el sacerdote podía determinar su «periodo». Probablemente la duración aproximada del año solar se estableció de este modo: anotando día tras día la variación del punto por donde sale el Sol, hasta que el regreso de un solsticio de verano o de invierno marcaba que se había completado un periodo dado. Entretanto, el sacerdote podía llevar la cuenta de los días haciendo muescas en un palo, o de algún otro modo. Entre los antiguos pueblos de México no existieron, ciertamente, aparatos para hacer observaciones más exactas que estas. La situación general en materia de astronomía, y la actitud de estos pueblos hacia ella, se pone de manifiesto de manera bastante interesante en un discurso que, según se refiere, se dirigió a Montezuma con ocasión de que asumiera el cargo de jefe principal de guerra. Esta exhortación la consigna Tezozomoc13 y la menciona Seler.14 Se exhorta al jefe de guerra «a levantarse a medianoche y mirar las estrellas; hacia el amanecer debe observar con cuidado la constelación Xonecuilli, la Cruz de Santiago; y debe observar con cuidado la estrella de la mañana». También Sahagun, en el libro séptimo de la Historia general, da una relación detallada de la astronomía azteca. Tenían, por lo tanto, conocimientos suficientes para comprender la importancia de los cuerpos celestes para registrar el paso del tiempo. Parece muy natural que sus periodos de tiempo tuvieran como base los movimientos de ciertos cuerpos celestes.

Sistema de fechación

Los aztecas parecen haber reconocido, pues, varios periodos de tiempo, el más importante de los cuales es el año solar. Se plantea ahora la cuestión de cómo escribían las fechas.

Quizá la manera más sencilla de entender el sistema azteca para indicar las fechas dentro del año sea recordar los rasgos principales de nuestro propio sistema. Reconocemos, ante todo, nuestro año de 365 días (dejando de lado por el momento el año bisiesto y otras «correcciones»). Dividimos este año en doce periodos desiguales. Estos periodos eran, en la juventud de nuestro calendario, mucho más uniformes de lo que son hoy. De tiempo en tiempo se ha permitido que consideraciones del todo triviales alteraran la duración de ciertos meses. Dentro de cada uno de nuestros meses los días se numeran en orden, comenzando por el 1. Identificamos los días, pues, mediante doce nombres, cada uno combinado con veintiocho, veintinueve, treinta o treinta y un numerales, según el caso. Considerado desde este punto de vista, nuestro sistema ofrece muchos puntos de semejanza con el azteca. Este, sin embargo, empleaba no doce sino veinte nombres, y usaba cada uno de ellos combinado con trece numerales. No se servían de los «meses» o cempoallis para escribir las fechas. Quizá convenga en este punto tener claramente presentes estos nombres de días empleados en la fechación y sus símbolos.

Los veinte símbolos de los días

Las palabras aztecas que se empleaban como nombres de días son todas nombres de animales, objetos o fenómenos reales. Al escribir o registrar estas palabras, el azteca se valía de pinturas. Esto da una serie de veinte «símbolos de los días», que tienen una importancia fundamental en todos los cómputos calendáricos. Es muy semejante a lo que sería que nosotros usáramos nuestros nombres actuales para las doce divisiones del año, pero los representáramos mediante pinturas: quizá una imagen de Jano para el mes de enero, de Marte para marzo, y así sucesivamente. Los veinte nombres de días de los aztecas, en el orden en que suelen aparecer, se dan en la lista siguiente. En esta lista se da primero el equivalente en español de la palabra azteca, seguido del término indígena. La ortografía empleada es la que adoptaron los españoles en su primer contacto con los aztecas, pues esa ortografía se ha vuelto clásica y es hoy una tradición fija entre los americanistas. La pronunciación de las palabras aztecas aquí escritas es prácticamente la del español moderno, salvo que la x tiene el valor de la sh inglesa, y la z el de ts. La doble ele se acerca más al valor que tiene ese signo en inglés que al que tiene en español.

EspañolAzteca
1Monstruo acuáticoCipactli
2VientoEhecatl
3CasaCalli
4LagartijaCuetzpalin
5SerpienteCoatl
6MuerteMiquiztli
7VenadoMazatl
8ConejoTochtli
9AguaAtl
10PerroItzcuintli
11MonoOzomatli
12HierbaMalinalli
13CañaAcatl
14Ocelote («Tigre»)Ocelotl
15ÁguilaQuauhtli
16Zopilote reyCozcaquauhtli
17MovimientoOlin
18PedernalTecpatl
19LluviaQuiahuitl
20FlorXochitl

Los símbolos gráficos correspondientes a estos nombres se hallarán en la figura 1. El nombre de cada signo está escrito debajo de él en inglés, con la palabra azteca original en cursivas. Los dibujos usados en esta figura proceden de diversos manuscritos aztecas, como sigue:

Procedencia de los dibujos (fig. 1):

  • a, Nuttall (Zouche)15, p. 46
  • b, Nuttall (Zouche), p. 83
  • c, Nuttall (Zouche), p. 47
  • d, Nuttall (Zouche), p. 42
  • e, Nuttall (Zouche), p. 44
  • f, Nuttall (Zouche), p. 48
  • g, Vaticano B, p. 66
  • h, Nuttall (Zouche), p. 57
  • i, Fejervary, p. 28
  • j, Nuttall (Zouche), p. 72
  • k, Nuttall (Zouche), p. 72
  • l, Nuttall (Zouche), p. 48
  • m, Nuttall (Zouche), p. 46
  • n, Nuttall (Zouche), p. 72
  • o, Nuttall (Zouche), p. 1
  • p, Nuttall (Zouche), p. 54
  • q, Nuttall (Zouche), p. 47
  • r, Vaticano B, p. 50
  • s, Nuttall (Zouche), p. 39
  • t, Nuttall (Zouche), p. 47

En esta figura se ha procurado mostrar una forma típica de cada uno de los signos. En cada caso se ha escogido el dibujo, entre los muchos disponibles, por ser quizá la forma más característica y la que se encuentra con más frecuencia. Muchos de los símbolos gráficos de esta figura se explican por sí mismos en cuanto a su significado. Los símbolos de Casa, Lagartija, Serpiente, Venado, Conejo, Agua, Perro, Mono, Ocelote, Águila, Zopilote y Flor (c, d, e, g, h, i, j, k, n, o, p y t en la figura) son en cada caso pinturas bastante realistas de la cosa misma. Los demás resultan más o menos enigmáticos. El primer dibujo (a) representa una cabeza, probablemente la del «caimán», sea el aligátor o el cocodrilo. Ambos animales son muy comunes a lo largo de las costas meridionales del golfo de México. El segundo símbolo de la figura (b), que corresponde a la idea «viento», es una representación del dios del viento Quetzal-coatl, o «Serpiente Emplumada». En este dibujo aparece, como sucede a menudo, en forma humana. Algunos estudiosos piensan que el largo pico que se ve en la figura tiene que ver de algún modo con la idea de soplar. El sexto signo (f), llamado «Muerte», se dibuja muy apropiadamente como un cráneo humano. El duodécimo signo (l), «Hierba», tiene, tal como suele dibujarse, al menos un rasgo curioso. Debajo de una representación muy realista de un manojo de hierba, con un tallo de semillas en el centro, aparece una mandíbula humana. El símbolo siguiente de la lista, «caña» (m), es una representación del astil de caña de una flecha o de una jabalina, probablemente de esta última. Los apéndices de esta figura de «caña» representan, al parecer, el emplumado y la ornamentación del proyectil. La planta de caña misma parece no aparecer nunca como signo de día. La idea se representa siempre por el astil de caña. El decimoséptimo signo (q) es todo un enigma. Representa la idea «movimiento»; pero por qué había de simbolizarse el movimiento de esta manera particular parece imposible de decir. Seler16 propone, ciertamente, la idea de que representa, en un lugar, al Sol entre el cielo y la tierra (véase p. —, más abajo). Con todo lo que sabemos con certeza, debe considerarse un símbolo arbitrario. El decimoctavo símbolo (r) corresponde a la palabra «pedernal». Es una pintura bastante realista de un cuchillo de pedernal de doble punta, del tipo que se encuentra en uso entre casi todos los pueblos no civilizados. El diseño en medio del filo de este cuchillo es el resto de la pintura de un rostro humano.17 El decimonoveno símbolo, Lluvia, representa el rostro del dios de la lluvia (véase la página 385, más abajo). En otra parte de este trabajo se hallarán comentarios más específicos sobre las formas de estos símbolos.

Waterman 1916, fig. 1: Los veinte signos de los días, formas típicas
Fig. 1.—Los veinte signos de los días, formas típicas

Los numerales

El segundo factor principal del sistema calendárico es una serie de trece numerales. Hay varias opiniones interesantes sobre por qué la lista de numerales había de limitarse a trece. Algunas de estas opiniones se señalan y comparan en otra sección del presente trabajo. La mera escritura de estos numerales es asunto muy sencillo. El valor se indica en todos los casos mediante una serie de puntos. En la colocación de estos puntos se advierte muy poco método. Parecen disponerse alrededor del signo del día según el gusto del pintor, en la posición que da el mejor efecto artístico o donde hay espacio conveniente (fig. 2). Los aztecas conocían perfectamente otras maneras de indicar cantidades, distintas del método bastante torpe de anotar puntos.18 En el «Libro de los tributos» y en otros lugares donde han de enumerarse cantidades considerables de mercancías se usan diversos recursos. Así, «veinte» se representa con la pintura de un pantli, o bandera de guerra. Una pintura que al parecer representa una pluma corresponde a la cantidad «doscientos». Hay otros símbolos para cantidades mayores. En el Códice de Bologne, «cinco» se indica con una línea recta, y diez con dos líneas paralelas. Tales abreviaturas no solían aplicarse a la escritura de las fechas. Tenemos, pues, en los dos factores principales que se acaban de examinar, la materia prima sobre la que se fundaba toda la escritura del calendario: (1) un conjunto de veinte símbolos o «signos de los días», usados con (2) un conjunto de trece numerales, indicados mediante puntos.

Waterman 1916, fig. 2: El método de escribir los numerales calendáricos
Fig. 2.—El método de escribir los numerales calendáricos
a, El día 12 Muerte (Nuttall (Zouche), p. 76); b, 13 Lluvia (Nuttall (Zouche), p. 46); c, 6 Mono (Nuttall (Zouche), p. 44); d, 13 Caña (Nuttall (Zouche), p. 44); e, 6 Serpiente (Nuttall (Zouche), p. 44); f, Movimiento (Peñafiel, 1890, vol. 2, p. 288).

El método de escribir las fechas

En este punto aparece uno de los rasgos curiosos del sistema azteca, a cuya existencia se aludió más arriba. Los aztecas, al escribir una serie de fechas consecutivas, cambiaban en cada fecha de la serie tanto el signo del día como el numeral. Además, en cuanto llegaban al final de cualquiera de las dos listas, volvían a empezar desde el principio, sin importar en qué punto se hallaran de la otra lista. De esto se siguen ciertos resultados notables, como se verá si se recuerda que la lista de numerales era mucho más corta que la de los signos de los días. Supongamos que el azteca escribiera nuestras fechas según su propio sistema. Representaría el primero de enero con un nombre y un numeral. Para el día siguiente, sin embargo, habría escrito no enero-dos, sino febrero-dos. Así, emplea en todo momento los símbolos y los numerales en doble progresión. El duodécimo día de nuestro año, según el sistema azteca, se habría escrito diciembre-doce, y el decimotercero, enero-trece. El decimocuarto, suponiendo que nuestros nombres se usaran a la manera azteca, sería en cambio febrero-uno. Febrero sería el «signo» que sigue a enero, y la fecha en cuestión llevaría el numeral «uno», porque una vez usado el decimotercer numeral es necesario empezar de nuevo por el primero. De tiempo en tiempo se han propuesto muchas ilustraciones distintas del sistema azteca.19 En realidad no tiene nada de complicado, aunque probablemente sería lo último que se le ocurriría a cualquiera de nosotros si inventara un sistema calendárico. Su dificultad se debe por completo a que es del todo distinto de lo que da la casualidad que hacemos nosotros. Hasta ahora no se ha propuesto ninguna razón para la costumbre azteca respecto de los numerales.

El tonalamatl, o «Libro de los índices»

Cada día del calendario azteca tenía, pues, lo que podría llamarse un índice, que consistía en un símbolo usado junto con un numeral. Los veinte signos de los días, cada uno de los cuales podía escribirse con uno de los trece numerales, forman una serie de 20 × 13, o sea, doscientos sesenta índices en total. Esta serie de términos compuestos para las fechas la conocían los aztecas como tonalamatl, literalmente «Libro de los días». Se ha vuelto costumbre usar el término indígena tonalamatl al hablar de la serie, puesto que la palabra azteca no tiene equivalente exacto en ninguna de las lenguas europeas. Este «Libro de los índices» es en realidad el único logro importante del calendario azteca y de todos los sistemas calendáricos emparentados con él. Todos los demás rasgos del sistema (y muchos de ellos son a la vez curiosos e interesantes) se siguen en realidad de manera perfectamente mecánica de la aplicación de estos 260 índices de días, que era todo lo que el azteca tenía o podía aportar, al año solar de 365 días. El año solar es, en cierto sentido, un «descubrimiento», pues se basa en la revolución real de la Tierra alrededor del Sol, pero el tonalamatl de 260 signos es, al parecer, un artificio. Un punto exige a este respecto un énfasis decidido. Los 260 símbolos de fecha mencionados no corresponden a ningún periodo usado para registrar el paso del tiempo. Los periodos de tiempo son (primero) el año y (segundo) sus subdivisiones, las «veintenas». Una de las muchas cosas que hacen difícil de seguir la bibliografía sobre el calendario azteca es la costumbre que tienen los autores de reconocer el punto que se acaba de subrayar, que el tonalamatl no es un periodo de tiempo, y al mismo tiempo referirse a él de manera vaga e incoherente.20 El tonalamatl representa simplemente el número de índices o etiquetas de que disponía el azteca para escribir las fechas. Es precisamente de este hecho —que el tonalamatl no era un periodo para contar el tiempo— de donde se siguen los rasgos más típicos del sistema calendárico.

El «Libro de los índices» aplicado a los periodos de tiempo

Supongamos, por ejemplo, que nos hallamos al comienzo de un año azteca. Las fechas, según la costumbre azteca, han de correr en una serie continua. La división en meses no tiene ninguna importancia en lo que toca a la escritura de las fechas. El tonalamatl de 260 símbolos, como mostrará una breve reflexión, solo alcanza para dos tercios del año. Al cabo de 260 días se empieza a usar de nuevo el tonalamatl. No hay remedio para ello, pues no hay índices adicionales para fechas más allá del 260.º a los que el azteca pudiera recurrir. Ciertos índices aparecerán, pues, dos veces en un año cualquiera. La fecha 261.ª de cada año, por no ir más lejos, será exactamente igual a la primera. Si el azteca quería distinguir entre ambas, tenía que adoptar algún método indirecto.21 Si comenzáramos un año, pues, con el principio del tonalamatl, al final de ese año nos encontraríamos bien avanzados en nuestro segundo recorrido por el tonalamatl. La primera vuelta por el tonalamatl nos llevaría hasta el 17 de septiembre, y en el resto del año usaríamos de nuevo 105 de los 260 índices. Es un punto que debe subrayarse de inmediato que al final del año el azteca no comenzaba un nuevo tonalamatl, sino que seguía adelante en el año nuevo con el resto del tonalamatl que ya había usado en parte. La eternidad, para el azteca, consistía en una serie interminable de fechas que se sucedían en ciclos regulares de 260, sin importar cómo se ajustaran o dejaran de ajustarse estos ciclos a los periodos anuales reales. Se ve, por lo tanto, que al tonalamatl en su conjunto se aplica el mismo principio que se aplicaba a los dos factores mencionados más arriba, los veinte símbolos y los trece numerales.

Debe recordarse que la lista de símbolos de los días y la serie de numerales se usan una y otra vez en dos ciclos independientes, ad infinitum. Es evidente, por lo tanto, que en un año de 365 días la lista de veinte símbolos de los días se usará dieciocho veces, más cinco signos de la decimonovena vuelta (365 = 20 × 18, más 5). Si un año dado comienza con el primer símbolo de día, el año siguiente comenzará con el sexto. El año que sigue a este debe comenzar con el undécimo, y el siguiente con el decimosexto. Todo esto se sigue matemáticamente de las premisas. El año que sigue al último mencionado (es decir, el quinto año contando desde un punto dado) comienza con el sexto signo de día después del último mencionado, que es de nuevo el primero de la serie de veinte. Debe recordarse que no hay vigésimo primero en la serie. El signo que sigue al vigésimo es por necesidad el primero. Por consiguiente, por muchas veces que se use el tonalamatl, los únicos símbolos que aparecerán en los días iniciales de los años son el primero, el sexto, el undécimo y el decimosexto de la lista. Esto se sigue como resultado matemático de la simple aplicación de una serie de veinte signos de los días, en rotación, a un año de 365 días. Los aztecas acostumbraban dar al año el nombre de su día inicial.22 Había, por lo tanto, solo cuatro de los veinte signos que podían, por la naturaleza del calendario, estar al comienzo del año y servir como nombres de año. Convendría seguir una costumbre establecida y llamar a estos cuatro los signos dominicales. De hecho, los aztecas daban a sus años el nombre del decimotercero, el decimoctavo, el tercero y el octavo símbolos de la lista tal como se dio más arriba. Todo año debe comenzar con el signo Acatl (caña), Tecpatl (pedernal), Calle (casa) o Tochtli (conejo). Si se supone que el año comienza con uno de estos signos, los otros tres se siguen mecánicamente. No se conoce la razón del cambio del uso de los signos primero, sexto, undécimo y decimosexto como dominicales al de los signos tercero, octavo, decimotercero y decimoctavo. Los hechos relativos a los signos de los días iniciales los estableció con absoluta certeza por primera vez, creo, la señora Nuttall en una reunión del Congreso Internacional de Americanistas en Huelva, España, en 1892. Simplemente hay que admitir que el primer signo de la lista, según el uso de los aztecas en tiempos del Descubrimiento, nunca caía en el primer día del año.

Si se aplica a los numerales un procedimiento semejante al que se acaba de aplicar a los signos de los días, resulta evidente que la serie completa de trece numerales se usaría veintiocho veces en un año y aún quedaría un día sin cubrir (28 × 13 = 364 solamente, mientras que el año tiene 365 días). Si se recuerda el principio azteca de volver al primero en cuanto se agota una serie, es evidente que si el primer día de un año solar tenía el numeral 1, el último día de ese año también tendría el numeral 1. El año siguiente comenzaría, por lo tanto, con el numeral 2. Este segundo año, como el anterior, terminaría con el mismo numeral con que comenzó; y de ahí que el tercer año de la serie comenzaría con el numeral 3. Así los años, en su huida, comienzan con los diversos numerales en orden: cosa muy curiosa, que depende de que (1) el año tiene 365 días, y (2) la serie de numerales cabe en el año cierto número de veces con un residuo de uno. Suponiendo que los aztecas, antes de inventarse su sistema calendárico, conocieran la duración del año, es casi concebible que eligieran trece numerales precisamente por la consideración de que de ese modo cada año sucesivo comenzaría con un numeral distinto. Catorce numerales, sin embargo, habrían servido desde luego para este fin particular tan bien como trece. Tal razón para la elección del trece vale casi tanto como cualquiera de las propuestas hasta ahora. Recapitulando: los aztecas tenían para los cálculos calendáricos veinte signos de los días, trece numerales y cierto número de signos de año, que consistían en los índices que caen en el día en que comienza el año. Solo hay cuatro signos de los días que caen en los días iniciales de los años, según el sistema azteca de hacer girar el calendario; pero cada uno de estos cuatro signos se combina en orden regular con uno de sus trece numerales. El número total de índices que pueden caer en los días iniciales de los años es, por lo tanto, cuatro por trece, o cincuenta y dos.

Convendría tomar algunos ejemplos concretos del funcionamiento de este sistema. Supongamos que el primer año de un periodo comienza con la fecha 1 Caña; el siguiente debe comenzar con la fecha 2 Pedernal; el siguiente con la fecha 3 Casa; y el siguiente con la fecha 4 Conejo; y así sucesivamente, hasta que cada uno de los cuatro signos haya aparecido con cada uno de los trece numerales. Se recordará que los aztecas daban al año el nombre de su fecha inicial (véase la página 312, más arriba). Los aztecas podían hablar con propiedad del día 3 Casa en el año que comienza con 4 Conejo. Una combinación como «3 Casa, 4 Conejo» no podía repetirse hasta que hubiera transcurrido toda una serie de cincuenta y dos años.23 De hecho, las fechas aztecas se escribían precisamente de este modo, nombrando tanto el índice del día como el año en que caía. El índice que cae en el día inicial de un año se encuentra regularmente asociado a un signo peculiar de «año», que parece un monograma compuesto de una A y una O incompletas (fig. 3). Es evidente que al cabo de cincuenta y dos años no quedan nuevos signos de «año» que emplear, pues todos los posibles signos de los días iniciales se han combinado con los trece numerales. Pasados cincuenta y dos años se hace necesario empezar de nuevo por el primero. Al final de tal periodo de cincuenta y dos años los aztecas celebraban lo que se llama una «atadura de los años». Los sacerdotes encendían fuego nuevo y limpio con el taladro de fuego, que se repartía por todas partes, y se emprendía de nuevo la cuenta. A tal periodo de cincuenta y dos años se le llama «ciclo» (en el calendario maya de Centroamérica, «rueda calendárica»). Al parecer los aztecas no conocían manera alguna de distinguir las fechas de un ciclo dado de las de otros ciclos. Los aztecas, pues, no tenían un punto fijo desde el cual contar, y cada cincuenta y dos años representaban en realidad un calendario nuevo. Difícilmente puede decirse que sus registros abarcaran un periodo más largo que este. La tradición o la leyenda podían remontarse muchísimo más atrás, pero un punto en el que nunca se insistirá demasiado es que, cuando el cronista azteca hablaba de lo que había sucedido un par de siglos antes de su propio tiempo, transmitía una información esencialmente mitológica, y no trataba de hechos históricos o cronológicos. A pesar de su complejo sistema calendárico, los aztecas, en tiempos de la Conquista, eran un pueblo sin historia.24 Parece muy probable que el arqueólogo llegue a saber, en el curso de los próximos años, muchísimo más sobre la historia y los antecedentes de los pueblos y tribus conocidos colectivamente como aztecas de lo que ellos mismos supieron jamás. Esta historia se reconstruirá a partir de sus restos arqueológicos, no de sus escritos.

