La segunda carta de relación: Cortés describe Tenochtitlan (1520)
por Hernán Cortés
Comentario de Orlando Santos · 19 de octubre de 2026
Breve biografía
Cuando escribe esta carta, Hernán Cortés tiene unos treinta y cinco años y acaba de perderlo casi todo. Quince meses antes era un capitán en rebeldía contra su gobernador, Diego Velázquez. En noviembre de 1519 entró en Tenochtitlan como huésped de Muteczuma. A principios de julio de 1520 salió de la ciudad de noche, perseguido, y llegó a Tlaxcala, según él mismo cuenta, «manco de dos dedos de la mano izquierda».
La fecha y el lugar lo dicen casi todo: 30 de octubre de 1520, en Segura de la Frontera, una villa que él acababa de fundar en Tepeaca, a pocas jornadas de sus aliados tlaxcaltecas. Desde allí preparaba la vuelta sobre la ciudad.
El destinatario ya era emperador de verdad. Carlos de Gante fue coronado rey de romanos en Aquisgrán el 23 de octubre de 1520, una semana antes de que Cortés fechara la carta. Cortés no podía saberlo, y por eso insiste desde la primera página en que esta tierra le daría título para llamarse emperador «de nuevo».
Written in October 1520 by a defeated, wounded captain in a town he had just founded, to a king who had just been crowned emperor.
Contexto del documento
La segunda carta abarca catorce meses, de agosto de 1519 a octubre de 1520: la marcha desde Cempoala, la guerra y la alianza con Tlaxcala, la matanza de Cholula, la entrada en Tenochtitlan, la prisión de Muteczuma, la llegada de Pánfilo de Narváez, la rebelión de la ciudad y la huida. Cortés escribe sin saber qué ha sido de su primera relación ni de los procuradores que la llevaron, y advierte que en la huida perdió «todas las escrituras y autos» que traía.
Es, otra vez, un alegato. Cortés tenía que explicar al rey por qué había desobedecido a Velázquez, por qué había combatido a Narváez, que también venía en nombre de la Corona, y por qué había perdido la ciudad que decía haber ganado para él. La respuesta de la carta es que todo iba bien hasta que llegó Narváez.
La carta salió de la Nueva España en marzo de 1521 con Alonso de Mendoza y fue la primera de Cortés que se imprimió: la publicó Jacobo Cromberger en Sevilla el 8 de noviembre de 1522. Para entonces Tenochtitlan ya había caído, y el impresor añadió al final la noticia, que reproducimos como «Nota del impresor». Los lectores europeos conocieron así la derrota de 1520 sabiendo ya cómo acababa la historia. En 1524 salieron una traducción latina en Núremberg y otra italiana en Venecia.
The first of Cortés's letters to be printed (Seville, 1522): a legal defence of his conduct, published when Europe already knew Tenochtitlan had fallen.
Observaciones clave
1. Una ciudad que no cabía en las palabras
Cortés no tiene vocabulario para lo que ve, y lo traduce todo a España. Temixtitán es «tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba»; su plaza mayor, «tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca», con «arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo»; los templos son «mezquitas». La descripción del mercado, con su «calle de harbolarios», sus casas «donde lavan las cabezas como barberos» y sus colores «para pintores», es una de las páginas más citadas de la carta.
2. El discurso de Muteczuma
Cortés pone en boca de Muteczuma, en estilo directo, un discurso en el que el tlatoani reconoce que sus antepasados vinieron de fuera y que el rey de España es el señor que esperaban. Ese reconocimiento voluntario convertía a Carlos en señor legítimo de la tierra sin necesidad de guerra. Se ha sugerido que el discurso, tal como aparece, es más obra de Cortés que de Muteczuma: no hay manera de saber qué se dijo realmente, ni a través de cuántos intérpretes pasó.
3. Lo que la carta no cuenta
En mayo de 1520, mientras Cortés iba a la costa contra Narváez, Pedro de Alvarado atacó a los nobles mexicas reunidos en la fiesta de Tóxcatl, en el recinto del templo mayor. La carta no lo menciona: dice solo que la ciudad se alzó y cercó a los españoles. Tampoco hay una sola versión de la muerte de Muteczuma. Cortés escribe que le dieron «una pedrada los suyos en la cabeza» y que murió a los tres días. Los testimonios nahuas que recogió Sahagún dicen que lo mataron los españoles. Ninguna de las dos versiones se puede confirmar.
4. La huida y los números
Para la salida de la ciudad, la noche del 30 de junio al 1 de julio de 1520, Cortés da sus cifras: «ciento y cincuenta españoles y cuarenta y cinco yeguas y caballos, y más de dos mil indios que servían a los españoles». Otros testigos de la hueste dan pérdidas mucho mayores. En la carta, la retirada hasta Tlaxcala y la batalla en el llano de Otumba ocupan apenas unas páginas.
Four things to watch: Spain as the only yardstick, a speech that hands over an empire, the massacre the letter leaves out, and the casualty figures.
La ciudad en el papel
La traducción latina de esta carta, impresa en Núremberg en 1524, llevaba un grabado que ninguna edición española había traído: un plano de Tenochtitlan en medio de su laguna, con las calzadas, el recinto del templo mayor en el centro y, al lado, la costa del golfo de México. La imagen que encabeza esta entrada es un detalle de ese grabado: solo la ciudad. El plano completo, con el golfo, acompaña nuestra glosa sobre el agua en Tenochtitlan.
Se ha sugerido que el grabador partió de un dibujo hecho por alguno de los hombres de Cortés, aunque no se sabe quién pudo hacerlo. Lo que sí está claro es que fue la primera imagen de la ciudad que vio Europa. Los españoles que la vieron con sus propios ojos tampoco encontraron palabras. Uno de ellos lo recordó medio siglo después:
«Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís […]; y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños.»
“And when we saw so many cities and towns built on the water, and other great towns on dry land, and that causeway running so straight and level to Mexico, we were amazed, and said it was like the enchantments told of in the book of Amadís […]; and some of our soldiers even asked whether what they saw was a dream.”
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. LXXXVII · Traducción: Grok Bot (IA), revisada por Orlando Santos
Cortés, en cambio, escribía para el rey y no para asombrarlo: cada maravilla de la ciudad era también una prueba de lo que valía la tierra que pedía conservar.
The 1524 Nuremberg edition gave Europe its first picture of Tenochtitlan.
Cita clave
«Porque he deseado que vuestra alteza supiese las cosas desta tierra; que son tantas y tales, que, como ya en la otra relación escribí, se puede intitular de nuevo emperador della y con título, y no menos mérito que el de Alemaña, que por la gracia de Dios vuestra sacra majestad posee.»
“I have been desirous that your Highness should be informed concerning the affairs of this country, because, as I have already mentioned in my former relation, such are its extent and importance, that the possession of it would authorize your Majesty to assume anew the title of Emperor, which it is no less worthy of conferring than Germany itself, which, by the grace of God, you already possess.”
A continuación se reproduce la obra citada.
A continuación, el texto completo de la segunda carta de relación de Hernán Cortés al emperador Carlos V, fechada en Segura de la Frontera el 30 de octubre de 1520.
Texto completo: Segunda carta de relación (30 de octubre de 1520)
Carta segunda de relación
Proemio
CARTA SEGUNDA Enviada a su sacra majestad del emperador nuestro señor, por el capitán general de la Nueva-España, llamado don Fernando Cortés.
En la cual hace relación de las tierras y provincias sin cuento que ha descubierto nuevamente en el Yucatán del año 19 a esta parte y ha sometido a la corona real de su majestad. En especial hace relación de una grandísima provincia muy rica, llamada Culúa2, en la cual hay muy grandes ciudades, y de maravillosos edificios, y de grandes tratos y riquezas; entre las cuales hay una más maravillosa y rica que todas llamada Temixtitán1, que está por maravillosa arte edificada sobre una grande laguna; de la cual ciudad y provincia es rey un grandísimo señor llamado Muteczuma; donde le acaecieron al capitán y a los españoles espantosas cosas de oír. Cuenta largamente del grandísimo señorío del dicho Muteczuma y de sus rítos y ceremonias y de cómo se sirve.
Muy alto y poderoso, y muy católico príncipe, invictísimo emperador y señor nuestro: En una nao que desta Nueva-España de vuestra sacra majestad, despaché a 16 de julio del año de 519, envié a vuestra alteza muy larga y particular relación de las cosas hasta aquella sazón, después que yo a ella vine, en ella sucedidas. La cual relación llevaron Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo, procuradores de la rica villa de la Veracruz, que yo en nombre de vuestra alteza fundé. Y después acá, por no haber oportunidad, así por falta de navíos y estar yo ocupado en la conquista y pacificación desta tierra, como por no haber sabido de la dicha nao y procuradores, no he tornado a relatar a vuestra majestad lo que después se ha hecho; de que Dios sabe la pena que he tenido. Porque he deseado que vuestra alteza supiese las cosas desta tierra; que son tantas y tales, que, como ya en la otra relación escribí, se puede intitular de nuevo emperador della y con título, y no menos mérito que el de Alemaña, que por la gracia de Dios vuestra sacra majestad posee. E porque querer de todas las cosas destas partes y nuevos reinos de vuestra alteza decir todas las particularidades, y cosas que en ellas hay y decir se debían, sería casi proceder a infinito; si de todo a vuestra alteza no diere tan larga cuenta como debo, a vuestra sacra majestad suplico me mande perdonar; porque ni mi habilidad, ni la oportunidad del tiempo en que a la sazón me halló, para ello me ayudan. Mas con todo, me esforzaré a decir a vuestra alteza lo menos mal que yo pudiera la verdad y lo que al presente es necesario que vuestra majestad sepa. E asimismo suplico a vuestra alteza me mande perdonar si todo lo necesario no contare, el cuándo y cómo muy cierto; y si no acertare algunos nombres, así de ciudades y villas, como de señoríos dellas, que a vuestra majestad han ofrecido su servicio y dádose por sus súbditos y vasallos. Porque en cierto infortunio agora nuevamente acaecido, de que adelante en el proceso a vuestra alteza daré entera cuenta, se me perdieron todas las escrituras y autos que con los naturales destas tierras yo he hecho, y otras muchas cosas.
De la Veracruz a Cempoal
En la otra relación, muy excelentísimo príncipe, dije a vuestra majestad las ciudades y villas que hasta entonces a su real servicio se habían ofrecido, y yo a el tenía sujetas y conquistadas. Y dije asimesmo que tenía noticia de un gran señor que se llamaba Muteczuma, que los naturales desta tierra me habían dicho que en ella había, que estaba, según ellos señalaban las jornadas, hasta noventa cien leguas3 de la costa y puerto donde yo desembarqué. Y que confiando en la grandeza de Dios, y con esfuerzo del real nombre de vuestra alteza, pensaba irle a ver doquiera que estuviese; y aun me acuerdo que me ofrecí, en cuanto a la demanda deste señor, a mucho más de le a mí posible.
Porque certifiqué a vuestra alteza que lo habría, preso o muerto, o subdito a la corona real de vuestra majestad; y con este propósito y demanda me partí de la ciudad de Cempoal, que yo intitulé Sevilla, a 16 de agosto, con quince de caballo y trescientos peones de lo mejor aderezados de guerra que yo pude y el tiempo dio a ello lugar; y dejé en la Villa de la Veracruz ciento y cincuenta hombres con dos de caballo, haciendo una fortaleza, que ya tengo casi acabada, y dejé toda aquella provincia de Cempoal y toda la sierra comarcana a la dicha villa que serán hasta cincuenta mil hombres de guerra y cincuenta villas y fortalezas, muy seguros y pacíficos, y por ciertos y leales vasallos de vuestra majestad, como hasta agora lo han estado y están; porque ellos eran súbditos de aquel señor Muteczuma, y según fui informado, lo eran por fuerza y de poco tiempo acá; y como por mí tuvieron noticia de vuestra alteza y de su muy real y gran poder, dijeron que querían ser vasallos de vuestra majestad y mis amigos, y que me rogaban que los defendiese de aquel gran señor, que los tenía por fuerza y tiranía, y que les tomaba a sus hijos para los matar y sacrificar a sus ídolos, y me dijeron otras muchas quejas del; e con esto han estado y están muy ciertos y leales en el servicio de vuestra alteza.
E creo lo estarán siempre por ser libres de la tiranía de aquel, y porque de mí han sido siempre bien tratados y favorecidos. E para más seguridad de los que en la villa quedaban, traje conmigo algunas personas principales dellos con alguna gente, que no poco provechosos me fueron en mi camino.
Y porque, como ya creo, en la primer relación escribí a vuestra majestad que algunos de los que en mi compañía pasaron, que eran criados y amigos de Diego Velázquez, les había pesado lo que yo en servicio de vuestra alteza hacia, e aun algunos dellos se me quisieron alzar y írseme de la tierra, en especial cuatro españoles que se decían Juan Escudero y Diego Cermeño, piloto, y Gonzalo de Ungría, asimismo piloto, y Alonso Péñate; los cuales, según lo confesaron espontáneamente, tenían determinado de tomar un bergantín que estaba en el puerto con cierto pan y tocinos, y matar al maestre del, y irse a la isla Fernandina a hacer saber a Diego Velázquez cómo yo enviaba la nao que a vuestra alteza envié, y lo que en ella iba, y el camino, que la dicha nao había de llevar, para que el dicho Diego Velázquez pusiese navíos en guarda para que la tomasen, como después que lo supo lo puso por obra; que, según he sido informado, envió tras la dicha nao una carabela, y si no fuera pasada, la tomara. E asimismo confesaron que otras personas tenían la misma voluntad de avisar al dicho Diego Velázquez.
E vistas las confesiones destos delincuentes, los castigué conforme a justicia y a lo que según el tiempo me pareció que había necesidad, y al servicio de vuestra alteza complía. Y porque demás de los que, por ser criados y amigos de Diego Velázquez, tenían voluntad de salir de la tierra, había otros que, por verla tan grande y de tanta gente, y tal, y ver los pocos españoles que éramos, estaban del mismo propósito; creyendo que si allí los navíos dejase, se me alzarían con ellos, y yéndose todos los que desta voluntad estaban, yo quedaría casi solo; por donde se estorbara el gran servicio que a Dios y a vuestra alteza en esta tierra se ha hecho; tuve manera como, so color que los dichos navíos no estaban para navegar, los eché a la costa; por donde todos perdieron la esperanza de salir de la tierra, y yo hice mi camino más seguro, y sin sospecha que vueltas las espaldas no había de faltarme la gente que yo en la villa había dejar.
Ocho o diez días después de haber dado con los navíos en la costa, y siendo ya salido de la Veracruz hasta la ciudad de Cempoal, que está a cuatro leguas della para de allí seguir mi camino, me hicieron saber de la dicha villa cómo por la costa della andaban cuatro navíos, y que el capitán que yo allí dejaba había salido a ellos con una barca, y les habían dicho que eran de Francisco de Garay, teniente y gobernador en la isla de la Jamaica, y que venían a descubrir. Y que dicho capitán les había dicho cómo yo en nombre de vuestra alteza tenía poblada esta tierra y hecho una villa allí a una legua de donde los dichos navíos andaban; y que allí podían ir con ellos y me farían saber de su venida; e si alguna necesidad trajesen, se podían reparar della, y que el dicho capitán los guiaría con la barca al puerto; el cual les señaló dónde era; y que ellos le habían respondido que ya habían visto el puerto, porque pasaron por frente del, y que así lo farían como él se lo decía.
E que se había vuelto con la dicha barca, y los navíos no le habían seguido ni venido al puerto, y que todavía andaban por la costa, y que no sabía qué era su propósito, pues no habían venido al puerto; e visto lo que el dicho capitán me fizo saber; a la hora me partí para la dicha villa, donde supe que los dichos navíos estaban surtos tres leguas la costa abajo y que ninguno no había saltado en tierra. E de allí me fui por la costa con alguna gente para saber la lengua; y ya que casi llegaba a una legua dellos, encontré tres hombres de los dichos navíos, entre los cuales venía uno que decía ser escribano, y los dos traía, según me dijo, para que fuesen testigos de cierta notificación, que dis que el capitán le había mandado que me hiciese de su parte un requerimiento que allí traía; en el cual se contenía que me hacia saber cómo él había descubierto aquella tierra y quería poblar en ella; por tanto, que me requería que partiese con él los términos, porque su asiento quería hacer cinco leguas la costa abajo después de pasada Nautecal, que es una ciudad que es doce leguas de la dicha villa que agora se llama Almería.
A los cuales yo dije que viniese su capitán y que se fuese con los navíos al puerto de la Veracruz, y que allí nos hablaríamos y sabría de qué manera venía. E si sus navíos y gente trajesen alguna necesidad, les socorrería con lo que yo pudiese. E que pues él decía venir en servicio de vuestra sacra majestad, que yo no deseaba otra cosa sino que se me ofreciese en que sirviese a vuestra alteza, y que en le ayudar creía que lo hacia. Y ellos me respondieron que en ninguna manera el capitán ni otra gente venía a tierra ni adonde yo estuviese.
E creyendo que debían de haber hecho algún daño en la tierra, pues se recelaban de venir ante mí, ya que era noche me pasé muy secretamente junto a la costa de la mar, frontero de donde los dichos navíos estaban surtos, y allí estuve encubierto fasta otro día casi a medio día, creyendo que el capitán o piloto saltarían en tierra, para saber dellos lo que habían hecho, o por qué parte habían andado, y si algún daño en la tierra hubiesen hecho, enviárselos a vuestra sacra majestad, y jamás salieron ellos ni otra persona; e visto que no salían, fice quitar los vestidos a aquellos que venían a facerme el requerimiento y se los vistiesen otros españoles de los de mi compañía, los cuales fice ir a la playa y que llamasen a los de los navíos; e visto por ellos, salió a tierra una barca con fasta diez o doce hombres con ballestas y escopetas, y los españoles que llamaban de la tierra se apartaron de la playa a unas matas que estaban cerca, como que se iban a la sombra dellas. E así saltaron cuatro, los dos ballesteros y los dos escopeteros; los cuales, como estaban cercados de la gente que yo tenía en la playa puesta, fueron tomados.
Y el uno dellos era maestre de la una nao, el cual puso fuego a una escopeta, y matara a aquel capitán que yo tenía en la Veracruz, sino que quiso nuestro Señor que la mecha no dio fuego. E los que quedaron en la barca se hicieron a la mar y antes que llegasen a los navíos ya iban a la vela, sin aguardar ni querer que dellos se supiese cosa ninguna. E de los que conmigo quedaron me informé cómo habían llegado a un río que está treinta leguas de la costa abajo después de pasar Almería, y que allí habían habido buen acogimiento de los naturales, y que por rescate les habían dado de comer, e que habían visto algún oro que traían los indios, aunque poco. E que habían rescatado fasta tres mil castellanos de oro. E que no habían saltado en tierra, más de que habían visto ciertos pueblos en la ribera del río tan cerca, que de los navíos los podían bien ver. E que no había edificios de piedra, sino que todas las casas eran de paja, excepto que los suelos dellas tenían algo altos y hechos a mano.
Lo cual todo supe después más por entero de aquel gran señor Muteczuma y de ciertas lenguas de aquella tierra que él tenía consigo; a los cuales, y aun indio que en los dichos navíos traían del dicho río, que también yo los tomé, envié con otros mensajeros del dicho Muteczuma para que hablasen al señor de aquel río, que se dice Pánuco, para le atraer al servicio de vuestra sacra majestad. Y él me envió con ellos una persona principal, y aun, según decían, señor de un pueblo; el cual me dio de su parte cierta ropa y piedras y plumajes. E me dijo que él y toda su tierra eran muy contentos de ser vasallos de vuestra majestad y mis amigos. E yo les di otras cosas de las de España; con que me fue muy contento, y tanto, que cuando los vieron otros navíos del dicho Francisco de Garay (de quien adelante a vuestra alteza faré relación), me envió a decir el dicho Pánuco cómo los dichos navíos estaban en otro río lejos de allí hasta cinco o seis jornadas E que les hiciese saber si eran de mi naturaleza los que en ellos venían, porque les darían lo que hubiesen menester; e que les habían llevado vado ciertas mujeres y gallinas y otras cosas de comer.
Yo fui muy poderoso, Señor, por la tierra y señorío de Cempoal tres jornadas, donde de todos los naturales fui muy bien recibido y hospedado. Y a la cuarta jornada entre en una provincia que se llama Sienchimalen, en que hay en ella una villa muy fuerte y puesta en recio lugar; porque está en una ladera de una sierra muy agra, y para la entrada no hay sino un paso de escalera, que es imposible pasar sino gente de pie, y aun con farta dificultad si los naturales quieren defender el paso; y en lo llano hay muchas aldeas y alquerías de a quinientos y a trecientos y a docientos vecinos labradores, que serán por todos hasta cinco o seis mil hombres de guerra; y esto es del señorío de aquel Muteczuma. E aquí me recibieron muy bien y me dieron muy cumplidamente los bastimentos necesarios para mi camino. E me dijeron que bien sabían que yo iba a ver a Muteczuma, su señor, y que fuese cierto que él era mi amigo, y les había enviado a mandar que en todo casi me ficiesen muy buen acogimiento, porque en ello le servirían.
E yo les satisfice a su buen comedimiento, diciendo que vuestra majestad tenía noticia del, y me había mandado que le viese, y que yo no iba más de verle; e así pasé un puerto que está al fin desta provincia; que pusimos nombre el puerto del Nombre de Dios, por ser el primero que en estas tierras habíamos pasado. El cual es tan agro y alto, que no lo hay en España otro tan dificultoso de pasar. El cual pasé seguramente y sin contradicción alguna; y a la bajada del dicho puerto están otras alquerías de una villa y fortaleza que se dice Ceycoenacan, que asimismo era del dicho Muteczuma; que no menos que de los de Sienchimalen fuimos bien recibidos, y nos dijeron de la voluntad de Muteczuma lo que los otros nos habían dicho. E yo asimesmo los satisfice.
Desde aquí anduve tres jornadas de despoblado y tierra inhabitable a causa de su esterilidad y falta de agua y muy gran frialdad que en ella hay; donde Dios sabe cuánto trabajo la gente padeció de sed y hambre, en especial de un turbión de piedra y agua que nos tomó en el dicho despoblado, de que pensé que pereciera mucha gente de frío. E así murieron ciertos indios de la isla Fernandina, que iban mal arropados.
E a cabo destas tres jornadas pasamos otro puerto, aunque no tan agro como el primero, y en lo alto del estaba una torre pequeña, casi como humilladero, donde tenían ciertos ídolos, y al derredor de la torre más de mil carretadas de leña cortada muy compuesta, a cuyo respeto le pusimos nombre el puerto de la Leña; y a la abajada del dicho puerto, entre unas sierras muy agras, está un valle muy poblado de gente, que, según pareció, debía ser gente pobre; y después de haber andado dos leguas por la población sin saber della, llegué a un asiento algo más llano, donde pareció estar el señor de aquel valle, que tenía las mayores y más bien labradas casas que hasta entonces en esta tierra habíamos visto, porque eran todas de cantería labradas y muy nuevas, e había en ellas muchas y muy grandes y hermosas salas, y muchos aposentos muy bien obrados; y este valle y población se llama Caltanmi. Del señor y gente fui muy bien recibido y aposentado. E después de haberle hablado de parte de vuestra majestad, y le haber dicho la causa de mi venida en estas partes, le pregunté si él era vasallo de Muteczuma o si era de parcialidad alguna.
El cual, admirado de lo que le preguntaba, me respondió diciendo, que ¿quién no era vasallo de Muteczuma? Queriendo decir que allí era señor del mundo. Yo le torné a aquí a replicar y decir el gran poder y señorío de vuestra majestad, y otros muy mucho y muy mayores señores que no Muteczuma eran vasallos de vuestra alteza, y aun que no lo tenían en pequeña merced, y que así lo había de ser Muteczuma y todos los naturales destas tierras, que así lo requería a él que lo fuese, porque siéndolo, sería muy honrado y favorecido, y por el contrario, no queriendo obedecer, sería punido. E para que tuviese por bien de le mandar recibir a su real servicio, que le rogaba que me diese algún oro que yo enviase a vuestra majestad, y el me respondió que oro que él lo tenía, pero que no me lo quería dar si Muteczuma no lo mandase, y que mandándolo él, que el oro y su persona y cuanto tuviese daría. Por no escandalizarle ni dar algún desmán a mi propósito y camino, disimulé con él lo mejor que pude y le dije que muy presto le enviara a mandar Muteczuma que diese el oro y lo demás que tuviese.
Aquí me vinieron a ver otros dos señores que en aquel valle tenían su tierra; el uno cuatro leguas valle abajo, y el otro dos leguas arriba; y me dieron ciertos collarejos de oro de poco peso y valor y siete u ocho esclavas. Y dejándolos así muy contentos, me partí después de haber estado allí cuatro o cinco días, y me pasé al asiento del otro señor, que está las dos leguas que dije el valle arriba, que se dice Iztacmastítán. El señorío deste serán tres o cuatro leguas de población, sin salir casa de casa, por lo llano del valle, ribera de un río pequeño que va por él; y en un cerro muy alto está la casa del señor con la mejor fortaleza que hay en la mitad de España, y mejor cercada de muro y barbacana y cavas; y en lo alto de este cerro terna una población hasta cinco o seis mil vecinos, de muy buenas casas, y gente algo más rica que no la del valle abajo.
E aquí asimismo fui muy bien recibido, y también me dijo este señor que era vasallo de Muteczuma; e estuve en este asiento tres días, así por me reparar de los trabajos que en despoblado la gente pasó, como por esperar cuatro mensajeros de los naturales de Cempoal que venían conmigo, que yo desde Catalmi había enviado a una provincia muy grande que se llama Tascalteca, que me dijeron que estaba muy cerca de allí, como de verdad pareció, y me habían dicho que los naturales desta provincia eran sus amigos dellos y muy capitales enemigos de Muteczuma, y que me querían confederar con ellos, porque eran muchos y muy fuerte gente y que confínaba su tierra por todas partes con la del dicho Muteczuma, y que tenían con él muy continuas guerras, y que creía se holgarían conmigo y me favorecerían si el dicho Muteczuma se quisiese poner en algo conmigo. Los cuales dichos mensajeros, en todo el tiempo que yo estuve en el dicho valle, que fueron por todos ocho días, no vinieron; y yo pregunté a aquellos mensajeros principales de Cempoal que iban conmigo, que cómo no venían los dichos mensajeros. E me dijeron que debía ser lejos, y que no podían venir tan aína.
E yo, viendo que se dilataba su venida, y que aquellos principales de Cempoal me certificaban tanto la amistad y seguridad de los desta provincia, me partí para allá. E a la salida del dicho valle fallé una gran cerca de piedra seca, tan alta como estado y medio, que atravesaba todo el valle de la una sierra a la otra, y tan ancha como veinte pies, y por toda ella un petril de pie y medio de ancho, para pelear desde encima, y no más de una entrada tan ancha como diez pasos, y en esta entrada doblaba la una cerca sobre la otra a manera de revellín, tan estrecho como cuarenta pasos. De manera que la entrada fuese a vueltas, y no a derechas. E preguntada la causa de aquella cerca, me dijeron que la tenían porque eran fronteros de aquella provincia de Tascalteca, que eran enemigos de Muteczuma y tenía siempre guerra con ellos. Los naturales deste valle me rogaron que, pues iba a ver a Muteczuma, su señor, que no pasase por la tierra destos sus enemigos, porque por ventura serían malos y me farían algún daño; que ellos me llevarían siempre por tierra del dicho Muteczuma, sin salir della, y que en ella sería siempre bien recibido.
Y los de Cempoal me decían, que no lo hiciese, sino que fuese por allí; que lo que aquellos me era por me apartar de la amistad de aquella provincia, y que eran malos y traidores todos los de Muteczuma, y que me llevarían a meter donde no pudiese salir. Y porque yo de los de Cempoal tenía más concepto que los de otros, tomé su consejo, que fue de seguir el camino de Tascalteca, llevando mi gente al mejor recaudo que yo podía. E yo con hasta seis de caballo iba delante bien media legua y más, no con pensamiento de lo que después se me ofreció; pero por descubrir la tierra, para que si algo hubiese, yo lo supiese, y tuviese lugar de concertar y apercibir la gente.
La guerra con Tlaxcala
Y después, de haber andado cuatro leguas, encumbrando cerro, dos de caballo que iban delante de mí vieron ciertos indios con sus plumajes que acostumbran traer en las guerras, y con sus espadas y rodelas; los cuales indios, como vieron los de caballo, comenzaron a huir. E a la sazón llegaba yo, y fice que los llamasen y que viniesen y no hobiesen miedo; y fue más hácia donde estaban, que serían fasta quince indios; y ellos se juntaron y comenzaron a tirar cuchilladas y a dar voces a la otra su gente, que estaba en un valle, y pelearon con nosotros de tal manera, que nos mataron dos caballos, y firieron a otros tres y a dos de caballo. Y en esto salió la otra gente, que serían fasta cuatro o cinco mil indios. E ya se habían llegado conmigo fasta ocho de caballo, sin los muertos, y peleamos con ellos haciendo algunas arremetidas fasta esperar los españoles, que con uno de caballo había enviado a decir que anduviesen; y en las vueltas les hicimos algún daño, en que mataríamos cincuenta o sesenta dellos, sin que daño alguno recibiésemos puesto que peleaban con mucho denuedo y ánimo; pero como todos éramos de caballo, arremetíamos a nuestro salvo y salíamos asimismo.
E desque sintieron que los nuestros se acercaban, se retiraron, porque eran pocos, y nos dejaron el campo. Y después de se haber ido, vinieron ciertos mensajeros, que dijeron ser de los señores de la dicha provincia, y con ellos dos de los mensajeros que yo había enviado, los cuales dijeron que los dichos señores no sabían nada de lo que aquellos habían hecho; que eran comunidades, y sin su licencia lo habían hecho; y que a ellos les pesaba, y que me pagarían los caballos que me habían muerto, y que querían ser mis amigos, y que fuese enhorabuena, que sería dellos bien recibido. Yo les respondí que agradecía, y que los tenía por amigos, y que yo iría como ellos decían. Aquella noche me fue forzado dormir en un arroyo, una legua adelante donde esto acaeció, así por ser tarde como porque la gente venía cansada. Allí estuve al mejor recaudo que pude, con mis velas y escuchas, así de caballo como de pie, hasta que fue el día, que me partí; llevando mi delantera y recuaje bien concertadas, y mis corredores delante. E llegando a un pueblo pequeñuelo, ya que salía el sol, vinieron los otros dos mensajeros llorando, diciendo que los habían atado para los matar, y que ellos se habían escapado aquella noche.