Waterman 1916, fig. 3: El símbolo o signo del año
Fig. 3.—El símbolo o signo del año
a, 7 Casa (Nuttall (Zouche), p. 52); b, 6 Caña (Nuttall (Zouche), p. 44).

Este sistema calendárico parecería, por lo tanto, en cierto sentido un fracaso. En justicia a los aztecas, sin embargo, debe señalarse que su calendario no se ideó con el fin de llevar registros cronológicos. Si un azteca sabía de modo general que cierto suceso había ocurrido en tiempos de su abuelo, parece haberse considerado ampliamente informado. Su calendario era asunto no del pasado, sino enteramente del presente y del futuro. Ciertas combinaciones de signos usadas en la fechación se consideraban, por razones que ya no se pueden desentrañar, portadoras de buena fortuna. Otras combinaciones significaban desastre y desdicha. El calendario se empleaba muy generalmente, de acuerdo con esta idea, como medio de adivinación o agüero. Cada fecha tenía un significado propio, independientemente de su relación con otras fechas. Era este aspecto del calendario el que más vivamente interesaba al azteca. Su actitud se pone muy bien de manifiesto en el hecho de que daban a un hombre, como nombre personal, el índice del día de su nacimiento.25 Esta fecha le servía de nombre hasta que alcanzaba tanta distinción y honra que merecía uno mejor, actitud que en general concuerda bien con las costumbres de los indígenas de América en otras partes del Nuevo Mundo. Los 260 índices del tonalamatl aparecen, pues, con mucha frecuencia en los manuscritos aztecas como nombres personales de héroes. Hasta donde sé, sin embargo, no llevaban registro de la edad de nadie. Lo importante era que hubiera nacido bajo ciertos auspicios. A nadie le importaba su edad real. Los logros calendáricos de los aztecas, pues, no han de medirse por su éxito en escribir historia cronológica. Ciertamente no ha de juzgarse que fracasaron en algo que, después de todo, rara vez soñaron con intentar.

Correcciones del calendario

Se vio más arriba que el año azteca tenía una duración de 365 días. La duración real de nuestro año solar es apreciablemente mayor: 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos, para ser exactos. Los antiguos mexicanos, pues, cometían cada año el error de comenzar el año nuevo más de cinco horas antes de tiempo. Un hábito así conduce a la larga a cierta confusión. En el curso de cuatro años el error acumulado supone una diferencia de prácticamente un día entero. Al cabo de un siglo de tal error de cálculo continuo y no rectificado, la fiesta de Año Nuevo, suponiendo que exista, se celebrará casi un mes antes de su debido tiempo. Tales asuntos adquieren cierta importancia si se considera que los aztecas eran, ante todo, un pueblo agrícola. Si las condiciones que se encuentran hoy entre los indígenas agricultores de los Estados Unidos (por ejemplo, en el Suroeste) sirven de criterio, parece bastante probable que los antiguos aztecas tuvieran un interés fanático en la maduración de ciertas cosechas. Para el indígena sedentario de los Estados Unidos, el centro de todo es su milpa. Que la actitud de los antiguos pueblos de la América Media no era, de hecho, esencialmente distinta lo muestra un pasaje de la famosa «Crónica franciscana»26 referido a los cakchiqueles de Guatemala:

Si se mira con atención a estos indios, se hallará que todo lo que hacen y dicen tiene algo que ver con el maíz. Poco más, y harían de él un dios. Hay tanto conjuro y tanto afán en torno a sus milpas que por ellas olvidarán mujer e hijos y cualquier otro placer, como si el único fin y propósito de la vida fuera asegurar una cosecha de maíz.27 Parece muy probable que las fiestas religiosas más importantes de México, como entre los indígenas agricultores recientes del este y el suroeste de Norteamérica, estuvieran relacionadas con las cosechas.28 El simbolismo religioso de los antiguos aztecas está casi tan impregnado de referencias a deidades del maíz y dioses de la lluvia como los rituales de los indios pueblo modernos. Las fiestas de un pueblo tan interesado en las cosechas debían por necesidad referirse a ciertas estaciones fijas del año. Parece probable, por lo tanto, en lo que toca a los aztecas, que surgieran desde época muy temprana discrepancias muy serias entre el momento de las ceremonias, según lo indicaba el avance del calendario, y la ocasión de estas celebraciones, según lo indicaba el estado de las cosechas. El sistema calendárico, debe recordarse, en la forma en que lo conocemos, tiene tras de sí una historia de muchos siglos. Sus símbolos aparecen en algunos monumentos muy antiguos. Había transcurrido tiempo suficiente, por lo tanto, para la época en que se abre el registro, como para que tales discrepancias se hubieran agudizado. Los aztecas, debido a esta «precesión» de su calendario, bien pudieron hallarse a veces celebrando fiestas de cosecha antes de que se hubiera siquiera sembrado. Cada generación debió descubrir, por su propia experiencia, que su año de 365 días justos era demasiado corto. Por lo que se sabe de la vida azteca, pues, cabría esperar encontrar en su calendario alguna disposición para correcciones de una u otra clase.

Sin embargo, los numerosos esfuerzos que se han hecho por demostrar que existió realmente un sistema de correcciones periódicas o «intercalaciones» no han tenido un éxito notable. El autor del presente trabajo, además, no puede menos que sentir que todas las teorías propuestas hasta ahora acerca del sistema azteca de corrección se han fundado, de manera más o menos franca, en el conocimiento que los estudiosos de las naciones civilizadas tienen de lo que la corrección debió haber sido. Nuestro sistema de añadir un día cada cuatro años produce un calendario muy aproximadamente correcto. El error entre la época de Julio César y el año 1752 sumó apenas once días en total. Puede decirse desde luego, sin embargo, que todas las probabilidades están en contra de que los aztecas hicieran esta corrección de un día cada cuatro años, o cualquier interpolación equivalente. Careciendo de instrumentos de precisión y de aparatos cronométricos, y sin registros escritos propiamente dichos, tal interpolación habría sido de su parte un accidente sumamente sorprendente.

Todas las teorías y comentarios escritos por estudiosos modernos sobre la cuestión de la intercalación azteca se basan en relativamente pocas fuentes originales. Por fuente original se entiende aquí las relaciones obtenidas por personas que estuvieron realmente en contacto con los aztecas antes de que se perdiera su saber calendárico. La lista siguiente presenta algunas de las autoridades «originales» citadas con más frecuencia (página 319, mitad superior).

Sobre el terreno que ofrecen las fuentes mencionadas han florecido varias teorías curiosas e interesantes. Las teorías sobre la intercalación se distinguen, primero, por su variedad y, segundo, por su ingenio. Ninguna de ellas me parece plausible en las condiciones dadas. Es justo decir que las relaciones más antiguas muestran casi tanta diversidad como las críticas más recientes. En el caso de Sahagun, por ejemplo, se encuentra al autor original prácticamente contradiciéndose.29 La variedad de las opiniones modernas en materia de intercalación se pone de manifiesto con toda claridad al colocarlas una junto a otra en forma de cuadro (página 319, mitad inferior).

Esto en cuanto a las pruebas positivas de la intercalación. Hay ciertas pruebas, sin embargo, que parecen indicar que los aztecas debieron de desconocer todo el principio de la corrección del calendario. De primera importancia es el curioso hecho que menciona Seler30 de que, cuando Sahagun habló con ciertos «viejos, los más hábiles que se pudo», en Tlaltelolco, cuarenta años después de la Conquista, su cómputo de los acontecimientos de esa Conquista tenía ya un error de diez días. Parece imposible exagerar la importancia de pruebas como esta. Tienen muchísima más significación que cualquier número de afirmaciones de los indígenas sobre lo que era o no era su costumbre. Los hechos concretos del caso parecen tener el carácter de una demostración, o bien de que no tenían intercalación, o bien, si se empleó algún principio de ese tipo, de que solo lo aplicaban a periodos de más de cuarenta años de duración. Otra prueba negativa

[Página 319] Algunas de las fuentes originales más importantes para el estudio del calendario azteca (aparte de los manuscritos indígenas)

AutorObra principalFecha de composiciónFecha de publicación
Fernando de Alva IxtlilxochitlHistoria Chichimeca1608–1616En Kingsborough, Londres, 1831; también en Ternaux-Compans, 1838.
Toribio de Benevente, llamado «Motolinia»Historia de los Indios de Nueva España1541París, edición de Bertrand, 1840; México, edición de Chavero, 1891.
Bernardino de SahagunHistoria general de las cosas de Nueva España1546–1569México, edición de Bustamente, 1829; París, edición de Jourdanet y Siméon, 1880; también en Kingsborough, Londres, 1831, y en Icazbalceta, México, 1858.
Jacinto de la SernaManual de los Ministros de las Indias1656En Anales del Museo Nacional, México, 1899.
Juan de TorquemadaMonarquia Indiana1589–1609Sevilla (¿Madrid?), 1615. 2.ª ed., edición de Gonzalez-Barcia, Madrid, 1873.
Un fraile desconocidoCrónica de la S. Provincia del Santíssimo Nombre de Jesus de Guattemala1683

Diversas autoridades sobre la intercalación

AutorTeoría de la correcciónReferenciaBasada en
Zelia Nuttall13 días añadidos cada 52 años1904, p. 486Serna, Sahagun.
Carlos Siguenza (seguido por Clavigero, 1870)13 días añadidos cada 52 añosCiclografia Mexicana (obra perdida, siglo XVII)Supuestamente basada en ciertos manuscritos de Ixtlilxochitl.
Antonio Leon y Gama (seguido por Troncoso)25 días añadidos cada 104 años1792, p. 52Reconstrucción hipotética del calendario.
Manuel Orozco y Berra12 y 13 días añadidos alternadamente cada 52 años1880, vol. 2, p. 60Códice Borgia (que sin duda interpretó mal).
Jose Fabrega (seguido por Von Humboldt)7 días suprimidos cada 1040 años1899, p. 146Mala interpretación del Códice Borgia, pp. 62–66.
Eduard Seler10 días añadidos cada 40 años1903, p. 49Sahagun.
Diversos autores311 día añadido cada cuatro años
Eduard SelerNo se empleaba intercalaciónTraducción de 1891, p. 21Sahagun, Motolinia, Torquemada, Crónica franciscana.

es de naturaleza igualmente tajante: ninguno de los manuscritos antiguos muestra huella alguna de intercalación, aunque algunos de ellos abarcan periodos de tiempo bastante largos. Esta última afirmación se aplica con especial fuerza al manuscrito vaticano 3738 (Códice Vaticano A).32

Todos los argumentos a favor de la intercalación parecen implicar una concepción fundamentalmente equivocada. Existe una escuela de pensamiento que establece, en esta parte del Nuevo Mundo, un gobierno fuerte y centralizado, con un rey a la cabeza, cuando con toda probabilidad existía solo una débil confederación de pueblos indígenas del todo democráticos, dirigida por un jefe de guerra elegido únicamente para supervisar las operaciones militares. Algunas de las ideas expresadas acerca del calendario parecen depender de este error. No se ha prestado suficiente atención a este respecto a los trabajos de Bandelier.33 Las obras de muchos autores europeos sobre las instituciones americanas siguen hablando de tronos y principados, coronas y cetros, como si Bandelier nunca hubiera escrito. El supuesto habitual es que, admitida la existencia de un imperio, debió haber en el México antiguo un único sistema universal de corrección del calendario, y que el deber del estudioso es averiguar cuál era ese sistema. Hay, de hecho, alguna razón para creer que, en último análisis, no existía un calendario fijo y autorizado, por no hablar de un sistema oficial para corregirlo. Se dispone de pruebas considerables de que todo el sistema mexicano se hallaba en un estado de formación y algo caótico. Convendría enumerar algunos de los puntos que sugieren esta conclusión. Sahagun nos dice, por ejemplo, que el comienzo del año azteca difería mucho de un lugar a otro. Cuando él mismo quiso averiguar con qué día comenzaba el año, tuvo que convocar una junta de «viejos» y «sabios», y estos discutieron el asunto «muchos días». Al fin, al parecer como transacción, se decidieron por el 2 de febrero.34 En otras palabras, la fecha buscada no era cuestión de hecho; era cuestión de opinión, e implicaba conciliar cómputos contradictorios. A este respecto vale la pena señalar, además, que aun los nombres de los signos de los días variaban, al parecer, de un pueblo a otro. Una lista muy interesante de signos de los días de Mezitlan, citada por Seler,35 tiene un signo «Diosa de la Tierra» en el lugar que suele ocupar Monstruo acuático. Esta misma lista difiere de la de la Ciudad de México en que tiene «Mazorca tierna» en lugar de Lagartija; «Piedra de moler» en lugar de Zopilote, y «Diente» en lugar de Hierba. Parece probable que otras listas de localidades independientes, o de varios pueblos distintos, reflejarían una variedad aún mayor en los nombres de los distintos días. A la vista de estos hechos, no parece probado que existiera entre los aztecas ningún sistema universal o regular de cómputo calendárico. Debe recordarse, además, que la intercalación es poco más que una novedad en Europa. Hasta la época de Julio César, el propio calendario europeo era una institución muy desordenada. Los pontífices de la Roma republicana «cuadraban» el calendario con las estaciones según surgía la necesidad y según parecía presentarse la oportunidad. Por lo que se sabe de la civilización mexicana en general, con sus pueblos independientes y sus áreas lingüísticas distintas, parece sumamente improbable que los antiguos pueblos de allí tuvieran un arreglo mejor que el romano. Las pruebas y las probabilidades favorecen con mucho la idea de que en el México antiguo no existía ningún sistema regular de corrección del calendario.36

Origen del sistema calendárico

Queda por discutir el origen y fundamento de esta serie de símbolos calendáricos. Nada se sabe sobre la evolución real de los signos. Para discutir el asunto con algún provecho sería necesario tener acceso a colecciones considerables de los monumentos mexicanos más antiguos. Quizá con un estudio de tales monumentos sería posible establecer de un modo general la evolución del sistema. Tampoco es posible decir por qué se escogieron los veinte objetos particulares que aparecen en el tonalamatl ordinario. Existen semejanzas bastante llamativas entre los calendarios de México y, por ejemplo, de China. La analogía abarca no solo la disposición de las fechas en ciclos y el método de combinar signos con numerales, sino en algunos casos incluso la identidad de los signos empleados. Por lo demás, hay indudables puntos de analogía entre los signos aztecas y algunos de los signos del zodiaco occidental. Sin embargo, sostener, como a veces se oye, que tales semejanzas prueban un contacto o una migración desde China es ir en contra de toda la tendencia de las pruebas de la arqueología mexicana en su conjunto. Resulta cada vez más evidente que la civilización de la América Media fue en realidad un desarrollo autóctono, aunque todavía se oye discutir el asunto. Puede darse por sentado, por lo tanto, que el desarrollo del sistema calendárico de la América Media ha de buscarse en el lugar mismo. Hasta donde sé, sin embargo, nadie ha intentado tratar el tema históricamente. El esfuerzo, hasta ahora, ha sido explicar el desarrollo del calendario, en especial sus elementos numéricos, sobre una base psicológica.

La razón del veinte como factor

El único punto en el que coinciden los estudiosos del calendario azteca se refiere a la razón por la que se escogieron veinte signos de los días. Se supone que este factor veinte tiene su fundamento en el sistema numeral azteca. Los aztecas, es decir, como muchas naciones de tiempos antiguos y modernos, tenían un sistema de números basado en el veinte en lugar del diez. Puede encontrarse una discusión muy interesante de este sistema en el trabajo de Cyrus Thomas «Numeral systems of Mexico and Central America».37 Es del todo razonable que su sistema numeral se haya desarrollado mucho antes que su peculiar calendario. No se necesita, pues, en opinión de muchos estudiosos, ninguna otra explicación del hecho de que escogieran veinte signos de los días. Parece, a primera vista, justo lo que cabría esperar a partir del conocimiento de su aritmética.

La razón del trece como factor

Cuando se considera, sin embargo, el hecho de que los veinte signos de los días se combinaban con trece numerales, se presenta un verdadero enigma. Las opiniones acerca de la razón de la existencia de una serie de trece numerales son casi tan numerosas como los autores que han discutido el tema. Si, en efecto, la existencia de un sistema numeral vigesimal condujo a escoger veinte símbolos, cabría ciertamente esperar que condujera a escoger veinte numerales calendáricos. ¿Por qué se encuentran solo trece? El carácter artificioso de la mayoría de las hipótesis sobre este punto se hace evidente con solo ponerlas una junto a otra.

Diversas propuestas para explicar el elemento trece en el calendario

  1. El factor trece aparece porque las partes más importantes del cuerpo son trece en número: a saber, los diez dedos, una oreja, un ojo y la boca. (Förstemann.)38
  2. El trece representa el periodo en que la luna crece, o mengua.39
  3. Se escogió el trece porque los antiguos mexicanos concebían trece cielos. (Förstemann.)40
  4. La portada del códice Tro-Cortesiano tiene una representación de los cuatro puntos cardinales, contando en ambas direcciones, seguida de los símbolos del cenit y el nadir, y otro que por desgracia está borrado. Encima de estos están escritos los números del uno al trece. ¿Explica esto el trece del calendario? (Cyrus Thomas.)41
  5. Los aztecas establecieron un año de 364 días porque necesitaban para el año una cantidad divisible entre 4. La cantidad (364) se descompone en 4 × 91, y también en 28 × 13. De ahí el 13. (Förstemann.)42
  6. El trece se deriva del hecho de que 8 años solares equivalen a 5 años «de Venus». Los aztecas, al idear su calendario, escogieron una unidad consistente en una combinación de 8 y 5. De ahí el 13. (Seler.)43

Estas propuestas, aunque más o menos ingeniosas, son bastante obviamente artificiosas. Los puntos que implica la primera, por ejemplo, de llevarse lógicamente hasta el final, habrían dado por resultado no la elección de trece numerales, sino de algún otro número. Si, al hacer una lista de las partes más importantes del cuerpo, contaran los diez dedos, de los cuales al menos la mitad son exactamente iguales a la otra mitad, y que individualmente no son órganos de suma importancia, ciertamente habrían contado ambos ojos. En cuanto a la segunda propuesta, se imponen consideraciones de hecho. El periodo real en que crece la luna no es de trece días. Además, si la luna hubiera tenido algún efecto en la evolución del calendario azteca, cabría ciertamente buscar alguna huella de un mes lunar. Nada es más sencillo que contar de una luna llena a la siguiente. Difícilmente habrían hecho los aztecas de la mitad del periodo lunar un elemento de su calendario ignorando el periodo completo. Las dos propuestas siguientes de la lista implican lo que probablemente es una inversión lógica. Parece verosímil que, si los aztecas concebían trece cielos, o trece dioses del día, fuera porque, por razones calendáricas o de otra índole, el número trece ocupaba ya el primer lugar en su conciencia. El número trece parece, en efecto, ser bastante importante en sus instituciones. Así, había trece divisiones en los ejércitos mayas; hay trece serpientes en la mitología tzeltal; y para los cakchiqueles el día trece era sagrado.44 Es, sin embargo, tan plausible considerar estas ideas como derivadas del calendario como invertir la proposición.

La teoría más abstrusa es la de Förstemann (número 5 de la lista que se acaba de dar). Supone que los pueblos de la América Media empezaron por tener un año de 360 días. Hallándolo demasiado corto, aumentaron su duración no a 365 días, sino a 364, porque por razones personales (y, debe añadirse, del todo misteriosas) deseaban que el número de días del año fuera divisible entre cuatro. Pero un año de 364 días se divide naturalmente en subdivisiones de veintiocho días, y hay trece de estas subdivisiones. De ahí el trece del calendario. Aparte de su carácter sumamente elaborado, esta teoría no explica el hecho de que los aztecas escogieran el trece y no el veintiocho, o, para el caso, y no el noventa y uno, que es tan factor de 364 como las otras dos cantidades.

Si la teoría de Förstemann es la más abstrusa, la que propone Seler goza de la distinción de ser la más complicada. Su hipótesis implica su idea favorita de que los mexicanos daban importancia a un año «de Venus» de 584 días. Le llama la atención el hecho, en cierto sentido curioso, de que cinco de estos años de Venus forman un periodo exactamente equivalente a ocho años solares. Supone entonces que los aztecas escogieron como base de su calendario un periodo consistente en estos dos periodos tomados juntos, o sea 949 días. El máximo común divisor de 365 y 584 es 73; el año solar es cinco veces, el año de Venus ocho veces, y el periodo «básico» trece veces este factor. De ahí el elemento trece. Si la teoría de Seler es cierta, debe tenerse presente que, mientras estos cómputos se realizaban en la mente del antiguo inventor del calendario, los días carecían aún de nombre. Derivan sus nombres de la combinación de ciertos signos con estos mismos trece numerales cuyo origen se discute. Seler supone, por lo tanto, que los aztecas manejaban cantidades tan grandes de días como 949, y barajaban mentalmente tales grupos de días, antes de tener nombre para ninguno de ellos. En otras palabras, supone que los aztecas se volvieron hábiles matemáticos, observaron con cuidado la duración de los periodos solares y planetarios, y solo después se sentaron a inventar nombres para sus días. No hay prueba alguna en toda la historia humana de que las instituciones se desarrollen de este modo. Las probabilidades de que tal desarrollo haya ocurrido con el calendario de los aztecas son, me parece, demasiado remotas para que valga la pena desarrollar la teoría.45 Algunos estudiosos tratan de explicar no la presencia del trece como elemento del calendario, sino la presencia del tonalamatl de 260 unidades. Si como primer paso los aztecas reconocieron el 260 como cantidad fundamental, y como segundo paso escogieron veinte signos de los días porque el carácter vigesimal de sus numerales sugería tal camino, obtendrían el tercer elemento dividiendo 260 entre 20, con lo que resulta 13. Se han propuesto, en efecto, varias explicaciones que dan cuenta directamente del elemento 260. Alguien ha sugerido que el nueve era un número sagrado, y que 260 representa el número total de días de nueve lunaciones. Esta hipótesis ha sido mencionada con aprobación por la señora Nuttall.46 Aparte de otras objeciones, nueve meses lunares dan, de hecho, no 260 sino aproximadamente 265½ días. Otra hipótesis, que data de época muy temprana (posiblemente de Motolinia),47 se basa en la idea de que 260 días representaban el periodo de visibilidad de Venus. Esta hipótesis podría al menos discutirse si Venus fuera realmente visible durante 260 días. Por desgracia, nada de eso ocurre. Como observa Beuchat,48 el periodo de 260 días no corresponde a la duración de ningún fenómeno astronómico conocido. Otra hipótesis más deriva la importancia de los 260 días, y el uso de ese periodo en el calendario, del hecho de que el embarazo ocupa ese tiempo. Esta última propuesta sería quizá la más plausible de todas si el embarazo durara ese periodo. La ha propuesto la señora Nuttall,49 antes que ella Förstemann,50 y antes que él Torquemada. Aparte de su relativa sencillez, parece tener poco a su favor.

Goodman, cuya monografía fue probablemente la contribución individual más importante al tema,51 sostiene la opinión de que el 260 no se basa necesariamente en la combinación de veinte y trece, sino que se estableció porque era una unidad que se dividía muy cómodamente de varias maneras.

Considerándolo todo, me inclino a sostener la convicción de que los factores trece y veinte son los elementos originales del tonalamatl. Parecería lo más plausible, en igualdad de circunstancias, suponer que estos dos factores simples evolucionaron de algún modo, y que el tonalamatl es su producto. Muy probablemente hubo una razón sencilla y práctica que condujo en primer lugar a escoger estos dos factores. Puede decirse con seguridad, sin embargo, que esa razón no es evidente en la actualidad.

Derivación de los símbolos calendáricos

Ya se ha hecho referencia al hecho de que los calendarios de todos los pueblos más altamente civilizados de la América Media tienen muchos puntos en común y están construidos prácticamente según las mismas líneas. Es evidente desde luego, por lo tanto, que se ofrece la oportunidad de un estudio comparativo de lo más interesante. Tales investigaciones las ha llevado a cabo con resultados satisfactorios el profesor Seler. Dos de sus obras son de especial interés desde este punto de vista, a saber, su «Mexican chronology with especial reference to the Zapotec calendar»52 y su monografía sobre «The tonalamatl of the Aubin collection».53 La discusión sobre el probable lugar de origen del calendario y la derivación de sus signos es, por lo tanto, innecesaria aquí. De los dos trabajos mencionados, el segundo en particular contiene una presentación sistemática de las afinidades de toda la serie de símbolos, en orden.54 El asunto puede despacharse en este lugar con la mera observación de que las pruebas del profesor Seler en estos dos trabajos son casi enteramente de carácter lingüístico. Las pruebas arqueológicas nunca se han aplicado a esta cuestión.

Línea probable de evolución

Hay en realidad dos tipos de explicación posibles para la existencia de este complejo calendario: la evolución gradual o la creación súbita. De las dos hipótesis prefiero con mucho la primera, por principios generales. La discusión estará fuera de lugar, sin embargo, mientras no se disponga de datos reales que discutir. Algunos de los americanistas más distinguidos, por otra parte, parecen considerar el calendario como una invención súbita. Seler, como se citó más arriba, ve el calendario en su totalidad como producto de algún autor o grupo de autores que trabajaron conscientemente en la elaboración de un sistema. La señora Nuttall55 expresa también la creencia de que el sistema tuvo un inventor (por no describirlo con más precisión) que tenía realmente en mira, y previó, una época de 1040 años. Se supone que dispuso en sus cálculos 260 periodos de Venus, rectificados por 260 correcciones separadas de cinco días, y que previó veinte intercalaciones. Parece considerar los veinte símbolos de los días, el tonalamatl, toda la compleja institución, como producto de un solo y tremendo esfuerzo mental. Aunque me declaro incapaz de discutir la evolución del sistema en términos definidos, deseo dejar constancia de mi profunda incredulidad de que haya seguido un camino semejante. Lo probable, me parece, es que el calendario tenga una historia real: una historia de acrecentamiento, cambio y elaboración graduales. Me inclino a pensar que el sistema calendárico azteca sufre con frecuencia por considerársele aparte de su contexto. Es importante recordar que fue obra de tribus indígenas que apenas habían cruzado el umbral de la civilización. Aunque elaborado, es, como muchos logros primitivos, bastante torpe e ineficaz aun en su forma perfeccionada. El funcionamiento del sistema calendárico mexicano recuerda los defectos de su método de escritura pictográfica. Ambas instituciones dejan una impresión de ingenio inútil. Todo autor que trate del calendario azteca debería, creo, conservar en la mente una imagen muy viva de los pueblos indígenas en que se desarrolló. Es ciertamente absurdo poner el calendario mexicano en un plano de igualdad con los sistemas calendáricos de aquellas naciones del Viejo Mundo que tenían registros escritos y al menos los comienzos de la ciencia. Más allá de insistir en que el calendario probablemente tiene una historia, parece imposible ir.

El trazo de los símbolos calendáricos en los manuscritos

Se ha visto que los diversos símbolos calendáricos representan, en el fondo, objetos o fenómenos reales. Una posible excepción se da en el caso del símbolo «Movimiento» u Olin, en el cual el elemento gráfico parece oscurecido, si es que alguna vez lo tuvo. En el caso de la mayoría de los signos calendáricos aztecas operan muchas tendencias que cambian su carácter original. La más sencilla de estas tendencias es quizá el mero deseo de ornamentación o decoración. El artista indígena parece a veces considerar los signos calendáricos como un campo admirable para la expresión del gusto artístico. Esto lo ilustra muy bien el tratamiento de la cabeza de serpiente, usada como el signo del día Serpiente o Coatl. La figura 4 representa las diversas maneras en que se elabora este diseño. En los dibujos que muestra la figura, el contorno general no ha sido modificado seriamente. Los diversos artistas muestran, sin embargo, un discernimiento considerable en la elección de los distintos estilos de ornamento que aplican.

Waterman 1916, fig. 4: Distintos estilos de ornamentación aplicados a la cabeza de serpiente
Fig. 4.—Distintos estilos de ornamentación aplicados a la cabeza de serpiente
a, Vaticano B, p. 4; b, Nuttall (Zouche), p. 4; c, Nuttall (Zouche), p. 61; d, Vaticano B, p. 4; e, Vaticano B, p. 5; f, Vaticano B, p. 81.56

El mismo punto se pone de manifiesto con toda claridad en el caso de las distintas representaciones de Monstruo acuático (Cipactli). Esto se ilustra en la figura 5. La cabeza tiene en todos los casos contorno de reptil, posee una placa ocular prominente y se caracteriza por la presencia de una hilera de enormes dientes triangulares. La superficie de la cabeza se elabora con manchas, líneas verticales, barras y puntos en variedad de disposiciones.

El primer punto en el estudio de los signos de los días, tal como se trazan en los manuscritos, es por lo tanto que se hace evidente un juego considerable del impulso artístico. En consecuencia, en cada caso han de esperarse muchas modificaciones caprichosas de la idea original.

Otro punto que merece destacarse es este: que los artistas indígenas, al trazar los signos de los días, trataban temas perfectamente familiares para ellos y su público. Tenían libertad, por lo tanto, de reducir sus pinturas a los símbolos más escuetos sin peligro de ser malentendidos. Además, en muchos manuscritos los signos aparecen en una secuencia regularmente establecida, y en muchos casos la identidad de un símbolo puede determinarse tan fácilmente por su lugar en la serie como por su apariencia. En muchos casos, en consecuencia, se encuentra un simbolismo desenfrenado. Los símbolos aparecen, de hecho, en todos los grados de despojamiento. Sería fácilmente posible, con base en el material de los manuscritos, «trazar el desarrollo» de los diseños más simples y convencionalizados a partir de los más complicados y realistas, mediante el viejo recurso de poner lo realista en un extremo de una serie y lo convencional en el otro. Es digno de nota, sin embargo, a este respecto, que a menudo se encuentran una forma muy compleja de un signo y una muy simplificada, una junto a otra, en la misma página (véase la fig. 6). En otras palabras, el artista indígena tenía al parecer siempre en la mente las formas completas de estos signos de los días. A veces, al escribir un signo dado, escogía solo uno o dos rasgos, y en otros casos los ponía todos, con ornamento elaborado además, si el espacio lo permitía y le venía en gana. Una cosa es perfectamente evidente a partir del estudio de los manuscritos disponibles: que en la ejecución de los signos de los días el capricho desempeña un papel considerable. Estas condiciones permiten una convergencia casi ilimitada entre los diversos diseños, lo que hace prácticamente imposible en algunos casos identificar un símbolo cuando se toma fuera de su contexto. Esto se ilustra en la figura 7. Hay una semejanza general entre los dos primeros dibujos (a y b), y sin embargo representan signos de los días del todo independientes, Flor y Caña. Un caso aún más extremo se muestra en c y d de esta figura. c representa una mandíbula humana coronada por un ojo, y el conjunto acompañado de un manojo de hierba. Toda la figura compuesta representa el signo del día Hierba.

Waterman 1916, fig. 5: Elaboración ornamental en la decoración de la cabeza del Monstruo acuático
Fig. 5.—Elaboración ornamental en la decoración de la cabeza del Monstruo acuático
a, Vaticano B, p. 4; b, Vaticano B, p. 7; c, Vaticano B, p. 67; d, Vaticano B, p. 71; e, Vaticano B, p. 1; f, Vaticano B, p. 2.
Waterman 1916, fig. 6: Dos formas del signo del día Lluvia (Quiahuitl), que representan al dios de la lluvia, Tlaloc
Fig. 6.—Dos formas del signo del día Lluvia (Quiahuitl), que representan al dios de la lluvia, Tlaloc
a, Rostro humano con ojo anteojado y dientes largos; b, el mismo simplificado. (Ambos de Nuttall (Zouche), p. 9.)
Waterman 1916, fig. 7: Dibujos semejantes entre sí pero que representan ideas distintas
Fig. 7.—Dibujos semejantes entre sí pero que representan ideas distintas
a, Flor (Xochitl), Vaticano B, p. 7; b, Caña (Acatl), Vaticano B, p. 11; c, Hierba (Malinalli), Vaticano B, p. 18; d, Agua (Atl), Vaticano B, p. 82.

d es una representación convencionalizada de una vasija de agua con una concha dentro (véanse las figs. 20 y 25) y representa el signo del día Agua. Y sin embargo los dos símbolos c y d ciertamente parecen destinados a representar la misma idea. Esta variabilidad y convergencia pueden discutirse mejor en relación con los estudios individuales de cada uno de los signos de los días y de las diversas formas que adoptan. Se verá que las tendencias recién señaladas operan en el caso de cada uno de los signos de los días que se tratan en el resto del trabajo.

Los veinte signos de los días: sus características y variaciones

En las páginas siguientes se ha procurado reunir los ejemplos más divergentes posibles de los veinte símbolos de los días y ponerlos uno junto a otro para su comparación. Se han omitido de los resultados que presenta este trabajo bastantes manuscritos mexicanos porque contenían dibujos de europeos y de objetos europeos, y eran por lo tanto evidentemente tardíos. Destacan entre los manuscritos de esta clase que no se han considerado el Códice Vaticano A (3738) y los manuscritos mencionados más arriba, publicados en facsímil por la Junta Colombina en la Ciudad de México57 (el Códice Porfirio Díaz, el Códice Baranda, el Códice Dehesa, etc.). Se ha dejado así de lado bastante material por demasiado inexacto para el presente propósito. Destacan en esta categoría las reproducciones de las enormes Mexican Antiquities de lord Kingsborough ya mencionadas. En ellas los signos de los días están dibujados tan imperfectamente que cualquier discusión de sus formas sería un esfuerzo perdido. Los dibujos del manuscrito Aubin, algunos de ellos reproducidos más abajo, son mucho peores que cualquiera de los de Kingsborough. Las peculiaridades de los signos de los días en él son evidentemente mero efecto de la ignorancia y del mal dibujo. La edición Loubat de este manuscrito constituye una copia perfecta de un ejemplar defectuoso. Las formas variantes que contiene tienen, por lo tanto, cierto interés.

Siempre que ha sido posible, los signos de los días ilustrados más abajo se han comparado con dibujos realistas de los objetos correspondientes. El estudio de estos dibujos gráficos arroja considerable luz sobre rasgos de los signos de los días que de otro modo podrían resultar oscuros. Es justo suponer que el signo del día, cuando no es realista, es una versión simplificada y convencional de la representación gráfica. En algunos casos se verá que los dibujos que aparecen como signos de los días son curiosos no puramente por ser signos de los días, sino porque el artista azteca tenía limitaciones aun cuando intentaba ser realista. Los dibujos realistas que aparecen más abajo se han seleccionado en todos los casos de la lista de manuscritos originales que proporcionaron los signos de los días ilustrados.

Waterman 1916, fig. 8: El signo del día Monstruo acuático (Cipactli)
Fig. 8.—a–o, El signo del día Monstruo acuático (Cipactli);

Monstruo acuático (Cipactli)

Procedencia de los dibujos (fig. 8):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 76
  • b, Vaticano B, p. 47
  • c, Nuttall (Zouche), p. 35
  • d, Vaticano B, p. 87
  • e, Vaticano B, p. 73
  • f, Bologne, p. 3
  • g, Nuttall (Zouche), p. 4
  • h, Fejervary, p. 28
  • i, Nuttall (Zouche), p. 47
  • j, Vaticano B, p. 80
  • k, Vaticano B, p. 50
  • l, Vaticano B, p. 59
  • m, Aubin, p. 13
  • n, Vaticano B, p. 58
  • o, Vaticano B, p. 5
  • p, Nuttall (Zouche), p. 75

Los dibujos de la figura 8 representan diversas formas del signo del día Monstruo acuático (Cipactli). El último dibujo de la serie (p) ofrece lo que debe considerarse un intento de representar este animal de manera realista. Este último dibujo (p) se tomó de una página del Códice Nuttall (manuscrito Zouche) que representa un grupo de guerreros que avanzan en canoas al asalto de un pueblo isleño. En la escena, tal como aparece en el manuscrito, se dibuja un lago que contiene en sus profundidades, además de la presente figura, un pez, varias conchas y un caracol. (Códice Nuttall (manuscrito Zouche), p. 75). La semejanza entre las distintas formas del primer signo del día y este dibujo realista de un monstruo en el agua da amplio fundamento al nombre de Monstruo acuático aplicado al símbolo del día. La palabra Cipactli, nombre azteca del signo del día, parece significar ante todo «espinoso».58 Se aplica en los vocabularios antiguos a un animal descrito como «pez grande como caimán». El signo del día correspondiente de los zapotecos del sur de México tiene un nombre que se define como «gran lagarto del agua». Parece bastante probable, considerándolo todo, que el dibujo realista que se muestra más abajo (p, fig. 8) y los signos de los días que tanto se le parecen pretendan todos representar alguno de los cocodrilianos americanos. Una ojeada a la figura 8, p, mostrará, sin embargo, que aun los dibujos realistas del animal pueden representarlo sin mandíbula inferior. Esta ausencia de la mandíbula inferior es un rasgo bastante constante de este signo del día dondequiera que aparece. Otros rasgos prominentes del signo del día son una gran placa ocular, que aparece de manera bastante uniforme, y dientes grandes y afilados. En la pintura realista la criatura se representa con espinas a lo largo del lomo y sobre el hocico. Las espinas a lo largo del espinazo son contraparte de las que tiene el animal real. Las de la nariz y la cabeza, en cambio, son añadidos artificiales. Un estudio de las figuras c, f y p de la figura 6 hace parecer bastante probable que estas últimas «espinas» sean en su origen meramente dientes adicionales que han emigrado desde la parte inferior o boca propiamente dicha. Por otra parte, pueden ser añadidos sugeridos a los mexicanos por su familiaridad con los lagartos cornudos o «camaleones cornudos», que, salvo el tamaño, son animales algo parecidos al caimán pero con la cabeza córnea o espinosa. Los dientes que se muestran en las distintas formas de este signo del día merecen un comentario general. La figura 8, d, es la que más se acerca a representar de manera realista la verdadera dentadura de los cocodrilianos. Los dientes triangulares que se muestran en b, tipo más usual en los manuscritos que los demás, parecen ser meramente formas convencionalizadas. Los signos de Monstruo acuático tienen en sus contornos al menos un aire de familia con el signo Serpiente, o Coatl (véase la fig. 18). Esta semejanza ha afectado al parecer la dentadura que se da al Monstruo acuático, al que a menudo se le dota no solo de dientes, sino de colmillos de serpiente. La distinción entre ambos tipos de dientes está claramente hecha en los dibujos marcados a, e, f, figura 8, y quizá se sugiere en p. En m se ve no solo un colmillo de serpiente, sino también la lengua bífida de la serpiente. Estos rasgos, sugeridos por una aproximación de la forma general al tipo de la serpiente, o acompañados de ella, parecen ser puramente un caso de préstamo.

En algunos de los dibujos se muestra una nariguera (g y m). Este es un adorno puramente humano, y uno que se ve en muchas figuras de guerreros y sacerdotes de los manuscritos. En la figura 8, l, la combinación de una espina y una placa ocular parece casi una especie de gorro. La cola en la figura 8, p, termina en un cuchillo de pedernal, o en una figura muy parecida a los cuchillos de pedernal ilustrados en la figura 35.

En relación con el símbolo Monstruo acuático, Seler hace una observación que es, en mi opinión, una muestra de lo que debe evitarse. Observa que las púas de la parte superior de la cabeza del Monstruo acuático pretenden representar cuchillos de piedra. «Prueba» que este es su significado original remitiendo a una página del Códice Borbónico en la que las púas tienen la forma de cuchillos de piedra. Hay aquí una debilidad lógica. En algunos manuscritos se encuentran también las plumas del Águila tomando la forma de cuchillos de pedernal (fig. 32, g). Eso no prueba que las plumas se dibujaran originalmente como cuchillos de pedernal. Hay en general tanta simplificación y elaboración arbitrarias en la representación de todos los signos que dar con una variante cualquiera y llamarla la forma original es una pérdida de tiempo. El único medio de juzgar cuál pudo haber sido la forma original es encontrar una representación de un objeto dado que evidentemente pretenda ser gráfica. Cuando, por ejemplo, el artista, en el caso del signo Cipactli que se discute, dibuja un monstruo en medio de un lago rodeado de representaciones realistas de peces, caracoles y conchas bivalvas, como ocurre con el original de la figura 8, p, es una conjetura justa que pretende que su dibujo sea realista; y tal dibujo probablemente representa su idea de cómo es en verdad el animal. Es al menos plausible referirse a los rasgos de tales dibujos como los originales. Ni aun esto es realmente concluyente. Las características de la representación gráfica pueden estar afectadas por rasgos tomados de los símbolos de los días familiares. Sería ciertamente más plausible, en el caso de los cuchillos de pedernal de Seler, hacer una suposición directamente contraria a la suya y decir que sus cuchillos de pedernal del Códice Borbónico son dientes o púas elaborados y reinterpretados. Es difícil creer que el signo del día Monstruo acuático pudiera haber comenzado su carrera en una forma tan peculiar como la de un animal erizado de cuchillos de piedra.