E no dos tiros de piedras dellos asomó mucha cantidad de indios muy armados y con muy gran grita, y comenzaron a pelear con nosotros tirándonos muchas varas y flechas. E yo les comencé a hacer mis requerimientos en forma, con las lenguas que conmigo llevaba, por ante escribano. E cuanto más me paraba a les amonestar y requerir con la paz, tanto más nos daban ofendiéndonos cuanto ellos podían. E viendo que no aprovechaban requerimientos ni protestaciones, comenzamos a nos defender como podíamos, y así nos llevaron peleando hasta meter entre más de cien mil hombres de pelea, que por todas partes nos tenían cercados, y peleamos con ellos, y ellos con nosotros, todo el día, hasta una hora antes de puesto el sol, que se retrajeron; en que con media docena de tiros de fuego, y con cinco 6 seis escopetas y cuarenta ballesteros, y con los trece de caballo que me quedaron, les hice mucho daño, sin recibir dellos ninguno más del trabajo y cansancio del pelear y la hambre. Y bien pareció que Dios fue el que por nosotros, peleó, pues entre tanta multitud de gente y tan animosa y diestra en el pelear, y con tantos géneros de armas para nos ofender, salimos tan libres.
Aquella noche me hice fuerte en una torrecilla de sus ídolos que estaba en un cerrito, y luego, siendo de día, dejé en el real doscientos hombres y toda la artillería. E por ser yo el que acometía, salí a ellos con los de caballo y cien peones, y cuatrocientos indios de los que traje de Cempoal, y trescientos de Iztacinestiran. E antes que hubiesen lugar de se juntar les quemé cinco o seis lugares pequeños de hasta cien vecinos, e truje cerca de cuatrocientas personas, entre hombres y mujeres, presos, y me recogí al real peleando, con ellos, sin que daño ninguno me hiciesen. Otro día en amaneciendo dan sobre nuestro real más de ciento y cuarenta y nueve mil hombres, que cubrían toda la tierra, tan determinadamente, que alguno dellos entraron dentro en él y anduvieron a cuchilladas con los españoles, y salimos a ellos; y quiso nuestro Señor en tal manera ayudarnos, que en obra de cuatro horas habíamos fecho lugar para que en nuestro real no nos ofendiesen, puesto que todavía hacían algunas arremetidas. Y así estuvimos peleando hasta que fue tarde, que se retrajeron.
Otro día torné a salir por otra parte antes que fuese de día, sin ser sentido dellos, con los de caballo y cien peones y los indios mis amigos, y les quemé más de diez pueblos, en que hubo pueblo dellos de más de tres mil casas, o allí pelearon conmigo los del pueblo, que otra gente no debía estar allí. E como traíamos la bandera de la cruz, y puñábamos por nuestra fe y por servicio de vuestra sacra majestad, en su muy real ventura nos dio Dios tanta victoria, que les matamos mucha gente, sin que los nuestros recibiesen daño. Y poco más de medio día, ya que la fuerza de la gente se juntaba de todas partes, estábamos en nuestro real con la victoria habida. Otro día siguiente vinieron mensajeros de los señores, diciendo que ellos querían ser vasallos de vuestra alteza y mis amigos, y que me rogaban les perdonase el yerro pasado. E trajéronme de comer y ciertas cosas de plumajes que ellos usan y tienen en estima. E yo les respondí que ellos lo habían hecho mal, pero que yo era contento de ser su amigo y perdonarles lo que habían hecho.
Otro día siguiente vinieron fasta cincuenta indios, que, según pareció, eran hombres de quien se hacia caso entre ellos, diciendo que nos traían de comer, y comienzan a mirar las entradas y salidas del real, y algunas chozuelas donde estábamos aposentados. Y los de Cempoal vinieron a mí, y dijéronme que mirase que aquellos eran malos, y que venían a espiar y mirar cómo nos podrían dañar, e que tuviese por cierto que no venían a otra cosa. Yo hice tomar uno dellos disimuladamente, que los otros no lo vieron, y apárteme con él y con las lenguas, y amedréntele para que me dijese la verdad; el cual confesó que Sintengal, que es el capitán general desta provincia, estaba detrás de unos cerros que estaban frontero del real, con mucha cantidad de gente, para dar aquella noche sobre nosotros, porque decían que ya se habían probado de día con nosotros, que no les aprovechaba nada, y que querían probar de noche, porque los suyos no temiesen los caballos, ni los tiros, ni las espadas.
Y que los habían enviado a ellos para que viesen nuestro real y las partes por dónde nos podrían entrar, y cómo nos podrían quemar aquellas chozas de paja, Y luego fice tomar otro de los dichos indios, y e pregunté asimismo, y confesó lo que el otro por las mismas palabras, y destos tomé cinco o seis, que todos conformaron en sus dichos. Y visto esto, los mandé tomar a todos cincuenta y cortarles las manos, y los envié que dijesen a su señor que de noche y de día, y cada y cuando él viniese, verían quién éramos. E yo fice fortalecer mi real a lo mejor que pude, y poner la gente en las estancias que me pareció que convenía, y así estuve sobre aviso hasta que se puso el sol.
E ya que anochecía, comenzó a bajar la gente de los contrarios por dos valles, y ellos pensaban que venían secretos para nos cercar y ponerse más cerca de nosotros para ejecutar su propósito; y como yo estaba tan avisado, viles, y parecióme que dejarlos llegar al real que sería mucho daño, porque de noche, como no viesen lo que de mi parte se les hiciese, llegarían más sin temor; y también porque los españoles no los viendo, algunos tenían alguna flaqueza en el pelear, y temí que me pusieran fuego. Lo cual, si acaeciera, fuera tanto daño, que ninguno de nosotros, escapara; y determiné de salirles al encuentro con toda la gente de caballo para los esperar o desbaratar, en manera que ellos no llegasen. E así fue, que como nos sintieron que íbamos con los caballos a dar sobre ellos, sin ningún detener ni grita se metieron por los maizales, de que toda la tierra estaba casi llena, y aliviaron algunos de los mantenimientos que traían para estar sobre nosotros, si de aquella vez del todo nos pudiesen arrancar; e así, se fueron por aquella noche, y quedamos seguros.
Después de pasado esto, estuve ciertos días que no salí de nuestro real más de el rededor, para defender la entrada de algunos indios que nos venían a gritar y hacer algunas escaramuzas. Y después de estar algo descansado, salí una noche, después de rondada la guarda de la prima, con cien peones y con los indios nuestros amigos y con los de caballo, y a una legua del real se me cayeron cinco de los caballos y yeguas que llevaba, que en ninguna manera les pude pasar adelante, y hícelos volver. E aunque todos los de mi compañía decían que me tornase, porque era mala señal, todavía seguí mi camino, considerando que Dios es sobre natura. Y antes que amaneciese di sobre dos pueblos en que maté mucha gente. E no quise quemar las casas por no ser sentido, con los fuegos, de las otras poblaciones que estaban muy juntas. E ya que amanecía di en otro pueblo tan grande, que se ha hallado en él, por visitación que yo hice hacer, más de veinte mil casas. E como los tomé de sobresalto, salían desarmados, y las mujeres y niños desnudos por las calles, e comencé a hacerles algún daño.
E viendo que no tenían resistencia, vinieron a mí ciertos principales de dicho pueblo a rogarme que no les hiciese más mal; porque ellos querían ser vasallos de vuestra alteza y mis amigos, y que bien vían que ellos tenían la culpa en no me haber querido creer; pero que de allí adelante yo vería cómo siempre harían lo que yo en nombre de vuestra majestad les mandase, y que serían muy verdaderos vasallos suyos. Y luego vinieron conmigo más de cuatro mil dellos de paz, y me sacaron fuera a una fuente muy bien de comer. E así los dejé pacíficos, y volví a nuestro real, donde hallé la gente que en él había dejado farto temorizada, creyendo que se me hobiera ofrecido algún peligro por lo que la noche antes habían visto en volver los caballos y yeguas. E después de sabida la victoria que Dios nos había querido dar, y cómo dejaba aquellos pueblos de paz, hobieron mucho placer; porque certifico a vuestra majestad que no había tal de nosotros que no tuviese mucho temor por nos ver tan dentro en la tierra y entre tanta y tal gente, y tan sin esperanza de socorro de ninguna parte.
De tal manera, que ya a mis oídos oía decir por los corrillos y casi público, que había sido Pedro Carbonero que los había metido donde nunca podrían salir. E aun más, oí decir en una choza de ciertos compañeros, estando donde ellos no me vían, que si yo era loco y me metía donde nunca podría salir, que no lo fuesen ellos, sino que se volviesen a la mar, y que si yo quisiese volver con ellos, bien; y si no, que me dejasen. E muchas veces fui desto por muchas veces requerido, y yo los animaba, diciéndoles que mirasen que eran vasallos de vuestra alteza, y que jamás en los españoles en ninguna parte hubo falta, y que estábamos en disposición de ganar para vuestra majestad, los mayores reinos y señoríos que había en el mundo. Y que demás de facer lo que como cristianos éramos obligados en puñar contra los enemigos de nuestra fe, y por ello en el otro mundo ganábamos la gloria, y en este conseguíamos el mayor prez y honra que hasta nuestros tiempos ninguna generación ganó.
Y que mirasen que teníamos a Dios de nuestra parte, y que a él ninguna cosa es imposible, y que lo viesen por las victorias que habíamos habido, donde tanta gente de los enemigos eran muertos, y de los nuestros ningunos; y les dije otras cosas que me pareció decirles desta calidad; que con ellas y el real favor de vuestra alteza cobraron mucho ánimo; y los atraje a mi propósito y a facer lo que yo deseaba, que era dar fin en mi demanda comenzada.
Otro día siguiente, a hora de las diez, vino a mí Sicutengal, el capitán general desta provincia, con hasta cincuenta personas principales della, y me rogó de su parte y de la de Magiscasin, que es la más principal persona de toda la provincia, y de otros muchos señores della, que yo los quisiese admitir al real servicio de vuestra alteza y a mi amistad, y les perdonase los yerros pasados, porque ellos no nos conocían ni sabían quién éramos, y que ya habían probado todas sus fuerzas, así de día como de noche, para excusarse de ser súbditos ni sujetos a nadie; porque en ningún tiempo esta provincia lo había sido, ni tenían ni habían tenido cierto señor; antes habían vivido exentos y por sí de inmemorial tiempo acá, y que siempre se habían defendido contra el gran poder de Muteczuma y de su padre y abuelos, que toda la tierra tenían sojuzgada, y a ellos jamás habían podido traer a sujeción, teniéndolos, como los tenían, cercados por todas partes, sin tener lugar para por ninguna de su tierra poder salir, e que no comían sal porque no la había en su tierra ni se la dejaban salir a comprar otras partes, ni vestían ropas de algodón porque en su tierra, por la frialdad, no se criaba, y otras muchas cosas de que carecían por estar así encerrados, e que lo sufrían y habían por bueno por ser exentos y no sujetos a nadie; y que conmigo quisieran hacer lo mismo, y para ello, como ya decían, habían probado sus fuerzas, y que veían claro que ni ellas ni las mañas que habían podido tener, les aprovechaban; que querían antes ser vasallos de vuestra alteza, que no morir y ser destruidas sus casas y mujeres y hijos.
Yo les satisfice, diciendo que conociesen cómo ellos tenían la culpa del daño que habían recibido, y que yo me venía a su tierra, creyendo que venía a tierra de mis amigos, porque los de Cempoal así me lo habían certificado, que lo eran y querían ser, y que yo les había enviado mis mensajeros delante para les facer saber como venía, y la voluntad que de su amistad traía, y que sin me responder, viniendo yo seguro, me habían salido a saltar en el camino, y me habían muerto dos caballos y herido otros; y demás desto, después de haber peleado conmigo, me enviaron sus mensajeros, diciendo que aquello que se había hecho había sido sin su licencia y consentimiento, y que ciertas comunidades se habían movido a ello sin les dar parte; pero que ellos se lo habían reprendido, y que querían mi amistad.
Y yo, creyendo ser así, les había dicho que me placía, y me vernía otro día seguramente en sus casas, como en casas de mis amigos, y que asimismo me habían salido al camino y peleado conmigo todo el día hasta que la noche sobrevino, no obstante que por mí habían sido requeridos con la paz; y trájeles a la memoria todo lo demás que contra mí habían hecho, y otras muchas cosas, que, por no dar a vuestra alteza importunidad, dejo. Finalmente, que ellos quedaron y se ofrecieron, por súbditos y vasallos de vuestra majestad y para su real servicio, y ofrecieron sus personas y haciendas, y así lo hicieron y han hecho hasta hoy, y creo lo farán para siempre, por lo que adelante vuestra majestad verá.
Y así estuve sin salir de aquel aposento y real que allí tenía seis o siete días, porque no me osaba fiar dellos, puesto que me rogaban que me viniese a una ciudad grande que tenían, donde todos los señores desta provincia residían y residen, hasta tanto que todos los señores me vinieron a rogar que me fuese a la ciudad, porque allí sería bien recibido y proveído de las cosas necesarias, que no en el campo. Y porque ellos tenían vergüenza en que yo estuviese tan mal aposentado, pues me tenían por su amigo, y ellos y yo éramos vasallos de vuestra alteza; y por su ruego me vine a la ciudad, que está seis leguas del aposento y real que yo tenía. La cual ciudad es tan grande y de tanta admiración, que aunque mucho de lo que della podría decir dejé, lo poco que diré creo que es casi increíble, porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte, y de tan buenos edificios y de muy mucha más gente que granada tenía al tiempo que se ganó, y muy mejor abastecida de las cosas de la tierra, que es de pan y de aves y caza y pescados de los ríos, y de otras legumbres y cosas que ellos comen muy buenas.
Hay en esta ciudad un mercado en que cuotidianamente, todos los días, hay en él de treinta mil ánimas arriba vendiendo y comprando, sin otros muchos mercadillos que hay por la ciudad en partes. En este mercado hay todas cuantas cosas, así de mantenimiento como de vestido y calzado, que ellos tratan y pueden haber. Hay joyerías de oro y plata y piedras, y de otras joyas de plumaje, tan bien concertado, como puede ser en todas las plazas y mercados del mundo. Hay mucha loza de todas maneras y muy buena, y tal como la mejor de España. Venden mucha leña y carbón y yerbas de comer y medicinales. Hay casas donde lavan las cabezas como barberos y las rapan: hay baños. Finalmente, que entre ellos hay toda manera de buena orden y policía, y es gente de toda razón y concierto; y tal, que lo mejor de África no se le iguala. Es esta provincia de muchos valles llanos y hermosos, y todos labrados y sembrados, sin haber en ella cosa vacua: tiene en torno la provincia noventa leguas y más; la orden que hasta ahora se ha alcanzado que la gente della tiene en gobernarse, es casi como las señorías de Venecia y Genova o Pisa, porque no hay señor general de todos.
Hay muchos señores y todos residen en esta ciudad, y los pueblos de la tierra son labradores y son vasallos destos señores, y cada uno tiene su tierra por sí; tienen unos más que otros, e para sus guerras que han de ordenar júntanse todos, y todos juntos las ordenan y conciertan.
Créese que deben de tener alguna manera de justicia para castigar los malos, porque uno de los naturales desta provincia hurtó cierto oro a un español, y yo le dije a aquel Magiscasin, que es el mayor señor de todos, y ficieron su pesquisa, y siguiéronlo fasta una ciudad que está cerca de allí, que se dice Churultecal4, y de allí lo trajeron preso, y me lo entregaron con el oro, y me dijeron que yo le hiciese castigar: yo les agradecí la diligencia que en ello pusieron, y les dije que, pues estaba en su tierra, que ellos lo castigasen como lo acostumbraban, y que yo no me quería entremeter en castigar a los suyos estando en su tierra; de lo cual me dieron gracias, y lo tomaron, y con pregón público, que manifestaba su delito, le hicieran llevar por aquel gran mercado, y allí le pusieron al pie de uno como teatro que está en medio del dicho mercado, y encima del teatro subió el pregonero, y en altas voces tornó a decir el delito de aquel, e viéndolos todos, le dieron con unas porras en la cabeza hasta que lo mataron. E muchos otros habemos visto en prisiones, que dicen que los tienen por furtos y cosas que han hecho.
Hay en esta provincia, por visitación que yo en ella mande a hacer, quinientos mil vecinos, que con otra provincia pequeña que está junto con esta, que se dice Guazincango, que viven a la manera destos, sin señor natural; los cuales no menos están por vasallos de vuestra alteza que estos de Tascalteca.
Estando, muy católico Señor, en aquel real que tenía en el campo, cuando en la guerra desta provincia estaba, vinieron a mí seis señores muy principales vasallos de Muteczuma con fasta docientos hombres para su servicio, y me dijeron que venían de parte del dicho Muteczuma a me decir cómo él quería ser vasallo de vuestra alteza y mi amigo, y que viese yo qué era lo que quería que él diese por vuestra alteza en cada un año de tributo, así de oro como de plata y piedras, y esclavos y ropa de algodón y otras de las que él tenía, y que todo lo daría con tanto que yo no fuese a su tierra, y que lo hacía porque era muy estéril y falta de todos mantenimientos, y que le pesaría de que yo padeciese necesidad y los que conmigo venían, e con ellos me envió fasta mil pesos de oro y otras tantas piezas de ropa de algodón de las que ellos visten. Y estuvieron conmigo en mucha parte de la guerra hasta el fin della, que vieron bien lo que los españoles podían, y las paces que con los desta provincia se hicieron, y el ofrecimiento que al servicio de vuestra sacra majestad los señores y toda la tierra ficieron, deque según pareció y ellos mostraban, no hobieron mucho placer, porque trabajaron por muchas vías y formas de me revolver con ellos, diciendo que no era cierto lo que me decían, ni verdadera la amistad que afirmaban, y que lo hacían por me asegurar para hacer a su salvo alguna traición. Los desta provincia, por consiguiente, me decían y avisaban muchas veces que no me fíase de aquellos vasallos de Muteczuma, porque eran traidores, y sus cosas siempre las hacían a traición y con mañas, y con estas habían sojuzgado toda la tierra, y que me avisaban dello como verdaderos amigos y como personas que los conocían de mucho tiempo acá. Vista la discordia y desconformidad de los unos y de los otros, no hube poco placer, porque me pareció hacer mucho a mi propósito, y que podría tener manera de más aína sojuzgarlos y que se dijese aquel común decir de monte, etc, e aun acordéme de una autoridad evangélica que dice: Omne regnum in seipsum divisum desolabitur; y con los unos y con los otros maneaba, y a cada uno en secreto le agradecía el aviso que me daba, y le daba crédito de más amistad que al otro.
Después de haber estado en esta ciudad veinte días y más, me dijeron aquellos señores mensajeros de Muteczuma, que siempre estuvieron conmigo, que me fuese a una ciudad que está seis leguas desta de Tascaltecal5, que se dice Churultecal, porque los naturales della eran amigos de Muteczuma, su señor, y que allí sabríamos la voluntad del dicho Muteczuma, si era que yo fuese a su tierra, y que algunos dellos irían a hablar con el y a decirle lo que yo les había dicho, y me volverían con la respuesta. E aunque sabían que allí estaban algunos mensajeros suyos para me hablar, yo les dije que me iría, y que me partiría para un día cierto, que les señalé.
Y sabido por los desta, provincia de Tascaltecal lo que aquellos habían concertado conmigo, y cómo yo había aceptado de me ir con ellos a aquella ciudad, vinieron a mí con mucha pena los señores y me dijeron que en ninguna manera fuese, porque me tenían ordenada cierta traición para me matar en aquella ciudad a mí y a los de mi compañía, e que para ello había enviado Muteczuma de su tierra (porque alguna parte della conforma esta ciudad) cincuenta mil hombres, y que los tenía en guarnición a dos leguas de la dicha ciudad, según señalaron, e que tenían cerrado el camino real por donde solía ir, y hecho otro nuevo de muchos ojos y palos agudos, hincados y encubiertos para que los caballos cayesen y se mancasen, y que tenían muchas de las calles tapiadas, y por las azoteas de las casas muchas piedras, para que después que entrásemos en la ciudad tomarnos seguramente y aprovecharse de nosotros a su voluntad, y que si yo quería ver cómo era verdad lo que ellos me decían, que mirase cómo los señores de aquella ciudad nunca habían venido a me ver ni hablar, estando tan cerca desta, pues habían venido los de Guazincango, que estaban más lejos que ellos; y que los enviase a llamar, y vería cómo no querían venir.
Yo les agradecí su aviso, y les rogué que me diesen ellos personas que de mi parte los fuesen a llamar; y así me las dieron, e yo las envié a rogar que viniesen a verme, porque les quería hablar ciertas cosas de parte de vuestra alteza, y decirles la causa de mi venida a esta tierra. Los cuales mensajeros fueron, y dijeron mi mensaje a los señores de dicha ciudad; y con ellos vinieron dos o tres personas, no de mucha autoridad, y me dijeron que ellos venían de parte de aquellos señores, porque ellos no podían venir, por estar enfermos; que a ellos les dijese lo que quería. Los desta ciudad me dijeron que era burla, y que aquellos mensajeros eran hombres de poca suerte, y que en ninguna manera me partiese sin que los señores de la ciudad viniesen aquí.
Yo les hablé a aquellos mensajeros, y les dije que embajada de tan alto príncipe como vuestra sacra majestad, que no se había de dar a tales personas como ellos, y que aun sus señores eran poco para la oír: por tanto, que dentro de tres días pareciesen ante mí a dar la obediencia a vuestra alteza y a se ofrecer por sus vasallos, con apercibimiento que pasado el término que les daba, si no viniesen, iría sobre ellos y los destruiría, y procedería contra ellos como contra personas rebeldes y que nose querían someter debajo del dominio de vuestra alteza. E para ello les envié un mandamiento firmado de mi nombre y de un escribano, con la relación larga de la real persona de Vuestra sacra majestad y de mi venida, diciéndoles cómo todas estas partes y otras muy mayores tierras y señoríos eran de vuestra alteza, y que los que quisieran ser sus vasallos serían honrados y favorecidos, y por el contrario, los que fuesen rebeldes serían cortes conforme a justicia.
Y otro día vinieron algunos de los señores de dicha ciudad o casi todos, y me dijeron que si ellos no habían venido antes, la causa era porque los desta provincia eran sus enemigos, y que no osaban entrar por su tierra porque no pensaban venir seguros; e que bien creían que no habían dicho algunas cosas dellos; que no les de crédito porque las decían como enemigos, y no porque pasaba así, y que me fuese a su ciudad, y que allí conocería ser falsedad lo que estos me decían, y verdad lo que ellos me certificaban; e que desde entonces se daban y ofrecían por vasallos de vuestra sacra majestad, y que lo serían para siempre, y, servirían y contribuirían en todas las cosas que de parte de vuestra, alteza se les mandase; e así lo asentó un escribano por las lenguas que yo tenía; y todavía, determiné de me ir con ellos así por no mostrar flaqueza, como porque desde allí pensaba hacer mis negocios con Muteczuma, porque confina con su tierra, como ya he dicho, y allí usaban venir, y los de allí ir allá, porque en el camino no tenían requesta alguna.
Cholula
Y como los de Tascaltecal vieron mi determinación, pesóles, mucho y dijéronme muchas veces que lo erraba. Pero, qué pues ellos se habían dado por vasallos de vuestra sacra majestad y mis amigos, que querían ir, conmigo y ayudarme en todo lo que se ofreciese. E puesto que yo ge lo defendiese, y rogué que no fuesen, porque no había necesidad, todavía me siguieron hasta cien mil hombres muy bien aderezados de guerra, y llegaron conmigo hasta dos leguas de la ciudad; y desde allí, por mucha importunidad mía, se volvieron, aunque todavía quedaron en mi compañía hasta cinco o seis mil dellos, e dormí: en un arroyo que allí estaba, a las, dos leguas, por despedir la gente, porque no hiciesen algún, escándalo, en la ciudad, y también porque era ya tarde, y no quise entrar en la ciudad sobre tarde. Otro día de mañana salieron de la ciudad a me recebir al camino con muchas trompetas y atabales, y muchas personas de las que ellos tienen por religiosas en sus mezquitas6, vestidas de las vestiduras que usan y cantando a su manera, como lo hacen en las dichas mezquitas. E con esta solemnidad nos llevaron hasta entrar en la ciudad, y nos metieron en un aposento muy bueno, adonde toda la gente de mi compañía se aposento a su placer. E allí nos trajeron de comer, aunque no cumplidamente. Y en el camino topamos muchas señales de las que los naturales desta provincia nos habían dicho; porque hallamos el camino real cerrado y hecho otro, y algunos hoyos, aunque no muchos, y algunas calles de la ciudad tapiadas, y muchas piedras en todas las azoteas. Y con esto nos hicieron estar más sobre aviso y a mayor recaudo.
Allí fallé ciertos mensajeros de Muteczuma que venían a hablar con los que conmigo estaban; y a mí no me dijeron cosa alguna más que venían a saber de aquéllos lo que conmigo habían hecho y concertado para lo ir a decir a su señor; e así, se fueron después de los haber hablado a ellos, y aun el uno de los que antes conmigo estaban, que era el más principal. En tres días que allí estuve proveyeron muy mal, y cada día peor, y muy pocas veces me venían a ver ni hablar los señores y personas principales de la ciudad.
Y estando algo perplejo en esto, a la lengua que yo tengo, que es una india desta tierra, que hobe en Putunchan, que es el río grande que ya en la primera relación a vuestra majestad hice memoria, le dijo otra, natural desta ciudad, cómo muy cerquita de allí estaba mucha gente de Muteczuma junta, y que los de la ciudad tenían fuera sus mujeres e hijos y toda su ropa, y que habían de dar sobre nosotros para nos matar a todos; e si ella se quería salvar, que se fuese con ella; que ella la guarecería; la cual lo dijo a aquel Jerónimo de Aguilar, lengua que yo hobe en Yucatán, de que asimismo a vuestra alteza hobe escrito, y me lo hizo saber; e yo tuve uno de los naturales de la dicha ciudad, que por allí andaba, y le aparté secretamente que nadie lo vio, y le interrogué, y confirmó con lo que la india y los naturales de Tascaltecal me habían dicho; e así por esto como por las señales que para, ello había, acordé de prevenir antes de ser prevenido, e hice llamar a algunos de los señores de la ciudad, diciendo que los quería hablar, y metilos en una sala; e en tanto fice que la gente de los nuestros estuviese apercibida, y que en soltando una escopeta, diesen en mucha cantidad de indios que había junto a el aposento y muchos dentro en él.
E así se hizo, que después que tuve los señores dentro en aquella sala, dejélos atando y cabalgué, e hice soltar el escopeta, y dimosles tal mano, que en dos horas murieron más de tres mil hombres. Y porque vuestra majestad vea cuán apercibidos estaban, antes que yo saliese de nuestro aposentamiento tenían todas las calles tomadas y toda la gente a punto, aunque como los tomamos de sobresalto, fueron buenos de desbaratar, mayormente que les faltaban los caudillos porque los tenía ya presos; e hice poner fuego a algunas torres y casas fuertes, donde se defendían y nos ofendían. E así anduve por la ciudad peleando, dejando a buen recaudo el aposento, que era muy fuerte, bien cinco horas, hasta que eché toda la gente fuera de la ciudad por muchas partes della, porque me ayudaban bien cinco mil indios de Tascaltecal, y otros cuatrocientos de Cempoal. E vuelto al aposento, hablé con aquellos señores que tenía presos, y les pregunté qué era la causa que me querían matar a traición.
E me respondieron que ellos no tenían la culpa, porque los de Culúa, que son los vasallos de Muteczuma, los habían puesto en ello; y que el dicho Muteczuma tenía allí, en tal parte, que según después pareció, sería legua y media, cincuenta mil hombres de guarnición para lo hacer. Pero que ya conocían cómo habían sido engañados; que soltase uno o dos dellos, y que harían recoger la gente de la ciudad, y tornar a ella todas las mujeres y niños y ropa que tenían fuera; y que me rogaban que aquel yerro les perdonase; que ellos me certificaban que de allí adelante nadie los engañaría, y serían muy ciertos y leales vasallos de vuestra alteza y mis amigos. Y después de les haber hablado muchas cosas acerca de su yerro, solté dos dellos; y otro día siguiente estaba toda la ciudad poblada y llena de mujeres y niños, muy seguros, como si cosa alguna de lo pasado no hubiera acaecido; e luego solté todos los otros señores que tenía presos; con que me prometieron de servir a vuestra majestad muy lealmente.
En obra de quince o veinte días que allí estuve, quedó la ciudad y tierra tan pacífica y tan poblada, que parecía que nadie faltaba della, y sus mercados y tratos por la ciudad como antes los solían tener; y fice que los desta ciudad de Churultecal, y los de Tascaltecal fuesen amigos, porque lo solían ser antes, y muy poco tiempo había que Muteczuma con dádivas los había aducido a su amistad, y hechos enemigos de estotros. Esta ciudad; de Churultecal está asentada en un llano, y tiene hasta veinte mil casas dentro del cuerpo de la ciudad, e tiene de arrabales otras tantas. Es señorío por sí, y tiene sus términos conocidos; no obedecen a señor ninguno, excepto que se gobiernan como estotros de Tascaltecal. La gente desta ciudad es más vestida que los de Tascaltecal, en alguna manera; porque los honrados ciudadanos della todos traen albornoces encima de la otra ropa, aunque son diferenciados de los de África, porque tienen maneras; pero en la hechura y tela y los rapacejos son muy semejantes. Todos estos han sido y son después deste trance pasado muy ciertos vasallos de vuestra majestad, y muy obedientes a lo que yo en su real nombre les he requerido y dicho; y creo lo serán de aquí adelante.
Esta ciudad es muy fértil de labranzas, porque tiene mucha tierra y se riega la más parte della, y aun es la ciudad más hermosa de fuera que hay en España, porque es muy torreada, y llana. E certifico a vuestra alteza que yo conté desde una mezquita cuatrocientas y tantas torres en la dicha ciudad, y todas son de mezquitas. Es la ciudad más a propósito de vivir españoles que yo he visto de los puertos acá, porque tiene algunos baldíos y aguas para criar ganados, lo que no tienen ningunas de cuantas hemos visto; porque es tanta la multitud de la gente que en estas partes mora, que ni un palmo de tierra hay que no esté labrada; y aún con todo, en muchas partes padecen necesidad por falta de pan; y aun hay mucha gente pobre, y que piden entre los ricos por las calles y por las casas y mercados, como hacen los pobres en España, y en otras partes que hay gente de razón.