Los trabajos de Seler muestran otra tendencia que merece comentario. A menudo se refiere categóricamente a ciertos rasgos como característicos de un símbolo del día dado. Si se reúnen deliberadamente tantas formas variantes como sea posible de un signo del día, es en verdad difícil encontrar un rasgo que aparezca en todas ellas. Para dar un ejemplo concreto, Seler dice que en las representaciones de Cipactli «una hilera de púas corre . . . a lo largo de la línea vertical de la cabeza».59 Los dibujos a, b, e, g, h y 4 de la presente figura, los seis bellísimamente dibujados, carecen de este rasgo. La ausencia de reglas rígidas de esta clase se destacará al discutir otros de los signos más abajo.

Vale la pena mencionar otro rasgo de los diseños del Monstruo acuático. Me refiero al valor artístico de la mayoría de las cabezas como objetos decorativos. La mayoría de estas cabezas presentan un aspecto plenamente pintoresco. La placa ocular es casi siempre más o menos flamígera, como lo es, en muchos casos, la figura en su conjunto. La figura 8, a, es más típica a este respecto que las demás.

↑ Índice

Viento (Ehecatl)

Procedencia de los dibujos (fig. 9):

  • a, Vaticano B, p. 52
  • b, Vaticano B, p. 7
  • c, Bologne, p. 1
  • d, Vaticano B, p. 71
  • e, Nuttall (Zouche), p. 5
  • f, Vaticano B, p. 3
  • g, Vaticano B, p. 1
  • h, Nuttall (Zouche), p. 62
  • i, Vaticano B, p. 87
  • j, Nuttall (Zouche), p. 1
  • k, Vaticano B, p. 71
  • l, Nuttall (Zouche), p. 16
  • m, Nuttall (Zouche), p. 16
  • n, Nuttall (Zouche), p. 18
  • o, Fejervary, p. 35
  • p, Nuttall (Zouche), p. 3
  • q, Nuttall (Zouche), p. 65

Las diversas formas de este signo del día representan al dios del viento, Quetzalcoatl, nombre que significa literalmente «Serpiente Emplumada». El símbolo se asocia, sin embargo, con la palabra ehecatl, o «brisa». La figura 7, q, da una idea de la manera en que la deidad se representa de modo realista. Tiene aquí la forma de un ser humano que corre, y lleva en el brazo izquierdo un escudo con jabalinas, y en la mano derecha el atlatl,60 o lanzadardos. En la pintura se muestran su cabello lacio y una barba cerrada. Su nariz es prodigiosamente alargada, y las partes de su rostro en torno a la boca tienen la forma de un pico de ave. Es bastante difícil decir a simple vista si estos dos rasgos pretenden representar las peculiaridades faciales reales del dios o simplemente una máscara que lleva puesta. En la cabeza lleva un gorro puntiagudo, representado en muchos lugares como hecho de piel de tigre, y en la nuca un ornamento en forma de abanico muy característico. El resto de su atavío es del tipo azteca habitual, y consiste en un taparrabo y sandalias. El presente dibujo muestra, además, un collar y una vistosa orejera. Cuando se pasa a los símbolos de los días que se muestran en esta figura, se advierte que representan solo la cabeza de la divinidad. Muchos de los símbolos de los días de los manuscritos representan la cabeza tal como se ha descrito, con el cabello, la barba, el gorro y la máscara u hocico. Algunos de los dibujos de los manuscritos, en cambio, están muy simplificados. Sería muy fácil ver en la presente figura una «serie descendente» de dibujos. La figura 9,a, por ejemplo, que es una representación completa del dios con todos sus rasgos, podría considerarse el comienzo de un proceso de degeneración, y la figura 9, p, despojada de casi todo, el final del proceso. Es incluso posible llenar todos los pasos entre estos dos extremos y mostrar cómo, uno por uno, los rasgos pudieron haberse desprendido. La figura 9, a, por ejemplo, tiene gorro, barba, ojo, orejera y hocico. La figura 9, e, ha perdido el gorro; i carece del gorro y además ha perdido la orejera. La figura 9, g, ha perdido, además de lo anterior, la pupila del ojo; m ha perdido el ojo por completo y conserva, de los rasgos originales, solo el hocico y la barba. En o y p aun la barba desaparece, y de todo el dios no queda sino el hocico. La boca de a degenera en p en una mera línea.

Waterman 1916, fig. 9: El signo del día Viento (Ehecatl); q, dibujo realista del dios del viento
Fig. 9.—a–p, El signo del día Viento (Ehecatl); q, dibujo realista del dios del viento

Tal serie, sin embargo, tiene muy poco significado real. La cabeza elaborada que se muestra en e fue dibujada por el mismo artista que dibujó la forma simplificada que se muestra en p, y ambos dibujos están en páginas contiguas del texto original. Las figuras del texto no representan, por lo tanto, series genéticas reales. Parece posible, sin embargo, interpretar ciertos rasgos presentes en los signos mediante un proceso de comparación. Por ejemplo, algunos de los dibujos realistas del dios lo representan con un colmillo en la comisura de la boca. Parece probable que el colmillo se haya elaborado a partir de una muesca, que aparece a menudo exactamente en el mismo lugar y tiene muy parecido aspecto. Si ha de buscarse una forma «original», la muesca podría interpretarse como la boca curvada hacia abajo, que es el signo habitual de la vejez, como se muestra por ejemplo en la figura 10, b. La forma de colmillo es especialmente clara en la figura 9, c, d y l. Parece bastante probable que el disco con muesca bajo la comisura de la boca en la figura 9, o, represente esta muesca o colmillo de la boca, que en este dibujo ha emigrado fuera de su lugar propio.

El ojo, en estas representaciones del símbolo Viento, hace cosas curiosas. En b, figura 9, emigra hacia el pico, y en d se eleva sobre un tallo. En los dibujos f y h este tallo se alarga mucho. La barba, también, participa de estos cambios. En la figura 9, f, pierde su semejanza con el pelo, aunque conserva su contorno. En g el pelo se sustituye por motas, y en h y k toda la barba degenera en un mero apéndice en forma de salchicha. Series como las que se muestran en la figura 9, representen o no con exactitud el origen de las formas más simples de los signos de los días, permiten al menos reconocer en las formas más simples muchos de los elementos que componen las más complicadas. Una persona que, al examinar un texto, encuentre una forma como q, figura 9, tendría ciertamente alguna dificultad para reconocerla como una forma del dios del viento. Y sin embargo, por comparación con las figuras más complicadas, es posible reconocer en el dibujo más simple los diversos elementos que representan el cabello, el hocico y la barba. Solo cambian las proporciones y las posiciones de las diversas partes, mientras que la identidad de la figura sigue siendo inconfundible.

Waterman 1916, fig. 10: a, el rostro del dios del viento, con la boca curvada hacia abajo (Nuttall); b, un rostro con la boca curvada, rasgo que significa vejez
Fig. 10.—a, el rostro del dios del viento, con la boca curvada hacia abajo (Nuttall); b, un rostro con la boca curvada, rasgo que significa vejez
Waterman 1916, fig. 11: El signo del día Casa (Calli); q, dibujo realista de una casa
Fig. 11.—a–p, El signo del día Casa (Calli); q, dibujo realista de una casa

Casa (Calli)

Procedencia de los dibujos (fig. 11):

  • a, Vaticano B, p. 87
  • b, Nuttall (Zouche), p. 56
  • c, Nuttall (Zouche), p. 20
  • d, Nuttall (Zouche), p. 34
  • e, Fejervary, p. 18
  • f, Nuttall (Zouche), p. 31
  • g, Aubin, p. 1
  • h, Vaticano B, p. 8
  • i, Vaticano B, p. 5
  • j, Vaticano B, p. 4
  • k, Fejervary, p. 30
  • l, Vaticano B, p. 64
  • m, Vaticano B, p. 3
  • n, Nuttall (Zouche), p. 84
  • o, Vaticano B, p. 71
  • p, Nuttall (Zouche), p. 6

Probablemente hay pocos signos de los días en los que las formas originales estén tan completamente oscurecidas como en el caso del signo del día Casa. En su forma extrema, el signo del día aparece meramente como un gancho (fig. 11, m) sobre una especie de pedestal. Los dibujos de k, l, m parecen mostrar cómo evoluciona esta apariencia de «gancho». k es una pintura bastante convincente de una estructura de piedra, diría yo, con techo de paja. Si el testimonio de los manuscritos sirve de algo, esta es la forma usual de arquitectura en la región azteca o del Altiplano, aun para los edificios ceremoniales. La comparación con la figura 11, g, pone de manifiesto los rasgos principales de tal estructura. Esta última representa, como a, e y k—p, un corte transversal de tal templo. A la derecha está la escalinata que sube a la puerta del templo. La puerta estaba formada por dos jambas, de piedra o de madera, con una tercera pieza colocada horizontalmente sobre ellas como dintel (véase la fig. 11, b-d). Según Seler,61 estos postes y dinteles son de madera. El artista, al parecer, quiso mostrar esta puerta pero no era capaz de dibujarla en perspectiva, de modo que transigió arrastrándola hacia un lado y representando solo parte de ella; es decir, con solo una de las jambas en su sitio. El muro frontal del templo, o al menos la posición de ese muro, lo representó con una mera línea delgada. La techumbre de paja, en cambio, está representada clara y muy correctamente, pues los templos tenían, como aquí se indica, techos «a cuatro aguas», cubiertos de paja en las cuatro vertientes. La cumbrera parece haberse elaborado como una especie de ornamento. Esto se muestra en la parte superior de la figura 11, g. Sobre la base o pirámide de la estructura se ve un símbolo de terremoto u olin (para el cual véase la fig. 34). En la figura 11, k, el techo es más bien abombado o convexo. En l el efecto de «pico» se reduce a un rudimento, y el dibujo en su conjunto es de estilo más cursivo. En la figura 11, m y n, el artista parece haber tenido en mente no la idea original de una casa, sino símbolos degenerados de ella como l, figura 11, que se permitió reproducir de manera aún más cursiva. De hecho, en m, l, n, o y p la semejanza con una casa se pierde casi o por completo.

En b, figura 11, se representa la vista frontal de la casa, o calli. Se ven aquí el techo de paja a cuatro aguas y la puerta de piedras labradas o maderos. El artista, sin embargo, no era al parecer capaz de dibujar una escalinata de frente, así que la omitió. En d esta puerta está dibujada con más claridad aún. Aquí el artista parece haber intentado dibujar a la vez el frente y los hastiales del techo, aunque desistió sin lograrlo. En g la estructura se ha reducido a un resto. Se ve aquí, al parecer, una vista lateral que muestra la mitad de la construcción de la puerta (compárese a) y una línea que representa el muro posterior. La figura 11, h–j, representa esta misma vista frontal de la estructura, dibujada, sin embargo, en líneas cursivas. El recinto en forma de T parece representar la línea exterior de la construcción de la puerta, pues el vano ha desaparecido. En este caso, un estudio de las formas más complicadas explica fácilmente las simples, como g.

Lagartija (Cuetzpalin)

Procedencia de los dibujos (fig. 12):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 56
  • b, Nuttall (Zouche), p. 49
  • c, Nuttall (Zouche), p. 13
  • d, Vaticano B, p. 3
  • e, Nuttall (Zouche), p. 5
  • f, Vaticano B, p. 64
  • g, Vaticano B, p. 16
  • h, Fejervary, p. 37
  • i, Vaticano B, p. 7
  • j, Bologne, p. 2
  • k, Aubin, p. 19
  • l, Vaticano B, p. 70

Este es probablemente el menos interesante de todos los símbolos de los días, porque casi siempre está dibujado con descuido y, en el mejor de los casos, no muestra mucha variedad. Suele ser una figura despatarrada con un número incierto de patas desparramadas y una cola. Diría que lo más característico en el dibujo de la lagartija es la manera desarticulada en que se despatarra sobre la página. Un rasgo se advierte en los dibujos de lagartija cuando pueden examinarse en color. La mitad del animal es normalmente roja, la otra mitad azul celeste. La división en dos colores está representada por la línea que atraviesa el cuerpo de la lagartija en la figura 12, a, b, c, e y g. La afirmación de Seler62 de que «el símbolo de la lagartija es normalmente azul» no se aplica a todos los manuscritos. La disposición de los colores indicaría posiblemente que se trata de una de aquellas especies cuya superficie inferior es de un azul brillante. Para ahorrar tiempo, quizá, los artistas pintaban al animal mitad rojizo y mitad azul, sin molestarse en ser más realistas. Al menos esta es una explicación posible de la curiosa disposición de los colores.

Waterman 1916, fig. 12: El signo del día Lagartija (Cuetzpalin)
Fig. 12.—El signo del día Lagartija (Cuetzpalin)
Waterman 1916, fig. 13: El signo del día Serpiente (Coatl); m, dibujo realista de una serpiente
Fig. 13.—a–l, El signo del día Serpiente (Coatl); m, dibujo realista de una serpiente

Serpiente (Coatl)

Procedencia de los dibujos (fig. 13):

  • a, Borgia, p. 5
  • b, Aubin, p. 18
  • c, Bologne, p. 7
  • e, Bologne, p. 4
  • f, Vaticano B, p. 74
  • g, Nuttall (Zouche), p. 75
  • h, Vaticano B, p. 67
  • i, Vaticano B, p. 66
  • k, Vaticano B, p. 8
  • l, Vaticano B, p. 71

La figura 13, m, representa un dibujo realista de una serpiente tomado de una página del Códice Vaticano B (manuscrito 3773 de la Biblioteca Vaticana). La escena, o como quiera llamársele, representa una figura humana que sostiene una serpiente en la mano extendida. La mano y parte del brazo se reproducen en la presente ilustración; el resto de la figura humana se omite. El significado del motivo que rodea a la serpiente justo encima de la mano no es claro. La serpiente de este dibujo, como en muchos de los signos de los días, es claramente la cascabel. Está, además, representada con bastante exactitud. La cabeza muestra, sin embargo, en lugar de un colmillo, toda una serie de colmillos enormes que salen de la boca. La placa sobre el ojo se elabora también como una especie de cresta. Es interesante notar que las figuras de personas que sostienen serpientes son bastante comunes tanto en el arte azteca como en el maya.63 Difícilmente puede uno dejar de pensar a este respecto en la conocida Danza de la Serpiente de los indígenas sedentarios del suroeste de los Estados Unidos, en la que los ejecutantes danzan sosteniendo serpientes.

Muchos de los signos de los días que representan la serpiente muestran las mismas características que el dibujo realista recién mencionado (por ejemplo, a y b, figura 13). El primero de estos dos tiene, sin embargo, un rasgo añadido, a saber, un penacho en el extremo de la cola. La figura 13, c y d, representa la misma figura de serpiente anudada en una especie de rosca. En f la serpiente está igualmente completa, salvo que sus cascabeles han degenerado en un mero botón y sus contornos no son tan marcadamente ofidios. En el resto de las figuras de signos de los días se representa solo la cabeza de la serpiente. (Las cabezas en general aparecen en los manuscritos como signo del día con más frecuencia que los animales enteros.) Muchas de estas cabezas son de carácter plenamente serpentino. En una de ellas, sin embargo (g, figura 13), se encuentra un adorno nasal humano consistente en un «tapón» con un penacho ondeante. En algunos de los dibujos la cabeza de serpiente está muy degradada. La que se muestra en h, por ejemplo, bien podría pasar por la cabeza de algún otro animal. En j no hay sino un revoltijo de líneas, tan informe que es difícil reconocer en él aun partes como el ojo y la boca. Como caso especial de «degradación», se llama la atención sobre la figura que se muestra en l, que carece del colmillo, aunque el colmillo es quizá el rasgo más característico de los demás dibujos de serpiente.

Muerte (Miquiztli)

Procedencia de los dibujos (fig. 15):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 79
  • b, Borgia, p. 4
  • c, Vaticano B, p. 25
  • d, Vaticano B, p. 96
  • e, Nuttall (Zouche), p. 75
  • f, Vaticano B, p. 52
  • g, Nuttall (Zouche), p. 13
  • h, Nuttall (Zouche), p. 13
  • i, Vaticano B, p. 3
  • j, Fejervary, p. 33
  • k, Nuttall (Zouche), p. 31
  • l, Vaticano B, p. 54
  • m, Bologne, p. 4
  • n, Bologne, p. 2
  • o, Vaticano B, p. 63
  • p, Nuttall (Zouche), p. 82

Como ya se mencionó, el signo de la muerte es un cráneo humano. Se dibuja en muchos casos con cierto grado de fidelidad a los hechos. Es, por otra parte, uno de los símbolos que muestran una distorsión más marcada. La figura 15 muestra sus principales variaciones. La p de esta figura muestra una escena realista de una ceremonia funeraria azteca. La práctica parece haber sido exponer el cuerpo hasta que solo quedaran los huesos, que luego se recogían y quemaban. Se tiene aquí la representación de una de tales escenas de cremación. Apilados sobre una estera circular están los huesos largos atados en un haz y coronados por el cráneo. A cada lado sobresalen tablillas de madera decoradas. A un lado está la figura de un sacerdote, con la cara y el cuerpo pintados de negro, como era usual en el caso de quienes tomaban parte en ceremonias religiosas. En las manos sostiene una tea con la que enciende la pira. Puede verse el fuego extenderse a derecha e izquierda en el dibujo, y en el centro se eleva una espesa columna de humo. El dibujo del cráneo es el punto de particular interés aquí. Hay considerable realismo en el bosquejo. Se muestran la órbita ocular de mirada fija, los dientes y la mandíbula, y el arco cigomático, aunque no a la perfección. Este tipo de dibujo parece haber sido el modelo original del símbolo del día Muerte.

Quisiera destacar algunos puntos curiosos en el tratamiento que el artista azteca da a la mandíbula inferior del cráneo. Quizá la mejor manera de discutirlo sea recordar los contornos de la mandíbula tal como es en realidad (fig. 14, a). Se advierten los dientes y el mentón por un lado, y por otro la «rama» ascendente con la escotadura sigmoidea en la parte superior. A un lado de esta escotadura (a la izquierda en el bosquejo) se eleva la apófisis coronoides, y al otro la articulación de la mandíbula, o «cóndilo». Los aztecas representan todos estos rasgos en sus mandíbulas, especialmente la escotadura sigmoidea y la articulación. La articulación misma la amplían en una especie de apéndice circular, muy prominente en todas las figuras de mandíbula. Los rasgos de sus dibujos de mandíbula pueden discutirse con más provecho citando lugares donde la mandíbula se dibuja sola. Para ello puede acudirse a los símbolos de «Hierba» (fig. 28, más abajo), en los que una mandíbula humana desempeña un papel conspicuo. Esto se muestra también en la figura 14, b. Aquí se llama especialmente la atención sobre la conspicua «articulación»

Waterman 1916, fig. 14: Rasgos curiosos de los dibujos que representan el cráneo, y una explicación posible de ellos
Fig. 14.—Rasgos curiosos de los dibujos que representan el cráneo, y una explicación posible de ellos
a, dibujo de una mandíbula real; b, una mandíbula de un signo del día, Nuttall, p. 79; c, dibujo de un cráneo real (indígena chinook, aplanado artificialmente); d, Nuttall, p. 82, y e, Nuttall, p. 13, el cráneo tal como se dibuja en los signos de los días.

Cuando se pasa a las representaciones del cráneo entero, con bóveda craneal y mandíbula, se encuentra el trazo muy afectado por esta afición a destacar la articulación de la mandíbula. La figura 14, c, muestra un bosquejo de un cráneo real. Se escogió para el bosquejo un cráneo chinook (río Columbia) aplanado artificialmente porque es el que más se corresponde en contorno con el dibujo azteca. Se tiene en torno al ojo un reborde óseo que se funde por debajo con el arco cigomático, que atraviesa horizontalmente el bosquejo. Todos estos rasgos pueden reconocerse en el diseño azteca correspondiente (fig. 14, d), aunque toscamente trazados. Quisiera destacar en esta última figura (d) el hecho de que, cuando el artista encaja la mandíbula en el cráneo, como muestran las líneas punteadas (que siguen fielmente el dibujo original), el tratamiento flamígero del cóndilo maxilar, o apófisis articular, deja visible solo la parte posterior del cráneo. La parte occipital del cráneo rodea la mandíbula en forma de gancho. Cuando el artista dibuja un cráneo sin mandíbula conserva este gancho, que deja un espacio o cavidad donde encajaría la articulación de la mandíbula si estuviera presente. Este gancho, en los cráneos que se dibujan sin mandíbula, se vuelve rudimentario y al parecer pierde su significado original. De otro modo no sabría explicar el curioso gancho que aparece en la parte posterior de muchos dibujos de cráneo (como e, fig. 14). En la colección de dibujos de cráneo usados como signos de los días (fig. 15) se encontrarán muchos (h, o) en los que el gancho carece por completo de sentido. Por otra parte, en algunos de ellos (f, l) el cráneo tiene la forma perfecta para recibir una mandíbula con la articulación ampliada. Se tiene en los dibujos que representan la idea de «Muerte» un caso en el que, me parece, un rasgo muy curioso y desconcertante de un signo del día se explica realmente por referencia a un estilo gráfico original de trazo.