A aquellos mensajeros de Muteczuma que conmigo estaban, hablé acerca de aquella traición que en aquella ciudad se me quería hacer, y cómo los señores della afirmaban que por consejo de Muteczuma se había hecho, y que no me parecía que era hecho de tan gran señor como él era, enviarme sus mensajeros y personas tan honradas, como me había enviado me decir que era mi amigo, y por otra parte buscar maneras de me ofender con mano ajena, para se excusar él de culpa si no le sucediese como él pensaba. Y pues así era, que él no me guardaba su palabra ni me decía verdad; que yo quería mudar mi propósito; que así como iba hasta entonces a su tierra con voluntad de le ver y hablar y tener por amigo, y tener con él mucha conversación y paz, que agora quería entrar por en tierra, de guerra, haciéndole todo el daño que pudiese como a enemigo, y que me pesaba mucho dello, porque más le quisiera siempre por amigo, y tomar siempre su parecer en las cosas que en esta tierra hobiera de hacer.
Aquellos suyos me respondieron que ellos había muchos días que estaban conmigo, y que no sabían nada de aquel concierto más de lo que allí en aquella ciudad, después que aquello se ofreció, supieron; y que no podían creer que por consejo y mandado de Muteczuma se hiciese, y que me rogaban que antes que me determinase de perder su amistad y hacerle la guerra que decía, me informase bien de la verdad, y que diese licencia a uno dellos para ir a le hablar, que él volvería muy presto. Hay desde esta ciudad adonde Muteczuma residía veinte leguas. Yo les dije que me placía, y dejé ir a el uno dellos, y dende a seis días volvió él, y el otro que primero se había ido.
E trajéronme diez platos de oro y mil quinientas piezas de ropa, y mucha provisión de gallinas y panicap7, que es cierto brebaje que ellos beben, y me dijeron que a Muteczuma le había pesado mucho de aquel desconcierto que en Churultecal se quería hacer; porque yo no creería ya sino que había sido por su consejo y mandado, y que él me hacia cierto que no era así, y que la gente que allí estaba en guarnición era verdad que era suya; pero que ellos se habían movido sin él habérselo mandado, por inducimiento de los de Churultecal, porque eran de dos provincias suyas, que se llamaban la una Acancigo y la otra Izcucán, que confina con la tierra de la dicha ciudad de Churultecal, y que entre ellos tienen ciertas alianzas de vecindad para se ayudar los unos a los otros, y que desta manera habían venido allí, y no por su mandado; pero que adelante yo vería en sus obras si era verdad lo que él me había enviado a decir o no, y que todavía me rogaba que no curase de ir a su tierra, porque era estéril, y padeceríamos necesidad, y que de donde quiera que yo estuviese le enviase a pedir lo que yo quisiese, y que lo enviaría muy cumplidamente.
Yo le respondí que la ida a su tierra no se podía excusar, porque había de enviar del y della relación a vuestra majestad, y que yo creía lo que él me enviaba a decir; por tanto, que pues yo no había de dejar de llegar a verle, que él lo hobiese por bien, y que no se pusiese en otra cosa, porque sería mucho daño suyo, e a mí me pesaría de cualquiera que le viniese. Y desde que ya vido que mi determinada voluntad era de velle a él y a su tierra, me envió a decir que fuese en hora buena; que él me esperaría en aquella gran ciudad donde estaba, y envióme muchos de los suyos para que fuesen conmigo, porque ya entraba por su tierra; los cuales me querían encaminar por cierto camino donde ellos debían tener algún concierto para nos ofender, según después pareció; porque lo vieron muchos españoles que yo enviaba después por la tierra. E había en aquel camino tantas puentes y pasos malos, que yendo por él, muy a su salvo pudieran ejecutar su propósito.
Mas como Dios haya tenido siempre cuidado de encaminar las reales cosas de vuestra sacra majestad desde su niñez, e como yo y los de mi compañía íbamos en su real servicio, nos mostró otro camino, aunque algo agro, no tan peligroso como aquel por donde nos querían llevar, y fue desta manera.
Los volcanes y el camino a la laguna
Que a ocho leguas desta ciudad de Churultecal están dos sierras muy altas y muy maravillosas, porque en fin de agosto tienen tanta nieve, que otra cosa de lo alto dellas sino la nieve se parece; y de la una, que es la más alta, sale muchas veces, así de día como de noche, tan grande bulto de humo como una gran casa, y sube encima de la sierra hasta las nubes, tan derecho como una vira, que, según parece, es tanta la fuerza con que sale, que aunque arriba en la sierra anda, siempre muy recio viento, no lo pueden torcer; y porque yo siempre he deseado de todas las cosas desta tierra poder hacer a vuestra alteza muy particular relación, quise desta, que me pareció algo maravillosa, saber el secreto, y envié diez de mis compañeros, tales cuales para semejante negocio eran necesarios, y con algunos naturales de la tierra que los guiasen, y le encomendé mucho procurasen de subir la dicha sierra, y saber el secreto de aquel humo de dónde y cómo salía.
Los cuales fueron, y trabajaron lo que fue posible por la subir, y jamás pudieron, a causa de la mucha nieve que en la sierra hay, y de muchos torbellinos que de la ceniza que de allí sale andan por la sierra, y también porque no pudieron sufrir la gran frialdad que arriba hacia; pero llegaron muy cerca de lo alto; y tanto, que estando arriba comenzó a salir aquel humo, y dicen que salía con tanto ímpetu y ruido, que parecía que toda la sierra se caía abajo, y así se bajaron, y trujeron mucha nieve y carámbanos para que los viésemos, porque nos parecía cosa muy nueva en estas partes, a causa de estar en parte tan cálida, según hasta agora ha sido opinión de los pilotos. Especialmente que dicen que esta tierra está en veinte grados, que es en el paralelo de la isla Española, donde continuamente hace muy gran calor. E yendo a ver esta sierra, toparon un camino, y preguntaron a los naturales de la tierra que iban con ellos que para do iban, y dijeron que a Culúa, y aquel era buen camino, y que el otro por donde nos querían llevar los de Culúa no era bueno.
Y los españoles fueron por él hasta encumbrar las sierras, por medio de las cuales entre la una y la otra va el camino; y descubrieron los llanos de Culúa, y la gran ciudad de Temixtitán, y las lagunas que hay en la dicha provincia, de que adelante haré relación a vuestra alteza, y vinieron muy alegres por haber descubierto tan buen camino, y Dios sabe cuánto holgué yo dello. Después de venidos estos españoles, que fueron a ver la sierra, y me haber informado bien, así dellos como de los naturales, de aquel camino que hallaron, hablé a aquellos mensajeros de Muteczuma que conmigo estaban para me guiar a su tierra, y les dije que quería ir por aquel camino, y no por el que ellos decían, porque era más cerca. Y ellos respondieron que yo decía verdad, que era más cerca y más llano, y que la causa por qué por allí no me encaminaban era porque habíamos de pasar una jornada por tierra de Guasucingo, que eran sus enemigos, porque por allí no teníamos las cosas necesarias, como por la tierra del dicho Muteczuma, y pues yo quería ir por allí, procurarían como por la otra parte saliesen bastimentos al camino.
E así, nos partimos con harto temor de que aquellos quisiesen perseverar en nos hacer alguna burla; pero como ya habíamos publicado ser allá nuestro camino, no me pareció fuera bien dejarlo ni volver atrás, porque no creyesen que falta de ánimo lo impedía. Aquel día que de la ciudad de Churultecal me partí, fui cuatro leguas a unas aldeas de la ciudad de Guasucingo, donde de los naturales fui bien recibido, y me dieron algunas esclavas y ropa y ciertas piecezuelas de oro, que de todo fue muy poco; porque estos no lo tienen, a causa de ser de la liga y parcialidad de los tlaxcaltecas, y por tenerlos, como el dicho Muteczuma los tiene, cercados con su tierra, en tal manera, que con ningunas provincias tienen contratación más que en su tierra, y a esta causa viven muy pobremente.
Otro día siguiente subí al puerto por entre las dos sierras que he dicho, y a la bajada del, ya que la tierra del dicho Muteczuma descubríamos por una provincia della, que se dice Chalco, dos leguas antes que llegásemos a las poblaciones, hallé un muy buen aposento nuevamente hecho, tal y tan grande, que muy cumplidamente todos los de mi compañía y yo nos aposentamos en él, aunque llevaba conmigo más de cuatro mil indios de los naturales destas provincias de Tascaltecal, y Guasucingo, y Churultecal, y Cempoal, y para todos muy cumplidamente de comer, y en todas las posadas muy grandes fuegos y mucha leña, porque hacia muy gran frío, a causa de estar cercado de las dos sierras, y ellas con mucha nieve.
Aquí me vinieron a hablar ciertas personas que parecían principales, entre las cuales venía uno que me dijeron que era hermano de Muteczuma, y me trajeron hasta tres mil pesos de oro, y de parte del me dijeron que él me enviaba aquello, y me rogaba que me volviese y no curase de ir a su ciudad, porque era tierra muy pobre de comida, y que para ir a ella había muy mal camino, y que estaba toda en agua, y que no podía entrar a ella sino en canoas, y otros muchos inconvenientes que para la ida me pusieron. Y que viese todo lo que quería, que Muteczuma, su señor, me lo mandaría dar; y que asimismo concertarían de me dar en cada año certum quid, el cual me llevarían hasta la mar o donde yo quisiese. Yo les recibí muy bien, y les di algunas cosas de las de nuestra España, de las que ellos tenían en mucho, en especial al que decían que era hermano de Muteczuma, e a su embajada le respondí que si en mi mano fuera volverme, que yo lo hiciera por facer placer a Muteczuma; pero que yo había venido en esta tierra por mandado de vuestra majestad, y que de la principal cosa que della me mandó le hiciese relación, fue del dicho Muteczuma y de aquella su gran ciudad, de la cual y del había mucho tiempo que vuestra alteza tenía noticia; y que le dijesen de mi parte que le rogaba que mi ida a le ver tuviese por bien, porque della a su persona ni tierra ningún daño, antes pro, se le había de seguir, y que después que yo le viese, si fuese su voluntad todavía de no me tener en su compañía, que yo me volvería; y que mejor daríamos entre él y mí orden en la manera que en el servicio de vuestra alteza él la había de tener, que por terceras personas, puesto que ellos eran tales, a quien todo crédito se debía dar; y con esta respuesta se volvieron. En este aposento que he dicho, según las apariencias que para ello vimos y el aparejo que en él había, los indios tuvieron pensamiento que nos podrían ofender aquella noche, y como ge lo sentí puse tal recaudo, que conociéndolo ellos, mudaron su pensamiento, y muy secretamente hicieron ir aquella noche mucha gente que en los montes que estaban junto al aposento tenían junta, que por muchas de nuestras velas y escuchas fue vista.
Y luego siendo de día, me partí a un pueblo que está dos leguas de allí, que se dice Amaqueruca, que es de la provincia de Chalco, que terna en la principal población, con las aldeas que hay a dos leguas del, más de veinte mil vecinos, y en el dicho pueblo nos aposentaron en unas muy buenas casas del señor del lugar. E muchas personas que parecían principales me vinieron allí a hablar, diciéndome que Muteczuma, su señor, los había enviado para que me esperasen allí y me hiciesen proveer de todas las cosas necesarias. El señor desta provincia y pueblo me dio hasta cuarenta esclavas y tres mil castellanos; y dos días que allí estuve, nos proveyó muy cumplidamente de todo lo necesario para nuestra comida. E otro día, yendo conmigo aquellos principales que de parte de Muteczuma dijeron que me esperaban allí, me partí y fui a dormir cuatro leguas de allí a un pueblo pequeño que está junto a una gran laguna, y casi la mitad del sobre el agua della, e por la parte de la tierra tiene una sierra muy áspera de piedras y peñas, donde nos aposentaron muy bien. E asimismo quisieron allí probar sus fuerzas con nosotros, excepto que, según pareció, quisieran hacerlo muy a su salvo, y tomarnos de noche descuidados.
E como yo iba tan sobre aviso, hallábanme delante de sus pensamientos. E aquella noche tuve tal guarda, que así de espías que venían por el agua con canoas, como de otras que por la sierra abajaban a ver si había aparejo para ejecutar su voluntad, amanecieron casi quince o veinte que las nuestras las habían tomado y muerto. Por manera que pocas volvieron a dar su respuesta del aviso que venían a tomar; y con hallarnos siempre tan apercebidos, acordaron de mudar el propósito y llevarnos por bien.
Otro día por la mañana, ya que me quería partir de aquel pueblo, llegaron fasta diez o doce señores muy principales, según después supe, y entre ellos un gran señor, mancebo de fasta veinte y cinco años, a quien todos mostraban tener mucho acatamiento, y tanto, que después de bajado de unas andas en que venía, todos los otros le venían limpiando las piedras y pajas del suelo delante él; y llegados donde yo estaba, me dijeron que venían de parte de Muteczuma, su señor, y que los enviaba para que fuesen conmigo, y que me rogaba que le perdonase por qué no salía su persona a me ver y recibir, que la causa era el estar mal dispuesto; pero que ya su ciudad estaba cerca, y que pues yo todavía determinaba ir a ella, que allá nos veríamos, y conocería della voluntad que al servicio de vuestra alteza tenía; pero que todavía me rogaba que si fuese posible, no fuese allá, porque padecería mucho trabajo y necesidad, y que él tenía mucha vergüenza de no me poder allá proveer como él deseaba, y en esto ahincaron y porfiaron mucho aquellos señores, y tanto, que no les quedaba sino decir que me defenderían el camino si todavía porfiase ir.
Yo les satisfice y aplaqué con las mejores palabras que pude, haciéndoles entender que de mi ida no les podía venir daño, sino mucho provecho. E así se despidieron, después de les haber dado algunas cosas de las que yo traía. E yo me partí luego tras a ellos, muy acompañado de muchas personas, que parecían de mucha cuenta, como después pareció serlo. E todavía seguía el camino por la costa de aquella gran laguna, e a una legua del aposento donde partí, vi dentro en ella, casi dos tiros de ballesta, una ciudad pequeña que podría ser hasta de mil o dos mil vecinos, toda armada sobre el agua, sin haber para ella ninguna entrada y muy torreada, según lo que de fuera parecía. E otra legua adelante entramos por una calzada tan ancha como una lanza jineta, por la laguna adentro, de dos tercios de legua, y por ella fuimos a dar a una ciudad, la más hermosa, aunque pequeña, que hasta entonces habíamos visto, así de muy bien obradas casas y torres, como de la buena orden que en el fundamento della había, por ser armada toda sobre agua. Y en esta ciudad, que será fasta de dos mil vecinos, nos recibieron muy bien y nos dieron muy bien de comer.
E allí me vinieron a hablar el señor y las personas principales della, y me rogaron que me quedase allí a dormir. E aquellas personas que conmigo iban de Muteczuma me dijeron que no parase, sino que me fuese a otra ciudad que está tres leguas de allí, que se dice Iztapalapa, que es de un hermano del dicho Muteczuma, y así lo hice. E la salida desta ciudad, donde comimos, cuyo nombre al presente no me ocurre a la memoria, es por otra calzada que tira una legua; grande, hasta llegar a la Tierra Firme. E llegado a esta ciudad de Iztapalapa, me salió a recibir algo fuera della el señor, y otro de una gran ciudad que está cerca della, que será obra de tres leguas, que se llama Calnaalcán, y otros muchos señores que allí me estaban esperando, e me dieron hasta tres o cuatro mil castellanos, y algunas esclavas y ropa, e me hicieron muy buen acogimiento.
Terna esta ciudad de Iztapalapa doce o quince mil vecinos; la cual está en la costa de una laguna salada grande, la mitad dentro en el agua y la otra mitad en la tierra firme. Tiene el señor della unas casas nuevas que aun no están acabadas, que son tan buenas como las mejores de España, digo de grandes y bien labradas, así de obra de cantería como de carpintería y suelos, y complimentos para todo género de servicio de casa, excepto mazonerías y otras cosas ricas que en España usan en las casas, acá no las tienen. Tiene en muchos cuartos altos y bajos jardines muy frescos, de muchos árboles y flores olorosas; asimismo albercas de agua dulce muy bien labradas, con sus escaleras hasta lo fondo. Tiene una muy grande huerta junto a la casa, y sobre ella un mirador de hermosos corredores y salas, y dentro de la huerta una muy grande alberca de agua dulce, muy cuadrada, y las paredes della de gentil cantería, e al alrededor della un andén de muy buen suelo ladrillado, tan ancho, que pueden ir por él cuatro paseándose, y tiene de cuadra cuatrocientos pasos, que son en torno mil y seiscientos.
De la otra parte del andén, hácia la pared de la huerta, va todo labrado de cañas con unas vergas, y detrás dellas todo de arboledas y yerbas olorosas, y dentro del alberca hay mucho pescado y muchas aves, así como lavancos y cercetas y otros géneros de aves de agua; y tantas, que muchas veces casi cubren el agua. Otro día después que a esta ciudad llegué, me partí, y a media legua andada entre por una calzada que va por media desta dicha laguna dos leguas, fasta llegar a la gran ciudad de Temixtitán, que está fundada en medio de la dicha laguna; la cual calzada es tan ancha como dos lanzas, y muy bien obrada; que pueden ir por toda ella ocho de caballo a la par, y en estas dos leguas de la una parte y de la otra de la dicha calzada están tres ciudades, y la una dellas, que se dice Mesicalsingo, está fundada la mayor parte della dentro de la dicha laguna, y las otras dos, que se llaman la una Niciaca y la otra Huchilohuchico, están en la costa della, y muchas casas dellas dentro en el agua.
La primera ciudad destas terna tres mil vecinos, y la segunda más de seis mil, y la tercera otra cuatro o cinco mil vecinos, y en todas muy buenos edificios de casas y torres, en especial las casas de los señores y personas principales y de las de sus mezquitas u oratorios donde ellos tienen sus ídolos. En estas ciudades hay mucho trato de sal, que hacen del agua de la dicha laguna y de la superficie que está en la tierra que baña la laguna; la cual cuecen en cierta manera y hacen panes de la dicha sal, que venden para los naturales y para fuera de la comarca. E así seguí la dicha calzada y a media legua antes de llegar al cuerpo de la ciudad de Temixtitán, a la entrada de otra calzada que viene a dar de la tierra firme a esta otra, está un muy fuerte baluarte con dos torres, cercado de muro de dos estados, con su pretil almenado por toda la cerca que toma con ambas calzadas, y no tiene más de dos puertas, una por do entran y otra por do salen.
Aquí me salieron a ver y a hablar fasta mil hombres principales, ciudadanos de la dicha ciudad, todos vestidos de una manera y hábito, y según su costumbre, bien rico; y llegados a me fablar, cada uno por sí facia, en llegando a mí, una ceremonia que entre ellos se
usa mucho, que ponía cada uno la mano en la tierra y la besaba; y así estuve esperando casi una hora fasta que cada uno ficiese su ceremonia. E ya junto a la ciudad está una puente de madera de diez pasos de anchura, y por allí está abierta la calzada, porque tenga lugar el agua de entrar y salir, porque crece y mengua, y también por fortaleza de la ciudad, porque quitan y ponen unas vigas muy luengas y anchas, de que la dicha puente está hecha, todas las veces que quieren, y destas hay muchas por toda la ciudad, como adelante, en la relación que de las cosas della faré, vuestra alteza verá.
Muteczuma sale a recibirlos
Pasada esta puente, nos salió a recebir aquel señor Muteczuma con fasta doscientos señores, todos descalzos y vestidos de otra librea o manera de ropa, asimismo bien rica a su uso; y más que la de los otros; y venían en dos procesiones, muy arrimados a las paredes de la calle, que es muy ancha y muy hermosa y derecha, que de un cabo se parece el otro, y tiene dos tercios de legua, y de la una parte y de la otra muy buenas y grandes casas, así de aposentamientos como de mezquitas; y el dicho Muteczuma venía por medio de la calle con dos señores, el uno a la mano derecha y el otro a la izquierda; de los cuales el uno era aquel señor grande que dije que me había salido a fablar en las andas, y el otro era su hermano del dicho Muteczuma, señor de aquella ciudad de Iztapalapa, de donde yo aquel día había partido; todos tres vestidos de una manera, excepto el Muteczuma, que iba calzado, y los otros dos señores descalzos: cada uno le llevaba de su brazo; y como nos juntamos, yo me apeé, y le fui a abrazar solo: e aquellos dos señores que con él iban me detuvieron con las manos para que no le tocase; y ellos y él ficieron asimismo ceremonia de besar la tierra; y hecha, mandó aquel su hermano que venía con él que se quedase conmigo y me llevase por el brazo, y él con el otro se iba adelante de mí poquito trecho; y después de me haber él fablado, vinieron asimismo a me fablar todos los otros señores que iban en las dos procesiones, en orden uno en pos de otro, e luego se tornaban a su procesión.
E al tiempo que yo llegué a hablar al dicho Muteczuma, quitóme un collar que llevaba de margaritas y diamantes de vidrio, y se lo eché al cuello; e después de haber andado la calle adelante, vino un servidor suyo con dos collares de camarones, envueltos en un paño, que eran hechos de huesos de caracoles colorados, que ellos tienen en mucho; y de cada collar colgaban ocho camarones de oro, de mucha perfección, tan largos casi como un geme; e como se los trujeron, se volvió a mí y me los echó al cuello, y tornó a seguir por la calle en la forma ya dicha, fasta llegar a una muy grande y hermosa casa, que él tenía para nos aposentar, bien aderezada. E allí me tomó por la mano y me llevó a una gran sala, que estaba frontero de patio por do entramos.
E allí me fizo sentar en un estrado muy rico, que para él lo tenía mandado hacer, y me dijo que le esperase allí, y él se fue; y dende a poco rato, ya que toda la gente de mi compañía estaba aposentada, volvió con muchas y diversas joyas de oro y plata, y plumajes, y con fasta cinco o seis mil piezas de ropa de algodón, muy ricas y de diversas maneras tejida y labrada. E después de me la haber dado, se sentó en otro estrado, que luego lo ficieron allí junto con el otro donde yo estaba; y sentado, propuso en esta manera:
«Muchos días ha que por nuestras escrituras tenemos de nuestros antepasados noticia que yo ni todos los que en esta tierra habitamos no somos naturales della, sino extranjeros y venidos a ella de partes muy extrañas; e tenemos asimismo que a estas partes trajo nuestra generación un señor, cuyos vasallos todos eran, el cual se volvió a su naturaleza, y después tornó a venir dende en mucho tiempo, y tanto, que ya estaban casados los que habían quedado con las mujeres naturales de la tierra, y tenían mucha generación y fechos pueblos donde vivían; e queriéndolos llevar consigo, no quisieron ir, ni menos recibirle por señor; y así, se volvió. E siempre hemos tenido que de los que del descendiesen habían de venir a sojuzgar esta tierra y a nosotros, como a sus vasallos. E según de la parte que vos decís que venís, que es a do sale el sol, y las cosas que decís deste gran señor o rey que acá os envió, creemos y tenemos por cierto el ser nuestro señor natural; en especial que nos decís que él ha muchos días que tiene noticia de nosotros.
E por tanto vos sed cierto que os obedeceremos y tememos por señor en lugar de ese gran señor que decís, y que en ello no había falta ni engaño alguno; e bien podéis en toda la tierra, digo que en la que yo en mi señorío poseo, mandar a vuestra voluntad, porque será obedecido y fecho, y todo lo que nosotros tenemos es para lo que vos dello quisiéredes disponer. E pues estáis en vuestra naturaleza y en vuestra casa, holgad y descansad del trabajo del camino y guerras que habéis tenido; que muy bien sé todos los que se vos han ofrecido de Puntunchan acá, e bien sé que de los de Cempoal y de Tascaltecal os han dicho muchos males de mí: no creáis más de lo que por vuestros ojos veredes, en especial de aquellos que son mis enemigos, y algunos dellos eran mis vasallos, y hánseme rebelado con vuestra venida, y por se favorecer con vos lo dicen; los cuales sé que también os han dicho que yo tenía las casas con las paredes de oro, y que las esteras de mis estrados y otras cosas de mi servicio eran asimismo de oro, y que yo era y me facia dios, y otras muchas cosas.
Las casas ya las veis que son de piedra y cal y tierra.» Y entonces alzó las vestiduras y me mostró el cuerpo, diciendo a mí: «Veisme aquí que soy de carne y hueso como vos y como cada uno, y que soy mortal y palpable.» Asiéndose él con sus manos de los brazos y del cuerpo: «Ved cómo os han mentido; verdad es que yo tengo algunas cosas de oro que me han quedado de mis abuelos: todo lo que yo tuviere tenéis cada vez que vos lo quisiéredes. Yo me voy a otras casas, donde vivo; aquí seréis proveído de todas las cosas necesarias para vos y vuestra gente, e no recibáis pena alguna, pues estáis en vuestra casa y naturaleza.» Yo le respondí a todo lo que me dijo, satisfaciendo a aquello que me pareció que convenía, en especial en hacerle creer que vuestra majestad era a quien ellos esperaban, e con eso se despidió; y ido, fuimos muy bien proveídos de muchas gallinas y pan y frutas y otras cosas necesarias especialmente para el servicio del aposento. E desta manera estuve seis días muy bien proveído de todo lo necesario, y visitado de muchos de aquellos señores.
Ya, muy católico Señor, dije al principio desta, cómo a la sazón que yo me partí de la villa de Veracruz en demanda deste señor Muteczuma, dejé en ella ciento y cincuenta hombres para facer aquella fortaleza que dejaba comenzada; y dije asimismo cómo había dejado muchas villas y fortalezas de las comarcas a aquella villa puestas debajo del real dominio de vuestra alteza, y a los naturales della muy seguros, y por ciertos vasallos de vuestra majestad; que estando en la ciudad de Churultecal, recibí letras del capitán que yo en mi lugar dejé en la dicha villa, por las cuales me fizo saber cómo Qualpopoca, señor de aquella ciudad que se dice Almería, le había enviado a decir por sus mensajeros que él tenía de ser vasallo de vuestra alteza, y que si fasta entonces no había venido ni venía a dar la obediencia que era obligado y a se ofrecer por tal vasallo de vuestra majestad con todas sus tierras; la causa era que había de pasar por tierra de sus enemigos, y que temiendo ser dellos ofendido, lo dejaba; pero que le enviase cuatro españoles que viniesen con él, porque aquellos por cuya tierra había de pasar, sabiendo a lo que venían, no lo enojarían, y que él vernía luego; y que el dicho capitán, creyendo ser cierto lo que el dicho Qualpopoca le enviaba a decir, y que así lo habían hecho otros muchos, le había enviado los dichos cuatro españoles; y que después que en su casa los tuvo, los mandó matar por cierta manera como que pareciese que él no hacia; y que había muerto los dos dellos, y los otros dos se habían escapado por unos montes, heridos; y que él había ido sobre la dicha ciudad de Almería con cincuenta españoles y los dos de caballo, y dos tiros de pólvora, y con hasta ocho o diez mil indios de los amigos nuestros, y que había peleado con los naturales de la dicha ciudad y muerto muchos de los naturales della, y los demás echado fuera, y que la habían quemado y destruido; porque los indios que en su compañía llevaban, como eran sus enemigos, habían puesto en ello mucha diligencia.
E que el dicho Qualpopoca, señor de la dicha ciudad, con otros señores sus aliados, que en su favor habían venido allí, se habían escapado huyendo, y que de algunos prisioneros que tomó en la dicha ciudad se habían informado cuyos eran los que allí estaban en defensa della, y la causa por qué había muerto a los españoles que él envió. La cual disque fue que el dicho de Muteczuma había mandado al dicho Qualpopoca y a los otros que allí habían venido, como a sus vasallos que eran, que saliendo yo de aquella villa de la Veracruz, fuesen sobre aquellos que se le habían alzado y ofrecido al servicio de vuestra alteza, e que tuviesen todas las formas que ser pudiesen para matar los españoles que yo allí dejase, porque no les ayudasen ni favoreciesen, y que a esta causa lo habían hecho.
La prisión de Muteczuma
Pasados, invictísimo Príncipe, seis días después que en la gran ciudad de Temixtitán entre, e habiendo visto algunas cosas della, aunque pocas, según las que hay que ver y notar, por aquellas me pareció, y aun por lo que de la tierra había visto, que convenía al real servicio y a nuestra seguridad que aquel señor estuviese en mi poder, y no en toda su libertad, porque no mudase el propósito y voluntad que mostraba en servir a vuestra alteza, mayormente que los españoles somos algo incomportables e importunos, e porque enojándosenos podría hacer mucho daño, y tanto, que no hobiese memoria de nosotros, según su gran poder; e también porque teniéndole conmigo, todas las otras tierras que a él eran subditas venían más aína al conocimiento y servicio de vuestra majestad, como después sucedió:
Determiné de lo prender y poner en el aposento donde yo estaba, que era bien fuerte; y porque en su prisión no hobiese algún escándalo ni alboroto, pensando todas las formas y maneras que para lo hacer sin este debía tener, me acordé de lo que el capitán que en la Veracruz había dejado, me había escrito acerca de lo que había acaecido en la ciudad de Almería, según que en el capítulo antes deste he dicho, y cómo se había sabido que todo lo allí sucedido había sido por mandado del dicho Muteczuma; y dejando buen recaudo en las encrucijadas de las calles, me fui a las casas del dicho Muteczuma, como otras veces había ido a le ver; y después de le haber hablado en burlas y cosas de placer, y de haberme él dado algunas joyas de oro y una hija suya, y otras hijas de señores a algunos de mi compañía, le dije que ya sabía lo que en la ciudad de Nautecal o Almería había acaecido, y los españoles que en ella me habían muerto; y que Qualpopoca daba por disculpa que todo lo que había hecho había sido por su mandado, y que, como su vasallo, no había podido hacer otra cosa; y porque yo creía que no era así como el dicho Qualpopoca decía, y que antes era por se excusar de culpa, que me parecía que debía enviar por él y por los otros principales que en la muerte de aquellos españoles se habían hallado, porque la verdad se supiese, y que ellos fuesen castigados, y vuestra majestad supiese su buena voluntad claramente; y en lugar de las mercedes que vuestra alteza le había de mandar hacer, los dichos de aquellos malos no provocasen a vuestra alteza a ira contra él, por donde le mandase hacer daño, pues la verdad era al contrario de lo que aquellos decían, y yo estaba del bien satisfecho.
Y luego a la hora mandó llamar ciertas personas de los suyos, a los cuales dio una figura de piedra pequeña, a manera de sello, que él tenía atado en el brazo, y les mandó que fuesen a la dicha ciudad de Almería, que está sesenta o setenta leguas de la de Muxtitán, y que trajesen al dicho Qualpopoca, y se informasen en los demás que habían sido en la muerte de aquellos españoles, y que asimismo los trujesen, y si por su voluntad no quisiesen venir, los trujesen presos; e si se pusiesen en resistir la prisión, que requiriesen a ciertas comunidades comarcanas a aquella ciudad que allí les señaló, para que fuesen con mano armada para los prender, por manera que no viniesen sin ellos. Los cuales luego se partieron; y así, idos, le dije al dicho Muteczuma que yo le agradecía la diligencia que ponía en la prisión de aquellos, porque yo había de dar cuenta a vuestra alteza de aquellos españoles.