Se advertirán muchas variaciones menores en los símbolos del cráneo. Por una parte, el cráneo tiene a menudo, como ornamento, un cuchillo de pedernal clavado en la fosa nasal (fig. 15, d, i). Este cuchillo de pedernal parece degenerar en otros casos en una mera punta o lóbulo (g, j, l). El ojo también se vuelve menos realista en ciertos dibujos (g, j). En k se encuentra una mandíbula con la articulación habitual, pero no hay la escotadura correspondiente en el cráneo. En varios de los cráneos se encuentran líneas que sugieren un gorro, que posiblemente representan un diseño pintado (f, k).

Waterman 1916, fig. 15: El signo del día Muerte (Miquiztli); p, dibujo realista de un cráneo
Fig. 15.—a–o, El signo del día Muerte (Miquiztli); p, dibujo realista de un cráneo

Las tres últimas figuras muestran un cráneo con ornamento añadido, destacando en cada caso entre ellos una orejera. Lo absurdo de una orejera donde no hay orejas no parece llamar la atención del artista. Se desconoce el significado del curioso mechón en la parte superior de o.

Venado (Mazatl)

Procedencia de los dibujos (fig. 16):

  • a, Vaticano B, p. 64
  • b, Nuttall (Zouche), p. 26
  • c, Nuttall (Zouche), p. 49
  • d, Vaticano B, p. 1
  • e, Nuttall (Zouche), p. 48
  • f, Fejervary, p. 13
  • g, Vaticano B, p. 89
  • h, Bologne, p. 3
  • i, Nuttall (Zouche), p. 45
  • j, Nuttall (Zouche), p. 51
  • k, Fejervary, p. 20
  • l, Fejervary, p. 36
  • m, Fejervary, p. 26

Antes de discutir las ilustraciones que muestran las diversas formas de este signo del día (fig. 16), conviene tener presentes ciertas características del venado. Es posible formarse una conclusión sobre cuáles de las características eran más conspicuas en la mente de los artistas indígenas considerando cuáles aparecen con más frecuencia en los trazos. La más importante es el hocico largo y delgado (fig. 16, a, b, c, d, e, g, i, j, n). La siguiente en importancia es la cornamenta. Otro punto que se destaca en muchos dibujos son los grandes dientes incisivos del venado en la mandíbula inferior, rasgo que el venado tiene, desde luego, en común con muchos otros ungulados. La pezuña hendida también se destaca con mucha fuerza en algunos dibujos. El dibujo realista de la parte inferior de la figura (fig. 16, n) muestra la mayoría de las peculiaridades reales del venado: hocico, orejas largas, pezuñas hendidas y cola corta. En n no se representan ni dientes ni cornamenta. Los primeros aparecen, sin embargo, muy bien dibujados, en o, c, d y h. Creo que la cornamenta del venado sería considerada, desde un punto de vista occidental, su atributo más distintivo. Esta cornamenta aparece en a, b, c y d. Las ilustraciones están aquí dispuestas en orden descendente, mostrando un deterioro sucesivo de la cornamenta. Una serie como esta, explique o no el desarrollo de las formas más simples (y probablemente no lo explica), permite al menos identificar estas formas más simples. La pequeña excrecencia de d puede, por ejemplo, identificarse como cornamenta observando los dibujos más completos de a y b. Quizá el dibujo siguiente digno de comentario sea h. Como muchas de las figuras del Códice de Bolonia del que está tomado, representa una cabeza bien dibujada con una patita añadida. En este caso la cabeza tiene dientes en la mandíbula superior, y podría haber alguna dificultad para identificarla como venado si no fuera por la presencia de la cornamenta. Se notará que en los dibujos del venado las orejas adoptan toda clase de formas y configuraciones, desde erguidas hasta caídas (fig. 16, i). Se volverá sobre este punto en un momento. En k el artista no dibujó un venado sino meramente una cornamenta, que pasa por símbolo de todo el animal. En l y m dibujó meramente la pezuña hendida.

Waterman 1916, fig. 16: El signo del día Venado (Mazatl); n, dibujo realista de un venado
Fig. 16.—a–m, El signo del día Venado (Mazatl); n, dibujo realista de un venado

Conejo (Tochtli)

Procedencia de los dibujos (fig. 21):

  • a, Vaticano B, p. 61
  • b, Fejervary, p. 42
  • c, Vaticano B, p. 96
  • d, Nuttall (Zouche), p. 80
  • e, Vaticano B, p. 68
  • f, Vaticano B, p. 49
  • g, Aubin, p. 18
  • h, Vaticano B, p. 27
  • i, Vaticano B, p. 60
  • j, Bologne, p. 2
  • k, Borgia, p. 8

El artista mexicano, si se ponía a la tarea en serio, no hallaba dificultad en dibujar el conejo de manera muy realista (testigo, la figura 21, k). Aquí se da al animal una postura característica de conejo: sentado sobre las ancas. El dibujo muestra además las orejas alargadas, la cola abreviada y los incisivos grandes y prominentes tan característicos del conejo vivo. Vale la pena notar que los grandes incisivos del conejo se dibujan en la mandíbula superior, ofreciendo en esto un contraste con los dibujos del venado. En la figura 21, g, los dientes se omiten por completo. Ciertas tendencias curiosas, sin embargo, se manifiestan en el trazo de estos dientes. En a son conspicuos, pero más parecidos a colmillos de lo realmente necesario. En c y d son excesivamente prominentes; en la segunda figura, de hecho, notablemente exagerados. En e los dos dientes se han fundido en una especie de cinta que cuelga de la boca. En f esta cinta adquiere el aspecto de una lengua, y pudo haber sido así interpretada por el artista. En h se tiene una lengua claramente mostrada, pero sale por encima de los dientes superiores. No puede explicarse cómo conciliaba el artista este dibujo con su conocimiento de los hechos. La figura 21, j, es otra figura del manuscrito de Bolonia: una cabeza con patitas añadidas. Quizá valga la pena mencionar, en relación con estas dos láminas, que algunos de los dibujos del venado apenas se distinguen de algunas de las pinturas del conejo. Compárese, por ejemplo, g de la figura 16 con f de la figura 21. Los muchos puntos de identidad entre distintos dibujos de estas dos figuras merecen alguna ilustración adicional.

Se ha dicho ya que lo más característico (o al menos lo más constante) en los dibujos del venado es la representación de su largo hocico. Dicho llanamente, la línea superior de la cabeza del venado es, en las pinturas, cóncava. El conejo, por el contrario, tiene un hocico corto y redondeado, y la línea superior de su cabeza suele redondearse hacia la nariz. Estos rasgos se ponen claramente de manifiesto en las pinturas realistas (fig. 16, n; fig. 21, k). Importa ahora reconocer que aun una distinción tan constante es olvidada a menudo por el artista indígena. La figura 17, a, por ejemplo, representa el venado, pero b de la misma figura, con contornos enteramente semejantes, representa no el venado sino el conejo. Para fines de comparación se añaden una pintura de perro (c) y una de ocelote (d), que, por el contorno general, podrían tomarse igualmente por conejo o venado... En otras palabras, no hay un tipo al que se ajusten necesariamente los dibujos de un animal.

Waterman 1916, fig. 17: Signos de los días que representan cuatro animales distintos, todos semejantes al venado
Fig. 17.—Signos de los días que representan cuatro animales distintos, todos semejantes al venado
a, Venado, Vaticano, p. 52; b, Conejo, Vaticano, p. 52; c, Perro, Vaticano, p. 55; d, Ocelote, Vaticano, p. 71.
Waterman 1916, fig. 18: Signos de los días que representan cuatro animales distintos, todos semejantes al conejo
Fig. 18.—Signos de los días que representan cuatro animales distintos, todos semejantes al conejo
a, Conejo, Nuttall, p. 47; b, Venado, Vaticano, p. 61; c, Perro, Vaticano, p. 6; d, Ocelote, Nuttall, p. 23.

Es igualmente fácil escoger una serie de animales dibujados todos según el modelo del conejo. La figura 18 muestra una serie así. Aquí se representan los mismos cuatro animales, conejo, venado, perro y ocelote («tigre»), pero todos tienen la forma del conejo. El dibujo del venado en o, figura 18, se interpretaría ciertamente como conejo, de no ser por los cuernos. Si los cuernos del venado se trazaran siempre en sus representaciones, no podría haber, desde luego, confusión, pero con la misma frecuencia se omiten.

Lo mismo podría decirse de las orejas de los dos animales. Las orejas del venado suelen estar erguidas, mientras que las del conejo a menudo se pegan a la cabeza o caen. La figura 19, a, muestra lo que podría considerarse un dibujo muy característico del conejo. La figura 19, b, sin embargo, representa el venado, aunque las orejas caen. Por otra parte, c en esta misma figura, aunque las orejas están erguidas, representa no el venado sino el conejo. En otras palabras, quisiera señalar que afirmaciones como las de Seler,64 en el sentido de que pueden establecerse criterios absolutos para reconocer cada figura, no se ven confirmadas por un estudio de los manuscritos. Si no fuera porque los signos de los días aparecen en series regulares, sería del todo imposible en muchos Para el zoólogo, el punto más digno de destacarse sería, creo, el hecho ya mencionado de que el conejo tiene grandes incisivos en la mandíbula superior, mientras que el venado los tiene solo en la inferior. Esto se relaciona, desde luego, con la distinción entre roedores y ungulados. Aunque los artistas advierten esta diferencia en la mayoría de las figuras, se encuentran ocasionales infracciones de la regla. Por ejemplo, en la figura 20 se encuentra una representación del venado con los grandes incisivos superiores propios del conejo. El punto aquí discutido volverá a surgir en relación con algunos de los demás signos de los días.

Waterman 1916, fig. 19: Signos de los días que representan el venado y el conejo, con mezcla de rasgos
Fig. 19.—Signos de los días que representan el venado y el conejo, con mezcla de rasgos
a, Conejo, Nuttall, p. 53; b, Venado, Vaticano, p. 3; c, Conejo, Vaticano, p. 57.
Waterman 1916, fig. 20: El signo del día Venado dibujado con los dientes incisivos propios del conejo
Fig. 20.—El signo del día Venado dibujado con los dientes incisivos propios del conejo
Vaticano, p. 4.
Waterman 1916, fig. 21: El signo del día Conejo (Tochtli); k, dibujo realista de un conejo
Fig. 21.—a–j, El signo del día Conejo (Tochtli); k, dibujo realista de un conejo
Waterman 1916, fig. 22: El signo del día Agua (Atl)
Fig. 22.—a–s, El signo del día Agua (Atl)

Agua (Atl)

Procedencia de los dibujos (fig. 22):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 44
  • b, Nuttall (Zouche), p. 25
  • c, Nuttall (Zouche), p. 35
  • d, Nuttall (Zouche), p. 53
  • e, Nuttall (Zouche), p. 66
  • f, Bologne, p. 6
  • g, Fejervary, p. 42
  • h, Nuttall (Zouche), p. 18
  • i, Aubin, p. 20
  • j, Vaticano B, p. 24
  • k, Fejervary, p. 40
  • l, Vaticano B, p. 6
  • m, Fejervary, p. 17
  • n, Nuttall (Zouche), p. 44
  • o, Nuttall (Zouche), p. 9
  • p, Nuttall (Zouche), p. 76
  • q, Nuttall (Zouche), p. 81
  • r, Nuttall (Zouche), p. 8
  • s, Nuttall (Zouche), p. 32
Waterman 1916, fig. 23: El signo del día Agua (Atl), formas adicionales; m, dibujo realista de un lago
Fig. 23.—a–l, El signo del día Agua (Atl), formas adicionales; m, dibujo realista de un lago

Procedencia de los dibujos (fig. 23):

  • a, Vaticano B, p. 71
  • b, Vaticano B, p. 47
  • c, Nuttall (Zouche), p. 72
  • d, Fejervary, p. 35
  • e, Vaticano B, p. 49
  • f, Vaticano B, p. 25
  • g, Vaticano B, p. 4
  • h, Vaticano B, p. 54
  • i, Nuttall (Zouche), p. 58
  • j, Nuttall (Zouche), p. 13
  • k, Bologne, p. 30
  • l, Vaticano B, p. 70
  • m, Nuttall (Zouche), p. 74

Hay una variedad de formas del símbolo «Agua» bastante mayor que en la mayoría de los signos de los días (figs. 22 y 23). La más gráfica de ellas representa un plato de alguna clase, lleno de agua, con espuma u olas en la superficie y una concha en el centro. Para un dibujo así se remite al lector a la figura 22, a. Los mismos detalles aparecen en la escena o paisaje de la parte inferior de la figura 23 (m). Lo principal en esta última representación es un lago con olas en la superficie, un río que sale de él, un pez en sus profundidades y en la orilla un templo. Las volutas que representan la superficie ondulada o espumosa del agua son un rasgo muy común de los dibujos.

Pasando ahora a algunas de las variaciones del dibujo del agua, se encuentra bastante desplazamiento y falta de uniformidad en el diseño. En algunos de los diseños, como cabría esperar, faltan las olas, otros carecen de la concha y otros del recipiente contenedor mencionado más arriba como muy común. Los dibujos de la figura están dispuestos en orden según el grado de integridad con que se trazan estos recipientes o contenedores. Este método de disposición, como antes, sirve meramente como comodidad para identificar los dibujos más simples. Es interesante ver cuán toscas y meramente sugerentes de los elementos originales son algunas de las figuras. La figura 22, r, por ejemplo, ha perdido toda semejanza externa con un plato lleno de agua; el plato se ha reducido a un rudimento, y el agua ha adquirido el aspecto de un objeto sólido de alguna clase. La comparación con las representaciones más perfectas (figura 22, a–r) mostrará, no obstante, que todos los rasgos esenciales del dibujo gráfico están presentes. En la figura 23, c, el plato contenedor, que ya no «contiene» realmente el agua, está a su vez bordeado de símbolos de agua u olas. En el caso de algunos símbolos se ve todo el dibujo vuelto de cabeza. Esto ha ocurrido en la figura 23, e, en la que el agua parece caer a chorros desde un cielo. La figura 23, f, es un caso aún más extremo de lo mismo. Aun en este último caso, sin embargo, pueden reconocerse el plato y la concha originales. Se tiene finalmente, en el símbolo del agua tal como se muestra en la figura 23, h, meramente una colección informe de líneas.

Al reunir tal colección de símbolos del agua salen a la luz algunas curiosidades. Por ejemplo, el plato y el agua que escapa adquieren en la figura 22, p, casi exactamente la forma de una cabeza de animal con un ojo, un colmillo (originalmente el soporte de la olla o plato) y dos orejas. Los diseños de volutas que representan la superficie ondulada o espumosa del agua adoptan a veces la forma de otros objetos. Así, en la figura 22, e, brota en la superficie del agua una protuberancia semicircular. En la figura 22, f, esta excrecencia adquiere el aspecto del símbolo «Flor» (véase la fig. 32, más abajo). En la figura 22, h, adopta otra forma muy distinta, pero que no se parece a ningún objeto que el autor del presente trabajo sepa nombrar. En la figura 23, k, la excrecencia se vuelve casi exactamente igual al símbolo azteca del humo. En la figura 23, l, por último, se tiene claramente dibujado el recipiente bajo la concha, pero el agua ha salido disparada de este recipiente y cuelga en forma de discos encima de él.

La forma que se muestra en la figura 23, i, es algo así como un enigma. Apenas queda semejanza alguna con el agua, pero los curiosos patrones en torno al borde corresponden a las marcas que rodean el margen del agua en la pintura realista ilustrada en m, figura 23. La identificación de los diversos símbolos del agua se facilita por el hecho de que en los manuscritos la parte que representa el agua misma se pinta normalmente de azul. Esta ayuda para la identificación solo sirve en el caso de reproducciones en color de los manuscritos originales.

Perro (Itzcuintli)

Procedencia de los dibujos (fig. 24):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 57
  • b, Bologne, p. 1
  • c, Nuttall (Zouche), p. 79
  • d, Nuttall (Zouche), p. 82
  • e, Nuttall (Zouche), p. 3
  • f, Vaticano B, p. 66
  • g, Vaticano B, p. 51
  • h, Fejervary, p. 41
  • i, Vaticano B, p. 90
  • j, Fejervary, p. 44
  • k, Fejervary, p. 36
  • l, Bologne, p. 8
  • m, Vaticano B, p. 68
  • n, Bologne, p. 3
  • o, Nuttall (Zouche), p. 72
Waterman 1916, fig. 24: El signo del día Perro (Itzcuintli); o, dibujo realista de un perro
Fig. 24.—a–n, El signo del día Perro (Itzcuintli); o, dibujo realista de un perro

Ya se ha comentado el hecho de que los símbolos de Perro, Conejo, Venado y Ocelote se dibujan de manera muy parecida. Quizá el rasgo más distintivo de la cabeza del perro, tal como suele dibujarse, sea una mancha negra en torno al ojo. Esta mancha aparece en la figura 24, b, c, d, e, h, n y o. Debe advertirse, sin embargo, que el ocelote («Tigre») se representa a veces con esta mancha (fig. 25, a). Seler65 dice que algo característico del perro, tal como se dibuja en los manuscritos, es una mancha negra «de dos puntas» en torno al ojo. La presente figura mostrará al menos que esta mancha no es uniformemente «de dos puntas». Otro rasgo que suele encontrarse en el trazo del perro es una especie de belfo (fig. 24, a, n, o, etc.). Este belfo, sin embargo, se representa a menudo en los dibujos de otros animales. (Compárense los dibujos de tigre y venado que se muestran en la figura 25, a y b.) En la figura 24, o, y apareciendo en bastantes lugares de los manuscritos, hay una especie de barba o fleco bajo la barbilla del perro. Seler hace la observación adicional de que los aztecas conocían dos variedades de perro, representadas en los manuscritos: una parda y una manchada. La inspección de la presente lámina hace preguntarse si no tendrían alguna costumbre de recortar las orejas a sus perros. En c, d, g, h, i, j, l y m de la figura 24, el perro se representa con una oreja sumamente ornamental. Seler habla de esta oreja como «mutilada» y llama la atención sobre el hecho muy interesante de que los perros se representan de este modo en el Códice maya de Dresde.66 Es el único animal representado así.

Waterman 1916, fig. 25: Diversos signos de los días que muestran confusión o mezcla de rasgos
Fig. 25.—Diversos signos de los días que muestran confusión o mezcla de rasgos
a, Ocelote, con una mancha en el ojo característica por lo común del Perro (Vaticano B, p. 66); b, Ocelote, que se parece al Perro en dientes, belfos y forma (Nuttall (Zouche), p. 80); c, un dibujo del Venado con el belfo característico del Perro (Vaticano B, p. 69).

En k de la figura 24 no queda nada del perro, salvo esta oreja sumamente ornamentada. La figura 24, n, es otra de las figuras del Códice de Bolonia, con una patita añadida. Se verá que el artista, en o, figura 24, no fue capaz de dibujar adecuadamente la pata trasera de un perro. El animal tiene una pierna muy parecida a la de un ser humano. Esto vale para la mayoría de los animales que los aztecas y los mayas intentaron dibujar.67 Los dibujos del perro ofrecen casos interesantes de convergencia en la representación de animales. Los dientes prominentes y afilados que suelen mostrarse en las figuras del perro se representan a menudo en los dibujos del conejo.

Mono (Ozomatli)

Procedencia de los dibujos (fig. 27):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 72
  • b, Nuttall (Zouche), p. 79
  • c, Nuttall (Zouche), p. 44
  • d, Borgia, p. 3
  • e, Nuttall (Zouche), p. 4
  • f, Nuttall (Zouche), p. 38
  • g, Vaticano B, p. 33
  • h, Vaticano B, p. 8
  • i, Nuttall (Zouche), p. 8
  • j, Fejervary, p. 42
  • k, Fejervary, p. 20
  • l, Fejervary, p. 20
  • m, Nuttall (Zouche), p. 76

Los rasgos más característicos de los dibujos del mono son: (1) un rostro con hocico alargado; (2) una cresta de pelo tiesa; y (3) una orejera conspicua. Los dos primeros son elementos derivados de las características reales de los monos de Centro y Sudamérica. La presencia de la orejera puede explicarse, como en el caso de muchos otros rasgos de los signos de los días, como préstamo de prendas o adornos humanos. Probablemente tales préstamos se deben, al menos en parte, al vago sentimiento, bastante común entre los salvajes, de que todos los animales son en esencia seres humanos, con un poder que les permite, para sus propios fines, adoptar externamente una apariencia distinta. Otras criaturas de los signos de los días se representan con orejeras semejantes a la que muestra Mono. Compárense, por ejemplo, con los presentes diseños, los dibujos que representan Zopilote rey (fig.

26 y fig. 33, a, b, c, f, h, k) y Viento (fig. 9). En vista de este hecho, resulta algo sorprendente encontrar que en uno o dos lugares (véase la fig. 27, l y m) el mono está representado vicariamente por su orejera y nada más. Este ornamento, aunque representa el signo del día Mono, no se distingue en modo alguno del ornamento que lleva el Zopilote rey (fig. 26). Si no fuera por su posición en una serie, pues, no habría modo de saber si el dibujo que se muestra en la figura 27, l, debe interpretarse como Mono o como otra cosa.

Waterman 1916, fig. 26: Dibujo de un signo del día que representa al Zopilote rey con una orejera, esta última indistinguible de las que representan o tipifican el signo del día Mono.
Fig. 26.—Dibujo de un signo del día que representa al Zopilote rey con una orejera, esta última indistinguible de las que representan o tipifican el signo del día Mono.
(Fejervary, p. 37.)