E que restaba para yo dalla que él estuviese en mi posada hasta tanto que la verdad más se aclarase, y se supiese ser sin culpa; y que le rogaba mucho que no recibiese pena dello, porque él no había de estar como preso, sino en toda su libertad, y que en el servicio y mandó de su señorío yo no le ponía ningún impedimento, y que escogiese un cuarto de aquel aposento donde yo estaba, cual él quisiese, y que allí estaría muy a su placer; y que fuese cierto que ningún enojo ni pena se le había de dar, antes, demás de su servicio, los de mi compañía servirían en todo lo que él mandase.
Acerca desto pasamos muchas pláticas y razones que serían largas para las escribir, y aun para dar cuenta dellas a vuestra alteza algo prolijas, y también no sustanciales para el caso, y por tanto, no diré más de que finalmente él dijo que le placía de se ir conmigo; y mandó luego ir a aderezar el aposentamiento donde él quiso estar, el cual fue muy puesto y bien aderezado; y hecho esto, vinieron muchos señores, y quitadas las vestiduras y puestas por bajo de los brazos, y descalzos, traían unas andas no muy bien aderezadas; llorando lo tomaron en ellas con mucho silencio, y así nos fuimos hasta el aposento donde estaba, sin haber alboroto en la ciudad, aunque se comenzó a mover. Pero sabido por el dicho Muteczuma, envió a mandar que no lo hubiese; y así, hubo toda quietud, según que antes la había, y la hubo todo el tiempo que yo tuve preso al dicho Muteczuma, porque él estaba muy a su placer y con todo su servicio, según en su casa lo tenía, que era bien grande y maravilloso, según adelante diré. E yo y los de mi compañía le hacíamos todo el placer que a nosotros era posible.
E habiendo pasado quince o veinte días de su prisión, vinieron aquellas personas que Había enviado por Qualpopoca, y los otros que habían muerto los españoles, e trajeron al dicho Qualpopoca y a un hijo suyo, y con ellos quince personas, que decían que eran principales y habían sido en la dicha muerte. E al dicho Qualpopoca traían en unas andas y muy a manera de señor, como de hecho lo era.' E traídos me los entregaron, y yo les hice poner a buen recaudo con sus prisiones, y después que confesaron haber muerto los españoles, les hice interrogar si ellos eran vasallos de Muteczuma; y el dicho Qualpopoca respondió que si había otro señor de quien pudiese serlo; casi diciendo que no había otro, y que sí eran. E asimismo les pregunté si lo que allí se había hecho había sido por su mandado, y dijeron que no, aunque después, al tiempo que en ellos se ejecutó la sentencia que fuesen quemados, todos a una voz dijeron que era verdad que el dicho Muteczuma se lo había enviado a mandar, y que por su mandado lo habían hecho.
E así fueron estos quemados públicamente en una plaza, sin haber alboroto alguno; y el día que se quemaron, porque confesaron que el dicho Muteczuma les había mandado que matasen a aquellos españoles, le hice echar unos grillos, de que él no recibió poco espanto, aunque después de le haber fablado, aquel día se los quité y él quedó muy contento, y de allí adelante siempre trabajé de le agradar y contentar en todo lo a mí posible; en especial que siempre publiqué y dije a todos los naturales de la tierra, así señores como a los que a mí venían, que vuestra majestad era servido que el dicho Muteczuma se estuviese en su señorío, reconociendo el que vuestra alteza sobre él tenía; y que servirían mucho a vuestra alteza en le obedecer y tener por señor, como antes que yo a la tierra viniese le tenían.
E fue tanto el buen tratamiento que yo le hice, y el contentamiento que de mí tenía, que algunas veces y muchas le acometí con su libertad, rogándole que fuese a su casa, y me dijo, todas las veces que se lo decía, que él estaba bien allí y que no quería irse, porque allí no le faltaba cosa de lo que él quería, como si en su casa estuviese; e podría ser que yéndose y habiendo lugar que los señores de la tierra, sus vasallos, le importunasen o le induciesen a que hiciese alguna cosa contra su voluntad, que fuese fuera del servicio de vuestra alteza, y que él tenía propuesto de servir a vuestra majestad en todo lo a él posible; y que hasta tanto que los tuviese informados de lo que quería hacer, y que él estaba bien allí; porque aunque alguna cosa le quisiesen decir, que con responderles que no estaba en su libertad se podría excusar y eximir dellos; y muchas veces me pidió licencia para se ir a holgar y pasar tiempo a ciertas casas de placer que él tenía, así fuera de la ciudad como dentro, y ninguna vez se la negué.
E fue muchas veces a holgar con cinco o seis españoles a una y dos leguas fuera de la ciudad, y volvía siempre muy alegre y contento al aposento donde yo le tenía. E siempre que salía hacia muchas mercedes de joyas y ropa, así a los españoles que con él iban, como a sus naturales, de los cuales siempre iba tan acompañado, que cuando menos con él iban, pasaban de tres mil hombres, que los más dellos eran señores y personas principales; e siempre les hacia muchos banquetes y fiestas, que los que con él iban tenían bien que contar.
Después que yo conocí del muy por entero tener mucho deseo al servicio de vuestra alteza, le rogué que porque más enteramente yo pudiese hacer relación a vuestra majestad de las cosas desta tierra, que me mostrase las minas de donde se sacaba el oro; el cual, con muy alegre voluntad, según mostró, dijo que le placía. E luego hizo venir ciertos servidores suyos, y de dos en dos repartió para cuatro provincias, donde dijo que se sacaba; e pidióme que le diese españoles que fuesen con ellos para que lo viesen sacar; e asimismo yo le di a cada dos de los suyos otros dos españoles. E los unos fueron a una provincia que se dice Cuzula, que es ochenta leguas de la gran ciudad de Temixtitán, e los naturales de aquella provincia son vasallos del dicho Muteczuma; e allí les mostraron tres ríos, y de todos me trajeron muestra de oro, y muy buena, aunque sacada con poco aparejo, porque no tenían otros instrumentos más de aquel con que los indios lo sacan, y en el camino pasaron tres provincias, según los españoles dijeron, de muy hermosa tierra, y de muchas villas y ciudades, y otras poblaciones en mucha cantidad, y de tales y tan buenos edificios, que dicen que en España no podían ser mejores.
En especial me dijeron que habían visto una casa de aposentamiento y fortaleza, que es mayor y más fuerte y más bien edificada que el castillo de Burgos gos; y la gente de una de estas provincias, que se llama Tamazulapa, era más vestida que estotra que habernos visto, y según a ellos les pareció, de mucha razón. Los otros fueron a otra provincia que se dice Malinaltebeque, que es otras setenta leguas de la dicha gran ciudad, que es más hacia la costa de la mar.
E asimismo me trajeron muestra de oro de un río grande que por allí pasa. 3 los otros fueron a una tierra está este río arriba, que es de una gente diferente de la lengua de Culúa, a la cual llaman Tenis; y el señor de aquella tierra se llama Coatelicamat, y por tener su tierra en unas sierras muy altas y ásperas no es sujeto al dicho Muteczuma, y también porque la gente de aquella provincia es gente muy guerrera y pelean con lanzas de veinticinco y treinta palmos; y por no ser estos vasallos del dicho Muteczuma, los mensajeros que con los españoles iban no osaron entrar en la tierra sin lo hacer saber primero al señor della, y pedir para ello licencia, diciéndole que iban con aquellos españoles a ver las minas del oro que tenían en su tierra, y que le rogaban de mi parte y del dicho Muteczuma, su señor, que lo hobiesen por bien. El cual dicho Coatelicamat respondió que los españoles, que él era muy contento que entrasen en su tierra y viesen las minas y todo lo demás que ellos quisiesen pero que los de Culúa, que son los de Muteczuma, no habían de entrar en su tierra, porque eran sus enemigos.
Algo estuvieron los españoles perplejos en si irían solos o no, porque los que con ellos iban les dijeron que no fuesen, que les matarían, que por los matar no consentían que los de Culúa entrasen con ellos, y al fin se determinaron a entrar solos, o fueron del dicho señor y de los de su tierra muy bien recibidos, y les mostraron siete u ocho ríos, de donde dijeron que ellos sacaban el oro, y en su presencia lo sacaron los indios, y ellos me trajeron muestra de todo; y con los dichos españoles me envió el dicho Coatelicamat ciertos mensajeros suyos, con los cuales me envió a ofrecer su persona y tierra al servicio de vuestra sacra majestad, y me envió ciertas joyas de oro y ropa de la que ellos tienen. Los otros fueron a otra provincia que se dice Tuchitebeque, que es casi en el mismo derecho hácia la mar, doce leguas de la provincia de Malinaltebeque, donde ya he dicho que se halló oro; e allí les mostraron otros dos ríos, de donde asimismo sacaron muestra de oro.
E porque allí, según los españoles que allá fueron me informaron, hay mucho aparejo para hacer estancias y para sacar oro, rogué al dicho Muteczuma que en aquella provincia de Malinaltebeque, porque era para ello más aparejada, hiciese hacer una estancia para vuestra sacra majestad, y puso en ello tanta diligencia, que dende en dos meses que yo se lo dije, estaban sembradas sesenta hanegas de maíz y diez de fríjoles, y dos mil pies de cacap8, que es una fruta como almendras, que ellos venden molida; y tiénenla en tanto, que se trata por moneda en toda la tierra, y con ella se compran todas las cosas necesarias en los mercados y otras partes. E había hechas cuatro casas muy buenas, en que en la una, demás de los aposentamientos, hicieron un estanque de agua, y en él pusieron quinientos patos, que acá tienen en mucho, porque se aprovechan de la pluma dellos y los pelan cada año, y hacen sus ropas con ella; y pusieron hasta mil y quinientas gallinas, sin otros aderezos de granjerias, que muchas veces juzgadas por los españoles que la vieron, la apreciaban en veinte mil pesos de oro.
Asimismo le rogué al dicho Muteczuma que me dijese si en la costa de la mar había algún río o ancón en que los navios que viniesen pudiesen entrar y estar seguros. El cual me respondió que no lo sabía; pero que él me faría pintar toda la costa y ancones y ríos della, y que enviase yo españoles a los ver, y que él me daría quién los guiase y fuese con ellos, y así lo hice. E otro día me trujeron figurada en un paño toda la costa, y en ella parecía un río que salía a la mar más abierto, según la figura, que los otros, el cual parecía estar entre las sierras qué dicen Sanmin, y son tanto en un ancón por donde los pilotos hasta entonces creían que se partía la tierra en una provincia que se dice Mazalmaco; y me dijo que viese yo a quién quería enviar, y que él proveería cómo se viese y supiese todo; y luego señalé diez hombres, y entre ellos algunos pilotos y personas que sabían de la mar.
E con el recaudo que él dio se partieron y fueron por toda la costa, desde el puerto de Chalchilmeca que dicen de san Juan, donde yo desembarqué, y anduvieron por ella sesenta y tantas leguas, que en ninguna parte hallaron río ni ancón donde pudiesen entrar navios ningunos, puesto que en la dicha costa había muchos y muy grandes, y todos los sondaron con canoas, y así llegaron a la dicha provincia de Cuacalco, donde el dicho río está; y el señor de aquella provincia, que se dice Tuchintecla, los recibió muy bien y les dio canoas para mirar el río, e hallaron en la entrada del dos brazas y media largas en lo más bajo de bajar, y subieron por él dicho río arriba leguas, y lo más bajo que en él hallaron fueron cinco o seis brazas. E según lo que del vieron, se cree que sube de treinta de aquella hondura, y en la ribera del hay muchas y grandes poblaciones, y toda la provincia es muy llana y muy fuerte, y abundosa de todas las cosas de la tierra y de mucha y casi innumerable gente. E los desta provincia no son vasallos ni súbditos de Muteczuma, antes sus enemigos.
E asimismo el señor della, al tiempo que los españoles llegaron, les envió a decir que los de Culúa no entrasen en su tierra, porque eran sus enemigos. E cuando se volvieron los españoles a mí con esta relación, envió con ellos ciertos mensajeros, con los cuales me envió ciertas joyas de oro y cueros de tigres, y plumajes y piedras y ropa; y ellos me dijeron de su parte que había muchos días, que Tuchintecla, su señor, tenía noticia de mí; porque los de Putunchan, que es el río de Gríjalba, que son sus amigos, le habían hecho saber cómo yo había pasado por allí y había peleado con ellos porque no me dejaban entrar a su pueblo, y cómo después quedamos amigos, y ellos por vasallos de vuestra majestad. E que él asimismo se ofrecía a su real servicio con toda su tierra, e me rogaba le tuviese por amigo, con tal condición que los de Culúa no entrasen en su tierra, e que yo viese las cosas que en ella había, de que se quisiese servir vuestra alteza, y que él daría dellas las que yo señalase en cada un año.
Como de los españoles que vinieron desta provincia me informé ser ella aparejada para poblar, y del puerto que en ella había hallado, holgué mucho; porque después que en esta tierra salté, siempre he trabajado de buscar puerto en la costa della, tal que estuviese a propósito de poblar, y jamás lo había hallado, ni lo hay en toda la costa, desde el río San Antón, que es junto al de Gríjalba hasta el de Pánuco, que es la costa abajo adonde ciertos españoles, por mandado de Francisco de Garay, fueron a poblar, de que en adelante a vuestra alteza haré relación. E para más me certificar de las cosas de aquella provincia y puerto, y de la voluntad de los naturales della, y de las otras cosas necesarias a la población, torné a enviar ciertas personas de las de mi compañía, que tenían alguna experiencia para alcanzar lo susodicho. Los cuales fueron con los mensajeros que aquel señor Tuchintecla me había enviado, y con algunas cosas que yo les di para él. E llegados, fueron del bien recibidos, y tornaron a ver y sondar el puerto y río, y ver los asientos que había en él para hacer el pueblo. E de todo me trajeron verdadera y larga relación, e dijeron que había todo lo necesario para poblar. E que el señor de la provincia estaba muy contento, y con mucho deseo de servir a vuestra alteza. E venidos con esta relación, luego despaché un capitán con ciento y cincuenta hombres, para que fuesen a trazar y formar el pueblo y hacer una fortaleza; porque el señor de aquella provincia se me había ofrecido de la facer, y asimismo todas las cosas que fuesen necesarias y le mandasen, y aun hizo seis en el asiento que para el pueblo señalaron; y dijo que era muy contento que fuésemos allí a poblar y estar en su tierra.
Cacamazin y el vasallaje de los señores
En los capítulos pasados, muy poderoso señor, dije cómo al tiempo que yo iba a la gran ciudad de Temixtitán me había salido al camino un gran señor, que venía de parte de Muteczuma, e según lo que después del supe, él era muy cercano deudo de Muteczuma, y tenía su señorío junto al del dicho Muteczuma, cuyo nombre era Haculuacan. E la cabeza del es una muy gran ciudad que está junto a esta laguna salada, que hay desde ella, yendo en canoas por la dicha laguna hasta la dicha ciudad de Temixtitán, seis leguas, y por la tierra diez. E llámase esta ciudad Tezcuco, y será de hasta treinta mil vecinos. Tienen, señor, en ella muy maravillosas casas y mezquitas, y oratorios muy grandes y muy bien labrados. Hay muy grandes mercados; y demás desta ciudad, tiene otras dos, la una a tres leguas desta de Tezcuco, que se llama Acuruman, y la otra a seis leguas, que se dice Otumpa. Terna cada una destas hasta tres mil o cuatro mil vecinos. Tiene la dicha provincia y señorío de Haculuacan otras aldeas y alquerías en mucha cantidad, y muy buenas tierras y sus labranzas. E confina este señorío por la una parte con la provincia de Tascaltecal, de que ya a vuestra majestad he dicho.
Y este señor, que se dice Cacamazin, después de la prisión de Muteczuma se rebeló, así contra el servicio de vuestra alteza, a quien se había ofrecido, como contra el dicho Muteczuma. Y puesto que por muchas veces fue requerido que viniese a obedecer los reales mandatos de vuestra majestad, nunca quiso, aunque, demás de lo que yo le enviaba a requerir, el dicho Muteczuma se lo enviaba a mandar; antes respondía que si algo le querían, que fuesen a su tierra, y que allá verían para cuánto era, y el servicio que era obligado a hacer. E según yo me informé, tenía gran copia de gente de guerra junta, y todos para ella bien a punto. Y como por amonestaciones ni requerimientos yo no le pude atraer, hablé al dicho Muteczuma, y le pedí su parecer de lo que debíamos facer para que aquel no quedase sin castigo de su rebelión. El cual me respondió que quererle tomar por guerra, que se ofrecía mucho peligro; porque él era gran señor, y tenía muchas fuerzas y gente, y que no se podía tomar tan sin peligro, que no muriese mucha gente.
Pero que él tenía en su tierra del dicho Cacamazin muchas personas principales que vivían con él y les daba su salario; que él fablaría con ellos para que atrajesen alguna de la gente del dicho Cacamazin a sí; y que traída, y estando seguros, que aquellos favorecerían nuestro partido, y se podría prender seguramente. E así fue, que el dicho Muteczuma hizo sus conciertos de tal manera, que aquellas personas atrajeron al dicho Cacamazin a que se juntase con ellos en la dicha ciudad de Tezcuco, para dar orden en las cosas que convenían a su estado, como personas principales, y que les dolía que él hiciese cosas por donde perdiese. E así se juntaron en una muy gentil casa del dicho Cacamazin que está junto a la costa de la laguna. Y es de tal manera edificada, que por debajo de toda ella navegan las canoas, y salen a la dicha laguna: allí secretamente tenían aderezadas ciertas canoas con mucha gente apercebida para si el dicho Cacamazin quisiese resistir la prisión. Y estando en su consulta, lo tomaron todos aquellos principales antes que fuesen sentidos de la gente del dicho Cacamazin, y lo metieron en aquellas canoas, y salieron a la laguna, y pasaron a la gran ciudad, que, como yo dije, está seis leguas de allí.
E llegados, lo pusieron en unas andas, como su estado requería o lo acostumbraban, y me lo trujeron; al cual yo hice echar unos grillos y poner a mucho recaudo. E tomado el parecer de Muteczuma, puse en nombre de vuestra alteza en aquel señorío a un hijo suyo que se decía Cucuzcacin. Al cual hice que todas las comunidades y señores de la dicha provincia y señorío le obedeciesen por señor hasta tanto que vuestra alteza fuese servido de otra cosa. E así se hizo, que de allí adelante todos lo tuvieron y lo obedecieron por señor, como al dicho Cacamazin; y él fue obediente en todo lo que yo de parte de vuestra majestad le mandaba.
Pasados algunos pocos días después de la prisión deste Cacamazin, el dicho Muteczuma hizo llamamiento y congregación de todos los señores de las ciudades y tierras allí comarcanas; y juntos, me envió a decir que subiese donde él estaba con ellos, e llegado yo, les habló en esta manera:
"Hermanos y amigos míos, ya sabéis que de mucho tiempo a acá vosotros y vuestros padres y abuelos habéis sido y sois súbditos y vasallos de mis antecesores y míos, e siempre dellos y de mí habéis sido muy bien tratados y honrados, e vosotros asimismo habéis hecho lo que buenos y leales vasallos son obligados a sus naturales señores, e también creo que de vuestros antecesores teméis memoria cómo nosotros no somos naturales desta tierra, e que vinieron a ella de otra muy lejos, y los trajo un señor, que en ella los dejó, cuyos vasallos todos eran; el cual volvió dende a mucho tiempo, y halló que nuestros abuelos estaban ya poblados y asentados en esta tierra, y casados con las mujeres desta tierra, y tenían mucha multiplicación de fijos; por manera que no quisieron volverse con él, ni menos lo quisieron recibir por señor de la tierra; y él se volvió y dejó dicho que tornaría o enviaría con tal poder, que los pudiese costreñir y atraer a su servicio.
E bien sabéis que siempre lo hemos esperado, y según las cosas que el capitán nos ha dicho de aquel rey y señor que le envió acá, y según la parte de do él dice que viene, tengo por cierto, y así lo debéis vosotros tener, que aqueste es el señor que esperábamos, en especial que nos dice que allá tenía noticia de nosotros. E pues nuestros predecesores no hicieron lo que a su señor eran obligados, hagámoslo nosotros, y demos gracias a nuestros dioses porque en nuestros tiempos vino lo que tanto aquellos esperaban. Y mucho os ruego, pues a todos os es notorio todo esto, que así como hasta aquí a mí me habéis tenido y obedecido por señor vuestro, de aquí adelante tengáis y obedezcáis a este gran rey, pues él es vuestro natural señor, y en su lugar tengáis a este su capitán; y todos los tributos y servicios que fasta aquí a mí me hacíades, los haced y dad a él, porque yo asimismo tengo de contribuir y servir con todo lo que me mandare; y demás de facer lo que debéis y sois obligados, a mí me haréis en ello mucho placer.»
Lo cual todo les dijo llorando con las mayores lágrimas y suspiros que un hombre podía manifestar, e asimismo todos aquellos señores que le estaban oyendo lloraban tanto, que en gran rato no le pudieron responder. Y certifico a vuestra sacra majestad que no había tal de los españoles que oyese el razonamiento, que no hobiese mucha compasión. Y después de algo sosegadas sus lágrimas, respondieron que ellos lo tenían por su señor, y habían prometido de hacer todo lo que les mandase; y que por esto y por la razón que para ello les daba, que eran muy contentos de lo hacer; e que desde entonces para siempre se daban ellos por vasallos de vuestra alteza, y desde allí todos juntos, y cada uno por sí, prometían, y prometieron, de hacer y cumplir todo aquello que con el real nombre de vuestra majestad les fuese mandado, como buenos y leales vasallos lo deben hacer, y de acudir con todos los tributos y servicios que antes al dicho Muteczuma hacían y eran obligados, con todo lo demás que les fuese mandado en nombre de vuestra alteza. Lo cual todo pasó ante un escribano público, y lo asentó por auto en forma, y yo lo pedí así por testimonio en presencia de muchos españoles.
Pasado este auto y ofrecimiento que estos señores hicieron al real servicio de vuestra majestad, hablé un día al dicho Muteczuma, y le dije que vuestra alteza tenía necesidad de oro, por ciertas obras que mandaba hacer, y que le rogaba que enviase algunas personas de los suyos, y que yo enviaría asimismo algunos españoles por las tierras y casas de aquellos señores que allí se habían ofrecido, a les rogar que de lo que ellos tenían sirviesen a vuestra majestad con alguna parte; porque demás de la necesidad que vuestra alteza tenía, parecería que ellos comenzaban a servir, y vuestra alteza tendría más concepto de las voluntades que a su servicio mostraban, y que él asimismo me diese de lo que tenía, porque lo quería enviar, como el oro y como las otras cosas que había enviado a vuestra majestad con los pasajeros.
E luego mandó que le diese los españoles que quería enviar, y de dos en dos y de cinco en cinco los repartió para muchas provincias y ciudades, de cuyos nombres, por se haber perdido las escrituras, no me acuerdo, porque son muchos y diversos, más de que algunas dellas estaban a ochenta y a cien leguas de la dicha gran ciudad de Temixtitán, e con ellos envió de los suyos, y les mandó que fuesen a los señores de aquellas provincias y ciudades, y les dijese cómo yo mandaba que cada uno dellas diese cierta medida de oro, que les dio.
E así se hizo, que todos aquellos señores a que él envió dieron muy cumplidamente lo que se les pidió así en joyas como en tejuelos y hojas de oro y plata, y otras cosas de las que ellos tenían, que fundido todo lo que era para fundir, cupo a vuestra majestad del quinto treinta y dos mil y cuatrocientos y tantos pesos de oro, sin todas las joyas de oro y plata, y plumajes y piedras y otras muchas cosas de valor, que para vuestra sacra majestad yo asigné y aparté, que podrían valer cien mil ducados y más suma; las cuales, demás de su valor, eran tales y tan maravillosas, que consideradas por su novedad y extrañeza no tenían precio, ni es de creer que alguno de todos los príncipes del mundo de quien se tiene noticia las pudiese tener tales y de tal calidad.
Y no le parezca a vuestra alteza fabuloso lo que digo, pues es verdad que todas las cosas criadas así en la tierra como en la mar, de que el dicho Muteczuma pudiese tener conocimiento, tenía contrahechas muy al natural, así de oro y plata, como de pedrería y de plumas, en tanta perfección, que casi ellas mismas parecían; de las cuales todas me dio para vuestra alteza mucha parte, sin otras que yo le di figuradas, y él las mandó hacer de oro, así como imágenes, crucifijos, medallas, joyeles y collares, y otras muchas cosas de las nuestras que les hice contra facer. Cupieron asimismo a vuestra alteza, del quinto de la plata que se hobo, ciento y tantos marcos, los cuales hice labrar a los naturales de platos grandes y pequeños, y escudillas y tazas y cucharas, y lo labraron tan perfecto como se lo podíamos dar a entender.
Demás desto, me dio el dicho Muteczuma mucha ropa de la suya, que era tal, que considerada ser toda de algodón y sin seda, en todo el mundo no se podía hacer ni tejer otra tal, ni de tantas ni tan diversas y naturales colores ni labores; en que había ropas de hombres y mujeres muy maravillosas, y había paramentos para camas, que hechos de seda no se podían comparar; e había otros paños, como de tapicería, que podían servir en salas y en iglesias; había colchas y cobertores de camas, así de pluma como de algodón, de diversas colores, asimismo muy maravillosas, y otras muchas cosas, que, por ser tantas y tales, no las sé significar a vuestra majestad. También me dio una docena de cerbatanas, de las con que él tiraba, que tampoco no sabré decir a vuestra alteza su perfección, porque eran todas pintadas de muy excelentes pinturas y perfectos matices, en que había figuradas muchas maneras de avecicas y animales y árboles y flores y otras diversas cosas, y tenían los brocales y puntería tan grandes como un geme de oro, y en el medio otro tanto muy labrado. Dióme para con ellas un carniel de red de oro para los bodoques, que también me dijo que me había de dar de oro; e dióme unas turquesas de oro y otras muchas cosas cuyo número es casi infinito.
La gran ciudad de Temixtitán
Porque para dar cuenta, muy poderoso señor, a vuestra real excelencia de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas desta gran ciudad de Temixtitán, y del señorío y servicio deste Muteczuma, señor della, y de los ritos y costumbres que esta gente tiene, y de la orden que en la gobernación así desta ciudad como de las otras que eran deste señor, hay, sería menester mucho tiempo, y ser muchos relatores y muy expertos: no podré yo decir de cien partes una de las que dellas se podrían decir; mas como pudiere, diré algunas cosas de las que vi, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración, que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros propios ojos las vemos, no las podemos con el entendimiento comprehender. Pero puede vuestra majestad ser cierto que si alguna falta en mi relación hobiere, que será antes por corto que por largo, así en esto como en todo lo demás de que diere cuenta a vuestra alteza, porque me parecía justo a mi príncipe y señor decir muy claramente la verdad, sin interponer cosas que la disminuyan ni acrecienten.
Antes que comience a relatar las cosas desta gran ciudad y las otras que en este otro capítulo dije, me parece, para que mejor se puedan entender, que débese decir de la manera de México, que es donde esta ciudad y algunas de las otras que he fecho relación están fundadas, y donde está el principal señorío deste Muteczuma. La cual dicha provincia es redonda y está toda cercada de muy altas y ásperas sierras, y lo llano della terna en torno fasta setenta leguas, y en el dicho llano hay dos lagunas que casi lo ocupan todo, porque tienen canoas en torno más de cincuenta leguas. E la una destas dos lagunas es de agua dulce, y la otra, que es mayor, es de agua salada. Divídelas por una parte una cuadrillera pequeña de cerros muy altos que están en medio desta llanura, y al cabo se van a juntar las dichas lagunas en un estrecho de llano que entre estos cerros y las sierras altas se hace; el cual estrecho terna un tiro de ballestas, e por entre la una laguna y la otra, e las ciudades y otras poblaciones que están en las dichas lagunas, contratan las unas con las otras en sus canoas por el agua, sin haber necesidad de ir por la tierra. E porque esta laguna salada grande crece y mengua por sus mareas según hace la mar, todas las crecientes corre el agua della a la otra dulce, tan recio como si fuese caudaloso río, y por consiguiente a las menguantes va la dulce a la salada.
Esta gran ciudad de Temixtitán está fundada en esta laguna salada, y desde la Tierra Firme hasta el cuerpo de la dicha ciudad, por cualquiera parte que quisieren entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cuatro entradas, todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lanzas jinetas. Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba. Son las calles della, digo las principales, muy anchas y muy derechas, y algunas destas y todas las demás son la mitad de tierra, y por la otra mitad es agua, por la cual andan en sus canoas, y todas las calles de trecho a trecho están abiertas por do atraviesa el agua de las unas a las otras, e en todas estas aberturas, que algunas son muy anchas, hay sus puentes de muy anchas y muy grandes vigas juntas y recias y bien labradas; y tales, que por muchas dellas pueden pasar diez de caballo juntos a la par.
E viendo que si los naturales desta ciudad quisiesen hacer alguna traición, tenían para ello mucho aparejo, por ser la dicha ciudad edificada de la manera que digo, y que quitadas las puentes de las entradas y salidas, nos podrían dejar morir de hambre sin que pudiésemos salir a la tierra, luego que entre en la dicha ciudad di mucha priesa a facer cuatro bergantines, y los fice en muy breve tiempo, tales que podían echar trecientos hombres en la tierra y llevar los caballos cada vez que quisiésemos. Tiene esta ciudad muchas plazas, donde hay continuos mercados y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan, así de mantenimientos como de vituallas, joyas de oro y de plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles y de plumas; véndese tal piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y por labrar de diversas maneras.
Hay calle de caza donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codornices, lavancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuela, papagayos, buharos, águilas, falcones, gavilanes y cernícalos, y de algunas aves destas de rapiña venden los cueros con su pluma y cabezas y pico y uñas. Venden conejos, liebres, venados y perros pequeños, que crían para comer castrados. Hay calle de harbolarios, donde hay todas las raíces y yerbas medicinales que en la tierra se hallan. Hay casas como de boticarios donde se venden las medicinas hechas, así potables como ungüentos y emplastos. Hay casas como de barberos, donde lavan y rapan las cabezas. Hay casas donde dan de comer y beber por precio. Hay hombres como los que llaman en Castilla ganapanes, para traer cargas. Hay mucha leña, carbón, braseros, de barro y esteras de muchas maneras para camas, y otras más delgadas para asiento y para esterar salas y cámaras. Hay todas las maneras de verduras que se fallan, especialmente cebollas, puerros, ajos, mastuerzo, berros, borrajas, acederas y cardos y tagarninas. Hay frutas de muchas maneras, en que hay cerezas y ciruelas que son semejables a las de España.
Venden miel de abejas y cera, y miel de cañas de maíz, que son tan melosas y dulces como las de azúcar, y miel de unas plantas que llaman en las otras y estas maguey, que es muy mejor que arrope; y destas plantas facen azúcar y vino, que asimismo venden. Hay a vender muchas maneras de filado de algodón de todas colores en sus madejicas, que parece propriamente alcaicería de Granada en las sedas, aunque esto otro es en mucha más cantidad. Venden colores para pintores cuantas se pueden hallar en España, y de tan excelentes matices cuanto pueden ser. Venden cueros de venado con pelo y sin él, teñidos, blancos y de diversas colores. Venden mucha loza, en gran manera muy buena; venden muchas vasijas de tinajas grandes y pequeñas, jarros, ollas, ladrillos y otras infinitas maneras de vasijas, todas de singular barro, todas o las más vedriadas y pintadas. Venden maíz en grano y en pan, lo cual hace mucha ventaja, así en el grano como en el sabor, a todo lo de las otras islas y Tierra Firme. Venden pasteles de aves y empanadas de pescado. Venden mucho pescado fresco y salado, crudo y guisado.
Venden huevos de gallinas y de ánsares y de todas las otras aves que he dicho, en gran cantidad; venden tortillas de huevos fechas. Finalmente, que en los dichos mercados se venden todas cuantas cosas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho, son tantas y de tantas calidades, que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria, y aun por no saber poner los nombres, no las expreso. Cada género de mercaduría se vende en su calle, sin que entremetan otra mercaduría ninguna, y en esto tienen mucha orden. Todo lo venden por cuenta y medida, excepto que fasta agora no se ha visto vender cosa alguna por peso. Hay en esta gran plaza una muy buena casa como de audiencia, donde están siempre sentados diez o doce personas, que son jueces y libran todos los casos y cosas que en el dicho mercado acaecen, y mandan castigar los delincuentes. Hay en la dicha plaza otras personas que andan continuo entre la gente mirando lo que se vende y las medidas con que miden lo que venden, y se ha visto quebrar alguna que estaba falsa.
Hay en esta gran ciudad muchas mezquitas o casas de sus ídolos, de muy hermosos edificios, por las colaciones y barrios della, y en las principales della hay personas religiosas de su secta, que residen continuamente en ellas; para los cuales, demás de las casas donde tienen sus ídolos, hay muy buenos aposentos. Todos estos religiosos visten de negro, y nunca cortan el cabello ni lo peinan desque entran en la religión hasta que salen, y todos los hijos de las personas principales, así señores como ciudadanos honrados, están en aquellas religiones y hábito desde edad de siete u ocho años fasta que los sacan para los casar, y esto más acaece en los primogénitos que han de heredar las casas que en los otros. No tienen acceso a mujer, ni entra ninguna en las dichas casas de religión. Tienen abstinencia en no comer ciertos manjares, y más en algunos tiempos del año que no en los otros; y entre estas mezquitas hay una, que es la principal, que no hay lengua humana que sepa explicar la grandeza y particularidades della; porque es tan grande, que dentro del circuito della, que es todo cercado de muro muy alto, se podía muy bien facer una villa de quinientos vecinos. Tiene dentro deste circuito, toda a la redonda, muy gentiles aposentos, en que hay muy grandes salas y corredores, donde se aposentan los religiosos que allí están. Hay bien cuarenta torres muy altas y bien obradas, que la mayor tiene cincuenta escalones para subir al cuerpo de la torre; la más principal es más alta que la torre de la iglesia mayor de Sevilla. Son tan bien labradas, así de cantería como de madera, que no pueden ser mejor hechas ni labradas en ninguna parte, porque toda la cantería de dentro de las capillas donde tienen los ídolos es de imaginería y zaquizamíes, y el maderamiento es todo de mazonería y muy picado de cosas de monstruos y otras figuras y labores. Todas estas torres son enterramiento de señores, y las capillas que en ellas tienen, son dedicadas cada una a su ídolo, a que tienen devoción.
Hay tres salas dentro desta gran mezquita, donde están los principales ídolos, de maravillosa grandeza y altura, y de muchas labores y figuras esculpidas, así en la cantería como en el maderamiento, y dentro destas salas están otras capillas que las puertas por do entran a ellas son muy pequeñas, y ellas asimismo no tienen claridad alguna, y allí no están sino aquellos religiosos, y no todos; y dentro destas están los bultos y figuras de los ídolos, aunque, como he dicho, de fuera hay también muchos. Los más principales destos ídolos, y en quien ellos más fe y creencia tenían, derroqué de sus sillas y los fice echar por las escaleras abajo, e fice limpiar aquellas capillas donde los tenían, porque todas estaban llenas de sangre, que sacrifican, y puse en ellas imágenes de nuestra Señora y de otros santos, que no poco el dicho Muteczuma y los naturales sintieron; los cuales primero me dijeron que no lo hiciese, porque si se sabía por las comunidades, se levantarían contra mí, porque tenían que aquellos ídolos les daban todos los bienes temporales, y que dejándolos maltratar, se enojarían y no les darían nada, y les sacarían los frutos de la tierra, y moriría la gente de hambre.
Yo les hice entender con las lenguas cuán engañados estaban en tener su esperanza en aquellos ídolos, que eran hechos por sus manos, de cosas no limpias, e que habían de saber que había un solo Dios, universal Señor de todos, el cual había criado el cielo y la tierra y todas las cosas, e hizo a ellos y a nosotros, y que éste era sin principio e inmortal, y que a él habían de adorar y creer, y no a otra criatura ni cosa alguna; y les dije todo lo demás que yo en este caso supe, para los desviar de sus idolatrías, y atraer al conocimiento de Dios nuestro Señor; y todos, en especial el dicho Muteczuma, me respondieron que ya me habían dicho que ellos no eran naturales desta tierra, y que había muchos tiempos que sus predecesores habían venido a ella, y que bien creían que podrían estar errados en algo de aquello que tenían, por haber tanto tiempo que salieron de su naturaleza, y que yo, como más nuevamente venido, sabría mejor las cosas que debían tener y creer, que no ellos; que se las dijese y hiciese entender; que ellos harían lo que yo les dijese que era lo mejor.
Y el dicho Muteczuma y muchos de los principales de la ciudad estuvieron conmigo hasta quitarlos ídolos y limpiar las capillas y poner las imágenes, y todo con alegre semblante, y les defendí que no matasen criaturas a los ídolos, como acostumbraban; porque, demás de ser muy aborrecible a Dios, vuestra sacra majestad por sus leyes lo prohibe y manda que el que matare lo maten, E de ahí adelante se apartaron dello, y en todo el tiempo que yo estuve en la dicha ciudad, nunca se vio matar ni sacrificar alguna criatura. Los bultos y cuerpos de los ídolos en quien estas gentes creen, son de muy mayores estaturas que el cuerpo de un gran hombre. Son hechos de masa de todas las semillas y legumbres que ellos comen, molidas y mezcladas unas con otras, y amásanlas con sangre de corazones de cuerpos humanos, los cuales abren por los pechos vivos y les sacan el corazón, y de aquella sangre que sale del amasan aquella harina, y así hacen cierta cantidad cuanta basta para facer aquellas estatuas grandes. E también después de hechas les ofrecían más corazones, que asimismo les sacrificaban, y les untan las caras con la sangre. A cada cosa tienen su ídolo dedicado, al uso de los gentiles, que antiguamente honraban sus dioses.
Por manera, que para pedir favor para la guerra tienen un ídolo, y para sus labranzas otro; y así, para cada cosa de las que ellos quieren o desean que se hagan bien, tienen sus ídolos, a quien honran y sirven.
Hay en esta gran ciudad muchas casas muy buenas y muy grandes, y la causa de haber tantas casas principales es que todos los señores de la tierra vasallos del dicho Muteczuma tienen sus casas en la dicha ciudad, y residen en ella muchos ciudadanos ricos, que tienen asimismo muy buenas casas. Todos ellos, demás de tener muy buenos y grandes aposentamientos, tienen muy gentiles vergeles de flores de diversas maneras, así en los aposentamientos altos como bajos. Por la una calzada que a esta gran ciudad entran, vienen dos caños de argamasa, tan anchos como dos pasos cada uno; y tan, altos casi como un estado, y por el uno dellos viene un golpe de agua dulce muy buena, del gordor de un cuerpo de hombre, que va a dar al cuerpo de la ciudad, de que se sirven y beben todos. El otro, que ya vacío, es para cuando quieren limpiar el otro caño, porque echan por allí el agua en tanto que se limpia; y porque el agua ha de pasar por las puentes, a causa de las quebradas, por do atraviesa el agua salada, echan la dulce por unas canales tan gruesas como un buey, que son de la longura de las dichas puentes, y así se sirve toda la ciudad.
Traen a vender el agua por canoas por todas las calles, y la manera de cómo la toman del caño es, que llegan las canoas debajo de las puentes por do están las canales, y de allí hay hombres en lo alto que hinchen las canoas, y les pagan por ello su trabajo. En todas las entradas de la ciudad y en las partes donde descargan las canoas, que es donde viene la más cantidad de los mantenimientos que entran en la ciudad, hay chozas hechas, donde están personas por guardas y que reciben certum quid de cada cosa que entra. Esto no sé si lo lleva el señor o si es proprio para la ciudad; porque hasta ahora no lo he alcanzado; pero creo que para el señor, porque en otros mercados de otras provincias se ha visto coger aquel derecho para el señor dellas. Hay en todos los mercados y lugares públicos de la dicha ciudad, todos los días, muchas personas trabajadores y maestros de todos oficios, esperando quién los alquile por sus jornales.
La gente desta ciudad es de más manera y primor en su vestido y servicio que no la otra destas provincias y ciudades, porque como allí estaba siempre este señor Muteczuma y todos los señores sus vasallos ocurrían siempre a la ciudad, había en ella más manera y policía en todas las cosas. Y por no ser más prolijo en la relación de las cosas desta gran ciudad (aunque no acabaría tan aína) no quiero decir más sino que en su servicio y trato de la gente della hay la manera casi de vivir que en España, y con tanto concierto y orden como allá, y que considerando esta gente ser bárbara y tan apartada del conocimiento de Dios y de la comunicación de otras naciones de razón, es cosa admirable ver la que tienen en todas las cosas.
La casa y el servicio de Muteczuma
En lo del servicio de Muteczuma y de las cosas de admiración que tenía por grandeza y estado, hay tanto que escribir, que certifico a vuestra alteza que yo no sé por do comenzar, que pueda acabar de decir alguna parte dellas; porque, como ya he dicho, ¿qué más grandeza puede ser, que un señor bárbaro como este tuviese contrahechas de oro y plata y piedras y plumas todas las cosas que debajo del cielo hay en su señorío, tan al natural lo de oro y plata, que no hay platero en el mundo que mejor lo hiciese; y lo de las piedras, que baste juicio comprehender con qué instrumentos se hiciese tan perfecto; y lo de pluma, que ni de cera ni en ningún hernán se podría hacer tan maravillosamente? El señorío de tierras que este Muteczuma tenía, no se ha podido alcanzar cuánto era, porque a ninguna parte, docientas leguas de un cabo y de otro de aquella su gran ciudad, enviaba sus mensajeros, que no fuese cumplido su mandado, aunque había algunas provincias en medio destas tierras, con quien él tenía guerra.
Pero que se alcanzó, y yo del pude comprehender, era su señorío tanto casi como España, porque hasta sesenta leguas desta parte de Putunchan, que es él río de Gríjalba, envió mensajeros a que se diesen por vasallos de vuestra majestad los naturales de una ciudad que se dice Cumatán; que había desde la gran ciudad a ella docientas y treinta leguas; porque las ciento y cincuenta yo he fecho andar a los españoles. Todos los más de los señores destas tierras y provincias, en especial los comarcanos, residían, como ya he dicho, mucho tiempo del año en aquella gran ciudad, e todos o los más tenían sus hijos primogénitos en el servicio del dicho Muteczuma. En todos los señoríos destos señores tenía fuerzas hechas, y en ellas gente suya, y sus gobernadores y cogedores del servicio y renta que de cada provincia le daban, y había cuenta y razón de lo que cada uno era obligado a dar, porque tienen caracteres y figuras escritas en el papel que facen, por donde se entienden. Cada una destas provincias servía con su género de servicio, según la calidad de la tierra; por manera que a su poder venía toda suerte de cosas que en las dichas provincias había.
Era tan temido de todos, así presentes como ausentes, que nunca príncipe del mundo lo fue más. Tenía, así fuera de la ciudad como dentro, muchas casas de placer, y cada una de su manera de pasatiempo, tan bien labradas cuanto se podría decir, y cuales requerían ser para un gran príncipe y señor. Tenía dentro de la ciudad sus casas de aposentamiento, tales y tan maravillosas, que me parecería casi imposible poder decir la bondad y grandeza della. E por tanto no me porné en expresar cosas della, más de que en España no hay su semejable. Tenía una casa poco menos buena que esta, donde tenía un muy hermoso jardín con ciertos miradores que salían sobre él, y los mármoles y losas dellos eran de jaspe, muy bien obradas. Había en esta casa aposentamientos para aposentar dos muy grandes príncipes con todo su servicio.
En esta casa tenía diez estanques de agua, donde tenía todos los linajes de aves de agua que en estas partes se hallan, que son muchos y diversos, todas domésticas; y para las aves que se crían en la mar eran los estanques de agua salada, y para las de ríos, lagunas de agua dulce, la cual agua vaciaban de cierto a cierto tiempo por la limpieza, y la tornaban a henchir por sus caños; y a cada género de aves se daba aquel mantenimiento que era propio a su natural y con que ellas en el campo se mantenían. De forma que a las que comían pescado se lo daban, y las que gusanos, gusanos, y las que maíz, maíz, y las que otras semillas más menudas, por consiguiente se las daban. E certifico a vuestra alteza que a las aves que solamente comían pescado se les daba cada día diez arrobas del, que se toma en la laguna salada. Había para tener cargo destas aves trecientos hombres, que en ninguna otra cosa entendían. Había otros hombres que solamente entendían en curar las a aves que adolecían. Sobre cada alberca y estanques de estas aves había sus corredores y miradores muy gentilmente labrados, donde el dicho Muteczuma se venía a recrear y a las ver.
Tenía en esta casa un cuarto en que tenía hombres y mujeres y niños, blancos de su nacimiento en el rostro y cuerpo y cabellos y cejas y pestañas. Tenía otra casa muy hermosa, donde tenía un gran patio losado de muy gentiles losas, todo él hecho a manera de un juego de ajedrez. E las casas eran hondas cuanto estado y medio, y tan grandes como seis pasos en cuadra; e la mitad de cada una destas casas era cubierta el soterrado de losas, y la mitad que quedaba por cubrir tenía encima una red de palo muy bien hecha; y en cada una destas casas había una ave de rapiña, comenzando de cernícalo hasta a águila, todas cuantas se hallan en España, y muchas más raleas que allá no se han visto. E dé cada una de estas raleas había mucha cantidad, y en lo cubierto de cada una destas casas había un palo, como alcandra, y otro fuera debajo de la red, que en el uno, estaban de noche y cuando llovía, y en él otro se podían salir al sol y al aire a curarse. A todas estas aves daban todos los días de comer gallinas, y no otro mantenimiento.
Había en esta casa ciertas salas grandes, bajas, todas llenas de jaulas grandes, de muy gruesos maderos, muy bien labrados dos encajados, y en todas o en las más había leones, tigres, lobos, zorras y gatos de diversas maneras, - y de todos en cantidad; a las cuales daban de comer gallinas cuantas les bastaban. Y para estos animales y aves había otros trecientos hombres, que tenían cargo dellos. Tenía otra casa donde tenía muchos hombres y mujeres monstruos, en que había enanos, corcovados y contrahechos, y otros con otras disformidades, y cada, una manera de monstruos en su cuarto por sí; e también había para estos personas dedicadas para tener cargo dellos. E las otras cosas de placer que tenía en su ciudad dejo de decir, por ser muchas y de muchas calidades. La manera de su servicio era que todos los días luego en amaneciendo eran en su casa de seiscientos señores y personas principales, los cuales se sentaban, y otros andaban por unas salas y corredores que habían en la dicha casa, y allí estaban, hablando y pasando tiempo, sin entrar donde su persona estaba. Y los servidores destos y personas de quien se acompañaban henchían dos o tres grandes patios y la calle, que era muy grande.
Y estos estaban sin salir de allí todo el día hasta la noche, E al tiempo que traían de comer al dicho Muteczuma, asimismo lo traían a todos aquellos señores tan complidamente cuanto a su persona, y también a los servidores y gentes destas les daban sus raciones. Había cotidianamente la dispensa y botillería abierta para todos aquellos que quisiesen comer y beber. La manera cómo les daban de comer, es que venían trecientos o cuatrocientos mancebos con el manjar, que era sin cuento, porque todas las veces que comía y cenaba le traían de todas las maneras de manjares, así de carnes como de pescados y frutas y yerbas que en toda la tierra se podían haber. Y porque la tierra es fría, traían debajo de cada plato y escudilla de manjar un braserico con brasa, porque no se enfríase. Ponían todos los manjares juntos en una gran sala en que él comía, que en sí toda se henchía, la cual estaba toda muy bien esterada y muy limpia, y él estaba sentado en una almohada de cuero pequeña muy Muy bien hecha. Al tiempo que comían estaban allí desviados de él cinco o seis señores ancianos, a los cuales él daba de lo que comía.
Y estaba en, pie uno de aquellos servidores que le ponía y alzaba los manjares, y pedía a los otros que estaban, afuera lo que era necesario para el servicio. E al principio y fin de la comida y cena siempre le daban agua a manos, y con la toalla que una vez se limpiaba nunca se limpiaba más, ni tampoco los platos y escudillas en que le traían una vez el manjar se los tornaban a traer, sino siempre nuevos, y así hacían de los brasericos Vestíase todos los días cuatro maneras de vestiduras, todas nuevas; y nunca más se las vestía otra vez. Todos los señores que entraban en su casa no entraban calzados, y cuando iban delante del algunos que él enviaba a llamar, llevaban la cabeza y ojos inclinados, y el cuerpo muy humillado, y hablando con él no le miraban a la cara; lo cual hacían por mucho acatamiento y reverencia. Y sé que lo hacían por este respeto, porque ciertos señores reprehendían a los españoles, diciendo que cuando hablaban conmigo estaban exentos, mirándome a la cara, que parecía desacatamiento y poca vergüenza.
Cuando salía fuera el dicho Muteczuma, que era pocas veces, todos los que iban con él y los que topaba por las calles le volvían el rostro, y en ninguna manera le miraban, y todos los demás se postraban hasta que él pasaba. Llevaba siempre delante sí un señor de aquellos con tres varas delgadas altas, que creo se hacia porque se supiese que iba allí su persona Y cuando lo descendían de las andas, tomaba la una en la mano y llevábala hasta dónde iba. Eran tantas y tan diversas las maneras y ceremonias que este señor tenía en su servicio, que era necesario más espacio del que yo al presente tengo para les relatar, y aun mejor memoria para las retener, porque ninguno de los soldanes ni otro ningún señor infiel de los que hasta agora se tiene noticia, no creo que tantas ni tales ceremonias en servicio tengan.
En esta gran ciudad estuve proveyendo las cosas que parecía que convenía al servicio de vuestra sacra majestad, y pacificando y atrayendo a él muchas provincias, y tierras pobladas de muchas y muy grandes ciudades y villas y fortalezas, y descubriendo minas, y sabiendo y inquiriendo muchos secretos de las tierras del señorío de este Muteczuma, como de otras que con él confinaban, y él tenía noticia; que son tantas y tan maravillosas, que son casi increíbles, y todo con tanta voluntad y contentamiento del dicho Muteczuma y de todos los naturales de las dichas tierras, como si de ab initio hobieran conocido a vuestra sacra majestad por su rey y señor natural; y no con menos voluntad hacían todas las cosas que en su real nombre les mandaba.
En las cuales dichas cosas, y en otras no menos útiles al real servicio de vuestra alteza, gasté desde 8 de noviembre de 1519 hasta entrante el mes de mayo deste presente, que estando en toda quietud y sosiego en esta dicha ciudad, teniendo repartidos muchos de los españoles por muchas y diversas partes, pacificando y poblando esta tierra con mucho deseo que viniesen navíos con la respuesta de la relación que a vuestra majestad había hecho desta tierra, para con ellos enviar la que agora envio, y todas las cosas de oro y joyas que en ella había habido para vuestra alteza; vinieron a mí ciertos naturales desta tierra, vasallos del dicho Muteczuma, de los que en la costa de la mar moran y me dijeron cómo junto a las sierras de San Martín, que son en la dicha costa, antes del puerto o bahía de San Juan, habían llegado diez y ocho navíos, y que no sabían quién eran; porque así como los vieron en la mar me lo vinieron a hacer saber; y tras destos dichos indios vino otro natural de la isla Fernandina, el cual me trajo una carta de un español que yo tenía puesto en la costa para que si navíos viniesen, les diesen razón de mí y de aquella villa que allí estaba cerca de aquel puerto, porque no se perdiesen.
En la cual dicha carta se contenía: «Que en tal día había asomado un navío frontero del dicho puerto de San Juan, solo; y que había mirado por toda la costa de la mar, cuanto su vista podía comprehender, y que no había visto otro; y que creía que era la nao que yo había enviado a vuestra sacra majestad, porque ya era tiempo de que viniese. Y que para más certificarse él quedaba esperando que la dicha nao llegase al puerto para se informar della; y que luego vería a me la relación.» Vista esta carta despaché dos españoles, uno por un camino y otro por otro, porque no errasen a algún mensajero si de la nao viniese. A los cuales dije que llegasen hasta el dicho puerto y supiesen cuántos navíos eran llegados y de dónde eran y lo que traían; y se volviesen a la más priesa que fuese posible a me lo hacer saber.
Y asimismo despaché otro a la villa de la Veracruz a les decir lo que de aquellos navíos había sabido, para que de allá asimismo se informasen y me lo hiciesen saber; y otro al capitán que con los ciento y cincuenta hombres enviaba a hacer el pueblo de la provincia y puerto de Quacucalco al cual escribí que doquiera que el dicho mensajero lo alcanzase, se estuviese y no pasase adelante hasta que yo segunda vez le escribiese; porque tenía nueva que eran llegados al puerto ciertos navíos; el cual, según después pareció, ya cuando llegó mi carta sabía de la venida de los dichos navíos. Y enviados estos dichos mensajeros, se pasaron quince días que ninguna cosa supe, ni hobe respuesta de ninguno dellos, de que no estaba poco espantado.
Y pasados estos quince días, vinieron otros indios asimismo vasallos del dicho Muteczuma, de los cuales supe que los dichos navíos estaban ya surtos en el dicho puerto de San Juan, y la gente desembarcada, y traían por copia que había ochenta caballos y ochocientos hombres y diez o doce tiros de fuego, lo cual todo lo traía figurado en un papel de la tierra para lo mostrar al dicho Muteczuma E dijéronme cómo el español que yo tenía puesto en la costa, y los otros mensajeros que yo había enviado, estaban con la dicha gente, y que les habían dicho a estos indios que el capitán de aquella gente no los dejaba venir, y que me lo dijesen.
Y sabido esto, acordé de enviar un religioso que yo truje en mi compañía, con una carta mía y otra de alcaldes y regidores de la villa de la Veracruz, que estaban conmigo en la dicha ciudad; las cuales iban dirigidas al capitán y gente que a aquel puerto había llegado, haciéndoles saber muy por extenso lo que en esta tierra me había sucedido, y cómo tenía muchas ciudades y villas y fortalezas ganadas y conquistadas, y pacíficas, y sujetas al real servicio de vuestra majestad, y preso, al señor principal de todas estas partes; y cómo estaba en aquella gran ciudad, y la cualidad della, y el oro y joyas que para vuestra alteza tenía; y cómo había enviado relación desta tierra a vuestra majestad. E que les pedía por merced me ficiesen saber quién eran, y si eran vasallos naturales de los reinos y señoríos de vuestra alteza, me escribiesen si venían a esta tierra por su real mandado, o a poblar y estar en ella, o si pasaban adelante o habían de volver atrás; o sí traían alguna necesidad, que yo les haría proveer de todo lo que a mí posible fuera. E que si eran de fuera de los reinos de vuestra alteza, asimismo me hiciesen saber si traían alguna necesidad, porque también lo remediaría pudiendo.
Donde no, que les requería de parte de vuestra majestad que luego se fuesen de sus tierras y no saltasen en ellas; con apercibimiento que si así no lo ficiesen, iría contra ellos con todo el poder que yo tuviese, así de españoles como de naturales de la tierra, y los prendería o mataría como extranjeros que se querían entremeter en los reinos y señoríos de mi rey y señor. E partido el dicho religioso con el dicho despacho, dende en cinco días llegaron a la ciudad de Temixtitán veinte españoles de los que en la villa de la Veracruz tenía; los cuales me traían un clérigo y otros dos legos que habían tomado en la dicha villa; de los cuales supe cómo la armada y gente que en el dicho puerto estaba era de Diego Velázquez, que venía por su mandado, y que venía por capitán della un Pánfilo Narváez, vecino de la isla Fernandina.
E que traían ochenta de caballo y muchos tiros de pólvora y ochocientos peones; entre los cuales dijeron que había ochenta escopeteros y ciento y veinte ballesteros, y que venía y se nombraba por capitán general y teniente de gobernador de todas estas partes por el dicho Diego Velázquez, y que para ello traía provisiones de vuestra majestad, e que los mensajeros que yo había enviado, y el hombre que en la costa tenía, estaban con el dicho Pánfilo de Narváez, y no los dejaban venir; el cual se había informado dellos de cómo yo tenía allí aquella villa doce leguas del dicho puerto, y de la gente que en ella estaba, y asimismo da la gente que yo enviaba a Quacucalco; y cómo estaban en una provincia, treinta leguas del dicho puerto, que se dice Tuchitebeque, y de todas las cosas que yo en la tierra había hecho en servicio de vuestra alteza, y las ciudades y villas que yo tenía conquistadas y pacíficas, y de aquella gran ciudad de Temixtitán, y del oro y joyas que en la tierra se había habido; e se había informado dellos de todas las otras cosas que me habían sucedido; e que a ellos les había enviado el dicho Narváez a la dicha villa de la Veracruz, a que si pudiesen, hablasen de su parte a los que en ella estaban, y los atrajesen a su propósito, y se levantasen contra mí; y con ellos me trajeron más de cien cartas que el dicho Narváez y los que con él estaban enviaban a los de la dicha villa, diciendo que diesen crédito a lo que aquel clérigo y los otros que iban con él, de su parte los dijesen; y prometiéndoles que si así lo hiciesen, que por parte del dicho Diego Velázquez, y del en su nombre, les serían hechas muchas mercedes; y los que lo contrario hiciesen, habían de ser muy mal tratados; y otras muchas cosas que en las dichas cartas se contenían, y el dicho clérigo y los que con él venían dijeron.
E casi junto con estos vino un español de los que iban a Quacaculco con cartas del capitán, que era un Juan Velázquez de León; el cual me facia saber cómo la gente que había llegado al puerto era Pánfilo de Narváez, que venía en nombre de Diego Velázquez, con la gente que traían, y me envió una, carta que el dicho Narváez le había enviado, con un indio, como a pariente del dicho Diego Velázquez y cuñado del dicho Narváez, en que por ella le decía cómo de aquellos mensajeros míos había sabido que estaba allí con aquella gente, y luego se fuese con ella a él, porque en ello haría lo que cumplía y lo que era obligado a sus deudos, y que bien creía que yo le tenía por fuerza; y otras cosas que el dicho Cho le escribía; el cual dicho capitán, como más obligado al servicio de vuestra majestad, no solo dejó de aceptar lo que el dicho Narváez por su letra le decía, mas aun luego se partió, después de 168 me haber enviado la carta, para se venir a juntar con toda la gente que tenía conmigo.
E después de me haber informado de aquel clérigo, y de los otros dos que con él venían, de muchas cosas, y de la intención de los del dicho Diego Velázquez y Narváez, y de cómo se habían movido con aquella armada y gente contra mi, porque yo había enviado la relación y cosas desta tierra a vuestra majestad, y no al dicho Diego Velázquez, y cómo venían con dañada voluntad para me matar a mí y a muchos de los de mi compañía, que ya desde allá traían señalados.
E supe asimismo cómo el licenciado Figueroa, juez de residencia en la isla Española, y los jueces y oficiales de vuestra alteza que en ella residen, sabido por ellos cómo el dicho Diego Velázquez hacia la dicha armada, y la voluntad con que la hacia, constándoles el daño y deservicio que de su venida a vuestra majestad podía redundar, enviaron al licenciado Lucas Vázquez de Ayllón, uno de los dichos jueces, con su poder, a requerir y mandar al dicho Diego Velázquez no enviase la dicha armada; el cual vino, y halló al dicho Diego Velázquez con toda la gente armada en la punta de la dicha isla Fernandina, ya que quería pasar, y que allí le requirió a él y a todos los que en la dicha armada venían, que no viniesen, porque dello vuestra alteza era muy deservido, y sobre ello les impuso muchas penas las cuales no obstante, ni todo lo por el dicho licenciado requerido ni mandado, todavía había enviado la dicha armada; e que el dicho licenciado Ayllón estaba en el dicho puerto, que había venido juntamente con ella, pensando de evitar el daño que de la venida de la dicha armada se seguía; porque a él y a todos era notorio el mal propósito y voluntad con que la dicha armada venía; envié al dicho clérigo con una carta mía, para el dicho Narváez, por la cual le decía cómo yo había sabido del dicho clérigo y de los que con él habían venido, cómo el era capitán de la gente que aquella armada traía, y que holgaba que fuese él, porque tenía otro pensamiento, viendo que los mensajeros que yo había enviado no venían; pero que pues él sabía que yo estaba en esta tierra en servicio de vuestra alteza, me maravillaba no me escribiese o enviase mensajero, haciéndome saber de su venida, pues sabía que yo había de holgar con ella, así por él ser mi amigo mucho tiempo había, como porque creía que él venía a servir a vuestra alteza, que era lo que yo más deseaba; y enviar, como había enviado, sobornadores y carta de inducimiento a las personas que yo tenía en mi compañía, en servicio de vuestra majestad, para que se levantasen contra mí y se pasasen a él, como si fuéramos los unos infieles y los otros cristianos, o los unos vasallos de vuestra alteza y los otros sus deservidores; e que le pedía por merced que de allí adelante no tuviese aquellas formas; antes me hiciese saber la causa de su venida; y que me habían dicho que se intitulaba capitán general y teniente de gobernador por Diego Velázquez, y que por tal se había hecho pregonar públicamente en la tierra; e que había hecho alcaldes y regidores y ejecutado justicia, lo cual era en mucho deservicio de vuestra alteza y contra todas sus leyes; porque siendo esta tierra de vuestra majestad, y estando poblada de sus vasallos, y habiendo en ella justicia y cabildo, que no se debía intitular de los dichos oficios, ni usar dellos sin ser primero a ellos recibido, puesto que para los ejercer trajese provisiones de vuestra majestad.