La cresta del mono en la presente figura adopta varias formas distintas. Compárese, por ejemplo, a con j. En algunos casos la cresta se parece mucho al penacho de plumas que corona la cabeza del águila (véase la figura 32). El dibujo realista del mono (fig. 27, m) muestra que todos estos símbolos que representan al mono siguen muy de cerca la idea original.

Hierba (Malinalli)

Procedencia de los dibujos (fig. 28):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 79
  • b, Nuttall (Zouche), p. 79
  • c, Nuttall (Zouche), p. 19
  • d, Vaticano B, p. 78
  • e, Nuttall (Zouche), p. 40
  • f, Vaticano B, p. 68
  • g, Nuttall (Zouche), p. 24
  • h, Vaticano B, p. 16
  • i, Borgia, p. 6
  • j, Borgia, p. 26
  • k, Borgia, p. 67
  • l, Aubin, p. 17
  • m, Aubin, p. 12
  • n, Bologne, p. 6
  • o, Borgia, p. 50
  • p, Bologne, p. 3
  • q, Nuttall (Zouche), p. 71

Este es, en ciertos aspectos, el más curioso de todos los símbolos aztecas de los días, porque es, en su forma usual, una combinación de tres elementos que parecen no tener conexión lógica entre sí: una mandíbula humana, un ojo y una mata de hierba. Peñafiel,68 citado por Seler,69 llama a esta hierba zacate del carbonero (porque los carboneros hacen costales con ella) y afirma que el nombre azteca malinalli, o «torcido», se deriva del hecho de que los aztecas acostumbraban, como todavía acostumbran, «torcerla» para hacer cuerdas y mecapales. Tales etimologías son, desde luego, siempre sospechosas. Cuál sea el nombre botánico específico del zacate, no he podido averiguarlo. En la figura 28, p, se da una pintura realista de una mata de esta hierba en la ladera de un monte, con hojas, tallos con semilla y raíces.

Waterman 1916, fig. 27: El signo del día Mono (Ozomatli); n, dibujo realista de un mono
Fig. 27.—a–m, El signo del día Mono (Ozomatli); n, dibujo realista de un mono
Waterman 1916, fig. 28: El signo del día Hierba (Malinalli); p, dibujo realista de una mata de hierba
Fig. 28.—a–o, El signo del día Hierba (Malinalli); p, dibujo realista de una mata de hierba

El primer elemento mencionado de la combinación, la mandíbula, suele representarse de manera bastante realista. Ordinariamente se dibuja de perfil, con los dientes en su lugar y con la escotadura sigmoidea en la parte superior de la rama ascendente fácilmente distinguible. Hay, sin embargo, una representación peculiar y exagerada del cóndilo o articulación, ya mencionada en relación con el signo del día Muerte (véase la página 349). A lo largo de la mitad del borde inferior del hueso hay un curioso conjunto de jorobas, dos o tres. La señora Nuttall dice en algún lugar que estas jorobas se ponían dondequiera que el artista deseaba expresar la idea de «aspereza». El fundamento de esta idea, y la razón por la que el artista hubiera de querer indicar aspereza en el borde inferior de una mandíbula, son igualmente inciertos. Seler70 sugiere una «razón» (valga lo que valga) para la asociación de la hierba con una mandíbula, a saber, que el hueso significa que la hierba está seca.

Los cuatro primeros dibujos (fig. 28, a, b, c y d) dan lo que podría considerarse cuatro etapas en la degeneración del signo completo. En a se tienen mandíbula, ojo, una mata de hojas y un tallo con semilla. En b se tienen, además de la mandíbula, dos hojas y el ojo; en c, la mandíbula y el ojo sin hierba alguna; y en d, la mandíbula sola. Y sin embargo la posición de cada uno de los tres últimos signos en distintas series hace absolutamente cierto que todos representan el signo del día Hierba. Es bastante curioso encontrar una mandíbula desnuda como símbolo de la vegetación, aun de la vegetación más seca.

La figura 28, e, f, g y h, muestra un tratamiento curioso del elemento hierba. En el último (h) se pierde toda semejanza con la hierba. Vale la pena observar que en e, figura 28, el ojo y su tallo adquieren juntos un aspecto idéntico al de la orejera de la figura anterior (fig. 27). En las cuatro figuras recién mencionadas (e, f, g y h, figura 28) hay una degeneración progresiva del tallo del ojo, que en la última figura nombrada es solo un bulbo vacío.

La figura 28, i, j, k, muestra la mandíbula de frente. La hierba recibe en cada uno de estos casos un tratamiento curioso, que alcanza su culminación en k, donde parece más una bocina de fonógrafo que cualquier otra cosa que pudiera nombrarse fácilmente. El ojo, que es bastante realista en la figura j, desaparece por completo en k.

En l, m, n, o, los ojos se representan en combinación con un rasgo adicional, una mandíbula superior. En n se tiene algo curioso. Todo el dibujo adopta la forma de un rostro completo con todos sus rasgos, que sostiene una bola entre las fauces abiertas. Revoloteando por encima de este rostro se ven el ojo y el tallo del ojo originales, de los que se partió en a de la figura 28. El significado del par de mandíbulas que muerden un objeto es un completo enigma para el autor del presente trabajo.

Caña (Acatl)

Procedencia de los dibujos (fig. 29):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 9
  • b, Nuttall (Zouche), p. 62
  • c, Nuttall (Zouche), p. 1
  • d, Nuttall (Zouche), p. 5
  • e, Vaticano B, p. 65
  • f, Vaticano B, p. 51
  • g, Vaticano B, p. 49
  • h, Nuttall (Zouche), p. 32
  • i, Nuttall (Zouche), p. 40
  • j, Nuttall (Zouche), p. 14
  • k, Vaticano B, p. 47
  • l, Vaticano B, p. 5
  • m, Nuttall (Zouche), p. 56
  • n, Vaticano B, p. 62
  • o, Aubin, p. 8
  • p, Vaticano B, p. 60
  • q, Vaticano B, p. 3
  • r, Borgia, p. 50

Los símbolos de la idea Caña (fig. 29) representan todos, como se observó en relación con la figura 1, los astiles de caña de las jabalinas. Los diez primeros representan proyectiles sueltos; los siete restantes, manojos de varios a la vez. Seler71 llama flecha al objeto en cuestión. Me inclino a pensar que en la mayoría de los casos el objeto es una jabalina (véase la fig. 29, r). Aparece universalmente en manos de personas que en la otra mano blanden el lanzadardos, o atlatl,72 como en la presente figura. Los ejemplos de esta combinación son demasiado numerosos para citarlos. Un objeto exactamente igual al proyectil que se discute aparece en un lugar (Códice Nuttall, manuscrito Zouche)73 empuñado en la mano de un guerrero junto con un arco. La flecha típica, que aparece en muchos lugares del Códice Vaticano A (3738), se representa casi siempre con un vástago delantero de madera, y tiene una serie de lengüetas en un lado. Esta flecha no es el arma que aparece como signo del día. Las relaciones pintadas de los combates aztecas74 representan el lanzadardos, en lugar del arco, como el arma importante y universal. En aras de la mera exactitud, el objeto que simboliza la idea Caña debería llamarse jabalina, no flecha.

Waterman 1916, fig. 29: El signo del día Caña (Acatl); r, dibujo realista de una jabalina con astil de caña
Fig. 29.—a–q, El signo del día Caña (Acatl); r, dibujo realista de una jabalina con astil de caña

Se advierte que en muchos de los dibujos de la presente figura se representa el astil de la jabalina, mientras que se omite la cabeza o punta. Al parecer, esta punta era de pedernal u obsidiana y, por lo tanto, no tenía especial interés para el artista que escribía meramente un símbolo de Caña. Las representaciones compuestas de varias jabalinas juntas son a menudo difíciles de reconocer (véase la fig. 29, e, m, n, o, p, q), y, debe añadirse, son mucho más frecuentes en el arte de los signos de los días que las demás. La figura muy mal dibujada del Códice Aubin (fig. 29, o) tiene un parecido nada pasajero con uno de los símbolos (fig. 37, d) de Flor. El significado de los resplandores en torno a las jabalinas en la fig. 29, f y g, lo desconoce el autor del presente trabajo, a menos que representen proyectiles con bolas de algodón encendidas para incendiar los pueblos asaltados. Los dibujos en cuestión ciertamente se parecen a la manera azteca de representar el humo. La semejanza de algunos de los grupos de estas jabalinas con el símbolo de Flor ofrece otro ejemplo de convergencia.

Ocelote (Ocelotl)

Procedencia de los dibujos (fig. 31):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 48
  • b, Nuttall (Zouche), p. 71
  • c, Nuttall (Zouche), p. 53
  • d, Nuttall (Zouche), p. 54
  • e, Nuttall (Zouche), p. 51
  • f, Vaticano B, p. 51
  • g, Vaticano B, p. 74
  • h, Bologne, p. 7
  • i, Bologne, p. 2
  • j, Vaticano B, p. 80
  • k, Bologne, p. 8
  • l, Vaticano B, p. 4
  • m, Fejervary, p. 32
  • n, Fejervary, p. 36
  • o, Nuttall (Zouche), p. 82

Hay cierta impropiedad en aplicar a este signo del día azteca, como suele hacerse, el nombre de «tigre», animal desconocido en el Nuevo Mundo. El uso del término se ha convertido, en cierto modo, en una tradición. El animal en cuestión es el ocelote, en azteca ocelotl, mal nombrado, como muchas instituciones americanas, por los españoles. Estos llamaron a la criatura el tigre por mera conveniencia. Se caracteriza en los dibujos por una forma felina, con garras y dientes afilados y una piel hermosamente manchada. Podría suponerse que las manchas de la piel serían el rasgo más característico en el trazo de este animal. De hecho, este rasgo se representa a menudo de manera muy vivaz (fig. 31, o). Estas manchas aparecen no solo en los dibujos realistas sino en muchos de los signos de los días: por ejemplo, en a de la figura 31. Como todas las demás características, sin embargo, no aparecen en modo alguno de manera constante. Así, en b el número de manchas se ha reducido a dos; en c de la misma figura no queda más que una; en d las manchas han desaparecido por completo, y la cabeza de animal allí representada apenas se distingue de la del perro, o aun del conejo tal como se representa en otros lugares. Curiosamente, hay al menos un caso en los manuscritos en que el signo del día Conejo se representa de hecho con manchas (fig. 30). Se tiene aquí otra ilustración más de la regla de que la característica más conspicua de un animal dado puede, en el arte de los signos de los días, perderse o prestarse a alguna otra criatura. Quizá valga la pena notar que en g, figura 31, se tiene un dibujo que, aunque representa realmente al tigre, tiene un contorno que serviría con igual propiedad para el venado. Se parece bastante más al venado que algunas de las figuras de venado (véase la fig. 16). El dibujo que aparece en j de la figura 31 (reproducido de la fig. 24, b) se parece, por otra parte, a los dibujos del perro.

Waterman 1916, fig. 30: El signo del día Conejo representado con las manchas características del ocelote
Fig. 30.—El signo del día Conejo representado con las manchas características del ocelote
(Nuttall, p. 77)

Otro rasgo de los dibujos del «tigre» que es al parecer realista es la punta negra de la oreja (véase la fig. 31, o). Aparece no solo en el dibujo realista sino también en muchos de los signos de los días (fig. 31, c, d, e, g, h, i, j, k). El dibujo marcado h en esta figura es una de las peculiares cabezas con patitas añadidas, característica del Códice de Bolonia. Además de las patas, el animal de este dibujo está provisto de una nariguera. En i de la figura 31 el animal se representa con dos orejas erguidas en su lugar propio, pero colgando por detrás de la cabeza se pinta una orejera muy complicada. El animal parece tener también una especie de tocado. El adorno nasal aparece también en la figura 31, m. En l la idea «Ocelote» se simboliza meramente con el dibujo de una garra de ocelote, y en n con un objeto que, por comparación con los demás dibujos, resultará ser una oreja de ocelote.

Waterman 1916, fig. 31: El signo del día Ocelote (Ocelotl); o, dibujo realista de un ocelote
Fig. 31.—a–n, El signo del día Ocelote (Ocelotl); o, dibujo realista de un ocelote
Waterman 1916, fig. 32: El signo del día Águila (Quauhtli); i, dibujo realista de un águila
Fig. 32.—a–h, El signo del día Águila (Quauhtli); i, dibujo realista de un águila

Águila (Quauhtli)

Procedencia de los dibujos (fig. 32):

  • a, Vaticano B, p. 92
  • b, Nuttall (Zouche), p. 47
  • c, Vaticano B, p. 50
  • d, Vaticano B, p. 62
  • e, Nuttall (Zouche), p. 6
  • f, Nuttall (Zouche), p. 23
  • g, Nuttall (Zouche), p. 32
  • h, Vaticano B, p. 2
  • i, Nuttall (Zouche), p. 69

Los diversos dibujos del águila son marcadamente realistas. El dibujo de la parte inferior de la figura está tomado de una sección del Códice Nuttall que representa un águila en combate con un ocelote. Las características del ave que suelen escogerse para destacarlas en los signos de los días son su pico ganchudo y una cresta de plumas en la cabeza. El pico aparece prácticamente en todos los dibujos, no solo en los que aquí se ilustran. En algunos casos hay cierta degeneración. Así, en f, figura 32, el pico está debilitado y carece de la curva aguda tan bien representada en la mayoría de los demás dibujos. La cresta suele estar barrada de gris y blanco, pero estas barras no se ven en las figuras sin color. Se muestra considerable variedad en los detalles menores del tratamiento de las plumas de la cresta. En i, figura 32, son bastante realistas, como lo son en b y e de la misma figura. En a adoptan el aspecto de una serie de ganchos, y en d se alargan mucho. En g y h, como se mencionó en relación con la figura 8 (p. 336), las plumas adoptan el aspecto de cuchillos de piedra. La razón de esto es bastante difícil de desentrañar. El cuchillo de piedra es en sí mismo uno de los símbolos calendáricos (véase la fig. 35), el que representa la idea «pedernal». Los cuchillos de piedra aparecen ocasionalmente en la cabeza y el lomo del monstruo acuático en lugar de púas. Quizá en ambos casos los cuchillos de piedra representen meramente una elaboración caprichosa. Un ave, sin embargo, algo parecida a un águila, cuyo plumaje consiste enteramente en cuchillos de pedernal, es una figura mitológica prominente en el suroeste de los Estados Unidos. De modo que puede haber alguna idea mitológica detrás del dibujo en el presente caso. En uno o dos casos el águila se representa con una lengua que le sale del pico (c, d, e, g, h, fig. 32). Esta lengua adopta a veces el aspecto de una larga voluta, como en la figura 32, c.

Waterman 1916, fig. 33: El signo del día Zopilote rey (Cozcaquauhtli); o, dibujo realista de un zopilote
Fig. 33.—a–n, El signo del día Zopilote rey (Cozcaquauhtli); o, dibujo realista de un zopilote

Zopilote rey (Cozcaquauhtli)

Procedencia de los dibujos (fig. 33):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 54
  • b, Vaticano B, p. 2
  • c, Nuttall (Zouche), p. 28
  • d, Nuttall (Zouche), p. 13
  • e, Vaticano B, p. 6
  • f, Nuttall (Zouche), p. 59
  • g, Vaticano B, p. 92
  • h, Vaticano B, p. 78
  • i, Vaticano B, p. 62
  • j, Fejervary, p. 1
  • k, Fejervary, p. 40
  • l, Vaticano B, p. 1
  • m, Aubin, p. 3
  • n, Nuttall (Zouche), p. 74

Los dibujos del zopilote son bastante más interesantes que los del águila, pues muestran una mayor variabilidad y tienen además ciertos rasgos curiosos. Quizá convenga advertir ante todo el dibujo realista (fig. 33, o). El ave se representa aquí con las alas extendidas. Lo más característico, desde el punto de vista azteca, parece ser su largo pico con el gancho en la punta y su curiosa cabeza desnuda con pelos finos. Todos coinciden en que el ave representada es el zopilote rey o buitre de collar, llamado por los mexicanos de hoy el «Rey de Zopilotes». En los signos de los días se representa normalmente con una orejera que cuelga por detrás de la cabeza. Seler75 propone la idea de que este ornamento pretende representar ideográficamente la idea de ornamento en general, significando en el presente caso que el cuello del ave tiene un collar. Es, desde luego, difícil ver por qué no habrían dibujado a la criatura con un anillo en lugar de una orejera si esa era la idea que había de presentarse. Debe observarse, sin embargo, que el signo del día Zopilote, como ya se señaló (véase la fig. 26), tiene en algunos casos exactamente la misma orejera que luce el mono en los signos de los días. Los dos animales, además, se representan con una cresta muy parecida. Es del todo posible que la semejanza de la cresta del zopilote con la del mono haya inducido la aparición de orejeras semejantes en ambos animales. No es fácil, sin embargo, decir por qué el mono habría de representarse así en primer lugar. En todo caso, si la orejera es aquí un ideograma de «con collar», ¿qué es en el caso del símbolo del mono? La orejera, en relación con el presente signo del día, adopta variedad de formas, pero podría advertirse que en cada caso se distingue fácilmente de la orejera que lleva Quetzalcoatl (véase la fig. 9), otra figura importante que suele llevar este adorno.

La cabeza del zopilote está en realidad casi desnuda. Los pocos pelos o cañones que se representan de manera realista en la figura 31, o, adoptan formas bastante elaboradas en algunos de los signos de los días. A veces se elaboran añadiéndoles pequeños discos o bolas (fig. 33, a y k). A veces se unen mediante una línea continua, como en b y c. En e adoptan el aspecto de rectángulos o escamas. En g se ve una cabeza desnuda con una especie de airón o penacho, que en h e i se solidifica en una especie de pico. Parece que el artista debió de tener vagamente en mente alguna forma como g antes de poder producir una forma como i. Por otra parte, parecería que la costumbre de representar la cresta del zopilote con bolas ornamentales encima, como en k, explica probablemente el curioso dibujo que se muestra en l, donde se han convertido en meras protuberancias. En m, de otro manuscrito, estas protuberancias, u otras semejantes, se representan en forma aún más simplificada. En n se tiene una de las formas degeneradas del manuscrito Aubin, que es sencillamente irreconocible. En j se tiene una cabeza absolutamente desnuda, sin cañones ni orejera siquiera. En d, por otra parte, se tiene una cabeza de zopilote elaborada hasta el punto de que apenas, si acaso, se distingue de la cabeza de Águila (véase la fig. 32).

Movimiento (Olin)

Procedencia de los dibujos (fig. 34):

  • a, Bologne, p. 1
  • b, Aubin, p. 19
  • c, Aubin, p. 8
  • d, Borgia, p. 6
  • e, Nuttall (Zouche), p. 36
  • f, Nuttall (Zouche), p. 35
  • g, Nuttall (Zouche), p. 20
  • h, Vaticano B, p. 8
  • i, Nuttall (Zouche), p. 45
  • j, Vaticano B, p. 70
  • k, Vaticano B, p. 93
  • l, Nuttall (Zouche), p. 44

La figura 34, b, representa la que probablemente es la forma «normal» de este signo. Esta es, en todo caso, la forma que aparece con más frecuencia en los monumentos. Consiste en dos figuras, una junto a otra, que se encuentran en el centro y están, por así decirlo, dobladas en sentidos opuestos en los extremos. En el centro del borde exterior de estos dos lados hay un par de «asas» o anillos. En el centro del conjunto hay una figura circular que, en el presente caso, ha adoptado el aspecto de un ojo. En la famosa piedra de altar, sumamente elaborada, del Museo Nacional de México, que suele llamarse el Calendario Azteca,76 esta figura central está ocupada por un gran rostro que representa el sol. El significado de este diseño de «movimiento» u olin (fig. 34, b) es más o menos un enigma. A veces aparece en la forma que se muestra en d, que consiste en dos figuras anguladas encajadas o entrelazadas. Sería del todo posible derivar las formas como b, figura 34, de estas formas entrelazadas más simples; pero no se sabe nada en absoluto del origen real de estas últimas, de modo que no se estaría más cerca de una verdadera explicación. Es digno de nota que, de un modo general, la forma normal de este signo tiene algo de la forma de una X. Es cierto además que, aunque el símbolo representa la palabra «movimiento», se asocia también con el sol. Este hecho bien puede fundarse en un mito curioso. Los aztecas, como muchos otros pueblos, tienen un mito que habla de una serie de cataclismos universales. El primer sol que se creó llegó a su fin en uno de estos cataclismos en el día Cuatro Viento. Se le llamó por lo tanto el sol de «Viento». Después de que se deshizo se creó otro, que, al cerrarse la época, desapareció en el día Cuatro Tigre. A este sol se le llama por lo tanto el sol de «Tigre». Otros dos soles, que desaparecieron en los días Cuatro Agua y Cuatro Lluvia, siguieron en serie antes de que el sol actual entrara en escena. De algún modo misterioso se sabe que el sol actual desaparecerá en el día Cuatro Movimiento, en el que el cielo se romperá por un terremoto. Se le llama por lo tanto el sol de «Terremoto» o de «Movimiento», u olin-tonatiuh. El autor del presente trabajo se inclina a ver en este mito77 la verdadera explicación de la asociación de este signo olin con el sol. Es posible, desde luego, suponer que el diseño representa o figura directamente el sol de algún modo, y que el mito se inventó para explicar ese hecho. El mito ofrece, sin embargo, una razón definida por la que el signo habría de representar el sol, y parece una pérdida de tiempo buscar más lejos mientras no haya más pruebas. Sería fácil imaginar media docena de maneras en que un símbolo gráfico del sol pudo haber degenerado en este signo. Imagínese, si se quiere, que el símbolo original del sol era un disco con rayos, y que estos rayos se fueron omitiendo gradualmente hasta que solo quedaron cuatro. Estos cuatro, si se sesgan, darían el signo olin. Tales teorías representan mera gimnasia mental, a menos que puedan apoyarse en una serie de formas derivada del estudio de los monumentos. Se ha propuesto efectivamente la idea de que el signo olin representa los «cuatro movimientos del sol», es decir, que representa los cuatro puntos principales que establece el sol en su recorrido anual: los puntos de salida y puesta del sol en los solsticios de verano e invierno. Si estos puntos se trazaran y se unieran diagonalmente con líneas, se tendría algo que se aproximaría al símbolo olin. Vale la pena notar, sin embargo, que la figura que se produciría naturalmente sería un paralelogramo, no una X. El sol no se mueve del punto del sureste al punto del noroeste, sino del sureste al suroeste. Se mencionó un poco más arriba que la apariencia normal de este signo representa una X. Tiene cierto interés que el signo kin de los mayas, que también es una X, se asocie con el sol. Posiblemente un examen cuidadoso de las mitologías mayas desenterraría alguna leyenda que corresponda al relato azteca recién mencionado.