Las cuales si traía le pedía por merced y le requería las presentase ante mi y ante el cabildo de la Veracruz, y que del y de mí serían obedecidas como cartas y provisiones de nuestro rey y señor natural, y cumplidas en cuanto, al real servicio de vuestra majestad conviniese; porque yo estaba en aquella ciudad, y en ella tenía preso a aquel señor, y tenía mucha suma de oro y joyas, así de lo do vuestra alteza, como de los de mi compañía y mío; lo cual yo no osaba dejar, con temor que salido yo de la dicha ciudad, la gente se rebelase, y perdiese tanta cantidad de oro y joyas y tal ciudad, mayormente que perdida aquella, era perdida toda la tierra. E asimismo di al dicho clérigo una carta para el dicho licenciado Ayllón; al cual, según después yo supe, al tiempo que el dicho clérigo llegó, había prendido el dicho Narváez y enviado preso con dos navíos.
Pánfilo de Narváez
El día que el dicho clérigo se partió, me llegó un mensajero de los que estaban en la villa de la Veracruz, por el cual me hacían saber que toda la gente de los naturales de la tierra estaban levantados y hechos con el dicho Narváez, en especial los de la ciudad de Cempoal y su partido; y que ninguno dellos quería venir a servir a la dicha villa, así en la fortaleza como en las otras cosas en que solían servir; porque decían que Narváez les había dicho que yo era malo, y que me venía a prender a mi y a todos los de mi compañía, y llevarnos presos y dejar la tierra; y que la gente que el dicho Narváez traía era mucha, y la que yo tenía poca. Y que él traía muchos caballos y muchos tiros, y que yo tenía pocos, y que querían ser a viva quien vence.
E que también me facían saber que eran informados de los dichos indios, que el dicho Narváez se venía a aposentar a la dicha ciudad de Cempoal, y que ya sabía cuán cerca estaba de aquella villa; y que creían, según eran informados del mal propósito que el dicho Narváez contra todos traía, que desde allí venía sobre ellos, y teniendo de su parte los indios de la dicha ciudad, y por tanto me hacían saber que ellos dejaban la villa sola por no pelear con ellos; y por evitar escándalo se subían a la sierra a casa de un señor, vasallo de vuestra alteza y amigo nuestro; y, que allí pensaban estar hasta que yo les enviase a decir lo que hiciesen. E como yo vi el gran daño que se comenzaba a revolver, y cómo la tierra se levantaba a causa del dicho Narváez, parecióme que con ir yo donde él estaba se apaciguaría mucho, porque viéndome los indios presente, no se osarían a levantar. Y también porque pensaba dar orden con el dicho Narváez cómo tan gran mal como se comenzaba cesase. E así, me partí aquel mismo día, dejando la fortaleza muy bien bastecida de maíz y de agua, y quinientos hombres dentro della y algunos tiros de pólvora.
E con la otra gente que allí tenía, que serían hasta setenta hombres, seguí mi camino con algunas personas principales de los del dicho Muteczuma. Al cual yo, antes que me partiese, hice muchos razonamientos, diciéndole que mirase que el era vasallo de vuestra alteza, y que agora había de recibir mercedes de vuestra majestad por los servicios que le había hecho; y que aquellos españoles le dejaba encomendados con todo aquel oro y joyas que él me había dado y mandado dar para vuestra alteza; porque yo iba a aquella gente que allí había venido, a saber qué gente era, porque hasta entonces no lo había sabido, y creía que debía ser alguna mala gente, y no vasallos de vuestra alteza. Y él me prometió de los hacer proveer de todo lo necesario, y guardar mucho todo lo que allí le dejaba puesto para vuestra majestad, y que aquellos suyos, que iban conmigo, me llevarían por camino que no saliese de su tierra, y me harían proveer en él de todo lo que hobiesen menester, y que me rogaba, si aquella fuese gente mala, que se lo ficiese saber, porque luego proveería con mucha gente de guerra, para que fuesen a pelear con ellos y echarlos fuera de la tierra.
Lo cual todo yo le agradecí, y certifiqué que por ello vuestra alteza le mandaría hacer muchas mercedes, y le di muchas joyas y ropas a él y a un hijo suyo, y a muchos señores que estaban con él a la sazón. Y en una ciudad que se dice Churultecal, topé a Juan Velázquez, capitán que, como he dicho, enviaba Quacucalco, que con toda la gente se venía, y sacados algunos que venían mal dispuestos, que envié a la ciudad, con él y con los demás seguí mi camino, y quince leguas adelante de Churultecal topó aquel padre religioso de mi compañía, que yo había enviado al puerto a saber qué gente era la de la armada que allí había venido. El cual me trujo una carta del dicho Narváez, en que me decía que el traía ciertas provisiones para tener esta tierra por Diego Velázquez que luego fuese donde él estaba a las obedecer y cumplir, y que él tenía hecha una villa y alcaldes y regidores.
E del dicho religioso supe cómo habían prendido al dicho licenciado Ayllón, y a su escribano y alguacil9, y los habían enviado en dos navios, y cómo allá le habían acometido con partidos, para que él atrajese algunos de los de mi compañía que se pasasen al dicho Narváez; y como habían hecho alarde delante del y de ciertos indios que con él iban, de toda la gente, así de pie como de caballo, y soltar el artillería que estaba en los navíos y la que tenían en tierra, a fin de los atemorizar, porque le dijeron al dicho religioso: "Mirad cómo os podéis defender de nosotros, si no hacéis lo que quisiéremos.»
E también me dijo cómo había hallado con el dicho Narváez un señor natural desta tierra, vasallo del dicho Muteczuma, y que le tenía por gobernador suyo en toda su tierra de los puertos hácia la costa de la mar; y que supo que al dicho Narváez le había hablado de parte del dicho Muteczuma, y dádole ciertas joyas de oro; y el dicho Narváez le había dado también a él ciertas cosillas; y que supo que había despachado de allí ciertos mensajeros para el dicho Muteczuma, y enviado a le decir que él le soltaría, y que venía a prenderme a mí y a todos los de mi compañía, e irse luego y dejar la tierra; y que él no quería oro, sino, preso yo y los que conmigo estaban, volverse y dejar la tierra y sus naturales della en plena libertad.
Finalmente, que supe que su intención era de se aposesionar en la tierra por su autoridad, sin pedir que fuese recibido de ninguna persona; y no queriendo yo ni los de mi compañía tenerle por capitán y justicia en nombre del dicho Diego Velázquez, venir contra nosotros y tomarnos por guerra; y que para ello estaba confederado con los naturales de la tierra, en especial con el dicho Muteczuma, por sus mensajeros; y como yo viese tan manifiesto el daño y deservicio que a vuestra majestad de lo susodicho se podía seguir, puesto que me dijeron el gran poder que traían; y aunque traía mandado de Diego Velázquez que a mi y a ciertos de los de mi compañía que venían señalados, que luego que nos pudiese haber nos ahorcase, no dejé de me acercar más a él, creyendo por bien hacelle conocer el gran deservicio que a vuestra alteza hacia, y poderle apartar del mal propósito y dañada voluntad que traía, e así seguí mi camino; y quince leguas antes de llegar a la ciudad de Cempoal, donde el dicho Narváez estaba aposentado, llegaron a mí el clérigo dellos, que los de la Veracruz habían enviado, y con quien yo al dicho Narváez y al licenciado Ayllón había escrito, y otro clérigo y un Andrés de Duero, vecino de la isla Fernandina, que asimismo vino con el dicho Narváez; los cuales, en respuesta de mi carta me dijeron de parte del dicho Narváez, que yo todavía le fuese a obedecer y tener por capitán, y le entregase la tierra; porque de otra manera me sería hecho mucho daño, porque el dicho Narváez traía muy gran poder, y yo tenía poco, y demás de la mucha gente de españoles que traía, que los más de los naturales eran en su favor; e que si yo le quisiese dar la tierra, que me daría de los navios y mantenimientos que él traía, los que yo quisiese, y me dejaría ir en ellos a mí y a los que conmigo quisiesen ir, con todo lo que quisiésemos llevar, sin nos poner impedimento en cosa alguna.
Y el uno de los dichos clérigos me dijo que así venía capitulado del dicho Diego Velázquez, que hiciesen conmigo el dicho partido, y para ello había dado su poder al dicho Narváez y a los dichos dos clérigos juntamente, e que acerca desto me harían todo el partido que yo quisiese. Yo les respondí que no vía provisión de vuestra alteza por donde le debiese entregar la, tierra, e que si alguna traía, que la presentase ante mí y ante el cabildo de la Veracruz, según orden y costumbre de España, y que yo estaba presto de la obedecer y cumplir; y que hasta tanto, por ningún interese ni partido haría lo que él decía; antes yo y los que conmigo estaban moriríamos en defensa de la tierra, pues la habíamos ganado y tenido por vuestra majestad pacífica y segura, y por no ser traidores y desleales a nuestro rey. Otros muchos partidos me movieron por me atraer a su propósito, y ninguno quise aceptar sin ver provisión de vuestra alteza por donde lo debiese hacer, la cual nunca me quisieron mostrar.
Y en conclusión, estos clérigos y el dicho Andrés de Duero y yo quedamos concertados que el dicho Narváez con diez personas, y yo con otras tantas, nos viésemos con seguridad de ambas las partes, y que allí me notificase las provisiones, si algunas traía, y que yo respondiese, y yo de mi parte envié firmado el seguro, y él asimismo me envió otro firmado de su nombre, el cual, según me pareció, no tenía pensamiento de guardar; antes concertó que en la visita se tuviese forma cómo de presto me matasen, e para ello se señalaron dos de los diez que con él habían de venir, y que los demás peleasen con los que conmigo habían de ir; porque decían que, muerto yo, era su hecho acabado, como de verdad lo fuera, si Dios, que en semejantes casos remedia, no remediara con cierto aviso; y de los mismos que eran en la traición me vino, juntamente con el seguro que me enviaban. Lo cual sabido, escribí una carta al dicho Narváez y otra a los terceros, diciéndoles cómo yo había sabido su mala intención, y que yo no quería ir de aquella manera que ellos tenían concertado.
E luego les envié ciertos requerimientos y mandamientos por el cual requería al dicho Narváez que si algunas provisiones de vuestra alteza traía, me las notifícase; y que hasta tanto no se nombrase capitán ni justicia, ni se entremetiese en cosa alguna de los dichos oficios, so cierta pena que para ello le impuse. E asimismo mandaba y mandó por el dicho mandamiento a todas las personas que con el dicho Narváez estaban, que no tuviesen ni obedeciesen al dicho Narváez por tal capitán ni justicia; antes dentro de cierto término que en el dicho mandamiento señalé, pareciesen ante mí, para que yo les dijese lo que debían hacer en servicio de vuestra alteza, con protestación que, lo contrario haciendo, procedería contra ellos como contra traidores y aleves y malos vasallos, que se rebelaban contra su rey, y quieren usurpar sus reinos y señoríos, y darles y aposesionar dellas a quien no pertenecían, ni dellas ha acción, ni derecho compete. E que para la ejecución desto, no pareciendo ante mí ni haciendo lo contenido en el dicho mi mandamiento, iría contra ellos a les prender y cautivar, conforme a justicia.
E la respuesta que desto hube del dicho Narváez, fue prender al escribano y a la persona que con mi poder les fueron a notificar el dicho mandamiento, y tomarles ciertos indios que llevaban, los cuales estuvieron detenidos hasta que llegó otro mensajero que yo envié a saber dellos, ante los cuales tornaron a hacer alarde de toda la gente, y amenazar a ellos y a mí, si la tierra no les entregásemos.
E visto que por ninguna vía yo podía excusar tan gran daño y mal, y que la gente de naturales de la tierra se alborotaban y levantaban a más andar, encomendándome a Dios, y pospuesto todo el temor del daño que se podía seguir, considerando que morir en servicio de mi rey, y por defender y amparar sus tierras, y no las dejar usurpar, a mí y a los de mi compañía se nos seguía farta gloria, di mi mandamiento a Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor, para prender al dicho Narváez y a los que se llamaban alcaldes y regidores; al cual di ochenta hombres, y les mandé que fuesen con él a los prender, y yo con otros ciento setenta, que por todos éramos docientos y cincuenta hombres, sin tiro de pólvora ni caballo, sino a pie, seguí al dicho alguacil mayor, para le ayudar si el dicho Narváez y los otros querían resistir su prisión.
Y el día que el dicho alguacil mayor y yo con la gente llegamos a la ciudad de Cempoal, donde el dicho Narváez y gente estaba aposentada, supo de nuestra ida, salió al campo con ochenta de caballo y quinientos peones, sin los demás que dejo en su aposento, que era la mezquita mayor de aquella ciudad, tan fuerte, y llegó casi una legua de donde yo estaba; y como lo que de mi ida sabía era por lengua de los indios, y no me halló, creyó que le burlaban, y volvióse a su aposento, teniendo apercibida toda su gente, y puso dos espías casi a legua de la dicha ciudad. E como yo deseaba evitar todo escándalo, parecióme que sería el menos, yo ir de noche, sin ser sentido, si fuese posible, y ir derecho al aposento del dicho Narváez, que yo y todos los de mi compañía sabíamos muy bien, y prenderlo, porque preso él, creí que no hubiera escándalo, porque los demás querían obedecer a la justicia, en especial que los demás dellos venían por fuerza, que al dicho Diego Velázquez les hizo, y por temor que no les quitase los indios que en la isla, Fernandina tenían.
E así fue que el día de Pascua de Espíritu Santo, poco más de media noche, yo di en el dicho aposento, y antes topé las dichas espías, que el dicho Narváez tenía puestas, y las que yo delante llevaba prendieron la una dellas, y la otra se escapó, de quien me informé de la manera que estaban; y porque la espía que se había escapado no llegase antes que yo, y diese mandado de mi venida, me di la mayor priesa que pude, aunque no pude tanta, que la dicha espía no llegase primero casi media hora. E cuando llegué al dicho Narváez, ya todos los de su compañía estaban armados y ensillados sus caballos y muy a punto, y velaban cada cuarto docientos hombres; e llegamos tan sin ruido, que cuando fuimos sentidos y ellos tocaron al arma, entraba yo por el patio de su aposento, en el cual estaba toda la gente aposentada y junta, y tenían tomadas tres e cuatro torres que en él había, y todos los demás aposentos fuertes. Y en la una de las dichas torres, donde el dicho Narváez estaba aposentado, tenía a la escalera della hasta diez y nueve tiros de fusilería.
E dimos tanta priesa a subir la dicha torre, que no tuvieron lugar de poner fuego más de un tiro, el cual quiso Dios que no salió ni hizo daño ninguno. E así se subió la torre hasta donde el dicho Narváez tenía su cama, donde él y hasta cincuenta hombres que con él estaban pelearon con el dicho alguacil mayor y con los que con él subieron, puesto que muchas veces le requirieron que se diese a prisión por vuestra alteza, nunca quisieron, hasta que se les puso fuego y con él se dieron.
Y en tanto que el dicho alguacil mayor prendía al dicho Narváez, yo con los que conmigo quedaron defendía la subida de la torre a la demás gente que en su socorro venía, y fice tomar toda la artillería, y me fortalecí con ella; por manera que sin muertes de hombres, más de dos que un tiro mató, en una hora eran presos todos los que se habían de prender, y tomadas las armas a todos los demás, y ellos prometido ser obedientes a la justicia de vuestra majestad, diciendo que fasta allí habían sido engañados, porque les habían dicho que traían provisiones de vuestra alteza, y que yo estaba alzado con la tierra y que era traidor a vuestra majestad, e les habían hecho entender otras muchas cosas. E como todos conocieron la verdad, y mala intención y dañada voluntad del dicho Diego Velázquez y del dicho Narváez, y cómo se habían movido con mal propósito, y todos fueron muy alegres porque así Dios lo había hecho y proveído. Porque certifico a vuestra majestad que si Dios misteriosamente esto no proveyera, y la victoria fuera del dicho Narváez, fuera el mayor daño que de mucho tiempo acá en españoles tantos por tantos se ha hecho.
Porque él ejecutara el propósito que traía y lo que por Diego Velázquez le era mandado, que era ahorcarme a mí y a muchos de los de mi compañía, porque no hubiese quien del fecho diese razón. E según de los indios yo me informé, tenían acordado que si a mí el dicho Narváez prendiese, como él les había dicho, que no podría ser tan sin daño suyo y de su gente, que muchos dellos y de los de mi compañía no muriesen. E que entretanto ellos matarían a los que yo en la ciudad dejaba, como lo acometieron. E después se juntarían, y darían sobre los que acá quedasen, en manera que ellos y su tierra quedasen libres, y de los españoles no quedase memoria. E puede vuestra alteza ser muy cierto que si así lo ficieran y salieran con su propósito, de hoy en veinte años, no se tornara a ganar ni a pacificar la tierra, que estaba ganada y pacífica.
Dos días después de preso el dicho Narváez, porque en aquella ciudad no se podía sostener tanta gente junta, mayormente que ya estaba casi destruida, porque los que con el dicho Narváez en ella estaban la habían robado, y los vecinos della estaban ausentes y sus casas solas, despaché dos capitanes con cada doscientos hombres, el uno para que fuese a hacer el pueblo en el puerto de Cucicacalco, que, como a vuestra alteza he dicho, antes enviaba a hacer; y el otro a aquel río que los navíos de Francisco de Garay dijeron que habían visto, porque ya yo le tenía seguro. E asimismo envié otros docientos hombres a la villa de la Veracruz, donde fice que los navíos que el dicho Narváez traía viniesen. E con la gente demás me quedé en la dicha ciudad para proveer lo que al servicio de vuestra majestad convenía. E despaché un mensajero a la ciudad de Temixtitán y con él hice saber a los españoles que allí había dejado, lo que me había sucedido.
El cual mensajero volvió de ahí a donde doce días y me trujo cartas del alcalde que allí había quedado, en que me hacia saber cómo los indios les habían combatido la fortaleza por todas las partes della, y puéstoles fuego por muchas partes y hecho ciertas minas, y que se habían visto en mucho trabajo y peligro, y todavía los mataran si el dicho Muteczuma no mandara cesar la guerra; y que aun los tenían cercados, puesto que no los combatían, sin dejar salir ninguno dellos dos pasos fuera de la fortaleza. Y que les habían tomado en el combate mucha parte del bastimento que yo les había dejado, y que les habían quemado los cuatro bergantines que yo allí tenía, y que estaban en muy extrema necesidad, y que por amor de Dios los socorriese a mucha priesa.
E vista la necesidad en que estos españoles estaban, y que si no los socorría, demás de los matar los indios, y perderse todo el oro y plata y joyas que en la tierra se habían habido, así de vuestra alteza como de españoles y míos, se perdía la mejor y más noble ciudad de todo lo nuevamente descubierto del mundo; y ella perdida, se perdía todo lo que estaba ganado, por ser la cabeza de todo y a quien todos obedecían. Y luego despaché mensajeros a los capitanes que había enviado con la gente, haciéndoles saber de que me habían escrito de la gran ciudad, para que luego, donde quiera que los alcanzasen, volviesen, y por el camino más cercano se fuesen a la provincia de Tascaltecal, donde yo con la gente estaba en compañía, y con toda la artillería que pude y con setenta de caballo me fui a juntar con ellos, y allí juntos y hecho alarde, se hallaron los dichos setenta de caballo y quinientos peones.
E con ellos a la mayor priesa que pude me partí para la dicha ciudad, y en todo el camino nunca me salió a recibir ninguna persona del dicho Muteczuma, como antes lo solían facer, y toda la tierra estaba alborotada y casi despoblada; de que concebí mala sospecha, creyendo que los españoles que en la dicha ciudad habían quedado, eran muertos, y que toda la gente de la tierra estaba junta esperándome en algún paso o parte donde ellos se pudiesen aprovechar mejor de mí. E con este temor fui al mejor recaudo que pude, fasta que llegué a la ciudad de Tesnacan, que como ya he hecho relación a vuestra majestad, está en la costa de aquella, gran laguna. E allí pregunté a algunos de los naturales della por los españoles qué era la gran ciudad habían quedado. Los cuales me dijeron que eran vivos, y yo les dije que me trajesen una canoa, porque quería enviar un español a lo saber; y que en tanto que él iba, había de quedar conmigo un natural de aquella ciudad, que parecía algo principal, porque los señores y principales della de quien yo tenía noticia, no parecía ninguno. Y él mandó traer la canoa, y envió ciertos indios con el español que yo enviaba, y se quedó conmigo.
E estándose embarcando este español para ir a la dicha ciudad de Temixtitán, vio venir por la mar otra canoa, y esperó a que llegase al puerto, y en ella venía uno de los españoles que habían quedado en la dicha ciudad, de quien supe que eran vivos todos, excepto cinco o seis que los indios habían muerto, y que los demás estaban todavía cercados, y que no los dejaban salir de la fortaleza, ni los proveían de cosas que habían menester, sino por mucha copia de rescate; aunque después que de mi ida habían sabido, lo hacían algo mejor con ellos; y que el dicho Muteczuma decía que no esperaba, sino yo que fuese, para que luego tornasen a andar por la ciudad, como antes solían.
Y con el dicho español me envió el dicho Muteczuma un mensajero suyo, en que me decía que ya creía que debía saber lo que en aquella ciudad había acaecido; y que él tenía pensamiento que por ello yo venía enojado y traía voluntad de le hacer algún daño; que me rogaba perdiese el enojo, porque a él le había pesado tanto cuanto a mí, y que ninguna cosa se había hecho por su voluntad y consentimiento, y me envió a decir otras, muchas cosas para me aplacar la ira que él creía que yo traía por lo acaecido, y que me fuese a la ciudad a aposentar, como antes estaba, porque no menos se haría en ella lo que yo mandase, que antes se solía facer. Yo le envié a decir que no traía enojo ninguno del, porque bien sabía su buena voluntad, y que así como él lo decía, lo haría yo.
La guerra en la ciudad
E otro día siguiente, que fue víspera de San Juan Bautista, me partí, y dormí en el camino, a tres leguas de la dicha gran ciudad; y día de San Juan, después de haber oído misa, me partí y entre en ella casi a medio día, y vi poca gente por la ciudad, y algunas puertas de las encrucijadas y traviesas de las calles quitadas, que no me pareció bien, aunque pensé que lo hacían de temor de lo que habían hecho, y que entrando yo, los aseguraría. E con esto me fui a la fortaleza, en la cual y en aquella mezquita mayor que estaba junto a ella se aposento toda la gente que conmigo venía; e los que estaban en la fortaleza nos recibieron con tanta alegría como si nuevamente les diéramos las vidas, que ya ellos estimaban perdidas; y con mucho placer estuvimos aquel día y noche, creyendo que ya todo estaba pacifico. E otro día después de misa enviaba un mensajero a la villa de la Veracruz, por les dar buenas nuevas de cómo los cristianos eran vivos, y yo había entrado en la ciudad, y estaba segura.
El cual mensajero volvió dende a media hora todo descalabrado y herido, dando voces que todos los indios de la ciudad venían de guerra, y que tenían todas las puentes alzadas; e junto tras él da sobre nosotros tanta multitud de gente por todas partes, que ni las calles ni azoteas se parecían con gente; la cual venía con los mayores alaridos y grita más espantable que en el mundo se puede pensar; y eran tantas las piedras que nos echaban, con hondas dentro en la fortaleza, que no parecía sino que el cielo las llovía, y las flechas y tiraderas eran tantas, que todas las paredes y patios estaban llenos, que casi no podíamos andar con ellas. E yo salí fuera a ellos por dos o tres partes, y pelearon con nosotros muy reciamente, aunque por la una parte un capitán salió con docientos hombres, y antes que se pudiese recoger le mataron cuatro, y hirieron a él y a muchos de los otros; e por la parte que yo andaba me hirieron a mí y a muchos de los españoles. E nosotros matamos pocos dellos, porque se nos acogían de la otra parte de las puentes, y desde las azoteas y terrados nos hacían daño con piedras, de las cuales ganamos algunas y quemamos.
Pero eran tantas y tan fuertes, y de tanta gente pobladas, y tan bastecidas de piedras y otros géneros de armas, que no bastábamos para ge las tomar todos, ni defender, que ellos no nos ofendiesen a su placer. En la fortaleza daban tan recio combate, que por muchas partes nos pusieron fuego, y por la una se quemó mucha parte della, sin la poder remediar, hasta que la atajamos cortando las paredes y derrocando un pedazo, que mató el fuego. E si no fuera por la mucha guarda que allí puse de escopeteros y ballesteros y otros tiros de pólvora, nos entraran a escala vista sin los poder resistir. Así estuvimos peleando todo aquel día, hasta que fue la noche bien cerrada, e aun en ella no nos dejaron sin grita y rebato hasta el día. E aquella noche nos hice reparar los portillos de aquello quemado, y todo lo demás que me pareció que en la fortaleza había flaco; e concerté las estancias y gente que en ellas había de estar, y la que otro día habíamos de salir a pelear fuera, e hice curar los heridos, que eran más de ochenta.
E luego que fue de día, ya la gente de los enemigos nos comenzaba a combatir muy más reciamente que el día pasado, porque estaba tanta cantidad dellos, que los artilleros no tenían necesidad de puntería, sino asestar en los escuadrones de los indios. Y puesto que el artillería hacia mucho daño, porque jugaban trece arcabuces, sin las escopetas y ballestas, hacían tan poca mella, que ni se parecía que no lo sentían, porque por donde llevaba el tiro diez o doce hombres se cerraba luego de gente, que no parecía que hacia daño ninguno. Y dejado en la fortaleza el recaudo que convenía y se podía dejar, yo torné a salir y los gané algunas de las puentes, y quemé algunas casas, y matamos muchos en ellas que las defendían; y eran tantos, que aunque más daño se hiciera, hacíamos muy poquita mella. E a nosotros convenía pelear todo el día, y ellos peleaban por horas, que se remudaban, y aun les sobraba gente. También hirieron aquel día otros cincuenta o sesenta españoles, aunque no murió ninguno, y peleamos hasta que fue noche, que de cansados nos retrajimos a la fortaleza.
E viendo el gran daño que los enemigos nos hacían, y cómo nos herían y mataban a su salvo, y que puesto que nosotros hacíamos daño en ellos, por ser tantos no se parecía, toda aquella noche y otro día gastamos en hacer tres ingenios de madera, y cada uno llevaba veinte hombres, los cuales iban dentro, porque con las piedras que nos tiraban desde las azoteas no los pudiesen ofender, porque iban los ingenios cubiertos de tablas, y los que iban dentro eran ballesteros y escopeteros, y los demás llevaban picos y azadones y varas de hierro para horadarles las casas y derrocar las albarradas que tenían hechas en las calles. Y en tanto que estos artificios se hacían, no cesaba el combate de los contrarios; en tanta manera, que como nos salíamos fuera de la fortaleza, se querían ellos entrar dentro; a los cuales resistimos con harto trabajo. Y el dicho Muteczuma, que todavía estaba preso, y un hijo suyo, con otros muchos señores que al principio se habían tomado, dijo que le sacasen a los capitanes de aquella gente, y les harían que cesase la guerra.
E yo lo hice sacar, y en llegando a un petril que salía fuera de la fortaleza, queriendo hablar a la gente que por allí combatía, le dieron una pedrada los suyos en la cabeza, tan grande, que de allí a tres días murió; e yo le fice sacar así muerto a dos indios de los que estaban presos, e a cuestas lo llevaron a la gente, y no sé lo que del se hicieron; salvo que no por eso cesó la guerra, y muy más recia y muy cruda de cada día. Y este día llamaron por aquella parte por donde habían herido al dicho Muteczuma, diciendo que me allegase yo allí, que me querían hablar ciertos capitanes; y así lo hice, y pasamos entre ellos y mí muchas razones, rogándoles que no peleasen conmigo, pues ninguna razón para ello tenían, e que mirasen las buenas obras que de mí habían recibido, y cómo habían sido muy bien tratados de mí. La respuesta suya era que me fuese y que les dejase la tierra, y que luego dejarían la guerra; y que de otra manera, que creyese que habían de morir todos o dar fin de nosotros.
Lo cual, según pareció, hacían porque yo me saliese de la fortaleza, para me tomar a su placer al salir de la ciudad, entre las puentes. E yo les respondí que no pensasen que les rogaba con la paz por temor que les tenía, sino porque me pesaba del daño que les facia y les había de hacer, e por no destruir tan buena ciudad como aquella era; e todavía respondían que no cesarían de me dar guerra hasta que saliese de la ciudad.
Después de acabados aquellos ingenios, luego otro día salí para les ganar ciertas azoteas y puentes; e yendo los ingenios delante, y tras ellos cuatro tiros de fuego y otra mucha gente de ballesteros y rodeleros, y más de tres mil indios de los naturales de Tascaltecal, que había venido conmigo y servían a los españoles; y llegados a una puente, pusimos los ingenios arrimados a las paredes de unas azoteas, y ciertas escalas que llevábamos para las subir; y era tanta la gente que estaba en defensa de la dicha puente y azoteas, y tantas las piedras que de arriba tiraban, y tan grandes, que nos desconcertaron los ingenios y nos mataron un español y hirieron muchos, sin les poder ganar un paso, aunque puñábamos mucho por ello, porque peleamos desde la mañana fasta medio día, que nos volvimos con harta tristeza a la fortaleza. De donde cobraron tanto ánimo, que casi a las puertas nos llegaban, y tomaron aquella mezquita grande, y en la torre más alta y principal della se subieron fasta quinientos indios, que según me pareció, eran personas principales.
Y en ella subieron mucho mantenimiento de pan y agua y otras cosas de comer, y muchas piedras; e todos los más tenían lanzas muy largas con unos hierros de pedernal más anchos que los de las nuestras, y no menos agudos; e de allí hacían mucho daño a la gente de la fortaleza, porque estaba muy cerca della. La cual dicha torre combatieron los españoles dos o tres veces y la acometieron a subir; y como era muy alta y tenía la subida agra, porque tiene ciento y tantos escalones, y los de arriba estaban bien pertrechados de piedras y otras armas, y favorecidos a causa de no haberles podido ganar las otras azoteas, ninguna vez los españoles comenzaban a subir, que no volvían rodando, y herían mucha gente; y los que de las otras partes los vían, cobraban tanto ánimo, que se nos venían hasta la fortaleza sin ningún temor.