Waterman 1916, fig. 34: El signo del día Movimiento (Olin)
Fig. 34.—El signo del día Movimiento (Olin)

Si se toma el signo que se muestra en b como la forma completa o normal, idea que tiene cierto apoyo en el hecho de que es la más usual en los monumentos, es interesante ver cuáles de sus rasgos son los más persistentes en su carrera como signo del día. Es evidente desde luego que su forma de X se oscurece fácilmente. En e, figura 34, los dos lados se funden en una sola figura con una línea recta por el centro. Seler78 se inclina a ver en ello una pintura del sol que desaparece en una grieta de la tierra, siendo el círculo del centro el sol, y los dos lados el día y la noche. Esta idea se basa al parecer en el hecho de que en las figuras de este tipo los dos lados suelen estar coloreados de manera distinta. Es algo difícil seguir aquí su razonamiento. En primer lugar es del todo innecesario hacer esta suposición, pues la figura puede explicarse plausiblemente de otro modo, y nos deja además en un aprieto mayor que nunca para explicar el uso del signo con el sentido de «terremoto» o «movimiento», que es ciertamente su significado literal. La división del signo en dos superficies de distinto color se muestra muy bien en la figura 34, f. Se verá en esta figura (b) que del símbolo original quedan todavía el contorno exterior, el círculo del centro y las asas. Es un punto de cierto interés que son precisamente estas asas las más persistentes en todas las representaciones de la figura. Aparecen en forma simple en a, muy agrandadas en e y h, y dobles en f. Aun en d, la figura entrelazada, aparecen como ondulaciones en el lugar correspondiente. En dibujos como n, donde hasta el contorno propio de la figura ha desaparecido, estas dos asas permanecen. En m, que es un diseño rectangular, se tienen dos asas perfectas. En k están ornamentadas con volutas que se parecen sorprendentemente a los símbolos aztecas del humo. Ciertamente, una persona que encontrara por primera vez un símbolo como l, m o f difícilmente lo asociaría con los diseños que se muestran en b. El símbolo en cuestión muestra, pues, una gran variedad de formas. Creo que habrá que dar por un completo misterio toda la cuestión de por qué el «movimiento» o el «terremoto» se representa con una figura doble con un círculo en el centro y asas a los lados.

Waterman 1916, fig. 35: El signo del día Pedernal (Tecpatl); q, dibujo realista de un sacrificio, que muestra el cuchillo de pedernal en uso
Fig. 35.—a–p, El signo del día Pedernal (Tecpatl); q, dibujo realista de un sacrificio, que muestra el cuchillo de pedernal en uso

Pedernal (Tecpatl)

Procedencia de los dibujos (fig. 35):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 53
  • b, Vaticano B, p. 98
  • c, Bologne, p. 1
  • d, Nuttall (Zouche), p. 62
  • e, Nuttall (Zouche), p. 56
  • f, Nuttall (Zouche), p. 32
  • g, Nuttall (Zouche), p. 39
  • h, Nuttall (Zouche), p. 34
  • i, Nuttall (Zouche), p. 32
  • j, Nuttall (Zouche), p. 7
  • k, Nuttall (Zouche), p. 16
  • l, Bologne, p. 4
  • m, Vaticano B, p. 1
  • n, Nuttall (Zouche), p. 24
  • o, Vaticano B, p. 74
  • p, Aubin, p. 16
  • q, Nuttall (Zouche), p. 69

El dibujo de la parte inferior de la figura 35 representa una escena que se pinta con bastante frecuencia en los manuscritos aztecas. El asunto es un sacrificio humano. La víctima, descalza y vestida con el habitual maxtlatl azteca, yace tendida de espaldas sobre la piedra del altar. El sacerdote oficiante, con el rostro cubierto de la pintura negra que es usual en las ceremonias religiosas, se inclina sobre el prisionero y le saca el corazón con un cuchillo de piedra. El propio sacerdote lleva maxtlatl, tiene una gran orejera atravesada en el lóbulo de la oreja y lleva colgada del brazo una bolsa. En general, debe decirse, las bolsas se representan muy habitualmente en relación con los ritos sacerdotales. La escena aquí representada es uno de los mejores ejemplos del dibujo azteca. La postura de la víctima, sus ojos vidriosos que se cierran y la sangre que mana de la incisión están todos presentados de manera realista.79

El objeto de particular interés para el presente propósito es el cuchillo de piedra en las manos del sacerdote. Algunos de estos cuchillos sacrificiales para extraer el corazón en los sacrificios humanos se han conservado hasta el día de hoy. El ejemplar más conocido es el incrustado de mosaico que se conserva en la Colección Christy del Museo Británico, ejemplar que es tema favorito de ilustración entre quienes escriben sobre arqueología mexicana.80 Una escena de sacrificio semejante a la representada en la presente figura aparece en el manuscrito Magliabechiano.81 El cuchillo sacrificial, tal como se usaba realmente, consiste en una hoja de doble punta tallada en pedernal, con uno de los extremos puntiagudos encajado en un mango de madera. Un cuchillo del mismo modelo fue escogido por los autores del calendario para representar la idea «pedernal». Era al parecer el objeto más común o más familiar hecho de ese material.

Las diversas formas del signo del día se muestran en la figura 35, a—n. El primer dibujo, a, es quizá el más típico. Soy de la opinión de que las demás formas derivan de esta. En todo caso, se encuentran todas las gradaciones desde un cuchillo con este aspecto hasta uno con meramente unas cuantas líneas simples donde debería estar el diseño elaborado. Los diversos dibujos encajan tan bien en una serie que es difícil resistir la tentación de considerarlos pasos de una evolución. Lo más notable de a, figura 35, es que se tiene allí un cuchillo de pedernal con un rostro humano, que consta de ojo, boca y dientes, representado a lo largo de uno de sus bordes. Más peculiar aún, el rostro parece representar el del dios de la lluvia, Tlaloc (véase la figura 36 para las diversas formas). En el caso de la presente figura se tienen el ojo saltón y la boca llena de dientes largos tan característicos del dios de la lluvia. En cuanto a por qué los rasgos del dios de la lluvia habrían de representarse en el signo del día «Pedernal», nunca he oído una sugerencia.

He dicho que a, figura 35, representa la forma usual de este rostro en los signos del día Pedernal. En la figura 35, b, sin embargo, se tiene otra forma muy distinta. Aquí se ve el ojo saltón, pero en lugar del rostro de Tlaloc, en el que falta invariablemente la mandíbula inferior y la superior está armada de dientes largos a modo de colmillos, se tiene una mandíbula de esqueleto con dentadura humana normal. Parece al menos concebible que los aztecas representaran estos dientes en el borde del cuchillo de pedernal para simbolizar el hecho de que el cuchillo de pedernal corta o muerde. Por otra parte, el dibujo puede simbolizar especialmente el cuchillo sacrificial, y el instrumento pudo representarse con dientes porque los aztecas lo concebían como algo que come el corazón de la víctima. La figura 35, c, representa una forma degenerada de este mismo dibujo. En la figura 35, d, se tiene todavía el cuchillo, y se tienen las dos líneas que lo atraviesan transversalmente como en a. No hay nada más, sin embargo, salvo un punto redondo en el centro. Parecería casi necesario concluir que este punto representa el rostro tal como se muestra en a. Lo más plausible sería suponer que es un resto del ojo, habiéndose perdido todo el resto del rostro. De manera semejante, el rizo en e, y el rizo aún más simple en f, parecerían ser el resto de la boca que se muestra en a. En g todos los rasgos faciales han desaparecido, y no queda más que las dos líneas transversales. En h, i, j, k, n se tiene una serie de diseños simples que ocupan el lugar que ocupa el rostro en a, y que podrían interpretarse fácilmente como formas degeneradas del rostro. Ha habido, sin embargo, elaboración y simplificación más o menos arbitrarias de estos diseños. Quizá el más simple sea k. En la parte inferior de n se ve un curioso diseño curvo que posiblemente representa parte de una empuñadura o mango.

La figura 35, l, es otro de los dibujos caprichosos bastante usuales en el manuscrito de Bolonia. Se tiene aquí el cuchillo de pedernal con su rostro, pero en este caso se le ha ajustado un cuerpo de muñeco, y se tiene una persona completa en una curiosa actitud, con ambas manos levantadas. El muñeco viste maxtlatl y sandalias, con largos adornos de material flexible atados a las muñecas, y su cuerpo está pintado de negro como el del sacerdote en los sacrificios. Se habló hace un momento del curioso diseño en forma de rizo que parece (fig. 35, c, f) representar la boca del primer dibujo original. Vale la pena notar que, si este es su significado real, el artista, en el caso de m, figura 35, olvidó ese significado original. Ha dibujado dos, uno a cada lado de la hoja. Estos dos rizos aparecen de nuevo en el caso de o, aunque este último es un dibujo realista de un cuchillo de pedernal, con su mango y empuñadura claramente mostrados.

Quisiera llamar especialmente la atención sobre p, figura 35. Este diseño representa la idea «Pedernal». No hay duda sobre su identidad, que puede determinarse considerando la serie original en que aparece. Además, es solo una variación comparativamente ligera de algunos de los diseños que representan el cuchillo de manera bastante realista (véase h, i, etc.). El diseño curvo en el borde de la hoja simplemente se ha expandido de manera algo excesiva. Sin embargo, el dibujo en p se ha alejado tanto del original que se aproxima mucho a la representación azteca de la mazorca de maíz.

Lluvia (Quiahuitl)

Procedencia de los dibujos (fig. 36):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 37
  • b, Nuttall (Zouche), p. 39
  • c, Nuttall (Zouche), p. 38
  • d, Vaticano B, p. 96
  • e, Vaticano B, p. 1
  • f, Nuttall (Zouche), p. 46
  • g, Vaticano B, p. 58
  • h, Vaticano B, p. 1
  • i, Vaticano B, p. 20
  • j, Borgia, p. 50
  • k, Vaticano B, p. 75
  • l, Bologne, p. 2
  • m, Aubin, p. 3
  • n, Vaticano B, p. 94
  • o, Vaticano B, p. 71
  • p, Nuttall (Zouche), p. 37

Como ya se ha notado en varios lugares, el signo del día Lluvia se representa con el rostro del dios de la lluvia. Esta divinidad era llamada por los aztecas Tlaloc. En p, figura 36, se muestra una figura del dios. Hay varias cosas en su aspecto y atuendo en este dibujo que merecen especial atención. En primer lugar, está muy elaboradamente vestido. Lleva no solo las acostumbradas sandalias y maxtlatl, sino también un cinturón con algún adorno elaborado por detrás, y en el pecho un collar con un gran pendiente circular. En la parte posterior de la cabeza parece haber un adorno adicional. En las muñecas lleva pulseras, y en la mano sostiene lo que quizá pueda considerarse una caña de maíz y una bolsa ceremonial. La cabeza de esta divinidad, sin embargo, es la parte de mayor importancia para el presente propósito, puesto que solo la cabeza aparece como signo del día. La figura que se discute parece representar a un ser humano que personifica al dios. Se ve en el dibujo un rostro humano, con el pelo que baja hasta la oreja, y en esta oreja una orejera compleja. Parte de la nariz es también claramente visible. Los rasgos faciales, sin embargo, quedan en gran parte ocultos por algo que sugiere una máscara. El ojo está cubierto por una especie de anteojera, y de esta anteojera baja retorciéndose sobre el rostro una tira que corre a lo largo del labio superior. De esta tira sobre la boca pende un juego de largos colmillos o dientes a modo de colmillos. Este último rasgo es la parte más característica de los atavíos de Tlaloc. En la cabeza, sin embargo, hay una especie de gorro rematado por un adorno de dos partes, una que se proyecta hacia delante y otra hacia atrás. Este adorno es también muy característico de la figura de Tlaloc tal como suele representarse. Examínense ahora algunas de las variaciones de esta figura cuando se usa como signo del día.

Waterman 1916, fig. 36: El signo del día Lluvia (Quiahuitl); p, dibujo realista del dios de la lluvia, Tlaloc
Fig. 36.—a–o, El signo del día Lluvia (Quiahuitl); p, dibujo realista del dios de la lluvia, Tlaloc

El trazo más completo se muestra en a, figura 36. Aquí se tienen todos los rasgos importantes del dios representados de manera realista. Se ven la orejera, el ojo con anteojera, la tira o máscara con los colmillos adheridos y el gorro con las dos aletas ornamentales. En el dibujo siguiente, sin embargo (b), se tienen meramente el ojo y la tira con sus colmillos. En c se tiene una forma aún más simple que en b, y en d el ojo parece un simple anillo, y los dientes, tablillas. La tira que lleva los colmillos es también torpe en este dibujo y muy simplificada.

Los dibujos de e, f, g y h muestran formas distintas, y se escogieron con especial atención a las aletas ornamentales del gorro. En c están presentes los dientes, el ojo y la tira, pero las dos aletas se han convertido en una simple barra recta. Hay una curiosa barra añadida justo encima de los dientes, cuyo origen no puedo explicar. Aparece, sin embargo, en f y h. En f los dientes parecen un fleco suave. En g se tienen sobre la cabeza solo una barra recta (que representa al parecer los adornos del gorro), un ojo redondo y los dientes. Los dientes no son, sin embargo, los colmillos propios de una figura de Tlaloc tal como suele representarse, sino los dientes triangulares característicos del símbolo del Monstruo acuático.

En h se ven el ojo, atravesado por una barra, y un juego simplificado de dientes. Si esta barra es el adorno del gorro o la barra adicional que aparece primero en e, es imposible decirlo.

En i, j y k se tienen estos mismos elementos muy simplificados y deformados. En c los dientes, la tira del labio, el ojo y otro diseño, que quizá represente de nuevo dientes, se disponen todos de modo que forman una sola figura horizontal. Reconocer en esta maraña de líneas símbolos de Tlaloc sería casi imposible si no se tuvieran delante las etapas intermedias. En j aparecen los tres elementos más persistentes, dientes, ojo y adorno del gorro, pero los dientes están muy degenerados, poco más que una serie de festones. En k todo el diseño es suelto e informe, los dientes son cuadrados en la punta en lugar de puntiagudos, y prácticamente se pierde toda semejanza con el dibujo realista. En l se tiene otro de los dibujos caprichosos del Códice de Bolonia. Se tienen las diversas partes de la figura de Tlaloc: gorro con aletas, orejera, ojo con anteojera y boca. El conjunto adopta, sin embargo, un aspecto enteramente nuevo. En el rostro aparece una gran mancha de pintura facial negra. La boca carece de dientes de cualquier clase, aunque los dientes son ciertamente el más característico de todos los rasgos de Tlaloc.

En m se tiene un curioso diseño del manuscrito Aubin. El ojo con anteojera, el gorro y el fleco de dientes largos están todos ahí. El artista, sin embargo, los ha dibujado de cabeza. En n, de nuevo, se tienen todas las partes, pero dispuestas de modo que producen un efecto muy distinto del de cualquiera de los demás dibujos. Los dientes, además, son de la variedad del Monstruo acuático. En o se tiene un dibujo que fácilmente podría confundirse con el símbolo del Monstruo acuático. Casi parecería que el artista tenía en el fondo de la mente la figura del Monstruo acuático. El dibujo muestra el ojo con anteojera y la tira curva del labio. Los dientes, sin embargo, han perdido su forma larga y afilada, y el artista los ha hecho seguir la curva de la tira hacia arriba, lo que produce casi exactamente el efecto del hocico vuelto hacia arriba del Monstruo acuático. Hay, sin embargo, detrás del ojo, una oreja que no estaría en su lugar en el diseño del Monstruo acuático. En suma, no hay ninguno de los símbolos más complicado y distintivo que la representación del símbolo de Lluvia, y sin embargo no hay diseño que muestre una variabilidad más marcada ni mayor semejanza con símbolos enteramente independientes.

Waterman 1916, fig. 37: El signo del día Flor (Xochitl); p, dibujo realista de una planta en flor
Fig. 37.—a–o, El signo del día Flor (Xochitl); p, dibujo realista de una planta en flor

Flor (Xochitl)

Procedencia de los dibujos (fig. 37):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 43
  • b, Nuttall (Zouche), p. 53
  • c, Nuttall (Zouche), p. 3
  • d, Nuttall (Zouche), p. 43
  • e, Nuttall (Zouche), p. 51
  • f, Nuttall (Zouche), p. 52
  • g, Nuttall (Zouche), p. 16
  • h, Fejervary, p. 17
  • i, Nuttall (Zouche), p. 2
  • j, Nuttall (Zouche), p. 15
  • k, Aubin, p. 4
  • l, Nuttall (Zouche), p. 76
  • m, Nuttall (Zouche), p. 6
  • n, Aubin, p. 6
  • o, Nuttall (Zouche), p. 19
  • p, Fejervary, p. 5

La figura 37 representa las diversas formas del signo del día Flor. Hay considerable variedad en estos dibujos, pero todos representan evidentemente lo mismo, a saber, una flor. El contorno más usual es quizá el de la flor de lis. Este aparece, por ejemplo, en a y b. En algunos casos, sin embargo, la flor se representa con bastante esmero, con tallo, pétalos y estambres. (Véanse, por ejemplo, e, f y n.) En otros casos esta figura de flor se simplifica tanto que apenas puede reconocerse. El caso más extremo es quizá h, en el que se pierde toda semejanza con la flor. En uno o dos casos de los manuscritos la flor se representa de manera geométrica. Un ejemplo de ello se muestra en f. Las formas más realistas son posiblemente e y n, donde las diversas partes de la flor se muestran en sus relaciones naturales. En j, k y o, sin embargo, los dibujos se vuelven bastante grotescos y apenas son reconocibles.

La figura 37, p, muestra una planta en flor. La semejanza entre estas flores y las que se dibujan para representar el signo del día Flor es tan marcada que parece establecerse un caso de identidad. La planta representada en p es al parecer un cacto, y con toda probabilidad el nopal común, en azteca nochtli, que es muy común en la altiplanicie mexicana. Esto parece indicarlo la manera en que se unen las pencas ovaladas. Que la planta es el cacto lo sugiere también la presencia de las espinas largas. Como en muchos casos, se representa en la parte inferior de la planta la raíz. Parece del todo probable, pues, que el signo del día azteca Flor represente realmente la flor del nopal.

Waterman 1916, fig. 38: Dibujos que muestran el préstamo de características entre los diversos signos de los días
Fig. 38.—Dibujos que muestran el préstamo de características entre los diversos signos de los días

Procedencia de los dibujos (fig. 38):

  • a, Nuttall (Zouche), p. 71
  • b, Nuttall (Zouche), p. 12
  • c, Vaticano B, p. 88
  • d, Fejervary, p. 5
  • e, Nuttall (Zouche), p. 11
  • f, Fejervary, p. 9
  • g, Borgia, p. 57
  • h, Borgia, p. 64
  • i, Borgia, p. 5
  • j, Bologne, p. 3
  • k, Vaticano B, p. 21
  • l, Vaticano B, p. 62
  • m, Vaticano B, p. 96
  • n, Vaticano B, p. 28

Préstamo de características

Se ha mencionado en tantos lugares el préstamo de características entre distintos signos de los días que el asunto puede merecer una ilustración especial. La figura 38 muestra varios dibujos en los que ha ocurrido este préstamo. Son ejemplos particularmente pintorescos y servirán quizá para concluir todo el asunto. En a y b de la figura 38 se tienen dos signos de los días típicos. El primero de ellos, a, representa al mono de manera bastante realista. Se verá en seguida, sin embargo, que ha tomado prestado el gorro plano de dos aletas que es característico normalmente del signo de Lluvia (b). El Mono, se recordará, se representa normalmente con una cresta (véase e de la presente figura). La presencia del gorro en a es, pues, simplemente un caso de préstamo directo. Por otra parte, en c, d y e de la figura 38, se tiene un caso en que el mono presta uno de sus rasgos. El primero de estos dibujos (d) representa el signo del día Muerte y consiste principalmente en un cráneo. El cráneo está coronado, sin embargo, por una cresta que evidentemente se ha tomado del mono (véase e de esta figura). El mono es el único animal que normalmente se representa con este rasgo. Se recordará también que una de las cosas características del mono es la presencia de una oreja. Esta oreja de mono aparece de manera muy impropia en el cráneo que se muestra en c. En el símbolo de Muerte que se muestra en d se ha tomado prestada una orejera que pertenece al dios del viento (véase f, figura 36). En d, por lo tanto, el artista tomó prestados dos rasgos: la cresta del mono y también la orejera del dios del viento.