E yo, viendo que si aquellos salían con tener aquella torre, demás de nos hacer della mucho daño, cobraban esfuerzo para nos ofender, salí fuera de la fortaleza, aunque manco de la mano izquierda, de una herida que el primer día me habían dado; y liada la rodela en el brazo, fui a la torre con algunos españoles que me siguieron, y hícela cercar toda por bajo, porque se podía muy bien hacer; aunque los cercadores no estaban de balde, que por todas partes peleaban con los contrarios, de los cuales, por favorecer a los suyos, se recrecieron muchos; y yo comencé a sobir por la escalera de la dicha torre, y tras mí ciertos españoles. Y puesto que nos defendían la subida muy reciamente, y tanto, que derrocaron tres o cuatro españoles, con ayuda de Dios y de su gloriosa Madre, por cuya casa aquella torre se había señalado y puesto en ella su imagen, les subimos la dicha torre, y arriba peleamos con ellos tanto, que les fue forzado saltar della abajo a unas azoteas que tenía alrededor tan anchas como un paso. E destas tenía la dicha torre tres o cuatro, tan altas la una de la otra como tres estados.
Y algunos cayeron abajo del todo, que demás del daño que recibían de la caída, los españoles que estaban abajo alrededor de la torre los mataban. E los que en aquellas azoteas quedaron, pelearon desde allí tan reciamente, que estuvimos más de tres horas en los acabar de matar; por manera que murieron todos, que ninguno escapó. Y crea vuestra sacra majestad que fue tanto ganalles esta torre, que si Dios no les quebrara las alas, bastaban veinte dellos para resistir la subida a mil hombres, como quiera que pelearon muy valientemente hasta que murieron; e hice poner fuego a la torre y a las otras que en la mezquita había; los cuales habían ya quitado y llevado las imágenes que en ellas teníamos.
Algo perdieron del orgullo con haberles tomado esta fuerza; tanto, que por todas partes aflojaron en mucha manera, e luego torné a aquella azotea y hablé a los capitanes que antes habían hablado conmigo, que estaban algo desmayados por lo que habían visto. Los cuales luego llegaron, y les dije que mirasen que no se podían amparar, y que les hacíamos de cada día mucho daño y morían muchos dellos, y quemábamos y destruíamos su ciudad, e que no había de parar fasta no dejar della ni dellos cosa alguna. Los cuales me respondieron que bien veían que recibían de nos mucho daño, y que morían muchos deilos; pero que ellos estaban ya determinados de morir todos por nos acabar. Y que mirase yo por todas aquellas calles y plazas y azoteas cuán llenas de gente estaban, y que tenían hecha cuenta que, a morir veinticinco mil dellos y uno de los nuestros, nos acabaríamos nosotros primero, porque éramos pocos, y ellos muchos, y que me hacían saber que todas las calzadas de las entradas de la ciudad eran deshechas, como de hecho pasaba, que todas las habían deshecho, excepto una. E que ninguna parte teníamos por do salir, sino por el agua; e que bien sabían que teníamos pocos mantenimientos y poca agua dulce, que no podíamos durar mucho que de hambre no nos muriésemos, aunque ellos no nos matasen. Y de verdad que ellos tenían mucha razón; que aunque no tuviéramos otra guerra sino la hambre y necesidad de mantenimientos, bastaba para morir todos en breve tiempo. E pasamos otras muchas razones, favoreciendo cada uno sus partidos. Ya que fue de noche salí con ciertos españoles, y como los tomé descuidados, ganámosles una calle, donde les quemamos más de trecientas casas. Y luego volví por otra, ya que allí acudía la gente; asimismo quemé muchas casas della, en especial ciertas azoteas que estaban junto a la fortaleza, de donde nos hacían mucho daño. E con lo que aquella noche se les hizo recibieron mucho temor, y en esta misma noche hice tornar a aderezar los ingenios qué el día antes nos habían desconcertado.
Y por seguir la victoria que Dios nos daba, salí en amaneciendo por aquella calle donde el día antes nos habían desbaratado, donde no menos defensa hallamos que el primero; pero como nos iban las vidas y la honra, porque por aquella calle estaba sana la calzada que iba a la Tierra Firme, aunque hasta llegar a ella había ocho puentes muy grandes y hondas, y toda la calle de muchas y altas azoteas y torres, pusimos tanta determinación y ánimo, que ayudándonos nuestro Señor, les ganamos aquel día las cuatro, y se quemaron todas las azoteas y casas y torres que había hasta la postrera dellas. Aunque por lo de la noche pasada tenían todas las puentes hechas muchas y muy fuertes albarradas de adobes y barro, en manera que los tiros y ballestas no les podían facer daño. Las cuales dichas cuatro puentes cegamos con los adobes y tierra de las albarradas y con mucha piedra y madera de las casas quemadas. E aunque todo no fue tan sin peligro que no hiriesen muchos españoles, aquella noche puse mucho recaudo en guardar aquellas puentes, porque no las tornasen a ganar.
E otro día de mañana torné a salir; y Dios nos dio asimismo tan buena dicha y victoria, aunque era innumerable gente que defendía las puentes y muy grandes albarradas y ojos que aquella noche habían hecho, se las ganamos todas y las cegamos. Asimismo fueron ciertos de caballo siguiendo el alcance y victoria hasta la Tierra Firme; y estando yo reparando aquellas puentes y haciéndolas cegar, viniéronme a llamar a mucha priesa, diciendo que los indios combatían la fortaleza y pedían paces, y me estaban esperando allí ciertos señores capitanes dellos. E dejando allí toda la gente y ciertos tiros, me fui solo con dos de caballo a ver lo que aquellos principales querían. Los cuales me dijeron que si yo les aseguraba que por lo hecho no serían punidos, que ellos harían alzar el cerco y tornar a poner las puentes y hacer las calzadas, y servirían a vuestra majestad, como antes lo facían. E rogáronme ficiese traer allí uno, como religioso, de los suyos, que yo tenía preso, el cual era como general de aquella religión.
El cual vino y les habló y dio concierto entre ellos y mí; e luego pareció que enviaban mensajero, según ellos dijeron, a los capitanes y a la gente que tenían en las estancias, a decir que cesase el combate que daban a la fortaleza, y toda la otra guerra. E con esto nos despedimos, e yo metíme en la fortaleza a comer; y en comenzando vinieron a mucha priesa a me decir que los indios habían tornado a ganar las puentes que aquel día les habíamos ganado, y habían muerto ciertos españoles; de que Dios sabe cuánta alteración recibí, porque yo no pensé qué habíamos que hacer con tener ganada la salida; y cabalgué a la mayor priesa que pude, y corrí por toda la calle adelante con algunos de caballo que me siguieron, y sin detenerme en alguna parte torné a romper por los dichos indios, y les torné a ganar las puentes, e fui en alcance dellos hasta la Tierra Firme. Y como los peones estaban cansados y heridos y atemorizados, y vi al presente el grandísimo peligro, ninguno me siguió. A cuya causa, después de pasadas yo las puentes, ya que me quise volver, las hallé tomadas y ahondadas mucho de lo que habíamos cegado.
Y por la una parte y por la otra de toda la calzada llena de gente, así en la tierra como en el agua, en canoas; la cual nos garrochaba y pedreaba en tanta manera, que si Dios misteriosamente no nos quisiera salvar, era imposible escapar de allí, e aun ya era público entre los que quedaban en la ciudad, que yo era muerto. Y cuando llegué a la postrera puente de hácia la ciudad, hallé a todos los de caballo que conmigo iban, caídos en ella, y un caballo suelto. Por manera que yo no pude pasar, y me fue forzado de revolver solo contra mis enemigos, y con aquello fice algún tanto de lugar para que los caballos pudiesen pasar; y yo hallé la puente desembarazada, y pasé, aunque con harto trabajo, porque había de la una parte a la otra casi un estado de saltar con el caballo; los cuales, por ir yo y él bien armados, no nos hirieron, más de atormentar el cuerpo.
La salida de la ciudad
E así quedaron aquella noche con victoria y ganadas las dichas cuatro puentes; e yo dejé en las otras cuatro buen recaudo, y fui a la fortaleza, y hice hacer una puente de madera, que llevaban cuarenta hombres; y viendo el gran peligro en que estábamos y el mucho daño que cada día los indios nos hacían, y temiendo que también deshiciesen aquella calzada como las otras; y deshecha, era forzado morir todos; y porque todos los de mi compañía fui requerido muchas veces que me saliese, e porque todos o los más estaban heridos, y tan mal, que no podían pelear, acordé de lo hacer aquella noche, e tomé todo el oro y joyas de vuestra majestad que se podían sacar, y púselo en una sala, y allí lo entregué en ciertos líos a los oficiales de vuestra alteza, que yo en su real nombre tenía señalados, y a los alcaldes y regidores y a toda la gente que allí estaba, les rogué y requerí que me ayudasen a lo sacar y salvar, e di una yegua mía para ello, en la cual se cargó tanta parte cuanta yo podía llevar; e señalé ciertos españoles, así criados míos como de los otros, que viniesen con el dicho oro y yegua, y lo demás los dichos oficiales y alcaldes y regidores y yo lo dimos y repartimos por los españoles para que lo sacasen.
E desamparada la fortaleza, con mucha riqueza, así de vuestra alteza como de los españoles y mía, me salí lo más secreto que yo pude, sacando conmigo un hijo y dos hijas del dicho Muteczuma, y a Cacamazin, señor de Aculuacan, y al otro su hermano que yo había puesto en su lugar, y a otros señores de provincias y ciudades que allí tenía presos. E llegando a las puentes, que los indios tenían quitadas, a la primera dellas se echó la puente que yo traía hecha con poco trabajo, porque no hubo quién la resistiese, excepto ciertas velas que en ella estaban, las cuales apellidaban tan recio, que antes de llegar a la segunda estaba infinito número de gente de los contrarios sobre nosotros, combatiéndonos por todas partes, así desde el agua como de la tierra; e yo pasé presto con, cinco de caballo y con cien peones; con los cuales pasé a nado todas las puentes, y las gané hasta la tierra firme.
E dejando aquella gente en la delantera, torné a la rezaga, donde hallé que peleaban reciamente, y que era sin comparación el daño que los nuestros recibían, así los españoles como los indios de Tascaltecal que con nosotros estaban; y así, a todos los mataron, y a muchos naturales los españoles; e asimismo habían muerto muchos españoles y caballos, y perdido todo el oro y joyas y ropa y otras muchas cosas que sacábamos, y toda el artillería. E recogidos los que estaban vivos, échelos delante, y yo, con tres o cuatro de caballo y hasta veinte peones, que osaron quedar conmigo, me fui en la rezaga peleando con los indios hasta llegar a una ciudad que se dice Tacuba, que está fuera de toda la calzada, de que Dios sabe cuánto trabajo peligro recibí; porque todas las veces que volvía sobre los contrarios, salía lleno de flechas y viras, y apedreado; porque como era agua de la una parte y de otra, herían a su salvo sin temor a los que saliesen a tierra; luego volvimos sobre ellos, y saltaban al agua; así que recibían muy poco daño; si no eran algunos que con los muchos estropezaban unos con otros y caían, y aquellos morían.
Y con este trabajo y fatiga llevé toda la gente hasta la dicha ciudad de Tacuba, sin me matar ni herir ningún español ni indio, si no fue uno de los de caballo que iba conmigo en la rezaga, y no menos peleaban, así en la delantera como por los lados, aunque la mayor fuerza era en las espaldas, por do venía la gente de la gran ciudad. Y llegado a la dicha ciudad de Tacuba, hallé toda la gente remolinada en una plaza, que no sabían dónde ir; a los cuales yo di priesa que saliesen al campo antes que se recreciese más gente en la dicha ciudad, y tomasen las azoteas, porque nos harían desde ellas mucho daño.
E los que llevaban la delantera dijeron que no sabían por dónde habían de salir, y yo les hice quedar en la rezaga, y tomé la delantera hasta los sacar fuera de la dicha ciudad, y esperé en unas labranzas; y cuando llegó la rezaga supe que habían recibido algún daño, y que habían muerto algunos españoles y indios, y que se quedaba por el camino mucho oro perdido, lo cual los indios cogían; y allí estuve hasta que pasó toda la gente, peleando con los indios, en tal manera, que los detuve para que los peones tomasen un cerro donde estaba una torre y aposento fuerte, el cual tomaron sin recibir ningún daño, porque no me partí de allí ni dejé pasar los contrarios hasta haber ellos tomado el cerro, en que Dios sabe el trabajo y fatiga que allí se recibió, porque ya no había caballo, de veinte y cuatro que nos habían quedado, que pudiese correr, ni caballero que pudiese alzar el brazo, ni peón sano que pudiese menearse; y llegados al dicho aposento nos fortalecimos en él, y allí nos cercaron y tuvieron cercados hasta noche, sin nos dejar descansar una hora.
En este desbarato se halló por copia, que murieron ciento y cincuenta españoles y cuarenta y cinco yeguas y caballos, y más de dos mil indios que servían a los españoles, entre los cuales mataron al hijo y hijas de Muteczuma, y a todos los otros señores que traíamos presos. Y aquella noche, a media noche, creyendo no ser sentidos, salimos del dicho aposento muy calladamente, dejando en él hechos muchos fuegos, sin saber camino ninguno ni para dónde íbamos, más de que un indio de los de Tascaltecal, que nos guiaba diciendo, que él nos sacaría a su tierra si el camino no nos impedían; y muy cerca estaban guardas que nos sintieron, y asimismo apellidaron muchas poblaciones que había a la redonda, de las cuales se recogió mucha gente, y nos fueron siguiendo hasta el día, y ya que amanecía, cinco de caballo, que iban adelante por corredores, dieron en unos escuadrones de gente que estaban en el camino, y mataron algunos dellos; los cuales fueron desbaratados, creyendo que iba más gente de caballo y de pie.
Y porque vi que de todas partes se recrecía gente de los contrarios, concerté allí la de los nuestros, y de la que había sana para algo hice escuadrones; y puse en delantera y rezaga y lados, y en medio los heridos, e asimismo repartí los de caballo; y así fuimos todo aquel día, peleando por todas partes, en tanta manera, que en toda la noche y día no anduvimos más de tres leguas. E quiso Nuestro Señor, ya que la noche sobrevenía, mostrarnos una torre y buen aposento en un cerro, donde asimismo nos hicimos fuertes, e por aquella noche nos dejaron; aunque casi al alba hubo otro cierto rebato, sin haber de qué, más del temor que ya todos llevábamos de la multitud de la gente que a la continua nos seguía el alcance. Otro día me partí a una hora del día por la orden ya dicha, llevando mi delantera y rezaga a buen recaudo; y siempre nos seguían de una parte y otra los enemigos, gritando y apellidando toda aquella tierra, que es muy poblada. E los de caballo, aunque éramos pocos, arremetíamos, y hacíamos poco daño en ellos, porque como por allí era la tierra algo fragosa, se nos acogían a los cerros.
Y desta manera fuimos aquel día por cerca de unas lagunas hasta que llegamos a una población buena, adonde pensamos haber algún reencuentro con los del pueblo. E como llegamos lo desampararon y se fueron a otras poblaciones que estaban por allí a la redonda, e allí estuve aquel día y otro, porque la gente, así heridos como los sanos, venían muy cansados y fatigados y con mucha hambre y sed, y los caballos asimismo traíamos bien cansados, e porque allí hallamos algún maíz, que comimos y llevamos para el camino cocido y tostado. Y otro día nos partimos, y siempre acompañados de gente de los contrarios; e por la delantera y rezaga nos acometían, gritando y haciendo algunas arremetidas. E seguimos nuestro camino por donde el indio de Tascaltecal nos guiaba; por el cual llevábamos mucho trabajo y fatiga, porque nos convenía ir muchas veces fuera de camino; e ya que era tarde, llegamos a un llano donde había unas casas pequeñas, donde aquella noche nos aposentamos con harta necesidad de comida.
E otro día luego por la mañana comenzamos a andar, e aun no éramos salidos al camino, cuando ya la gente de los enemigos nos seguía por la rezaga; y escaramuzando con ellos, llegamos a un pueblo grande que estaba dos leguas de allí, y a la mano derecha del estaban algunos indios encima de un cerro pequeño. E creyendo de los tomar, porque estaban muy cerca del camino, y también por descubrir si había más gente de la que parecía detrás del cerro, me fui con cinco de caballo y diez o doce peones, rodeando el dicho cerro. E detrás del estaba una gran ciudad de mucha gente, con los cuales peleamos tanto, que por ser la tierra donde estaban algo áspera de piedras, y la gente mucha, y nosotros pocos, nos convino retraer al pueblo donde los nuestros estaban. E de allí salí yo muy mal herido en la cabeza, de dos pedradas; y después de me haber atado las heridas, hice salir los españoles del pueblo, porque me pareció que no era seguro aposento para nosotros.
E así caminando, siguiéndonos todavía los indios en harta cantidad, los cuales pelearon con nosotros tan reciamente, que hirieron cuatro o cinco españoles y otros tantos caballos, y nos mataron un caballo que, aunque Dios sabe cuánta falta nos hizo y cuánta pena recibimos con habérnosle muerto, porque no teníamos, después de Dios, otra seguridad sino la de los caballos, nos consoló su carne, porque la comimos, sin dejar cuero ni otra cosa del, según la necesidad que traíamos; porque después que de la gran ciudad salimos, ninguna otra cosa comimos sino maíz tostado y cocido, y esto no todas veces ni abasto, y yerbas que cogíamos del campo. E viendo que de cada día sobrevenía más gente y más recia, y nosotros íbamos enflaqueciendo, hice aquella noche que los heridos y dolientes, que llevábamos a las ancas de los caballos y a cuestas, hiciesen maletas y otras maneras de ayudas como se pudiesen sostener y andar, porque los caballos y españoles sanos estuviesen libres para pelear.
Y pareció que el Espíritu Santo me alumbró con este aviso, según lo que a otro día siguiente sucedió; que habiendo partido en la mañana deste aposento, y siendo apartados legua y media del, yendo por mi camino, salieron al encuentro mucha cantidad de indios, y tanta, que por la delantera, lados, ni rezaga, ninguna cosa de los campos que se podían ver, había dellos vacía. Los cuales pelearon con nosotros tan fuertemente por todas partes, que casi no nos conocíamos unos a otros: tan juntos y envueltos andaban con nosotros. Y cierto creíamos ser aquel el último de nuestros días, según el mucho poder de los indios y la poca resistencia que en nosotros hallaban, por ir, como íbamos, muy cansados, y casi todos heridos y desmayados de hambre. Pero quiso nuestro Señor mostrar su gran poder y misericordia con nosotros; que con toda nuestra flaqueza quebrantamos su gran orgullo y soberbia, en que murieron muchos dellos y muchas personas muy principales y señaladas; porque eran tantos, que los unos a los otros se estorbaban, que no podían pelear ni huir. E con este trabajo fuimos mucha parte del día, hasta que quiso Dios que murió una persona dellos que debía ser tan principal, que con su muerte cesó toda aquella guerra.
Así fuimos algo más descansados, aunque todavía mordiéndonos, hasta una casa pequeña que estaba en el llano, adonde por aquella noche nos aposentamos, y en el campo. E ya desde allí se percibían ciertas sierras de la provincia de Tascaltecal, de que no poca alegría llegó a nuestro corazón; porque ya conocíamos la tierra, y sabíamos por dónde habíamos de ir; aunque no estábamos muy satisfechos de hallar los naturales de la dicha provincia seguros y por nuestros amigos; porque creíamos que viéndonos ir tan desbaratados, quisieran ellos dar fin a nuestras vidas por cobrar la libertad que antes tenían. El cual pensamiento y sospecha nos puso en tanta aflicción, cuanta traíamos viniendo peleando con los de Culúa.
El día siguiente, siendo ya claro, comenzamos a andar por un camino muy llano que iba derecho a la dicha provincia de Tascaltecal, por el cual nos siguió muy poca gente de los contrarios, aunque había muy cerca del muchas y grandes poblaciones, puesto que de algunos cerrillos y en la rezaga, aunque lejos, todavía nos gritaban. E así salimos este día, que fue domingo a 8 de julio, de toda la tierra de Culúa, y llegamos a tierra de la dicha provincia de Tascaltecal, a un pueblo della que se dice Gualipán de hasta tres o cuatro mil vecinos, donde de los naturales del fuimos muy bien recibidos, y reparados en algo de la gran hambre y cansancio que traíamos, aunque muchas de las provisiones que nos daban eran por nuestros dineros, y aunque no querían otro sino de oro, y éramos forzado dárselo por la mucha necesidad en que nos víamos.
En este pueblo estuve tres días, donde me vinieron a ver y hablar Magiscacin y Sicutengal y todos los señores de la dicha provincia y algunos de la de Guasucingo, los cuales mostraron mucha pena por lo que nos había acaecido, e trabajaron de me consolar, diciéndome que muchas veces ellos me habían dicho que los de Culúa eran traidores y que me guardase dellos, y que no lo había querido creer. Pero que pues yo había escapado vivo, que me alegrase; que ellos me ayudarían hasta morir para satisfacerme del daño que aquellos me habían hecho; porque, demás de les obligar a ello ser vasallos de vuestra alteza, se dolían de muchos hijos y hermanos que en mi compañía les habían muerto, y de otras muchas injurias que los tiempos pasados dellos habían recibido; y que tuviese por cierto que me serían muy ciertos y verdaderos amigos hasta la muerte. E que pues yo venía herido, y todos los demás de mi compañía muy trabajados, que nos fuésemos a la ciudad, que está cuatro leguas deste pueblo, e que allí descansaríamos, y nos curarían y nos repararían de nuestros trabajos y cansancio.
E yo se lo agradecí, y acepté su ruego, y les di algunas pocas cosas de joyas que se habían escapado, de que fueron muy contentos, y me fui con ellos a la dicha ciudad, donde asimismo hallamos buen recebimiento; y Magiscacin me trajo una cama de madera encasada, con alguna ropa de la que ellos tienen, en que durmiese, porque ninguna trajimos, y a todos hizo reparar de lo que él tuvo y pudo.
Aquí en esta ciudad había dejado ciertos enfermos, cuando pasé a la de Temixtitán, y ciertos criados míos con plata y ropas mías y otras cosas de casa y provisiones que yo llevaba, por ir más desocupado, si algo se nos ofreciese; y se perdieron todas las escrituras y autos que yo había hecho con los naturales destas partes, e quedando asimismo toda la ropa de los españoles que conmigo iban, sin llevar otra cosa más de lo que llevaban vestido, con sus camas; e supe cómo había venido otro criado mío de la villa de la Veracruz, que traía mantenimientos y cosas para mí, y con él cinco de caballo y cuarenta y cinco peones; el cual había llevado asimismo consigo a los otros que yo allí había dejado con toda la plata y ropa y otras cosas, así mías como de mis compañeros, con siete mil pesos de oro fundido que yo había dejado allí en dos cofres, sin otras joyas, y más otros catorce mil pesos de oro en piezas que en la provincia de Tuchitebeque se habían dado a aquel capitán que yo enviaba a hacer el pueblo de Quacualco; y otras muchas cosas, que valían más de treinta mil pasos de oro; y que los indios de Culúa les habían muerto en el camino a todos, y tomado lo que llevaban; y asimismo supe que habían muerto otros muchos españoles por los caminos, los cuales iban a la dicha ciudad de Temixtitán, creyendo que yo estaba en ella pacífico, y que los caminos estaban, como yo antes los tenía, seguros.
De que certifico a vuestra majestad que hubimos todos tanta tristeza, que no pudo ser más; porque allende de la pérdida destos españoles y de lo demás que se perdió, fue renovamos las muertes y pérdidas de los españoles que en la ciudad y puentes della y en el camino nos habían muerto; en especial que me puso en mucha sospecha que asimismo hubiesen dado en los de la villa de la Veracruz, y que los que teníamos por amigos, sabiendo nuestro desbarato, se hubiesen rebelado. E luego despaché, para saber la verdad, ciertos mensajeros, con algunos indios que los guiaron; a los cuales los mandé que fuesen fuera de camino hasta llegar a la dicha villa, y que muy brevemente me hiciesen saber lo que allá pasaba. E quiso nuestro Señor que a los españoles hallaron muy buenos y a los naturales de la tierra muy seguros. Lo cual sabido, fue harto reparo de nuestra pérdida y tristeza, aunque para ellos fue muy mala nueva saber nuestro suceso y desbarato.
En esta provincia de Tascaltecal estuve veinte días curándome de las heridas que traía, porque con el camino y mala cura se me había empeorado mucho, en especial las de la cabeza, y haciendo curar asimismo a los de mi compañía que estaban heridos: algunos murieron, así de las heridas como del trabajo pasado, y otros quedaron mancos y cojos, porque traían muy malas heridas, y para se curar había muy poco refrigerio, e yo asimismo quedé manco de dos dedos de la mano izquierda.
Tlaxcala y Tepeaca
Viendo los de mi compañía que eran muertos muchos, y que los que restaban quedaban flacos y heridos y atemorizados de los peligros y trabajos en que se habían visto, y temiendo los por venir, que estaban a razón muy cercanos, fui por muchas veces requerido dellos que me fuese a la villa de la Veracruz, y que allí nos haríamos fuertes antes que los naturales de la tierra, que teníamos por amigos, viendo nuestro desbarato y pocas fuerzas, se confederasen con los enemigos, y nos tomasen los puertos que habíamos de pasar, y diesen en nosotros por una parte y por otra en los de la villa de la Veracruz, y que estando todos juntos, y allí los navíos, estaríamos más fuertes y nos podríamos mejor defender, puesto que nos acometiesen, hasta tanto que enviásemos por socorro a las islas.
E yo, viendo que mostrar a los naturales poco ánimo, en especial a nuestros amigos, era causa de más aína dejarnos y ser contra nosotros, acordándome que siempre a los osados ayuda la fortuna, y que éramos cristianos, y confiando en la grandísima bondad y misericordia de Dios, que no permitiría que del todo pereciésemos, y se perdiese tanta y tan noble tierra como para vuestra majestad estaba pacífica y en punto de se pacificar, ni se dejase de hacer tan gran servicio como se hacia en continuar la guerra, por cuya causa se había de seguir la pacificación de la tierra, como antes estaba, me determiné de por ninguna manera bajar los puertos hácia la mar; antes pospuesto todo trabajo y peligros que se nos pudiesen ofrecer, les dije que yo no había de desamparar esta tierra, porque en ello me parecía que, demás de ser vergonzoso a mi persona y a todos muy peligroso, a vuestra majestad hacíamos muy gran traición. E que me determinaba de por todas las partes que pudiese, volver sobre los enemigos, y ofenderlos por cuantas vías a mi fuese posible.
E habiendo estado en esta provincia veinte días, aunque ni yo estaba muy sano de mis heridas, y los de mi compañía todavía bien flacos, salí della para otra que se dice Tepeaca, que era de la liga y consorcio de los De, nuestros enemigos; de donde estaba informado que habían muerto diez o doce españoles que venían de la Veracruz a la gran ciudad, porque por allí es el camino. La cual dicha provincia de Tepeaca confina y parte términos con la de Tascaltecal y Churultecal, porque es muy gran provincia. Y en entrando por tierra de la dicha provincia, salió mucha gente de los naturales della a pelear con nosotros, y pelearon y nos defendieron la entrada cuanto a ellos fue posible, poniéndose en los aposentos fuertes y peligrosos. E por no dar cuenta de todas las particularidades que nos acaecieron en esta guerra, que sería prolijidad, ue diré sino que, después de hechos los requerimientos que de parte de vuestra majestad se las hacían acerca de la paz, y no los quisieron cumplir, y les hicimos la guerra, y pelearon muchas veces con nosotros.
Y con la ayuda de Dios y de la real ventura de vuestra alteza, siempre los desbaratamos, y matamos muchos, sin que en toda la dicha guerra me matasen ni hiriesen ni un español. Y aunque, como he dicho, esta dicha provincia es muy grande, en obra de veinte días hobe pacíficas muchas villas y poblaciones a ella sujetas. E los señores y principales dellas han venido a se ofrecer y dar por vasallos de vuestra majestad, y demás desto, ha echado de todas ellas muchos de los de Culúa que habían venido desta dicha provincia a favorecer a los naturales della para nos hacer la guerra, e aun estorbarles que por fuerza ni por grado no fuesen nuestros amigos. Por manera que hasta agora he tenido en qué entender en esta guerra, y aun todavía no es acabada, porque aun quedan algunas villas y poblaciones que pacificar. Las cuales, con ayuda de nuestro Señor, presto estarán, como estas otras, sujetas al real dominio de vuestra majestad.
En cierta parte desta provincia, que es donde mataron aquellos diez españoles, porque los naturales de allí siempre estuvieron muy de guerra y muy rebeldes, y por fuerza de armas se tomaron, hice ciertos esclavos, de que se dio el quinto a los oficiales de vuestra majestad; porque, demás de haber muerto a los dichos españoles y rebeládose contra el servicio de vuestra alteza, comen todos carne humana, por cuya notoriedad no envió a vuestra majestad probanza dello. Y también me movió a facer los dichos esclavos por poner algún espanto a los de Culúa, y porque también hay tanta gente, que si no fíciese grande y cruel castigo en ellos, nunca se enmendarían jamás. En esta guerra nos anduvimos con ayuda de los naturales de la provincia de Tascaltecal y Churultecal y Guasucingo, donde han bien confirmado la amistad con nosotros, y tenemos mucho concepto que servirán siempre como leales vasallos de vuestra alteza.
Estando en esta provincia de Tepeaca, faciendo esta guerra, recibí cartas de la Veracruz, por las cuales me hacían saber cómo allí al puerto della habían llegado dos navíos de los de Francisco de Garay, desbaratados; que, según parece, él había tornado a enviar con más gente a aquel río grande de que yo hice relación a vuestra alteza, y que los naturales della habían peleado con ellos, y les hablan muerto diez y siete o diez y ocho cristianos, y herido otros muchos. Asimismo les habían muerto siete caballos, y que los españoles que quedaron se habían entrado a nado en los navíos, y se habían escapado por buenos pies; e que el capitán y todos ellos venían muy perdidos y heridos, y que el teniente que yo había dejado en la villa los había recibido muy bien y hecho curar. E porque mejor pudiesen convalecer, había enviado cierta parte de los dichos españoles a tierra de un señor, nuestro amigo, que está cerca de allí, donde eran bien proveídos.
De lo cual todo nos pesó tanto como de nuestros trabajos pasados; e por ventura no les acaeciera este desbarato si la otra vez ellos vinieran a mí, como ya he hecho relación a vuestra alteza; porque, como yo estaba muy informado dé todas las cosas destas partes, pudieran haber de mí tal aviso por donde no les acaeciera lo que les sucedió"; especialmente que el señor de aquel río y tierra, que se dice Pánuco, se había dado por vasallo de vuestra majestad, en cuyo reconocimiento me había enviado a la ciudad de Temixtitán, con sus mensajeros, ciertas cosas, como ya he dicho. Yo he escrito a la dicha villa que si el capitán del dicho Francisco de Garay y su gente se quisiesen ir, les den favor, y les ayuden para se despachar ellos y sus navíos. Después de haber pacificado lo que de toda esta provincia de Tepeaca se pacificó y sujetó al real servicio de vuestra alteza, los oficiales de vuestra majestad y yo platicamos muchas veces la orden que se debía de tener en la seguridad desta provincia.
E viendo cómo los naturales della, habiéndose dado por vasallos de vuestra alteza, se habían rebelado y muerto los españoles, y cómo están en el camino y paso por donde la contratación de todos los puertos de la mar es para la tierra dentro; y considerando que si esta dicha provincia se dejase sola, como de antes, los naturales de la tierra y señorío de Culúa, que están cerca dellos, los tornarían a inducir y atraer a que otra vez se levantasen y rebelasen, de donde se seguiría mucho daño y impedimento a la pacificación destas partes y al servicio de vuestra alteza, y cesaría la dicha contratación, mayormente que para el camino de la costa de la mar no hay más de dos puertos muy agros y ásperos, que confinan con esta dicha provincia, y los naturales della los podrían defender con poco trabajo suyo. E así por esto como por otras razones y causas muy convenientes, nos pareció que, para evitar lo ya dicho, se debía hacer en esta dicha provincia de Tepeaca una villa en la mejor parte dalla, adonde concurriesen las calidades necesarias para los pobladores della.
Y poniéndolo en efecto, yo en nombre de vuestra majestad puse nombre a la dicha villa, Segura de la Frontera, y nombre alcaldes y regidores y otros oficiales, conforme a lo que se acostumbra. E por más seguridad de los vecinos desta villa, en el lugar donde la señalé se ha comenzado a traer materiales para facer una fortaleza, porque aquí los hay buenos, y se dará en ella toda la priesa que sea más posible. Estando escribiendo esta relación, vinieron a mi ciertos mensajeros del señor de una ciudad que está cinco leguas desta provincia, que se llama Guacahula, y es a la entrada de un puerto que se pasa para entrar a la provincia de México por allí; los cuales de parte del dicho señor me dijeron que, porque ellos pocos días había habían venido a mí a dar la obediencia que a vuestra majestad debían, y se habían ofrecido por sus vasallos, y que porque yo no les culpase, creyendo que por su consentimiento era, me hacían saber cómo en la dicha ciudad estaban aposentados ciertos capitanes de Culúa.
E que en ella y a una legua della estaban treinta mil hombres en guarnición, guardando aquel puerto y paso para que no pudiésemos entrar por él, y también para defender que los naturales de la dicha ciudad ni de otras provincias a ellas comarcanas sirviesen a vuestra alteza ni fuesen nuestros amigos. E que algunos hobieran venido a se ofrecer a su real servicio si aquellos no lo impidiesen; e que me lo hacían saber para que lo remediase, porque demás del impedimento que era a los que buena voluntad tenían, los de la dicha ciudad y todos los comarcanos recibían mucho daño. Porque, como estaba mucha gente junta y de guerra, eran muy agraviados y maltratados, y los tomaban sus mujeres y haciendas y otras cosas; y que viese yo qué era lo que mandaba que ellos hiciesen, y que dándoles favor, ellos lo harían. E luego después de los haber agradecido su aviso y ofrecimiento, les di trece de caballo y docientos peones que con ellos fuesen, y hasta treinta mil indios de nuestros amigos.
Y fue el concierto, que los llevarían por parte que no fuesen sentidos, e que después que llegase junto a la ciudad el señor y los naturales della, y los demás sus vasallos y valedores, estarían apercebidos y cercarían los aposentos, donde los capitanes estaban aposentados, y los prenderían y matarían antes que la gente los pudiese socorrer; e cuando la gente viniese, ya los españoles estarían dentro la ciudad, y pelearían con ellos y los desbaratarían E idos ellos y los españoles, fueron por la ciudad de Churultecal y por alguna parte de la provincia de Guasucingo, que confina con la tierra desde ciudad de Guacachula hasta cuatro lenguas della; y en un pueblo de la dicha provincia de Guasucingo diz que dijeron a los españoles que los naturales desta provincia estaban confederados con los de Guacachula y con los de Culúa para que debajo de aquella cautela llevasen a los españoles a la dicha ciudad, y que allá todos juntos diesen en los dichos españoles y los matasen.
E como aun no del todo era salido el temor que los de Culúa en su ciudad y en su tierra nos pusieron, puso espanto esta información a los españoles, y el capitán que yo enviaba con ellos hizo sus pesquisas como lo supo entender, y prendieron todos aquellos señores de Guasucingo que iban con ellos, y a los mensajeros de la ciudad de Guacachula; y presos, con ellos se volvieron a la ciudad de Churultecal, que está cuatro leguas de allí, e desde allí me enviaron todos los presos con cierta gente de caballo y peones, con la confirmación que habían habido. E demás desto me escribió el capitán que los nuestros estaban atemorizados; que le parecía que aquella jornada era muy dificultosa. E llegados los presos les hablé con las lenguas que yo tengo; y habiendo puesto toda diligencia para saber la verdad, pareció que no los había el capitán bien entendido. E luego los mandé soltar y les satisfice con que creía que aquellos eran leales vasallos de vuestra sacra majestad, y que yo quería ir en persona a desbaratar aquellos de Culúa; y por no mostrar flaqueza ni temor a los naturales de la tierra, así a los amigos como a los enemigos, me pareció que no debía cesar la jornada comenzada.
E por quitar algún temor del que los españoles tenían, determiné de dejar los negocios y despacho para vuestra majestad, en que entendía, y a la hora me partí a la mayor priesa que pude, e llegué aquel día a la ciudad de Churultecal, que está ocho leguas desta villa, donde hallé a los españoles, que todavía se afirmaban ser cierta la traición.
E otro día fui a, dormir al pueblo de Guasucingo, donde los señores habían sido presos. El día siguiente, después de haber concertado con los mensajeros de Guacachula, el por dónde y cómo habíamos de entrar en la dicha ciudad, me partí para ella una hora antes que amaneciese, y fui sobre ella casi a las diez del día. E a media legua me salieron al camino ciertos mensajeros de la dicha ciudad, y me dijeron cómo estaba todo muy bien proveído y a punto, y que los de Culúa no sabían nada de nuestra venida, porque ciertas espías que ellos tenían en los caminos, los naturales de la dicha ciudad las habían prendido, e asimismo habían hecho a otros que los capitanes de Culúa enviaban a se asomar por las cercas y torres de la ciudad a descubrir el campo, e que a esta causa toda la gente de los contrarios estaba muy descuidada, creyendo que tenían recaudo en sus velas y escuchas; por tanto, que llegase, que no podía ser sentido. E así, me di mucha prisa por llegar a la ciudad sin ser sentido, porque íbamos por un llano donde desde allá nos podrían bien ver.
E según pareció, como de los de la ciudad fuimos vistos, viendo que tan cerca estábamos, luego cercaron los aposentos donde los dichos capitanes estaban, y comenzaron a pelear con los demás que por la ciudad estaban repartidos. E cuando yo llegué a un tiro de ballesta de la dicha ciudad, ya me traían hasta cuarenta prisioneros, e todavía me di priesa a entrar dentro.
En la ciudad andaba muy gran grita por todas las calles: peleando con los contrarios e guiado por un natural de la dicha ciudad, llegué al aposento donde los capitanes estaban, el cual hallé cercado de más de tres mil hombres que peleaban por entrarles por la puerta, e les tenían tomados los altos y azoteas; e los capitanes y la gente que con ellos se halló, peleaban tan bien y tan esforzadamente, que no les podían entrar al aposento, puesto que eran pocos; porque, demás de pelear ellos como valientes hombres, el aposento era muy fuerte; y como yo llegué luego, entramos y entró tanta gente de los naturales de la ciudad, que en ninguna manera los podíamos socorrer, que muy brevemente no fuesen muertos; porque yo quisiera tomar algunos a vida, para me informar de las cosas de la gran ciudad, y de quién era señor después de la muerte de Muteczuma, y de otras cosas; y no pude tomar sino a uno más muerto que vivo, del cual me informé, como adelante diré. Por la ciudad mataron muchos dellos, que en ella estaban aposentados; y los que estaban vivos cuando yo en la ciudad entre, sabiendo mi venida, comenzaron a huir hácia donde estaba la gente que tenían en guarnición, y en el alcance asimismo murieron muchos.
E fue tan presto oído y sabido este tumulto por la dicha gente de guarnición, porque estaban en un alto que sojuzgaba toda la ciudad y lo llano de al derredor, que casi a una sazón llegaron los que salían huyendo de la dicha ciudad y la gente que venía en socorro y a ver qué cosa era aquella; los cuales eran más de treinta mil hombres y la más lucida gente que hemos visto, porque traían muchas joyas de oro y plata y plumajes; y como es grande la ciudad, comenzaron a poner fuego en ella por aquella parte por do entraban; lo cual fue muy presto hecho saber por los naturales, y salí con sola la gente de caballo, porque los peones estaban ya muy cansados, y rompimos por ellos, y retrujéronse a un paso, el cual les ganamos, y salimos tras ellos, alcanzando muchos por una cuesta arriba muy agra; y tal, que cuando acabamos de encumbrar la sierra, ni los enemigos ni nosotros podíamos ir atrás ni adelante; e así cayeron muchos dellos muertos y ahogados de la calor, sin herida ninguna, y dos caballos se estancaron, y el uno murió; y desta manera hicimos mucho daño, porque ocurrieron muchos indios de los amigos nuestros, y como iban descansados, y los contrarios casi muertos, mataron muchos.
Por manera que en poco rato estaba el campo vacío de los vivos, aunque de los muertos algo ocupado; y llegamos a los aposentos y albergues que tenían hechos en el campo nuevamente, que en tres partes que estaban, parecía cada una dellos una razonable villa; porque, demás de la gente de guerra, tenían mucho aparato de servidores y fornecimiento para su real; porque, según supe después, en ellos había personas principales; lo cual fue todo despojado y quemado por los indios nuestros amigos, que certifico a vuestra sacra majestad que había ya juntos de los dichos nuestros amigos más de cien mil hombres. Y con esta victoria, habiendo echado todos los enemigos de la tierra, hasta los pasar allende unas puentes y malos pasos que ellos tenían, nos volvimos a la ciudad, donde de los naturales fuimos bien recibidos y aposentados; e descansamos en la dicha ciudad tres días, de que teníamos bien necesidad.
En este tiempo vinieron a se ofrecer al real servicio de vuestra majestad los naturales de una población grande que está encima de aquellas sierras, dos leguas de donde el real de los enemigos estaba, y también al pie de la sierra donde he dicho que sale aquel fumo, que se llama esta población Ocupatuyo. E dijeron que el señor que allí tenían se había ido con los de Culúa al tiempo que por allí los habíamos corrido, creyendo que no paráramos hasta su pueblo. E que muchos días había que ellos quisieran mi amistad, y haber venido a se ofrecer por vasallos de vuestra majestad, sino que aquel señor no los dejaba, ni había querido, puesto que ellos muchas veces se lo habían requerido y dicho. Y que agora querían servir a vuestra alteza; e que allí había quedado un hermano del dicho señor, el cual siempre había sido de su opinión y propósito, y agora asimismo lo era. E que me rogaban que tuviese por bien que aquel sucediese en el señorío; e que aunque el otro volviese, que no consintiese que por señor fuese recibido, y que ellos tampoco lo recibirían.
E yo les dije que por haber sido hasta allí de la liga y parcialidad de los de Culúa, y se haber rebelado contra el servicio de vuestra majestad, eran dignos de mucha pena; y que así tenía pensado de la ejecutar en sus personas y haciendas. Pero que pues habían venido, y decían que la causa de su rebelión y alzamiento había sido aquel señor que tenían, que yo, en nombre de vuestra majestad, les perdonaba el yerro pasado, y los recibía y admitía a su real servicio. Y que los apercibía que si otra vez semejante yerro cometiesen, serían punidos y castigados. Y que si leales vasallos de vuestra alteza fuesen, serían de mí, en su real nombre, muy favorecidos y ayudados; e así lo prometieron. Esta ciudad de Guacachula está asentada en un llano, arrimada por la una parte a unos muy altos y ásperos cerros, y por la otra todo el llano la cercan, dos ríos, dos tiros de ballesta el uno del otro, que cada uno tiene muy altas y grandes barrancas. E tanto, que para la ciudad hay por ellos muy pocas entradas, y las que hay son ásperas de bajar y subir, que apenas las pueden bajar y subir cabalgando.
Y toda la ciudad está cercada de muy fuerte muro de cal y canto, tan alto como cuatro estados por de fuera de la ciudad, e por de dentro está casi igual con el suelo. Y por toda la muralla va su petril tan alto como medio estado; para pelear tiene cuatro entradas tan anchas como uno puede entrar a caballo, y hay en cada entrada tres o cuatro vueltas de la cerca, que encabalga en un lienzo en el otro; y hácia aquellas vueltas hay también encima de la muralla su petril para pelear. En toda la cerca tienen mucha cantidad de piedras grandes y pequeñas y de todas maneras, con que pelean. Será esta ciudad de hasta cinco o seis mil vecinos, e terna, de aldeas a ella sujetas, otras tantas y más. Tiene muy gran sitio; porque dentro della hay muchas huertas y frutas y olores a su costumbre.
E después de haber reposado en esta dicha ciudad tres días, fuimos a otra ciudad que se dice Izzucan, que está cuatro leguas, desta de Guacachula, porque fui informado que en ella asimismo había mucha gente de los de Culúa en guarnición, y que los de la dicha ciudad, y otras villas y lugares sus sufragáneos, eran y se mostraban muy parciales de los de Culúa, porque el señor della era su natural, y aun pariente de Muteczuma. E iba en mi compañía tanta gente de los naturales de la tierra, vasallos de vuestra majestad, que casi cubrían los campos y sierras que podíamos alcanzar a ver. E de verdad había más de ciento y veinte mil hombres. Y llegamos sobre la dicha ciudad de Izzucan a hora de las diez, y estaba despoblada de mujeres y de gente menuda, e había en ella hasta cinco o seis mil hombres de guerra muy bien aderezados. Y como los españoles llegamos delante, comenzaron algo a defender su ciudad; pero en poco rato la desampararon, porque por la parte que fuimos guiados para entrar en ella estaba razonable entrada.
E seguímoslos por toda la ciudad hasta los facer saltar por encima de los adarves a un río que por la otra parte la cerca toda, del cual tenían quebradas las puentes, y nos detuvimos algo en pasar, y seguimos el alcance hasta legua y media más, en que creo se escaparon pocos de aquellos que allí quedaron. Y vueltos a la ciudad, envié dos de los naturales della, que estaban presos, a que hablasen a las personas principales de la dicha ciudad, porque el señor della se había también ido con los de Culúa, que estaban allí en guarnición, para que los hiciese volver a su ciudad; y que yo les prometía en nombre de vuestra majestad, que siendo ellos leales vasallos de vuestra alteza, de allí adelante serían de mí muy bien tratados, y perdonados del rebelión y yerro pasado. E los dichos naturales fueron, y dende a tres días vinieron algunas personas principales y pidieron perdón de su yerro, diciendo que no habían podido más, porque habían hecho lo que su señor les mandó; y que ellos prometían de ahí adelante, pues su señor se había ido y dejádolos, de servir a vuestra majestad muy bien y lealmente.
E yo les aseguré y dije que se viniesen a sus casas, y trujesen a sus mujeres y hijos, que estaban en otros lugares y villas de su parcialidad; y les dije que hablasen asimismo a los naturales dellas para que viniesen a mí, y que yo les perdonaba lo pasado; y que no quisiesen que yo hobiese de ir sobre ellos, porque recibirían mucho daño, de lo cual me pesaría mucho. E así fue fecho: de ahí a dos días se tornó a poblar la dicha ciudad de Izzucan, e todos los sufragáneos a ella vinieron a se ofrecer por vasallos de vuestra alteza, e quedó toda aquella provincia muy segura, y por nuestros amigos y confederados con los de Guacachula. Porque hubo cierta diferencia sobre a quién pertenecía el señorío de aquella ciudad y provincia de Izzucan, por ausencia del que se había ido a México.
E puesto que hubo algunas contradicciones y parcialidades entre un hijo bastardo del señor natural de la tierra, que había sido muerto por Muteczuma, y puesto el que a la sazón era, y casádole con una sobrina suya; y entre un nieto del dicho señor natural, hijo de su hija legítima, la cual estaba casada con el señor de Guacachula, y habían habido aquel hijo, nieto del dicho señor natural de Izzucan, se acordó entre ellos que heredase el señorío aquel hijo del señor de Guacachula, que venía de legítima línea de los señores de allí. E puesto que el otro fuese hijo, que por ser bastardo no debía de ser señor: así quedó. E obedecieron en mi presencia, a aquel muchacho, que es de edad de hasta diez años; e que por no ser de edad para gobernar, que aquel su tío bastardo y otros tres principales, uno de la ciudad de Guacachula y los dos de la de Izzucan, fuesen gobernadores de la tierra y tuviesen el muchacho en su poder hasta tanto que fuese de edad para gobernar. Esta ciudad de Izzucan será de hasta tres o cuatro mil vecinos; es muy concertada en sus calles y tratos; tenía cien casas de mezquitas y oratorios muy fuertes con sus torres, las cuales todas se quemaron.
Está en un llano a la halda de un cerro mediano, donde tiene una muy buena fortaleza; y por la otra parte de hácia el llano, está cercada de un hondo río que pasa junto a la cerca, y está cercada de la barranca del río, que es muy alta, y sobre la barranca hecho un petril toda la ciudad en torno, tan alto como un estado; tenía por toda esta cerca muchas piedras. Tiene un valle redondo, muy fértil de frutas y algodón, que en ninguna parte de los puertos arriba se hace, por la gran frialdad; y allí es tierra caliente, y caúsalo que está muy abrigada de sierras: todo este valle se riega por muy buenas acequias, que tienen muy bien sacadas y concertadas.
En esta ciudad estuve hasta la dejar muy poblada y pacifica; e a ella vinieron asimismo a se ofrecer por vasallos de vuestra majestad el señor de una ciudad que se dice Guajocingo y el señor de otra ciudad que está a diez leguas de esta de Izzucan, y son fronteros de la tierra de México. También vinieron de ocho pueblos de la provincia de Coastoaca, que es una de que en los capítulos antes deste hice mención, que habían visto los españoles que yo envié a buscar oro a la provincia de Zuzula; donde, y en la de Tamazula, porque está junto a ella, dije que habían muy grandes poblaciones y casas muy bien obradas, de mejor cantería que en ninguna de estas partes se había visto; la cual dicha provincia de Coastoaca está cuarenta leguas de allí de Izzucan; e los naturales de los dichos ocho pueblos se ofrecieron asimismo por vasallos de vuestra alteza, e dijeron que otros cuatro que restaban en la dicha provincia vernían muy presto; e me dijeron que les perdonase por qué antes no habían venido; que la causa, había sido no osar, por temor de los Culúa; porque ellos nunca habían tomado armas contra mí, ni habían sido en muerte de ningún español. E que siempre, después, que al servicio de vuestra alteza se habían ofrecido, habían sido buenos y leales vasallos suyos en sus voluntades; pero que no las habían osado manifestar por temor de los de Culúa. De manera que puede vuestra alteza ser muy cierto que, siendo nuestro Señor servido en su real ventura, en muy breve tiempo se tornará a ganar lo perdido o mucha pario dello, porque de cada día se vienen a ofrecer por vasallos de vuestra majestad de muchas provincias y ciudades que antes eran sujetas a Muteczuma, viendo que los que así lo hacen son de mí muy bien recibidos y tratados, y los que al contrario, de cada día destruidos.
Últimas noticias y despedida
De los que en la ciudad de Guacachula se prendieron, en especial de aquel herido, supe muy por extenso las cosas de la gran ciudad de Temixtitán, e como después de la muerte de Muteczuma había sucedido en el señorío un hermano suyo, señor de la ciudad de Iztapalapa, que se llamaba Cuetravacin el cual sucedió en el señorío porque murió en las puentes el hijo de Muteczuma que heredaba ol señorío; y otros dos hijos suyos que quedaron vivos, el uno diz que es loco y el otro perlático, e a esta causa decían aquellos que había heredado aquel hermano suyo; e también porque él nos había hecho la guerra, y porque lo tenían por valiente, hombre muy prudente. Supe asimismo cómo se fortalecían así en la ciudad como en todas las otras de su señorío, y hacían muchas cercas y cavas y fosados, y muchos géneros de armas. En especial supe que hacían lanzas largas como picas para los caballos, e aun ya habernos visto algunas dellas, e porque en esta provincia de Tepeaca se hallaron algunas con que pelearon, y en los ranchos y aposentos en que la gente de Culúa estaba en Guacachula se hallaron asimismo muchas dellas. Otras muchas cosas supe, que por no dar a vuestra alteza importunidad, dejo.
Yo envié a la isla Española cuatro navios para que luego vuelvan cargados de caballos y gente para nuestro socorro; e asimismo envío a comprar otros cuatro para que desde la dicha isla Española y ciudad de Santo Domingo traigan caballos, y armas y ballestas y pólvora, porque esto es lo que en estas partes es más necesario; porque peones rodeleros aprovechan muy poco solos, por ser tanta cantidad de gente y tener tan fuertes y grandes ciudades y fortalezas; y escribo al licenciado Rodrigo de Figueroa y a los oficiales de vuestra alteza que residen en la dicha isla, que den para ello todo el favor y ayuda que ser pudiere, porque así conviene mucho al servicio de vuestra alteza y a la seguridad de nuestras personas; porque viniendo esta ayuda y socorro, pienso volver sobre aquella gran ciudad y su tierra; e creo, como ya a vuestra majestad he dicho, que en muy breve tornará al estado en que yo la tenía, e se restaurarán las pérdidas pasadas. Y en tanto yo quedó haciendo doce bergantines para entrar por la laguna, y estáse labrando ya la tablazón y piezas dellos, porque así se han de llevar por tierra, porque cu llegando se liguen y acaben en breve tiempo; e asimismo se hace clavazón para ellos, y está aparejada pez y estopa, y velas y remos, y las otras cosas para ello necesarias. E certifico a vuestra majestad que hasta conseguir este fín no pienso tener descanso ni cesar para ello todas las formas y maneras a mí posibles, posponiendo para ello todo el trabajo y peligro y costa que se me puede ofrecer.
Habrá dos o tres días que por carta del teniente que en mi lugar está en la villa de la Veracruz, supe cómo al puerto de la dicha villa había llegado una carabela pequeña con hasta treinta hombres de mar y tierra, que diz que venía en busca de la gente que Francisco de Garay había enviado a esta tierra, de que ya a vuestra alteza he hecho relación, y cómo había llegado con mucha necesidad de bastimentos; y tanta, que si no hobieran hallado allí socorro, se murieran de sed y hambre; e supe dellos cómo había llegado al río de Pánuco, y estado en él treinta días surtos, y no habían visto gente en todo el río ni tierra: de donde se cree que a causa de lo que allí sucedió se ha despoblado aquella tierra. E asimismo dijo la gente de la dicha carabela que luego tras ellos habían da venir otros dos navios del dicho Francisco de Garay con gente y caballos, y que creían que eran ya pasados la costa abajo; e parecióme que cumplía al servicio de vuestra alteza, porque aquellos navíos y gente que en ellos iba no se pierda, e yendo desproveídos de aviso de las cosas de la tierra, los naturales no hiciesen en ellos más daño de lo que en los primeros hicieron, enviar la dicha carabela en busca de los dos navíos para que los avisasen de lo pasado, y se viniesen al puerto de la dicha villa, donde el capitán que envió el dicho Francisco de Garay primero estaba esperándolos. Plega a Dios que los hallé y a tiempo que no hayan salido a tierra; porque, según los naturales, ya estaban sobre aviso, y los españoles sin él, temo recibirían mucho daño, y dello Dios nuestro Señor y vuestra alteza serían muy deservidos, porque sería encarnar más aquellos perros de lo que están encarnados, y darles más ánimo y osadía para acometer a los que adelante fueren.
En un capitulo antes destos he dicho cómo había sabido que por muerte de Muteczuma habían alzado por señor a su hermano, que se dice Cuetravacin, el cual aparejaba muchos géneros de armas y se fortalecía en la gran ciudad y en otras ciudades cerca de la laguna. E ahora de poco acá he asimismo sabido que el dicho Cuetravacin ha enviado do sus mensajeros por todas las tierras y provincias y ciudades sujetas a aquel señorío; a decir y certificar a sus vasallos que él les hace gracia por un año de todos los tributos y servicios que son obligados a le hacer, y que no le den ni le paguen cosa alguna, con tanto que por todas las maneras qué pudiesen hiciesen muy cruel guerra a todos los cristianos, hasta los matar o echar de toda la tierra; e que asimismo la hiciesen a todos los naturales que fuesen nuestros amigos y aliados; y aunque tengo esperanza en nuestro Señor que en ninguna cosa saldrán con su intención y propósito, hallóme en muy extrema necesidad para socorrer y ayudar a los indios nuestros amigos, porque cada día vienen de muchas ciudades y villas y poblaciones a pedir socorro contra los indios de Culúa, sus enemigos y nuestros, que les hacen guerra cuanta pueden, a causa de tener nuestra amistad y alianza, e yo no puedo socorrer a todas partes, como quería. Pero, como digo, placerá a nuestro Señor, suplirá nuestras pocas fuerzas, y enviará presto el socorro, así el suyo como el que yo envió a pedir a la Española.
Por lo que yo ha visto y comprehendido cerca de la similitud que toda esta tierra, tiene a España, así en la fertilidad como en la grandeza y fríos que en ella hace, y en otras muchas cosas que le equiparan a ella, me pareció que el más conveniente nombre para esta dicha tierra era llamarse la Nueva España del mar Océano; y así, en nombre de vuestra majestad se le puso aqueste nombre. Humildemente suplico a vuestra alteza lo tenga por bien y mande que se nombre así.
Yo he escrito a vuestra majestad, aunque mal dicho, la verdad de todo lo sucedido en estas partes y aquello que de más necesidad hay de hacer saber a vuestra alteza; y por otra mía, que va con la presente, envió a suplicar a vuestra real excelencia mande enviar una persona de confianza que haga inquisición y pesquisa de todo, e informe a vuestra sacra majestad dello; también en esta lo torno humildemente a suplicar, porque en tan señalada merced lo terne como en dar entero crédito a lo que escribo.
Muy alto y muy excelentísimo príncipe: Dios nuestro Señor la vida y muy real persona y muy poderoso Estado de vuestra sacra majestad conserve y aumente por muy largos tiempos, con acrecentamiento de muy mayores reinos y señoríos, como su real corazón desea.—De la villa Segura de la Frontera desta Nueva España, a 30 de octubre de 1520 años.—De vuestra sacra majestad muy humilde siervo y vasallo, que los muy reales pies y manos de vuestra alteza besa.—Fernán Cortés.
Después de esta, en el mes de marzo primero que pasó, vinieron nuevas de la dicha Nueva España, cómo los españoles habían tomado por fuerza la grande ciudad de Temixtitán, en la cual murieron más indios que en Jerusalén judíos en la destrucción que hizo Vespasiano; y en ella asimismo había más número de gente que en la dicha Ciudad Santa. Hallaron poco tesoro, a causa que los naturales lo habían echado y sumido en las aguas: solos docientos mil pesos tomaron; y quedaban muy fortalecidos en la dicha ciudad los españoles, de los cuales hay al presente en ella mil y quinientos peones y quinientos de caballo; e tiene más de cien mil indios de los naturales de la tierra en el campo en su favor. Son cosas grandes y extrañas, y es otro mundo sin duda, que de solo verlo tenemos harta codicia los que a los confines del estamos. Estas nuevas son hasta principio de abril de 1522 años, las que acá tenemos dignas de fe.
La presente carta de relación fue impresa en la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla por Jacobo Crombreger, alemán, a ocho días de noviembre, año de 1522.
Notas
Temixtitán: Forma española del nombre de Tenochtitlan. ↩
Culúa: Nombre que Cortés da al dominio mexica, por los culhuas. ↩
leguas: Una legua castellana medía unos 4.2 km. ↩
Churultecal: Cholula. ↩
Tascaltecal: Tlaxcala. ↩
mezquitas: Así llaman los españoles a los templos, por comparación con las del mundo islámico. ↩
panicap: Así en las ediciones de 1866, 1870 y 1922. Se ha sugerido que es una mala lectura de «pan y cacao», como trae la transcripción de Memoria Política de México. ↩
cacap: Así en las ediciones de 1870 y 1922; se refiere al cacao. ↩
alguacil: Oficial de justicia encargado de prender y ejecutar órdenes. ↩
Fuentes y edición
Edición de Grok Bot (IA), revisada por Orlando Santos, para amatl.com.mx. Texto base: Hernán Cortés, Cartas de relación de la conquista de Méjico, tomo I (Madrid: Calpe, Colección Viajes clásicos, 1922), «Carta segunda», con ortografía ya modernizada: archive.org/details/cartasderelacin00cortgoog. Los errores de lectura del escaneo se corrigieron cotejando la edición de Pascual de Gayangos (París, 1866), la transcripción de Memoria Política de México y la de Cartas del famoso conquistador Hernán Cortés (1870) en Wikisource. Los títulos de sección y la división en párrafos son de esta edición; las notas son glosas de vocabulario de esta edición, y no se reproducen las de Calpe.
Traducción inglesa citada: The Despatches of Hernando Cortes, the Conqueror of Mexico, addressed to the Emperor Charles V, trad. de George Folsom (Nueva York: Wiley and Putnam, 1843), dominio público. Las traducciones al inglés sin otra indicación: Traducción: Grok Bot (IA), revisada por Orlando Santos.
Datos biográficos y de contexto: «Cartas de relación», Wikipedia (en español): es.wikipedia.org/wiki/Cartas_de_relación; «Hernán Cortés», Wikipedia (en español).
Imagen: plano de Temixtitan de la edición latina de la segunda carta, Praeclara Ferdinandi Cortesii de Nova maris Oceani Hyspania narratio (Núremberg: Friedrich Peypus, 1524), detalle de la ciudad; dominio público, vía Wikimedia Commons («Map of Tenochtitlan, 1524.jpg»). Retrato del autor: archivo de Amatl.