En g, h e i se tiene un curioso ejemplo de préstamo. g representa el símbolo del agua, que es un recipiente del que se derrama agua, con un pequeño objeto circular en el centro que representa una concha. En i se ve una representación típica del dios de la lluvia, cuyo rasgo central es un ojo semicircular. La figura h es una representación del agua, como g. En lugar de una concha, sin embargo, el artista representa en su centro un ojo que al parecer ha tomado del símbolo de Lluvia.

En j, figura 38, se tiene una representación del dios del viento. Tiene el hocico habitual del dios del viento, con la boca abierta, y un ojo. Ha tomado prestados, sin embargo, del signo del cráneo (véase k) un ojo adicional y la parte posterior ganchuda del cráneo. Se tiene, pues, en j una figura curiosamente complicada y bastante carente de sentido: un dios del viento con pico y orejera, coronado por un cráneo y un ojo suelto tomados del símbolo de Muerte.

En los tres últimos dibujos de la figura, l, m y n, se ve un curioso caso de intercambio de rasgos. Diríjase la atención ante todo al dibujo del monstruo acuático (n). Lo importante aquí es un hocico vuelto hacia arriba adornado con grandes dientes triangulares. En l se tiene una representación del dios de la lluvia que representa el signo del día Lluvia. Al dibujar este último símbolo, sin embargo, el artista tomó prestadas dos cosas. En primer lugar, tomó los dientes del monstruo acuático, y en segundo lugar, el gorro puntiagudo o mitra del dios del viento. Por otra parte, el dios del viento aquí representado (m) se muestra con un pico vuelto hacia arriba, evidentemente una imitación del monstruo acuático; y este pico curvo está adornado con típicos dientes de monstruo acuático.

Conclusión

A modo de resumen sobre las tendencias generales que operan en el trazo de los signos de los días, diría que hay, en primer lugar, una amplia variación de tipo. Debe notarse que esta variación no se debe al desarrollo histórico; al contrario, se debe en gran parte a la elaboración o abreviación conscientes por parte de cada artista. A veces se encuentran dos formas muy divergentes de un mismo signo del día, una perfecta y la otra degenerada, una junto a otra en la misma página de un manuscrito. La dificultad para reconocer los signos de los días, cuando la hay, surge del hecho de que no existen criterios rígidos para el reconocimiento de los símbolos. Un símbolo puede cambiar gradualmente hasta parecerse mucho a otro. Para hacer aún más marcada esta aproximación, se da el curioso préstamo que acaba de ilustrarse, en el que rasgos perfectos de un signo del día se trasplantan y aparecen enteros en los dibujos de otro. La magnitud de la variación es tan grande que podría escogerse un número casi ilimitado de ejemplos. Los signos de los días, tal como se dibujan en los manuscritos, ofrecen muchos ejemplos de divergencia.

Bibliografía

Manuscritos

Aubin Tonalamatl. [Manuscrito facsimilar publicado como complemento de la obra de Seler del mismo título.] 1900–1901. Citado como Aubin.

Codice Messicano di Bologna (Codice Cospiano). Manuscrito pictórico de los Antiguos Nauas que se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Bolonia. Reproducido en fotocromgrafía á expensas de S. E. el Duque de Loubat. Roma, 1898. Citado como Bologne.

Codice Messicano Borgiano del Museo Etnografico della S. Congregazione di Propaganda Fide. Reprodotto in fotocromografia a spese di S. E. il Duca di Loubat a cura della Biblioteca Vaticana. Roma, 1898. Citado como Borgia.

Codex Ferjérváry-Mayer. Manuscrit mexicain precolombien des Free Public Museums de Liverpool (M 12014). Publicado por le Duc de Loubat. Paris, 1901. Citado como Fejervary.

Codex Nuttall. Facsimile of an ancient Mexican Codex belonging to Lord Zouche of Harynworth with an introduction by Zelia Nuttall. Peabody Museum, Harvard University, Cambridge, Mass., 1902. Citado como Nuttall (Zouche).

Il Manoscritto Messicano Vaticano 3773. Reprodotto in fotocromagrafia a spece di S. E. Duca di Loubat a cura della Biblioteca Vaticana. Roma, 1896. Citado como Vatican B.

Zouche Manuscript (véase «Codex Nuttall»).

Obras citadas

Antigüedades Mexicanas
Véase Chavero, 1892.

Bandelier, A. F.
1880a. On the art of war and mode of warfare of the ancient Mexicans. (Reports of the Peabody Museum of Harvard University, vol. 2, pp. 95–162.)
1880b. On the distribution and tenure of land and the customs with respect to inheritance among the ancient Mexicans. (Reports of the Peabody Museum of Harvard University, vol. 2, pp. 385–449.)
1880c. On the social organization and mode of government of the ancient Mexicans. (Reports of the Peabody Museum of Harvard University, vol. 2, pp. 557–700.)

Benevente, Toribio de
Véase Toribio.

Beuchat, H.
1912. Manuel d’Archaeologie (Américaine (Amérique préhistorique—Civilizations disparues.) Paris.

Bowditch, C. P.
1910. The numeration, calendar systems and astronomical knowledge of the Mayas. Cambridge.

Brinton, D. G.
1885. The annals of the Cakchiquels. (Library of Aboriginal American Literature, number 6.) Philadelphia.
1893. The native calendars of Mexico and Central America. Philadelphia.

Chavero, Alfredo
1876. Calendario Azteca. Ensayo Arqueológico. Ed. 2. Mexico.
1892. Antigüedades Mexicanas (editor). Publicado por la Junta Colombina. México.

Clavigero, F. X.
1870–1881. Storia Antica del Messico. 4 vols. Cesena.

Crónica de la S. Provincia del Santíssimo Nombre de Jesus de Guattemala
Manuscrito anónimo de 1683.

Enock, C. Reginald
1909. Mexico. Its ancient and modern civilization, etc. London and Leipsic.

Fabrega, José Lino
1899. Interpretation del Codice Borgiano. (Mexico, Museo Nacional, Anales [first series], vol. 5.)

Förstemann, E.
1893. Die Zeitperioden der Mayas. (Globus, vol. 63. Reimpreso en Bull. 28, Bur. Am. Ethn., pp. 493–498.)
1895. Die mittelamerikanische Tonalamatl. (Globus, vol. 67, pp. 283–285. Reimpreso en Bull. 28, Bur. Am. Ethn., pp. 527–533.)

Goodman, J. T.
1897. The archaic Maya inscriptions. (Biologia Centrali-Americana. Archaeology. Appendix. Véase Maudslay, 1889–1902.)

Humboldt, A. von
1816. Vues des Cordilleres et monuments des peoples indigenes de l’Amérique. Paris.

Icazbalceta, J. García
1858–1870. Coleccion de documentos para la historia de Mexico. 3 vols. Mexico.
1885–1892. Nueva coleccion de documentos para la historia de Mexico. 5 vols. Mexico.

Jonghe, Ed. de
1906. Die altmexikanische Kalendar. (Zeitschrift für Ethnologie, vol. 38, pp. 485–506.)

Joyce, T. A.
1914. Mexican Archaeology. London.

Kingsborough, Lord
1831. Antiquities of Mexico: comprising facsimiles of ancient Mexican paintings and hieroglyphics … together with the Monuments of New Spain by M. Dupaix. … 9 vols. London.

Leon y Gama, A.
1790. Descripcion historica y cronológica de las piedras que se hallaron en la plaza principal de Mexico. Mexico.

Maccurdy, George Grant
1910. An Aztec “Calendar Stone” in the Yale University Museum. (American Anthropologist, n.s., vol. 12, pp. 481–496.)

Maudslay, A. P.
1889–1902. Biologia Centrali-Americana, or contributions to the knowledge of the flora and fauna of Central America. Archaeology. 4 vols. of plates, 1 vol. of text and an appendix. London.

Motolinia
Véase Toribio de Benevente.

Nuttall, Zelia
1891. The atlatl or spear-thrower of the ancient Mexicans. (Archaeological and ethnological papers of the Peabody Museum of Harvard University, vol. 1, pp. 173–207.)
1901. The fundamental principles of Old and New World civilizations. A comparative research based on a study of the ancient Mexican religious, sociological and calendrical systems. (Archaeological and Ethnological Papers of the Peabody Museum of Harvard University, vol. 2.)
1903. The book of the life of the ancient Mexicans, containing an account of their rites and superstitions. An anonymous Hispano-Mexican manuscript preserved at the Biblioteca Nazionale Centrale, Florence, Italy. [A veces llamado Códice Magliabecchi.] Part 1, introduction and facsimile. University of California, Berkeley, Cal.
1904. Periodic adjustments in the ancient Mexican calendar system. (American Anthropologist, n.s., vol. 6, pp. 486–500.)
1906. Problems in Mexican archaeology. (American Anthropologist, n.s., vol. 8, pp. 133–149.)
1910. The island of Sacrificios. (American Anthropologist, n.s., vol. 12, pp. 257–295.)

Orozco y Berra, Manuel
1880. Historia antigua y de la conquista de Mexico. 4 vols. Mexico.

Peñafiel, Antonio
1885. Nombres geográficos de México. Catalogo alfabético de los nombres de lugar pertinentes al idioma “Nahuatl.” Estudio jeroglífico de las matriculas de las tributos del Codex Mendocino … Dibujo de las Antigüedades Mexicanas de Lord Kingsborough. Mexico.
1890. Monumentos del arte Mexicano antiguo. Ornamentacion, mitologia, tributos, y monumentos. Berlin.

Sahagun, Bernardino
1829. Historia General [Universal] de las cosas de Nueva España. Mexico. [Hay una edición independiente impresa en Kingsborough, Londres, 1831, vol. 7. Una traducción francesa fue editada por Jourdanet y Siméon, París, 1880.]

Seler, Eduard
1891. Zur mexikanischen Chronologie mit besonderer Berücksichtigung des zapotekischen Kalenders. (Zeitschrift für Ethnologie, vol. 23, pp. 89–133. Traducido en Bull. 28, Bur. Am. Ethn., pp. 1–55. Reimpreso en 1902–1908, vol. 1, pp. 507–554.)
1893. Die mexikanischen Bilderhandschriften Alexander von Humboldts in der Königlichen Bibliothek zu Berlin. Berlin. (Reimpreso en 1902–1908, vol. 1, pp. 162–300. Traducido en Bull. 28, Bur. Am. Ethn., pp. 123–230.)
1898. Die Venusperiode in den Bilderschriften der Codex Borgia Gruppe. (Verhandlungen der Berliner Gesellschaft für Anthropologie, Ethnologie und Urgeschichte. Reimpreso en 1902–1908, vol. 1, pp. 618–667. Traducido en Bull. 28, Bur. Am. Ethn., pp. 123–229.)
1900–1901. The Tonalamatl of the Aubin Collection, an old Mexican picture manuscript in the Paris National Library (Manuscrits Mexicains No. 18–19). Published by the Duke of Loubat, with introduction and explanatory text by Dr. Eduard Seler. Berlin and London. Traducción inglesa de A. H. Keane.
1902–1908. Gesammelte Abhandlungen zur amerikanischen Sprach- und Alterthumskunde. 3 vols. Berlin.
1903. Die Korrekturen der Jahreslänge und die Länge der Venusperiode in den mexikanischen Bilderschriften. (Zeitschrift für Ethnologie, vol. 35, pp. 27–49. Reimpreso en 1902–1908, vol. 3, pp. 199–220.)

Serna, Jacinto de la
1899. Mexico, Museo Nacional, Anales, vol. 5.

Spence, Lewis
1912. The civilization of ancient Mexico. Cambridge, University Press. (New York, G. Putnam & Sons.)

Spinden, H. J.
1913. A study of Maya art. (Memoirs of the Peabody Museum of Harvard University, vol. 6.)

Ternaux-Compans, H.
1837–1841. Voyages, relations, et mémoires origineaux pour servir a l’histoire de la decouverté de l’Amérique. 21 vols. Paris.

Tezozomoc, Fernando de Alvarado
Crónica Mexicana (véase Kingsborough, 1831, vol. 9). Traducida al francés por Ternaux-Compans, París, 1855.

Thomas, Cyrus
1897–1898a. Mexican calendar systems. (19th Report of the Bureau of American Ethnology, part 2, pp. 693–819.)
1897–1898b. Numeral systems of Mexico and Central America. (19th Report of the Bureau of American Ethnology, part 2, pp. 853–955.)

Torquemada, Juan de
1615. … libros rituales y monarquía Indiana, etc. Sevilla. 2.ª ed., a cargo de A. Gonzales-Barcia, Madrid, 1723.

Toribio de Benevente (llamado Motolinia)
Historia de los Indios de Nueva España (véase Kingsborough, 1831, vol. 9, donde se imprimen partes de ella. Otra edición, completa, se hallará en García Icazbalceta, 1858–1870, vol. 1.)

Tylor, E. B.
1861. Anahuac, or Mexico and the Mexicans, ancient and modern. London.

Veytia, M. Fernández
1907. Los calendarios Mexicanos. México, publicado por el Museo Nacional.

Notas

  1. Para los títulos completos de todas las obras citadas, véase la bibliografía al final del ensayo. ↩
  2. Véase su «Numeral Systems of Mexico and Central America», 1893. ↩
  3. Nombres geográficos, 1885. ↩
  4. Berlín, 1890, dos volúmenes de láminas y uno de texto. ↩
  5. México, 1892, un volumen de láminas y uno de texto. ↩
  6. Véase la bibliografía. ↩
  7. 1898. ↩
  8. 1893. ↩
  9. Publicado en 1899. Véase la bibliografía. ↩
  10. Véase Cyrus Thomas, 1897, p. 954. ↩
  11. 1891. ↩
  12. Seler, 1900-1901, p. 5, señala este punto. ↩
  13. Crónica mexicana, capítulo 82; véase Kingsborough, 1831, vol. 9. ↩
  14. 1898, p. 346. ↩
  15. Para las citas, consúltese la lista de manuscritos en la primera parte de la bibliografía. ↩
  16. 1900-1901, p. 14. ↩
  17. Véase la figura 35, más adelante. ↩
  18. Véase Cyrus Thomas, 1897, pp. 945-948. ↩
  19. Véase Tylor, 1863, p. 239. Seler ofrece tablas completas de las fechas escritas en el orden en que se suceden (1891, p. 1). ↩
  20. Por ejemplo, Seler, 1901, p. 16, o Nuttall, 1904, p. 494. ↩
  21. Véase la página 314 del presente trabajo, nota 23. ↩
  22. Nuttall, 1903, p. 13. Seler (1893, p. 142) opina que nombraban el año por el primer día del quinto mes. Sin discutir este punto, es un hecho que en general los aztecas nombraban el año por el índice de un día determinado de ese año. Parece del todo probable que escogieran para este fin el primer día. ↩
  23. Teniendo siempre presente la salvedad de que, en ciertos casos, podría haber dos fechas «3 Casa» en el mismo año. Si el azteca hubiera querido precisar en tal caso, solo habría podido hacerlo indicando cuánto tiempo había transcurrido desde el comienzo del año, o poniendo junto al índice del día una pintura de la divinidad particular que regía ese día y ningún otro (Seler, 1891, p. 18). ↩
  24. Brinton insiste en este punto en sus diversas obras. ↩
  25. Códice Magliabecchi (Nuttall, 1903), p. 12. ↩
  26. Crónica de la S. Provincia de Guattemala, etc. Véase la bibliografía al final de este trabajo. ↩
  27. Op. cit., capítulo VI, citado por Brinton, 1885, p. 14. ↩
  28. Véase, por ejemplo, el Códice Magliabecchi (Nuttall, 1903), pp. 63, 79, etc. ↩
  29. Compárense las afirmaciones dudosas del libro segundo, capítulo 19, con las enérgicas que contiene el Apéndice del libro cuarto. ↩
  30. 1891, p. 19. ↩
  31. Mencionado por Preuss, en la Cyclopaedia of Religion and Ethics, artículo «Calendar: Mexican». ↩
  32. Consúltese a Seler, en el pasaje recién mencionado. ↩
  33. «On the art of war and mode of warfare of the ancient Mexicans»; «On the distribution and tenure of lands and the customs with respect to inheritance among the ancient Mexicans»; «On the social organization and mode of government of the ancient Mexicans». 1880. ↩
  34. 1831, p. 192. ↩
  35. 1900-1901, p. 7. ↩
  36. Compárese Preuss, en la Cyclopaedia of Religion and Ethics, artículo «Calendar: Mexican», donde se expresan brevemente conclusiones semejantes. ↩
  37. 1897-1898, b. ↩
  38. 1893, p. 494. ↩
  39. Esta sugerencia la mencionan Preuss en su artículo sobre el calendario al que se hizo referencia más arriba (nota 37) y Bowditch (1912, p. 266). ↩
  40. 1893, p. 494. ↩
  41. 1897-1898 b, p. 954. ↩
  42. 1893, p. 494. ↩
  43. 1900-1901, p. 17 (siguiendo a Troncoso). ↩
  44. Cyrus Thomas, 1897-1898 b, p. 953. ↩
  45. Es justo observar que Seler, a juzgar por su modo de expresarse, parece sentir él mismo algo parecido al respecto. ↩
  46. 1904, p. 495. ↩
  47. Véase Seler, 1900-1901, p. 16; Nuttall, 1904, p. 495. ↩
  48. 1912, p. 334. ↩
  49. 1904, p. 495. ↩
  50. 1895, p. 532. ↩
  51. 1897, p. 29. ↩
  52. 1891. ↩
  53. 1900-1901. ↩
  54. Op. cit., pp. 9-16. ↩
  55. 1904, p. 494. ↩
  56. Véase la nota 15, p. 305. ↩
  57. Véase Chavero, Antigüedades mexicanas, 1892. ↩
  58. Seler, 1900-1901, p. 9. ↩
  59. 1900-1901, p. 9. ↩
  60. Consúltese Nuttall, 1892. ↩
  61. 1900-1901, p. 10. ↩
  62. 1900-1901, p. 10. ↩
  63. Para estas últimas véase Maudslay, 1889-1902, por ejemplo, vol. 4, lám. 33; Spinden, 1913, p. 49. ↩
  64. 1900-1901, pp. 9-16. ↩
  65. 1900-1901, p. 11. ↩
  66. Loc. cit. ↩
  67. Véanse Monstruo acuático, Venado, Conejo y Ocelote en el presente trabajo, y, por ejemplo, la espléndida figura de un jaguar de Chichén Itzá en Spinden, 1913, lám. 29, fig. 7. ↩
  68. 1886. ↩
  69. 1900-1901, p. 12. ↩
  70. 1900-1901, p. 12. ↩
  71. 1900-1901, p. 12. ↩
  72. Consúltese Nuttall, 1891. ↩
  73. P. 10. ↩
  74. Véase Bandelier, 1892 a, para la descripción y referencias a la bibliografía. ↩
  75. 1900-1901, p. 13. ↩
  76. Leon y Gama, 1790; Chavero, 1876; Peñafiel, 1890, láminas, vol. 2, p. 312, y las partes correspondientes del texto; Nuttall, 1901, p. 5; Maccurdy, 1910, p. 481 y ss. ↩
  77. Véase Maccurdy, 1901, para un trabajo interesantísimo sobre estos mitos y su representación en los monumentos. Algunos de los monumentos más famosos de la antigüedad mexicana están relacionados con este relato. El trabajo de Maccurdy ofrece varias referencias a la bibliografía. ↩
  78. 1900-1901, p. 14. ↩
  79. Una de las descripciones más realistas y pintorescas de un lugar de sacrificio semejante es la de Juan Díaz (capellán del explorador Juan de Córdova), citada por la señora Nuttall, 1910, pp. 256-259. ↩
  80. Peñafiel, 1890, vol. 1, p. 123; Tylor, 1861, p. 101; Joyce, 1914, p. 194. ↩
  81. Nuttall, 1903, p. 58. ↩

↑ Índice

Texto: Waterman, T. T. «The Delineation of the Day-Signs in the Aztec Manuscripts». University of California Publications in American Archaeology and Ethnology, vol. 11, núm. 6, pp. 297–398. Berkeley: University of California Press, 8 de marzo de 1916. Ejemplar digitalizado de las University of California Libraries (Internet Archive). Obra de dominio público.

Texto y figuras transcritos y preparados para amatl a partir de ese ejemplar; las figuras son reproducciones de los dibujos impresos en 1916.

Imagen: los veinte signos de los días según la figura 1 de Waterman (1916), dominio público.